Cap 17
Movió los labios por la columna de su cuello y el dulce y vulnerable hueco de su garganta.
Había descubierto que Rocio sabía a gloria, a la brisa fresca del verano, olía a tomillo y a rosas. El deseo le golpeó con tal violencia que le hizo gemir. Se maldijo por no desearla antes ¿Cómo era posible que no la hubiera deseado antes?
Rocio se mostraba deliciosamente receptiva y dúctil entre sus brazos.
Pablo retrocedió renuente para tomar aire. En ese momento, la luna salió desde detrás de un creciente banco de nubes e iluminó de lleno el rostro de la mujer.
¡Mariana!
La mujer que tenía frente a él era Mariana, con la melena descendiendo por sus hombros, sus pestañas oscuras ensombreciendo sus mejillas y los labios entreabiertos y henchidos por sus besos. El impacto inicial que recibió Pablo fue seguido por una oleada de júbilo y deseo tan intensos que se quedó sin respiración.
Después, no supo durante cuánto tiempo, vaciló. Menos de un segundo, probablemente.
Sabía exactamente lo que debería haber hecho. Se había equivocado de jardín, debería haberse disculpado y haberse marchado de allí. Eso era lo que habría hecho cualquier caballero. Pero él era un libertino enfrentándose a una tentación insuperable. Deseaba a Mariana, la había deseado desde el instante en el que había vuelto a irrumpir en su vida, y allí la tenía, dispuesta a permanecer entre sus brazos. De modo que iba a tomarla. Su deseo por ella era tan agudo que le dolía físicamente, la reacción entre su pierna, necesitaba ser liberado.
—¿Pablo?
La voz de Mariana era un suspiro. Parecía confundida, desconcertada, y profundamente seducida por sus besos.
—¿Qué…?
Pablo no se pudo contener y volvió a besarla suavemente, intentando persuadirla y refrenando el deseo que lo dominaba. Notó que el cuerpo de Mariana se ablandaba, mostrando su aquiescencia, y la sintió suspirar contra sus labios antes de devolverle el beso .
La condujo entonces hacia un banco de piedra refugiado entre la sombra de los árboles. Él pretendía llevar a cabo la seducción en el cenador, se recordó precipitadamente, donde sin duda alguna habría cojines mullidos sobre los que tumbarse y paredes que resguardarían su intimidad de cualquier mirada. Pero en el jardín, todo era calor y fragancias embriagadoras, y quería tomar a Mariana allí mismo, sobre la hierba húmeda, con la luna danzando sobre el agua, el viento meciendo las ramas de los árboles y la brisa nocturna acariciando su piel, ya no lo podía posponer más, no lo aguantaba.
Deslizó el vestido por sus hombros.
Mariana llevaba un vestido suelto de la más fina y sedosa gasa y ningún corsé. Una vez más, la oyó gemir cuando el aire acarició su desnudez. Pablo sintió tensarse su piel, sintió cómo se endurecía el pezón contra la palma de su mano y casi inmediatamente después contra su boca. Succionó son fuerza. Ella dejó escapar un grito mudo que multiplicó el deseo en el interior de Pablo.
Continuó bajándole el vestido hasta desnudar completamente sus senos. Mariana estaba exquisita en aquella sombra moteada por la luz de la luna, exponiendo su desnudez a su mirada, con su pálida piel bañada en plata y los pezones erguidos y afilados, suplicando sus caricias.
Pablo volvió a besarla, acunó su seno con la mano y deslizó la lengua por el tenso pezón en una caricia que hizo suplicar a Mariana con palabras susurradas y entrecortadas.
Pablo deslizó la mano desesperadamente bajo las faldas del vestido y ascendió hasta los lazos de las medias. La piel del interior de los muslos de Mariana era más suave y delicada que la gasa que Pablo había tenido que retirar para descubrirla a sus caricias.
Podía sentir su calor, olía su femenina excitación. Ardía de ganas de poseerla, pero dominó de nuevo su impaciencia.
Rozó con los nudillos el corazón de su feminidad, provocando un gemido con aquel contacto.
—Oh, por favor —susurró Mariana con voz suplicante, pidiendo la liberación final.
Pero Pablo no iba a darle lo que tanto deseaba. No, todavía no.
Le dio un beso largo y profundo, y Mariana se aferró ansiosa a sus labios, abriéndose completamente a él, ofreciéndole todo con una sorprendente entrega.
Pablo recordaba aquella pasión en Mariana y su corazón pareció elevarse al reencontrarse con ella. Cubrió de besos desesperado sus senos y deslizó la lengua por sus pezones erguidos, hasta que el cuerpo entero de Mariana estuvo bajo el dominio de sus caricias. Deslizó entonces los labios por su vientre y apartó el vestido, impaciente por explorar cada una de sus curvas.
Mariana sabía increíblemente bien, como ni una de todas las mujeres con la que había estado alguna vez.
Hundió la lengua en su ombligo y la sintió estremecerse. Regresó con los dedos al húmedo centro de su feminidad, buscando nuevos placeres.
Mariana abrió aun mas las piernas y Pablo presionó delicadamente el tierno botón de su feminidad y la oyó gemir inmediatamente mientras se tensaba y dejaba que los espasmos fueran sacudiendo su cuerpo en una ciega obediencia a sus caricias, incapaces de resistirse a su poder de seducción.
—Ahora…Con un hilo de voz irreconocible desesperado por el deseo Pablo la tomó en brazos y la llevó al cenador, donde le quitó el vestido completamente y la tumbó en un diván.
En aquel momento, ya no era consciente de nada, salvo de la urgente necesidad de poseerla. Una necesidad que se aferraba a él como el más irrefrenable y fuerte deseo que jamás había experimentado.
Tenía que estar dentro de ella, tenía que poseerla por completo. En un frenesí de impaciencia, se desabrochó los pantalones, se colocó entre sus piernas. A los pocos segundos, la sintió cerrarse a su alrededor, increíblemente tensa. Aquella presión bastó para llevarle al límite. Haciéndole gritar por aquella fuerza, el se detuvo de inmediato
Retrocedió y notó que el cuerpo de Mariana no cedía tan fácilmente estaba aún estrecha, aunque claramente no era virgen estaba casi igual que aquella primera noche donde ella le entrego su virginidad, cosa que le extraño demasiado, tal vez sus antiguos amantes no estaban tan bien dotados como el pensó fugazmente dentro de lo que podía ,aunque no pudo pensar en nada mas estaba demasaido exitado para ello, pero tras uno segundos su cuerpo lentamente cedía para acomodarse más profundamente a él. Besó sus labios trémulos y sintió que elevaba la parte superior de su cuerpo, haciendo que los pezones rozaran su pecho. Una embestida, dos, con lentitud y ejerciendo un control absoluto sobre sus deseos debido al los quejidos de molestía que salian de sus labios, dio al principio, sintiendo cómo ascendía de nuevo hacia el límite y, al mismo tiempo, intentando poner freno a sus propias necesidades y deseos.
Ni él mismo sabía que era capaz de tamaña paciencia cuando todos sus instintos le urgían a saquear aquel cuerpo con una intensidad desesperada con la que había ingresado en ella.
Aun así, consiguió mantener un ritmo lento mientras escuchaba como aquellos sonido de molestia y dolor inmediatamente se convertán en sus jadeos y la sentía moverse junto a él,
Mariana deslizó las manos por su espalda hasta alcanzar su trasero para invitarlo a hundirse más profundamente en ella.
Pablo supo entonces que estaba perdido, aumento sus movimientos incapaces de frenarse
Mariana volvió a alcanzar el clímax, cerrándose con fuerza a su alrededor. La luz explotó entonces en la cabeza de Pablo.
Todos sus músculos se tensaron. Sintió que el mundo giraba y se alejaba de él en la más vertiginosa de las sensaciones, arrastrándolo hacia el más intenso y resplandeciente placer. Y tras el placer, se escondía algo más profundo, una ligereza que fluía por todo su ser, una sensación de conexión, un sentimiento de paz que debería haberle aterrado, pero que, en cambio, sentía como algo honesto y verdadero, como una medida de la cruda y verdadera pasión.
Era como si hubiera recuperado lo más valioso que había perdido en su vida. Todavía le costaba respirar. Se sentía como si acabara de terminar un combate. Su cuerpo estaba supremamente satisfecho y su mente rondaba los límites del agotamiento.
Pero advirtió que Mariana se movía, que intentaba sentarse. El pánico que transmitían sus movimientos y la descarnada sorpresa de su voz hicieron estallar en añicos aquel estado de dicha.
—¡Pablo!
Parecía horrorizada, como si acabara de ser consciente de la magnitud de lo que habían hecho. Se apartó de él, se levantó con torpeza del diván, tomó su vestido y empezó a vestirse precipitadamente. La gasa, escurridiza, escapaba y resbalaba de entre sus manos. Pablo la oyó maldecir con fiereza. Vio su figura delicada temblando bajo la luz de la luna mientras intentaba atarse el vestido y experimentó una punzada de arrepentimiento y una extraña ternura ante aquella fragilidad. Se levantó y dio un paso hacia ella. La vio retroceder.
—Déjame ayudarte. Le dijo desesperado
En el instante en el que la tocó, Mariana se quedó paralizada. Era como una criatura asustada midiendo el peligro. Su melena desordenada, aquella sedosa masa en la que Pablo había hundido sus manos, caía en salvaje profusión sobre sus hombros, completamente revueltos.
Se la apartó de la cara y la sintió estremecerse. Deseó arrastrarla a sus brazos y estrecharla contra él. La fuerza de aquel impulso le impactó. Pero había algo en ella que le detuvo. Sentía su absoluto rechazo y estaba siendo testigo de la dignidad con la que, cuando ya era demasiado tarde, intentaba ocultar su desnudez.
Mariana le miraba con el ceño fruncido, confundida.
—No sé…
Pablo nunca la había visto tan insegura.
—¿No sabes lo que estabas haciendo? —terminó por ella.
Era la excusa habitual en una mujer que se había dejado llevar y después quería fingir que todo había sido un error. Había oído aquella frase muchas veces, en labios de esposas y viudas que buscaban un poco de diversión, pero no lo querían admitir abiertamente.
—Yo puedo explicártelo. Estabas haciendo el amor conmigo.
Vio un fogonazo de irritación en sus ojos.
—Sí, ya me he dado cuenta —contestó cortante. Pero la hostilidad de su voz desapareció a la misma velocidad que había surgido—. No sé lo que ha pasado —parecía desconcertada—. Ni siquiera entiendo cómo ha pasado.
—Ha pasado porque queríamos que pasara —replicó Pablo.
Jamás había comprendido la necesidad de fingir en cuestiones de sexo. Para él, el sexo siempre había sido un pasatiempo agradable, nada más. Sin embargo, aquella vez había sido algo diferente. Más profundo, más importante, de alguna manera. Pero era una tontería. La simple verdad era que llevaba deseando a Mariana durante toda la velada. De hecho, no había dejado de desearla desde que la había vuelto a ver. Y por fin la había tenido entre sus brazos.
Esperó a que Mariana negara sus palabras, pero ésta permaneció en silencio. Estaba intentando peinarse, un gesto sin sentido, puesto que a esas alturas, probablemente las horquillas que sostenían su cabello estaban esparcidas por medio jardín.
Su rostro permanecía oculto entre las sombras mientras alisaba la falda del vestido. Aquel movimiento solo sirvió para recordarle a Pablo lo que se ocultaba bajo aquella delicada tela: la lustrosa suavidad de su vientre y sus perfectos muslos, el calor de su cuerpo cuando se cerraba a su alrededor. Sintió que su miembro volvía a crecer con fuerza y a endurecerse.
El único problema de romper casi dos años de celibato con una sesión de sexo tan asombrosa era que despertaba el deseo de repetir la experiencia una y otra vez, aunque en el fondo sabía que no era así, su últimos encuentro sexuales ya no lo encontraba tan satisfactorio, en ese momento con ella volvió a sentir una plenitud y una satisfacción incomparable, exactamente igual que su ardiente y apasionada noche de bodas.
Vio que Mariana le recorría con la mirada. Él ni siquiera se había detenido para desprenderse de la ropa. Llevaba la casaca abierta y la camisa desordenada. El pañuelo había desaparecido en algún momento. Totalmente despeinado Se había subido los pantalones, pero éstos apenas contenían su renovada erección, ya que no tardo en nada en salir de su cremallera ya que no se la había subido, y con su cuerpo visiblemente sudado.
Se sentía de pronto tan inexperto e inmaduro como un joven que acabara de descubrir el sexo.
—Tú tampoco estás tan impecable como habitualmente —comentó Mariana, recuperando el tono frío y compuesto de su voz, aunque sus mejillas estaban encendidas por aquella imagen.
—Bueno, te ruego que me perdones. Estoy seguro de que si me dieras la oportunidad, podría hacer el amor contigo de forma tan delicada que no tendríamos por qué desordenar nuestras ropas.
Volvió a hacerse el silencio. Aquello era algo extraordinario. La mayoría de las mujeres con las que había estado querían hablar después del sexo. Sobre él, sobre sí mismas, sobre su inexistente relación en el futuro.
Mariana, por el contrario, se dirigió sigilosa hacia la puerta del cenador y permaneció allí, mirando hacia al jardín y de espaldas a él. El viento silbaba entre las ramas del abedul y la luz de la luna pintaba su tronco de negro y plata.
—¿Qué demonios estabas haciendo en mi jardín? —preguntó bruscamente, al cabo de unos minutos.
Era una pregunta tan absurda después de lo que acababa de pasar entre ellos que Pablo estuvo a punto de soltar una carcajada.
—¿Y qué demonios pretendías? —añadió Mariana—. ¿Qué buscabas comportándote así, como…?
Se le quebró la voz y Pablo comprendió que, a pesar de su aparente calma, estaba todavía estremecida y profundamente afectada por lo que habían compartido.
—He invadido algo más que tu jardín —contestó , arrastrando las palabras—. Y, por cierto, ¿qué estabas haciendo tú respondiéndome de esa manera?
Mariana se volvió. Pablo vio la confesión en sus ojos y comprendió que tampoco ella tenía respuesta para aquella pregunta. No sabía por qué le había deseado, por qué había respondido tan apasionadamente o, sencillamente, por qué había hecho el amor con él. Y comprendió que aquello le preocupaba profundamente.
La parpadeante luz de la luna pareció acentuar su sonrojo.
—Yo pensaba… —se interrumpió.
—¿Creías que era Peter? —sugirió Pablo completamente enojado
—¡No! —casi le espetó—. Sabía que eras tú —volvió a quebrársele la voz, mostrando su inseguridad.
—Has dicho mi nombre —señaló Pablo esperanzado.
—Sí… —frunció el ceño—. Y yo no… No habría…
—¿No habrías hecho el amor con Peter? —Pablo se tranquilizo al
notar como ella bajaba la mirada respondiendo con aquel gesto, y se sintió triunfal.
—Eso no es asunto tuyo.
Mariana recuperó la compostura, al menos exteriormente, porque el nerviosismo de sus pasos cuando se volvió y se alejó de él, reflejaba exactamente lo contrario. La falda del vestido se enganchó con una planta de romero situada al borde del camino, liberando la fragancia de aquella planta aromática al aire cálido de la noche. Era un olor dulce y penetrante.
Pablo decidió seguir a Mariana por la mera razón de que era eso lo que le apetecía hacer.
Mariana se detuvo y se volvió hacia él. Parecía exasperada. Alzó la mano para detenerle con un gesto que traicionaba su nerviosismo.
—¿Por qué no has contestado a mi pregunta? —insistió Mariana—. ¿Qué estabas haciendo en mi jardín?
—¿Éste es tu jardín? —preguntó Pablo.
No pudo evitar una carcajada. A Mariana pareció disgustarle aquella burla.
—De hecho, es el jardín del duque de Portsmouth. Alquilo esta casa durante el resto de la temporada.
—¿Pero éste no es el número 25 de Curzon Street?
—Es el número veintiuno —le miró atentamente—. Creo que te ha fallado la brújula. ¿Buscabas la casa de Rocio?
Por alguna razón, Pablo no quería admitirlo. Y no era solamente porque quería proteger la reputación de Rocio, o siemplemente no quiso ver su reacción por temor a que mariana se enojara aún más
con el , Pero Mariana ya lo había averiguado, lo supo al ver su mirada y las visibles lagrimas que se acumularon en sus ojos
—Tenías una cita con Rocio —dijo en un tono repentinamente apagado—. Ya entiendo dijo molesta y celosa. Bueno, por lo menos es tu prometida —una extraña sombra oscureció su voz, agacho la cabeza al notar que sus ojos estaban por estallar de lagrimas, aquella imagen lo conmovio a pablo al verla tan vulnerable —. No creo que la hubieras seducido o si.
—Entonces has pensado en esa posibilidad. ¿Estás celosa?
Mariana le dirigió una mirada de absoluto desprecio, pero sus ojos mostraban aquellas lagrimas imposible de esconder.
Por supuesto que no. tragando en seco tratndo de compponerse
—Después de lo que acaba de pasar, me resulta difícil creerte.
—Un caso de confusión de identidad —tomó una ramita de aligustre y jugueteó con ella entre sus dedos—. Pensabas que ibas a seducir a Rocio y yo… —se interrumpió, pablo ante aquella actitud sonrio dulcemnte.
—En ningún momento lo he pensado. Sabía que eras tú.
Mariana le dirigió una dura mirada.
—¿Entonces por qué lo has hecho, si era a Rocio a la que pretendías seducir en un principio?
—Porque te deseo más que a ella, mar —respondió Pablo.
Vio que le miraba con los ojos entrecerrados, trago en seco, aquella forma tan amable, cariñosa de nombrar su nombre la estremecía, que queria llorar no recordaba hacia cuanto el la habia llamado asi con tal amor,pero no soportaba aquello que acababa de hacer
—Eres mucho más inmoral de lo que imaginaba —le acusó Mariana con desprecio.
—Probablemente —respondió Pablo—. Pero no estamos hablando de mí, estamos hablando de ti.
Apoyó la mano en la rama de un manzano, dejando a Mariana atrapada entre él y la tapia del jardín.
—A lo mejor tú te dedicas a hacer el amor por las noches con hombres desconocidos que invaden tu jardín —dijo suavemente.
—A lo mejor —respondió Mariana con expresión desafiante.
No intentó escapar a su cercanía, aunque Pablo notaba su creciente tensión.
—Creo que deberías marcharte —añadió. Miró hacia la puerta del jardín—. Me aseguraré de que quede bien cerrada cuando salgas.
Pablo no se movió. Quería volver a besarla. Quería volver a hacer el amor. Lo deseaba con una violencia que resultaba apabullante.
Jamás había deseado hacer el amor con una mujer que no le gustara. Afortunadamente, aquello no había representado ningún problema, puesto que eran muchas las mujeres que le gustaban. Sin embargo, Mariana… La despreciaba por su carácter calculador y su falta de principios. Pero aun así, la había deseado con tanta fiereza que el deseo había estado devorándole durante semanas.
Y una vez satisfecho aquel deseo, había vuelto a nacer con una potencia cien, mil veces mayor. Quizá el celibato de los dos años anteriores había afilado su deseo. Pero aunque le habría gustado justificarlo con una explicación tan simple, sabía que no era tan sencillo. El deseo por Mariana era tan complicado como imposible de apagar. Y también ella lo sentía. Pablo estaba seguro. Ésa era la razón por la que había respondido a sus avances contra todo sentido y razón. Ninguno de ellos podía explicarlo y en aquel momento, Pablo ni siquiera pretendía intentarlo.
—Por supuesto, debería marcharme —pero no hizo ningún movimiento.
Mariana le miró con aquellos ojos desbordantes de inquietud. Se oyó en la lejanía el retumbar de un trueno. La luz de la luna ya casi se había desvanecido, pero la noche continuaba siendo calurosa, pesada. El aire parecía haberse detenido, como si estuviera esperando algo.
Pablo alzó la mano para rozar los mechones de pelo que acariciaban el cuello de Mariana. Sintió su piel fría y delicada bajo la yema de los dedos. Deslizó la mano por su nuca y presionó ligeramente para atraerla hacia él. Mariana no pudo resistir dio un paso adelante y posó las manos en su pecho.
—Pablo…
Había una advertencia en su voz. Pablo la oyó, pero difería hasta tal punto de lo que decían sus ojos que decidió ignorarla. Le parecía increíble que Mariana, toda una aventurera, pudiera parecer tan inocente. Tan confundida, incluso. Pero recordó la honestidad con la que había hecho el amor. Ni la más consumada actriz podría haber fingido tal sinceridad. Seguramente se le habría escapado algún gesto artificial. No, no había habido fingimiento alguno cuando se habían unido en el más íntimo acto de amor.
De modo que aquello era real. Ninguno de ellos lo comprendía. A ninguno le resultaba cómoda la situación. Pero ambos habían disfrutado.
Pablo se inclinó para besarla, muy delicadamente en aquella ocasión. La sintió tensarse, como si estuviera intentando erigir sus barreras contra él, pero al cabo de unos segundos de rigidez, se derritió en sus brazos y suavizó los labios bajo los suyos.
En el interior de Pablo rugió un primitivo sentimiento de posesión que le urgía a levantarla en brazos y a llevarla al interior, a la cama. Consiguió con extremo esfuerzo dominarlo y la besó de nuevo suavemente, con dulzura, acariciando la línea de su mandíbula y la comisura de sus labios antes de volver a tomar sus labios en un beso profundo y apasionado.
—Lo que me dijiste en el carruaje era cierto —musitó Mariana cuando la soltó. Parecía perdida, como si hubiera bebido en exceso. Suspiró—. Eres un mujeriego.
La tormenta estaba cada vez más cerca. Pablo sintió las primeras gotas cayendo con lenta pesadez. Sonrió y estrechó a Mariana de nuevo entre sus brazos. Sentía sus senos presionando su pecho y el latido de su corazón contra el suyo. Las gotas comenzaron a deslizarse por su cuello.
—¿Qué quieres decir? —musitó mientras posaba los labios en el punto en el que su cuello se encontraba con su hombro. Lamió una gota, haciéndola estremecerse.
—Que el cielo me ayude —susurró Mariana—. Aun sabiendo que estás intentando seducirme…
—No quieres que me detenga.
El silencio de Mariana fue más que elocuente.
—No podemos hacerlo otra vez —susurró.
Pero Pablo percibió el anhelo en su voz, un anhelo que alimentaba su deseo. Buscó con los labios el valle de sus senos e inhaló con fuerza.
—Sí, claro que podemos —posó la mano en su seno.
La lluvia comenzaba a caer con fuerza y el vestido se pegaba a su cuerpo. Bastó que él le rozara el pezón con el pulgar para que ella se estremeciera. Pablo se deleitó en su capacidad para provocar una reacción como aquélla.
—Con pleno conocimiento, y no al calor del momento… —musitó Mariana sin aliento.
—¿Por qué no? Al menos, es más sincero.
Mariana volvió a enmudecer. Pablo la oía respirar bajo el repiqueteo de la lluvia. Podía entender la batalla que se libraba dentro de ella. Una tentación, pesada y dulce como el vino los envolvía, embriagando sus sentidos.
Pablo la estrecho contra su cuerpo, haciendole sentir su deseo, bajo su cremallera del pantalón, dejando su salir su potente erección haciéndola temblar
No lo ves, no lo sentís me tenes loco Mar, me haces sentir como un adolescente que acaba de descubrir el sexo, te deseo como no te das una ida— Lo dijo con la voz completamente ronca y desesperada, casi sin poder unir las palabras. Mariana gimió suavemente y se estrecho completamente hacia el para setir completamente el calor y el latir de su miembro y Pablo advirtió que la resistencia cedía completamente.
—yo también, pero no sé por qué te deseo —parecía desconcertada. Y también rendida a su deseo.
Pablo la levantó entonces en brazos, se acercó a grandes zancadas hasta los escalones de la terraza, entró en la casa y cerró la puerta de una patada. La habitación que había tras las puertas estaba iluminada por la luz de una vela.
Era un salón elegante, pero falto de personalidad. Sobre la mesa de mármol se amontonaban las revistas de moda. Un arpa descansaba en una esquina. La brisa arrancaba notas casi inaudibles de sus cuerdas.
—¿Y tus sirvientes?
No tenía sentido ser indiscretos. Los rumores podían hacerle tanto daño a él como a ella. Aquél era un encuentro clandestino. Debía permanecer en secreto.
Mariana rozó sus labios en una fugaz caricia que Pablo sintió hasta en el último músculo de su pecaminoso cuerpo.
La casa estaba en completo silencio.
Pablo subió con ella las escaleras que conducían al dormitorio. Estaba tan excitado, pensando en lo que le esperaba, en aquel total y absoluto placer, en la dulce indulgencia de tumbarse junto a ella para complacerse mutuamente, para hacer el amor hora tras hora durante la noche. Era extraordinariamente excitante. Tanto que estuvo a punto de tropezar en su precipitación.
—¿Dónde está tu habitación? —susurró.
Sintió la caricia de su pelo contra sus labios cuando Mariana volvió la cabeza.
—Allí —susurró, y señaló hacia la derecha.
A los pocos segundos, Pablo la dejó sobre la cama y se volvió para asegurar la puerta agradecía al cielo que aún tuviera conciencia para aquel detalle.
La habitación estaba a oscuras, iluminada únicamente por el reflejo de la luna en el espejo. Mariana se acercó a las cortinas, pero Pablo la agarró por la muñeca, la estrechó contra él y comenzó a quitarle el vestido empapado, con mano mucho más segura en aquella ocasión. Lo tiró a un lado y se desprendió de su propia ropa, quedando completamente desnudo, piel contra piel. La sintió temblar mientras se acariciaban y atrapó con un beso el jadeo de placer de sus labios.
—Shhh —musitó contra sus labios—. Acuérdate de los sirvientes. Tendrás que estar muy, muy callada. Le dijo con una sonrisa
La sintió estremecerse en respuesta a sus palabras y su Sonrisa.
Mariana alargó el brazo hacia él, hambrienta y ansiosa, pero Pablo le hizo girarse sobre la cama y se tumbó a horcajadas sobre ella. Mariana intentó alzarse, pero él la obligó a mantenerse tumbada y descendió sobre la piel satinada de sus hombros, que cubrió de besos, para deslizar después la lengua a lo largo de su espalda.
Mariana ardía y jadeaba bajo sus caricias. Pablo era consciente de que estaba deseando volverse hacia él, pero la retuvo presionando con los muslos sobre sus piernas. Cuando Mariana sintió su miembro contra sus muslos, soltó un grito, que le hizo reir a él-
-Shh-mustio encantando
Pablo descendió y le entreabrió las piernas, dejando que la punta de su erección reposara en el corazón de su feminidad. Presionó entonces con delicadeza. Mariana intentó arquearse para salir a su encuentro. Pablo se retiró y advirtió divertido la frustración de ella.
—Más adelante —se inclinó para darle un beso en la nuca—. Todavía no. Le susurro
Mariana musitó algo que sonó parecido a una maldición y Pablo no puedo evitar reír .
Una parte de él deseaba castigarla por todo lo que le había hecho, pero su enfado ya se había transmutado en placer y jamás un castigo le había parecido más dulce, ni una víctima más voluntariosa.
Se deslizó hacia abajo en la cama y le abrió las piernas para poder presionar los labios contra la delicada piel de sus muslos. Una vez más, Mariana intentó dar la vuelta desesperada, pero él se lo impidió posando las manos en su espalda, para, muy lentamente, ir explorando cada una de sus curvas con los labios y la lengua, regresar después hasta sus nalgas y descender nuevamente hacia el vulnerable interior de sus muslos. La sentía tensa por la frustración y el anhelo. Cuando la tocaba con la lengua, se arqueaba hacia él, tensa como las cuerdas de un arpa.
Mariana intentó apretar las piernas como si estuviera pidiendo una tregua, pero Pablo las mantuvo abiertas y deslizó la lengua por el candente corazón de su sexo con la más tierna y tentadora de las caricias una y otra vez.
Sentía la insoportable tensión que crecía rápidamente dentro de ella, hasta que, al final, Mariana se deshizo bajo sus atenciones.Pablo se tumbó entonces a su lado para poder verle la cara, para poder contemplar la dulce agonía y el gozo que en ella se reflejaba, para sentirla estremecerse incontrolablemente entre sus brazos con la piel empapada en sudor. Cubrió su boca de besos y dejó que sus manos recorrieran su cuerpo tembloroso hasta que recobró la calma.
Pablo experimentó entonces nuevamente aquella sensación de triunfo, acompañada de sentimientos más inquietantes que se revolvían bajo la superficie, pero que él prefirió ignorar. Creía firmemente que había que olvidar cualquier sentimiento nacido en el acto sexual. La experiencia le decía que, habitualmente, nacían de la gratitud y el placer.
No respondían a nada más profundo y, desde luego, tampoco él deseaba otra cosa con Mariana. Habían compartido un pasado e, inesperadamente, parecían capaces de compartir la habilidad de proporcionarse un inmenso placer físico. Con eso ya era suficiente. Más que suficiente. Pablo estaba dispuesto a descartar cualquier otro sentimiento y a ahogarlo en la pura satisfacción.
Me gusta ser capaz de ponerte en ese estado mar —se apoyó sobre un codo y la observó mientras ella continuaba deleitándose en aquel placer con la piel sonrosada y las pestañas sombreando su mejilla.
Posó la mano sobre su seno, la sintió responder al instante e inclinó la cabeza para tomar su pezón.
—A mí también me gusta —parecía confundida y satisfecha al mismo tiempo—. Debo de estar loca. No lo comprendo. Mustio casi sin aliento
Tampoco Pablo lo comprendía. Ni le importaba. Aquella noche se había sumergido en una vorágine de deliciosa lujuria y, una vez probado el fruto prohibido, estaba perdido. Su deseo por ella era profundo, compulsivo y oscuro, y se apoderaba de él como si de un demonio se tratara.
Alzó la cabeza de sus senos.
—Me debes una.
Sonrió con picardía señlando con su cabeza su miembro parado totalmente exitado y vio que Mariana abría los ojos como platos al comprender lo que pretendía decirle.
Le sostuvo la mirada, desafiándola, ella quedo inmóvil y una fuerte
oleada de calor la golpeaba, nunca lo habia hecho sin embargo se moria de ganas desde que lo habia sentido y, al cabo de unos segundos, Mariana rodaba sobre él, enredando en Pablo, acaricio desesperadamente su ardiente miembro, y su cabellos castaños Le empujó sobre el lecho para besar su pecho, lamer su vientre, acariciar sus piernas, tomar esta vez con sus dos manos su miembro ardiente que estaba a punto de estallar para después tomarlo con la boca.
La excitación de Pablo era tan extrema que estuvo a punto de gritar y acabar en ese mismo momento
Permitió que Mar tomara prácticamente el control y no puedo evitar sonreir complacido al verla tan encantada con su miembro pero nuevamente extrañado ya que lo agarraba y lo tocaba con movimientos y besos inexpertos pero lograban estreemercelo de placer.
El roce de su cabello contra su vientre, la caricia de su lengua recorriendo y succionando su miembro, como si se tratara la mas dulce golsina del mundo que habia probado tratando de intoducir lo mas posible en su boca cosa que se le hacia imposible causando una sonrisa en el, ya que se la veía encantada con dicha experiencia, la luz de la luna iluminando el lecho y las sábanas de seda bajo su espalda tejían un sensual encantamiento que amenazaban con llevarle más allá de la cordura, pablo sudaba como nunca trtando de aguantar lo más posible
El primer tiempo, el encuentro en el jardín, había sido para ella. Aquél era el instante en el que Mariana le devolvía el favor.
La observó en el espejo. Observó su boca sobre él y pensó en el posterior gozo de demandarle lo que quería de ella para darle a cambio el más absoluto placer, para recrearse en la sensual delicia de fundirse con ella en la más perfecta de las uniones.
La erótica imagen de Mariana grabada en el negro y el blanco de las sombras y la luna, la caricia delicada de sus labios y su lengua sobre su miembro que palpitaba dentro de su boca, sientiendo sus gemidos que chocaban en su erección y la oscura y vertiginosa espiral de la pasión amenazaban con hacerle desbordarse demasiado rápido.
—Ya basta —gimió sin poderlo aguantar más, y la apartó de él casi bruscamante—. No aguanto más quiero estar dentro de ti.
Reconoció el fuego de la mirada de Mariana cuando la alzó y la colocó sobre él para que se deslizara sobre su cuerpo, para que le rodeara de su calor.
Afuera, la lluvia caía con un primitivo e insistente golpeteo que parecía un eco del ritmo de su pasión. La tormenta estalló sobre sus cabezas. Un trueno sacudió la casa. La noche era tan húmeda y oscura que cualquiera podía perderse en ella y Pablo se sentía a la deriva, arrastrado hasta las orillas más remotas del placer. La espiral del deseo ardía con mayor intensidad cada vez.
Sintió que Mar le empujaba hacia los límites más extremos del gozo y comprendió con impotente abandono que él, el depredador inclemente, se había convertido en la más indefensa de las víctimas. Justo entonces, Mariana llegó al límite en una marea que se lo llevó también a él.
Pero mientras lo bañaba el éxtasis, Pablo experimentó algo más profundo, aquel sentimiento escurridizo que había experimentado la vez anterior y que habría preferido olvidar. Pero en aquella ocasión, el sentimiento era más intenso y envolvía su corazón como los zarcillos de una parra.
Y mientras intentaba desprenderse de él, tuvo la inquietante sensación de que ya era demasiado tarde. Estaba atrapado. La trampa pareció cerrarse todavía más en el momento en el que Mariana, exhausta, se quedó dormida entre sus brazos.
Sin poderse aguantar Volvió a despertarla más tarde urgido por el deseo irrefrenable de tenerla desnuda entre sus brazos e hicieron el amor otra vez, aún con Mariana todavía somnolienta y dúctil. Los movimientos de Mariana eran lánguidos, lentos, parecían regodearse en la delicia de tenerse el uno al otro.
Pablo estaba desesperado por volver a poseerla. Se sentía como un joven que acabara de descubrir el placer de compartir el lecho con una dama y se aferraba con glotonería a él.
Sintió que Mariana sonreía contra sus labios y supo que era consciente del deseo que despertaba en él, pero Pablo ya no era capaz de ocultarlo. Le enfadaba que su capacidad de resistencia fuera tan limitada. Hizo el amor con ella con una intensidad que los condujo a ambos a la cumbre de un éxtasis tan placentero que resultaba casi doloroso.
—Abre los ojos —le ordenó a Mariana con hilo de voz totalmente roca, mientras sentía las oleadas irresistibles de su éxtasis cerrándose sobre él—. Quiero que estés segura de que estás haciendo el amor conmigo. Quiero que me recuerdes.
Mariana abrió los ojos, unos ojos somnolientos y oscuros, llenos de sensuales secretos. La sonrisa que había en ellos hizo ceder completamente a Pablo, que sintió que Mariana se cerraba a su alrededor nuevamente, su cuerpo lo recibía perfectamente, entregada por completo a aquel placer.
Tiempo después, cuando las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminar el cielo y brillaban sobre las calles empapadas de la ciudad, Pablo abandonó el lecho en silencio, evitando despertarla.
lunes, 1 de diciembre de 2014
martes, 22 de abril de 2014
Capitulo 16
Cap
16
—¿En
qué exactamente?
—Fueron
los duques de Alton los que te presentaron a Peter —recordó Pablo—. Los duques
pertenecen a lo más granado de la alta sociedad y, seguramente, no les gustaría
que su hijo se casara con la viuda de un barón de pasado desconocido, por rica
que fuera —la miró con los ojos entrecerrados—. Peter podría hacer un
matrimonio deslumbrante con muchas damas de la alta sociedad. Vos sos una
auténtica don nadie y, aun así, los duques parecen apoyarte. Me pregunto por
qué.
Mariana
sentía cómo se le erizaba el vello de la nuca, a modo de advertencia. No podía
vacilar en aquel momento. Pablo se abalanzaría sobre cualquier muestra de
inseguridad.
—Supongo
que los duques consideran que una viuda rica es preferible a permitir que se
fugue con una mujer que no tiene un peso.
Pablo
negó con la cabeza.
—Los
Alton dan mucha más importancia al linaje que al dinero. Jamás te aceptarían
como esposa para su hijo. De modo que no puedo dejar de preguntarme a qué se
debe el apoyo de los duques —sonrió—. Así que creo que empezaré a hacer algunas
averiguaciones.
Mariana
sintió el miedo atenazándole la garganta. No había absolutamente nada que
pudiera relacionarla directamente con los duques.
Pablo
jamás imaginaría que estaba trabajando para ellos. La había contratado el
abogado de la familia Alton, el señor y era él el que pagaba sus cuentas. Solo
se había reunido con los duques en una ocasión. Aun así, Pablo era muy astuto
al deducir que su conducta era extraña. Tendría que tener mucho cuidado, sobre
todo porque su supuesto matrimonio con un tal Nicolás Carew no era más que el escaparate que
le permitía hacerse pasar por una viuda rica y sofisticada. Bajo ningún concepto
podía permitir que Pablo descubriera la verdad, que se enterara de que, en
realidad, le estaban pagando para que se interpusiera entre Peter y Soledad.
—Podes
hacer todas las averiguaciones que quieras —contestó, fingiendo un bostezo—, si
te apetece y podes perder el tiempo. Pero no hay ningún misterio en todo esto.
El duque y Nicolás eran buenos amigos.
—Por
supuesto —dijo Pablo con impoluta cortesía—. Tu marido, aquél que te enseñó tan
duras lecciones sobre la fidelidad. ¡Un hombre muy misterioso, por cierto!
Debería intentar averiguar algo sobre él.
—Me
temo que has llegado demasiado tarde, puesto que está muerto —replicó Mariana.
—Estoy
seguro —replicó Pablo, y Mariana detectó
entonces una amenaza en su voz—, de que podré averiguar algo sobre él.
Mariana
tomó aire. La situación era cada vez más peligrosa. Cuando había inventado la
existencia de Nicolás, no se le había ocurrido pensar que nadie pudiera tener
algún interés en investigar su pasado. No había ningún motivo para que nadie
quisiera hacerlo. Pero eso había sido antes de que Pablo reapareciera en su
vida con aquella mirada inquisidora y sus preguntas comprometidas.
—Por
supuesto, yo misma podría hablaros de Nicolás, pero no deseo estropearos la diversión.
Supongo que dispones de mucho tiempo, o estas muy aburrido —alzó la mirada en
el momento en el que Roció regresaba al palco.
Roció
le dirigió a Pablo una mirada tan ardiente que, por un momento, Mariana temió
que pudieran prenderse las butacas. Pablo, le sonrió, y mariana no pudo evitar sentir un
dolor en el pecho y un fuerte nudo en el estómago.
Cuando Rocio se dio cuenta que mariana estaba
demasiado cerca de pablo le fulmino con la mirada, pero él con un guiño de ojo
cambio aquella mirada por una sonrisa y un profundo enojo en mariana
—Quizá
deberías dedicar tu tiempo a tu prometida —le sugirió Mariana molesta—. Parece
estar más que deseosa de tu compañía.
—Gracias,
pero no necesito que me des consejos sobre mi vida amorosa —le espetó Pablo.
—te
suplico que me perdones —Mariana le dirigió una mirada glacial —. Puesto que
has pasado tanto tiempo dándome consejos, he pensado que debería devolveros el
favor. Al fin y al cabo, es un privilegio que me concedo en tanto que soy tu
amiga.
Vio
algo en los ojos de Pablo que le hizo sentirse débil, dolida, y ligeramente mareada.
—Pero
nosotros no somos amigos. Podemos ser muchas cosas, pero no somos amigos en
absoluto.
Se
levantó, hizo una reverencia y se alejó de allí, dejando a Mariana temblando
estremecida, enojada, triste y dolida con su frialdad, sus palabras, por el
concepto que él tenía de ella, y por verlo irse a lado de Roció con tal
complicidad.
No, Pablo y ella no eran amigos. No podían ser
amigos. Tampoco eran unos antiguos amantes cuya pasión se hubiera apagado.
Entre ellos continuaba ardiendo el deseo. Había algo tórrido, sombrío y furioso
presto a estallar en cualquier momento. Y ella deseaba que lo hiciera,
comprendió Mariana con una punzada de miedo, tan solo de pensar que aquella
pasión la compartiría con Rocio.
Peter no despertaba nada en ella, salvo la más
profunda indiferencia. Pero Pablo… Siempre había sentido en exceso Un exceso de amor, Pasión y un exceso de
culpabilidad.
Cuando
se levantó el telón para dar paso al segundo acto, volvió a fijar su atención
en el escenario e intentó concentrarse. No permitiría que Pablo le hiciera
perder la razón cuando había tantas cosas en juego. Cuando tenía tanto que
perder aunque aquellos celos le jugaran una mala pasada y la amenazará en todo
momento.
Roció
llevaba una eternidad esperando a Pablo. A esas alturas, el rocío le empapaba
los zapatos y sentía frío por dentro y por fuera.
En realidad, era una noche calurosa, pero se
respiraba en el aire la proximidad de la tormenta. Oyó el reloj de la iglesia
marcando la una y media. Supo que Pablo no iba a ir..
Se
sentó en un banco de piedra, al lado de un estanque ornamental, y fijó la
mirada en sus oscuras profundidades.
Estaba
tan desilusionada y triste Pablo tenía fama de haber sido un mujeriego, pero
durante los dos años que llevaban comprometidos, se había comportado con ella
con la más tediosa propiedad. Le parecía muy injusto que Londres estuviera
lleno de mujeres que habían disfrutado de las libertinas atenciones de Pablo
mientras ella, su prometida, no tenía la menor idea de lo que era ser seducida
por él. Y, seguramente, eso no estaba bien.
Se
levantó y se dirigió al interior de la casa. El chal se le enganchó en la rama
de uno de los arbustos del jardín y se detuvo para soltarlo, una maniobra
difícil en la oscuridad o tal vez lo hacía con extrema lentitud para darle un
poco más de tiempo para que Pablo llegara.
Pablo
llegaba tarde, muy tarde, y más que ligeramente bebido.
Las
calles estaban vacías, solo vio a un hombre desapareciendo en una esquina, una
sombra oscura recortada contra la negra noche. Con la escasa luz de la luna,
Pablo no pudo distinguir su rostro, pero tuvo la extraña impresión de que era
alguien conocido, una persona a la que había visto anteriormente. Sintió
también un cosquilleo de advertencia, una suerte de premonición alertando a sus
sentidos de un inminente peligro. Pero el hombre desapareció en medio de
aquella noche, silenciosa y cargada.
Pablo
posó la mano en el pestillo de la puerta del jardín. Nunca había llegado a casa
de Roció por aquella calle. En realidad, no le apetecía acercarse por ninguna.
Había pasado las últimas dos horas en el club, buscando el ardor de la pasión
en el fondo de una botella de brandy. Aquello era la llave del futuro. Tenía
que tomarla. Tenía que seducir a Rocio y utilizar la seducción para presionar y
casarse cuanto antes. Solo entonces podría asegurar su fortuna y su posición
social y de cierta manera Proteger y mantener a salvo el futuro de Soledad
Levantó
el pestillo. La puerta se abrió y Pablo se adentró en el jardín.
Nunca
había estado en el jardín de la casa que los padres de Rocio tenían en Londres.
A la luz de la luna, pudo comprobar que era pequeño y estaba completamente
cerrado por un muro de ladrillo. Los setos, pulcramente podados, salpicaban los
caminos de grava. De las rosas emanaba una rica fragancia que flotaba en el
aire húmedo de la noche. Había un pequeño cenador que parecía expresamente
diseñado para la seducción. Al verlo, sonrío.
Rocio
estaba de pie, junto al estanque, donde una fuente en forma de querubín de
piedra arrojaba un centelleante chorro a la luz de la luna. Rocio estaba a
varios metros de él, semioculta entre las sombras y las ramas.
Pablo
se acercó más vio entonces su vestido y el reflejo de plata que arrancaba de él
la luz de la luna, que extrañamente le pareció muy sensual como si estuviera
preparada para la ocasión.
Se
acercó completamente a ella, la agarró
del brazo con un fervor nacido de la desesperación, necesitaba hacerlo así que
la estrechó en sus brazos y la besó sin pensarlo dos veces.
En
cuanto la tocó supo, con una oleada de inmenso alivio, su hombría comenzaba a
responder, sonrió aliviado, y supo que
todo saldría bien.
Roció emitió un gemido de sorpresa cuando se
apoderó de sus labios con tal pasión, pero en cuestión de segundos, estaba
derritiéndose contra él y se mostraba ardiente y dispuesta encantada con su
reacción.
La
luz estalló entonces en la mente de Pablo, y con ella, el placer. Cerró los
ojos, hundió las manos en su pelo, un pelo suave, y la sostuvo fuerte contra él mientras
asaltaba sus labios, enredaba su lengua con la suya, y ahondaba en el interior
de su boca como si quisiera devorarla.
Sin
duda el alcohol habían hecho un excelente trabajo, o simplemente la necesidad
sexual era el responsable, o acaso su virginal prometida podía conseguir despertar
su pasión con un poco de alcohol y si ella se lo proponía, no lo sabía y en ese momento no le importaba pero la deseaba,
que el recuerdo de mariana se desvanecía en el cuerpo de Rocio, acaso
seria su virginidad, su ingenuidad que lo encendió, o su amor desesperado por
él y su total entrega ardiente no lo sabía pero en ese momento lo supo aquella puerta que significaba un
sacrificio se estaba convirtiendo en deseo encontrando detrás de aquella puerta
una luz de esperanza hacia el futuro, quería a Roció y la deseaba mucho más de
lo que se imaginó.
lunes, 21 de abril de 2014
Capitulo 15
CAP
15
—No
—contestó Pablo al cabo de unos segundos. Un ceño se insinuaba en su frente—.
No parece que te preocupe. Qué extraño —dijo en tono pensativo—. Eso solo
significa que Peter te importa muy poco.
Mariana
se encogió ligeramente de hombros. No iba a fingir por Peter un afecto que no
sentía. Peter descubriría su mentira. Parecía conocerla suficientemente bien
como para comprender lo que realmente sentía.
—Cualquier
mujer que confíe en la fidelidad de un hombre está condenada a sufrir una
desilusión.
Pablo
la miró con los ojos brillantes y expresión impasible.
—Una
filosofía bastante negativa de la vida —musitó.
—Y
realista —replicó ella con cierta
amargura, incapaz de contenerse.
—Siento
que hayas tenido que llegar a esa conclusión. No sabía que tu marido fuera un
mujeriego —se interrumpió—. ¿O te refieres a tus amantes?
—No
pienso hablar de mis amantes —replicó Mariana, molesta al considerarla capaz de
tener amantes.
Pablo
esbozó una mueca.
—Bueno,
por lo menos eso es algo que a mí no puedes reprocharme —musitó—. No me diste
la oportunidad de serte infiel. Escapaste demasiado rápido del lecho nupcial.
—No
estoy hablando de nosotros, y prefiero que cambiemos de tema. ¿te ha gustado la
primera parte de la actuación, Pablo? —preguntó, cambiando también de
tratamiento y de tono.
—
la actuación ha sido insuperable —había cierta amargura en su voz—, pero no la
he disfrutado particularmente —giró en la silla para mirarla directamente a los
ojos—. ¿O te referías a la obra de teatro?
—Esta
noche pareces decidido a discutir conmigo.
—Sí
—se mostró de acuerdo Pablo—, supongo que sí —soltó una carcajada—. Considero
que has fingido perfectamente tu entusiasmo cuando seguramente la obra te ha
resultado aburrida.
—Eso
no es cierto —protestó Mariana, un tanto dolida por su cinismo—. Adoro el
teatro. Viendo una obra, uno puede escapar de la realidad y…
Se
interrumpió bruscamente, consciente de que estaba proporcionando más información
de la que pretendía. Pablo siempre tan astuto, había sido consciente de su desliz.
—Qué
interesante —comenzó a decir lentamente—. Con la vida de la que disfrutas, ¿por
qué queres escapar, Mariana perdón Caroline? ¿O de que querrías escapar?
—preguntó Pablo divertido, pasando a una mirada intensa llena de especulaciones.
Se
miraron a los ojos y, una vez más, Mariana sintió la afinidad que había entre
ellos. Se obligó a desviar la mirada y se encogió despreocupadamente de
hombros.
—
solo pretendía decir que disfruto mucho del teatro.
—Sí,
veo que te atrae —respondió Pablo con cinismo. Se
reclinó en su asiento—. ¿No preferís otro tipo de diversiones más activas? Como
perseguir a jóvenes de la nobleza, por ejemplo.
—Nunca
persigo a más de uno a la vez —respondió Mariana molesta.
Experimentó
un inmenso alivio al advertir que había conseguido distraer a Pablo de aquel
desliz. Pero, al mismo tiempo, se apoderó de ella una sensación de vacío y
pesar por no poder ser sincera con él, y por saber que el le considerada una
prostituta eso le dolía mucho más de lo que quería admitir.
—Petere
es mayor que yo. Sin embargo, hablas como si yo fuera una especie de
asaltacunas.
—Es
posible que sea mayor en años, pero es como si fuera un corderito al que estas
llevando al matadero.
Mariana
ahogó una risa.
—Qué
ridiculez. Peter no es ningún joven ingenuo. Es un peligroso libertino.
—Lo
que, evidentemente, no te asusta.
Mariana
negó con la cabeza.
—Tengo
demasiados años y experiencia como para que me asuste un libertino.
—¿Quizá
haya sido su mala reputación la que te atrae? Oh, lo olvidaba —dijo Pablo,
mirándola con estudiada insolencia—, tu propia falta de moralidad y principios debería
ser suficiente para ambos, ya que sos una prostituta.
El
ambiente del teatro, sofocante en aquella húmeda y calurosa noche de verano,
pareció congelarse de pronto.
—¿Estas
intentando decirme algo, Pablo? —preguntó Mariana con voz fría y molesta,
aguantando el dolor que le causaba que el la llamara así.
—Sí
—respondió Pablo—, y creo que tengo que ser sincero con vos —se interrumpió—.
Estoy seguro de que sos consciente de que Peter va a casarse con mi hermana
Soledad, ¿no es cierto?
Su
tono rotundo no entrañaba amenaza alguna, pero aun así, ella se estremeció.
Sabía desde hacía tiempo que Pablo no tardaría en lanzarle abiertamente su
advertencia, y allí estaba, aquél era el momento que tantas veces había
anticipado. Le miró por debajo de sus largas pestañas.
—Perdonadme,
pero, ¿de verdad queres que tu hermana se case con un marqués tan mujeriego?
Pablo
profundizó su sonrisa.
—Peter
no engañará a Soledad cuando estén casados —respondió con vehemencia—. Yo me
encargaré de que lo entienda.
—te
estas engañando a vos mismo —le advirtió Mariana. Esperó la respuesta de Pablo pero
éste no dijo nada. Su rostro parecía esculpido en piedra—. Seguro que para vos
representa una contradicción —no estaba segura de que debiera continuar con
aquella conversación, pero no fue capaz de contenerse—. Queres que Soledad se case con Peter para que pueda disfrutar de
todo aquello a lo que le das valor. Queres que tenga un título, dinero y
estatus. Pero el precio a pagar es demasiado alto, ¿no es cierto? El precio de
ver a tu hermana humillada por las infidelidades de su marido es excesivo como
para…
Pablo
la interrumpió agarrándola por la muñeca.
—Sos
la menos indicada para decirme esas cosas, vos también valoras esas cosas,—dijo
entre dientes—. Queres más dinero, y también un mejor título, de modo que no
creo que estes en condiciones de sermonearme, mi hermana al menos está
enamorada pero vos solo sos una prostituta – sentencio con una mirada lleno de
filo que la atravesó sin compasión dejándola al borde del llanto
Mariana
se liberó de su mano bruscamente y tomó aire para tranquilizarse y recuperar el
control que había estado a punto de perder, conteniendo las lágrimas.
Era peligroso hablar tan abiertamente. Sabía
que estaba tocando un punto sensible para él, pero al hacerlo, estaba cuestionando sus
propias motivaciones. Pablo pensaba que quería casarse con Peter por su título
y por su dinero. Y ella tenía que recordar que ésa era precisamente la idea que
pretendía alimentar. Nadie podía sospechar cuál era su verdadera misión, o
estaría perdida.
Acarició
la gasa dorada del vestido.
—Es
cierto. Adoro las telas caras —le dirigió una provocadora sonrisa—. La señorita
Soledad y el marqués no están
formalmente comprometidos, ¿no es cierto?
Pablo
la miró con el ceño fruncido.
—Digamos
que hay cierto entendimiento entre ellos —Pablo endureció su tono.
—Un
entendimiento —repitió Mariana. Suspiró—. Pero también los malentendidos son
algo frecuente, ¿verdad, ? Una joven atractiva cree haber despertado el interés
de un noble, pero de repente… —se encogió de hombros—, aparece una mujer más
atractiva y capaz de distraer la atención de este último.
—Una
persona peligrosa y manipuladora —dijo Pablo. Había abandonado toda apariencia
de cortesía. Una abierta antipatía teñía sus palabras—. Permitime que sea sincero. Asumo que tu intención es apartar a Solead y
casarte con Peter, ¿no es cierto?
—Eso
no es asunto tuyo —replicó Mariana.
—Te
equivocas—le advirtió Pablo—. Claro que es asunto mío. En tanto que soy tu ex marido…
Tenía
la impresión de la palabra ex-marido, implicaba que el matrimonio había
terminado. No creo que un ex-marido juegue papel alguno en las decisiones de su
ex-esposa. Repito, esto no es asunto tuyo.
Pablo
cambió de postura y se alejó de ella, lo que permitió que Mariana volviera a
respirar. Presionó las manos en el regazo y deseó que Peter regresara para que
Pablo se viera obligado a abandonar aquel interrogatorio. Cerró los ojos con
fuerza. Pero sus ruegos no fueron escuchados porque cuando volvió a abrir los
ojos, Peter continuaba sin aparecer y Pablo la observaba con expresión
especulativa.
—Hay
algo sospechoso en todo esto —comenzó a decir Pablo lentamente.
A
Mariana le latía con fuerza el corazón.
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