Capítulo 7
El
coche de alquiler dejó a la señorita Soledad delante de una casa de habitaciones.
Permanecía sobre los adoquines sintiéndose ligeramente embriagada con una
mezcla de culpa, miedo y emoción que hacía que le diera vueltas la cabeza.
Aquélla era una parte de la ciudad que había visitado por primera vez dos
semanas atrás. Era un alojamiento poco elegante en el que no conocía a nadie y
nadie la conocía. Ese, le habían dicho, era el atractivo de aquel lugar. Su
reputación estaba a salvo. Nadie sabría nunca lo que había hecho.
Después
de la primera visita, se había prometido que lo haría solo una vez, que no
volvería a ocurrir. Su vida diaria había continuado transcurriendo como
siempre. Nada había cambiado. Pero todo era distinto.
La
segunda cita había llegado esa misma noche, en el baile de los duques de Alton.
Soledad
se había guardado la nota en el bolso, escondida bajo un pañuelo bordado, y
había pasado el resto de la noche en una agónica impaciencia mezclada con la
anticipación. Desde el instante en el que había desdoblado la nota, sabía que
iría. Al igual que su hermano, había heredado la atracción por el riesgo y la
necesidad de jugar, y aquél era el juego más importante de su vida. Si ganaba,
podría conseguir todo lo que siempre había deseado. Si perdía… Pero no, no
podía pensar en perder. Aquella noche, no.
Soledad
llevaba el juego en la sangre. Su infancia había estado presidida por la
pobreza, los muebles empeñados para saldar deudas y la falta de comida en la
mesa. Las épocas de escasez se alternaban con raras ocasiones en las que eran
tan ricos que Soledad apenas podía creérselo.
En
una ocasión, su padre había ganado tanto dinero que habían paseado por Dublín
en un carruaje dorado tirado por dos caballos blancos que parecía salido de un
cuento de hadas.
Aquel
día, había comido tanto que había estado a punto de estallar. Había pasado la
noche entre sábanas de seda, pero al día siguiente, al despertar, el carruaje y
los caballos habían desaparecido y su madre lloraba. Una semana después,
también se habían llevado las sábanas y volvían a dormir arropados por toscas
mantas. Y a los seis años, había perdido a su padre.
Aun
así, siempre había tenido a Pablo a su lado. Duro, protector, demasiado adulto
para su edad y decidido a defenderlas a ella y a su madre contra viento y
marea.
Soledad
sabía que Pablo había trabajado para ellas, que probablemente había pedido prestado para mantenerlas. Había sido el que,
tras la muerte de su madre, había ido a visitar a su primo, Alex Grant, y le
había hecho responsabilizarse de ellos. Aquellas duras experiencias les habían
unido todo lo que dos hermanos podían llegar a estarlo. Nunca había habido secretos
entre ellos… hasta aquel momento.
Soledad
se detuvo en los escalones de la puerta y estuvo a punto de salir corriendo
hacia la casa, donde Alex y Joanna la creerían a salvo en la cama, de vuelta en
el mundo que tan bien conocía. Pero ya era demasiado tarde. Había dado pasos
que dejaban tras ella aquel mundo.
Había
hecho cosas con las que dos semanas atrás ni siquiera se atrevía a soñar: salir
por la noche sin carabina, trasladarse en un carruaje de alquiler… Cosas que
otras personas hacían continuamente, pero que le estaban vetadas a una joven de
reputación intachable. Sofocó una risa. Las jóvenes de reputación intachable no
participaban en juegos de azar junto a un caballero. Y tampoco pagaban con sus
cuerpos cuando perdían.
La
puerta se abrió en silencio, respondiendo a su llamada, y su anfitrión la
condujo a una habitación iluminada por las velas en la que había dispuesto ya
la mesa de juego y le estaban esperando las cartas.
Soledad
pensó en la posibilidad de ganar y sintió una oleada de excitación que encendió
su sangre. Pensó después en la posibilidad de perder y se estremeció con una
clase de excitación muy diferente. Pero él ya la estaba besando con una pasión
que avivaba su deseo y sofocaba sus miedos. Aquello no podía estar mal porque
le parecía maravilloso. En realidad, el juego no estaba en las cartas, sino en
el amor, y sabía que el amor lo conquistaba todo. Su amante la soltó y sonrió.
Este
no es lugar para una dama.
Mariana
se sobresaltó de tal manera que estuvo a punto de golpearse la cabeza con la
barandilla del establo.
Estaba de rodillas sobre la paja, examinando
el caballo que Peter había elegido por ella en la última venta de Tattersall.
Incluso a distancia, había sabido que era una pobre elección. Parecía bonito,
con aquel pelaje castaño y los ojos brillantes, pero el pecho era ligeramente
estrecho y las patas un poco cortas. Naturalmente, no le había dicho a Peter
ninguna de aquellas cosas. Le había felicitado por su buen criterio y le había
observado congratularse por ello.
Solo
un segundo antes, Mariana también estaba felicitándose a sí misma por la
progresión de sus planes. Solo había tardado cuatro días en ganarse las
atenciones de Peter.
Había
progresado hasta tal punto que en aquel momento estaría dispuesto a comprarle
un caballo, y no solo a recomendarle una compra. Ya había intentado regalarle
unas esmeraldas, pero Mariana sabía exactamente lo que habría esperado a cambio
y las había rechazado educadamente, pero con determinación.
Estaba
representando el papel de viuda virtuosa a la perfección. Definitivamente,
convertirse en la amante de Peter no formaba parte del plan.
Trataba
a Peter como a un amigo, le pedía su opinión, solicitaba su consejo y alababa
su buen juicio. Peter la había ayudado a comprar un carruaje y después un
caballo. Para ello, Mariana estaba utilizando el dinero de sus padres, pero,
por supuesto, él no lo sabía. Mariana era consciente de lo mucho que el papel
de confidente le confundía. No estaba acostumbrado a considerar a las mujeres
hermosas como posibles receptoras de su amistad, a menos que hubieran ocupado
antes su lecho.
Estaba
perplejo, apabullado e intrigado, que era exactamente como Mariana quería que
estuviera.
Sus
padres estaban encantados al ver que su hijo había dejado de prestarle atención
a Soledad y eso agudizaba su generosidad.
El
plan rodaba perfectamente, pero debería haber imaginado que Pablo
reaparecería para poner obstáculos en el camino.
Mariana
se apoyó sobre los talones. En su línea de visión aparecieron un par de botas
perfectamente lustradas. Sobre ellas, dos musculosos muslos enfundadas en unos
pantalones de montar… y ya no se atrevió a seguir elevando la mirada. Era
humillante estar arrodillada sobre la paja de un establo, a los pies de Pablo
Martinez.
—Al
señor Tattersall le gusta recibir a damas en sus subastas —contestó Mariana,
alzando la mirada para fijarla en sus ojos verdes, a pesar de que el cuello le
dolía por el esfuerzo.
—Le
gusta recibir a damas cuyo pedigrí es mejor que el de esos caballos —replicó
Pablo—. Lo cual, quedas descartada, Señora Carew —se burló.
No
hizo ningún ademán de ayudarla a levantarse. Mariana era agudamente consciente
del incómodo picor de la paja a través del terciopelo de la falda del vestido
de montar, y del penetrante olor a caballo que la rodeaba.
El
colmo de la mala suerte habría sido que su caballo eligiera aquel preciso
momento para aliviarse.
Por
un momento, pensó que iba a tener que incorporarse ella sola, sonrojada,
humillada y cubierta de heno, pero Pablo se inclinó, la agarró del brazo y tiró
de ella con más fuerza que delicadeza. Aquella maniobra la retuvo en sus brazos
durante un instante fugaz y el olor a jabón de cedro y aire fresco en su piel
se impuso al olor de los caballos.
Los
sentidos de Mariana parecieron rebelarse contra ella. Podía sentir la dureza de
los músculos del brazo de Pablo bajo la suavidad de su ropa. Era un hombre en
óptimas condiciones físicas. Evidentemente, estar al servicio de Rocío debía de
ser físicamente más agotador de lo que había imaginado.
Mariana
experimentó la más extraña de las sensaciones. Fue como si de pronto, las capas
de ropa que los separaban se hubieran derretido y estuviera acariciando la piel
desnuda de Pablo, cálida y sedosa bajo sus dedos. Nunca había sido tan consciente
de un hombre.




