martes, 25 de febrero de 2014

Capitulo 7

Capítulo 7

El coche de alquiler dejó a la señorita  Soledad delante de una casa de habitaciones. Permanecía sobre los adoquines sintiéndose ligeramente embriagada con una mezcla de culpa, miedo y emoción que hacía que le diera vueltas la cabeza. Aquélla era una parte de la ciudad que había visitado por primera vez dos semanas atrás. Era un alojamiento poco elegante en el que no conocía a nadie y nadie la conocía. Ese, le habían dicho, era el atractivo de aquel lugar. Su reputación estaba a salvo. Nadie sabría nunca lo que había hecho.
Después de la primera visita, se había prometido que lo haría solo una vez, que no volvería a ocurrir. Su vida diaria había continuado transcurriendo como siempre. Nada había cambiado. Pero todo era distinto.
La segunda cita había llegado esa misma noche, en el baile de los duques de Alton.
Soledad se había guardado la nota en el bolso, escondida bajo un pañuelo bordado, y había pasado el resto de la noche en una agónica impaciencia mezclada con la anticipación. Desde el instante en el que había desdoblado la nota, sabía que iría. Al igual que su hermano, había heredado la atracción por el riesgo y la necesidad de jugar, y aquél era el juego más importante de su vida. Si ganaba, podría conseguir todo lo que siempre había deseado. Si perdía… Pero no, no podía pensar en perder. Aquella noche, no.
Soledad llevaba el juego en la sangre. Su infancia había estado presidida por la pobreza, los muebles empeñados para saldar deudas y la falta de comida en la mesa. Las épocas de escasez se alternaban con raras ocasiones en las que eran tan ricos que Soledad apenas podía creérselo.
En una ocasión, su padre había ganado tanto dinero que habían paseado por Dublín en un carruaje dorado tirado por dos caballos blancos que parecía salido de un cuento de hadas.
Aquel día, había comido tanto que había estado a punto de estallar. Había pasado la noche entre sábanas de seda, pero al día siguiente, al despertar, el carruaje y los caballos habían desaparecido y su madre lloraba. Una semana después, también se habían llevado las sábanas y volvían a dormir arropados por toscas mantas. Y a los seis años, había perdido a su padre.
Aun así, siempre había tenido a Pablo a su lado. Duro, protector, demasiado adulto para su edad y decidido a defenderlas a ella y a su madre contra viento y marea.
Soledad sabía que Pablo había trabajado para ellas, que probablemente había pedido  prestado para mantenerlas. Había sido el que, tras la muerte de su madre, había ido a visitar a su primo, Alex Grant, y le había hecho responsabilizarse de ellos. Aquellas duras experiencias les habían unido todo lo que dos hermanos podían llegar a estarlo. Nunca había habido secretos entre ellos… hasta aquel momento.
Soledad se detuvo en los escalones de la puerta y estuvo a punto de salir corriendo hacia la casa, donde Alex y Joanna la creerían a salvo en la cama, de vuelta en el mundo que tan bien conocía. Pero ya era demasiado tarde. Había dado pasos que dejaban tras ella aquel mundo.
Había hecho cosas con las que dos semanas atrás ni siquiera se atrevía a soñar: salir por la noche sin carabina, trasladarse en un carruaje de alquiler… Cosas que otras personas hacían continuamente, pero que le estaban vetadas a una joven de reputación intachable. Sofocó una risa. Las jóvenes de reputación intachable no participaban en juegos de azar junto a un caballero. Y tampoco pagaban con sus cuerpos cuando perdían.
La puerta se abrió en silencio, respondiendo a su llamada, y su anfitrión la condujo a una habitación iluminada por las velas en la que había dispuesto ya la mesa de juego y le estaban esperando las cartas.
Soledad pensó en la posibilidad de ganar y sintió una oleada de excitación que encendió su sangre. Pensó después en la posibilidad de perder y se estremeció con una clase de excitación muy diferente. Pero él ya la estaba besando con una pasión que avivaba su deseo y sofocaba sus miedos. Aquello no podía estar mal porque le parecía maravilloso. En realidad, el juego no estaba en las cartas, sino en el amor, y sabía que el amor lo conquistaba todo. Su amante la soltó y sonrió.

Este no es lugar para una dama.
Mariana se sobresaltó de tal manera que estuvo a punto de golpearse la cabeza con la barandilla del establo.
 Estaba de rodillas sobre la paja, examinando el caballo que Peter había elegido por ella en la última venta de Tattersall. Incluso a distancia, había sabido que era una pobre elección. Parecía bonito, con aquel pelaje castaño y los ojos brillantes, pero el pecho era ligeramente estrecho y las patas un poco cortas. Naturalmente, no le había dicho a Peter ninguna de aquellas cosas. Le había felicitado por su buen criterio y le había observado congratularse por ello.
Solo un segundo antes, Mariana también estaba felicitándose a sí misma por la progresión de sus planes. Solo había tardado cuatro días en ganarse las atenciones de Peter.
Había progresado hasta tal punto que en aquel momento estaría dispuesto a comprarle un caballo, y no solo a recomendarle una compra. Ya había intentado regalarle unas esmeraldas, pero Mariana sabía exactamente lo que habría esperado a cambio y las había rechazado educadamente, pero con determinación.
Estaba representando el papel de viuda virtuosa a la perfección. Definitivamente, convertirse en la amante de Peter no formaba parte del plan.
Trataba a Peter como a un amigo, le pedía su opinión, solicitaba su consejo y alababa su buen juicio. Peter la había ayudado a comprar un carruaje y después un caballo. Para ello, Mariana estaba utilizando el dinero de sus padres, pero, por supuesto, él no lo sabía. Mariana era consciente de lo mucho que el papel de confidente le confundía. No estaba acostumbrado a considerar a las mujeres hermosas como posibles receptoras de su amistad, a menos que hubieran ocupado antes su lecho.
Estaba perplejo, apabullado e intrigado, que era exactamente como Mariana quería que estuviera.
Sus padres estaban encantados al ver que su hijo había dejado de prestarle atención a Soledad y eso agudizaba su generosidad.

El plan rodaba perfectamente, pero debería haber imaginado que Pablo reaparecería para poner obstáculos en el camino.
Mariana se apoyó sobre los talones. En su línea de visión aparecieron un par de botas perfectamente lustradas. Sobre ellas, dos musculosos muslos enfundadas en unos pantalones de montar… y ya no se atrevió a seguir elevando la mirada. Era humillante estar arrodillada sobre la paja de un establo, a los pies de Pablo Martinez.
—Al señor Tattersall le gusta recibir a damas en sus subastas —contestó Mariana, alzando la mirada para fijarla en sus ojos verdes, a pesar de que el cuello le dolía por el esfuerzo.
—Le gusta recibir a damas cuyo pedigrí es mejor que el de esos caballos —replicó Pablo—. Lo cual, quedas descartada, Señora Carew —se burló.
No hizo ningún ademán de ayudarla a levantarse. Mariana era agudamente consciente del incómodo picor de la paja a través del terciopelo de la falda del vestido de montar, y del penetrante olor a caballo que la rodeaba.
El colmo de la mala suerte habría sido que su caballo eligiera aquel preciso momento para aliviarse.
Por un momento, pensó que iba a tener que incorporarse ella sola, sonrojada, humillada y cubierta de heno, pero Pablo se inclinó, la agarró del brazo y tiró de ella con más fuerza que delicadeza. Aquella maniobra la retuvo en sus brazos durante un instante fugaz y el olor a jabón de cedro y aire fresco en su piel se impuso al olor de los caballos.
Los sentidos de Mariana parecieron rebelarse contra ella. Podía sentir la dureza de los músculos del brazo de Pablo bajo la suavidad de su ropa. Era un hombre en óptimas condiciones físicas. Evidentemente, estar al servicio de Rocío debía de ser físicamente más agotador de lo que había imaginado.
Mariana experimentó la más extraña de las sensaciones. Fue como si de pronto, las capas de ropa que los separaban se hubieran derretido y estuviera acariciando la piel desnuda de Pablo, cálida y sedosa bajo sus dedos. Nunca había sido tan consciente de un hombre. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Capitulo 6 Una Dudosa Reputación


Hola como están? paso rapidito a dejarles un nuevo cap y de paso le aviso que también subi cap en la otra nove ;) besos!!

Cap 6
Había perdido a su única hija, pero ahora tenía a max y a Bianca y se aferraba a ellos con la fuerza de una tigresa.
Había hecho una promesa a la madre de aquellos niños en la fría oscuridad de un hospicio, durante las tristes horas que habían precedido a su muerte y, a veces, le parecía que el regalo de aquellos gemelos era una penitencia y una bendición al mismo tiempo. Había perdido a Rose, pero podía enmendar sus errores y jamás abandonaría a Max y a Bianca
Por eso era fundamental que Pablo no descubriera la verdad y no echar por tierra sus planes.
Suspirando, se quitó los zapatos de baile y flexionó los dedos de los pies. Le dolían los pies. Los zapatos de Cenicienta eran muy hermosos, pero no podía decirse que fueran cómodos. El dolor de cabeza que había utilizado como excusa para escapar a las impertinencias de  Gastón Walters, se había hecho real. Lo único que le apetecía era estar de nuevo en su casa.
El carruaje pasó por delante de un grupo de jóvenes que bebían en las calles. Aquellas noches de calor veraniego le hicieron evocar los días en los que había trabajado como cantante en una taberna. Tenía un pasado variado, pensó con una sonrisa. La taberna, el taller de costura, la tienda… Gracias a su aspecto y al capricho del azar, había terminado dedicándose a aquel extraño trabajo de rompecorazones, un trabajo pagado por parientes decididos a poner fin a las parejas de sus nobles y ricos vástagos.
Mariana se frotó la cabeza, allí donde los diamantes adornaban su pelo. La noche había empezado de una forma perfecta. Los duques de Alton le habían presentado a Peter y éste inmediatamente se había mostrado intrigado y más que interesado en profundizar en aquella relación.
Ella había representado el papel de viuda misteriosa a la perfección. Peter y ella habían bailado juntos y le había permitido estrecharse contra ella algo más de lo que las convenciones dictaban. Todo estaba yendo como la seda. Incluso había empezado a planear el siguiente paso, otro encuentro con Peter que debería parecer casual, pero que, en realidad, sería el resultado de las maquinaciones de los duques y la traición del valet de su hijo, al que pagaban una extraordinaria cantidad de dinero para que les mantuviera al tanto de las andanzas de su señor. De esa forma, ella siempre iba un paso por delante en aquel juego. Antes incluso de conocer a su víctima, o a su misión, como ella prefería llamarle, sabía todo sobre el, conocía sus gustos, los lugares que frecuentaba, sus intereses, sus debilidades.
Conocer las debilidades era especialmente útil, tanto si el punto débil eran las mujeres, el juego, la bebida o una combinación de las tres cosas.
Era ella la que elegía y probaba el método a seguir. Medir al hombre en cuestión, aprender todo lo que había que saber sobre él, halagar sus opiniones y tratarlo con cierto toque de seducción. Ninguno había sido capaz de resistírsele.
Y así deberían ser las cosas con  Peter Alton. Un encuentro casual en el parque, una invitación a pasear, la promesa de un baile, un ligero devaneo… hasta que Peter terminara deslumbrado y rendido a sus pies.
En el caso de que fuera necesario, podría llegar incluso hasta el compromiso, antes de romperlo con el debido arrepentimiento al cabo de un mes. Ése era el plan, hasta que Pablo Martinez había aparecido dispuesto a amenazarlo.
Pensó en Pablo, en sus ojos verdes rebosantes de enfado y desprecio mientras la observaba.
Un escalofrío le hizo estremecerse. Estaba segura de que había averiguado ya que pretendía arruinar los planes de su hermana. Debía pensar que quería a Peter para ella misma, por supuesto. No era muy probable que llegara a descubrir la verdadera naturaleza de su trabajo, porque aquélla era la primera vez que Mariana pisaba Londres y trabajaba en los círculos de la nobleza.
Era arriesgado, pero teóricamente, debería estar a salvo. Por supuesto, Pablo podía revelar la verdad sobre su relación previa, pero imaginaba que tampoco él tenía ningún interés en que su encantadora heredera lo supiera.
Rocio no parecía una prometida particularmente maleable, y Mariana estaba segura de que era ella la que tenía el dinero en aquella relación.
Lo cual, la llevó a pensar en la anulación de su matrimonio. La culpa volvió a traducirse en un nudo en el estómago. Sabía que debería haber formalizado el fin de su matrimonio mucho tiempo atrás. Pero en cuanto los duques le pagaran lo prometido y Max y Bianca estuvieran a salvo, pagaría la anulación matrimonial y dejaría a Pablo libre para casarse con Rocio. Aunque aquella realidad le ocasionaba una punzada en el estómago y una tristeza recorría su cuerpo, pero no debía pensar en ello, tarde o temprano ocurriría y ella no podía pensar en aquello ya no, tenía cosas muchas más importante que ocuparse de aquello. Tendría que anular su casamiento cuanto antes y  Nunca se enteraría de que había tardado siete años en solicitarla
Abrió el bolso y sacó un pastel aplastado que había sustraído disimuladamente del salón del refrigerio. Tenía el bolso lleno de migas. No era el primer retículo que echaba a perder de esa forma. Mordió un bocado y en cuanto el dulce pastel se derritió en su lengua se sintió reconfortada. Comer siempre la hacía sentirse mejor, estuviera o no hambrienta. Tendía a comer todo lo que podía cuando tenía comida ante ella, un legado de la época en la que no sabía cuándo podría disfrutar de la siguiente comida. Era increíble que no hubiera reventado aquel vestido de seda.
A pesar de sus intentos por alejar el pasado, los recuerdos continuaban atormentándola.
 Pablo sosteniéndole la mano ante el altar mientras el sacerdote pronunciaba las solemnes palabras del servicio matrimonial.
Pablo sonriéndole mientras decía con nervios, miedos, pero a la vez ilusionado y  vergonzoso los votos. Incluso la inesperada, brusca apertura de la puerta en el momento en el que su tío había entrado en la iglesia para reclamarla.
Pablo había posado la mano en su brazo, intentando tranquilizarla, y el calor de sus ojos le había permitido mantener la calma. Mientras el la defendía. Se había sentido amada y deseada por primera vez en muchos largos y fríos años.
Por un instante, sintió un arrepentimiento tan agudo y penetrante que gimió para sí. Su primer amor había sido dulce e inocente.
Y desesperadamente ingenuo.
Simplemente el era perfecto, pero sabía que las mujeres le rondaban sin parar, eran como las abejas alrededor de la miel, y no sabía si podría enfrentarlas, si el siempre la elegiría a ella, ya que ella era pobre el no tenía mucho dinero pero las mujeres con mucho dinero lo querían tener, y hoy sabía que lo que tanto temía aquella noche había pasado, ella solo tenía su virginidad que le había entregado a el como prueba de su gran amor, pero si eso no alcanzara, si el se cansaba o buscara después una mujer con mas experiencia todas esas dudas habían estado en su mente lo amaba tanto que no iba soportar que aquello pasará, la ingenuidad, su corta edad los celos le llevaron a cometer la peor estupidez de su vida..
 Que hasta el día de hoy se arrepentía, pero el pasado debía queda allí ya nada podría hacer

Mariana se recostó contra los cojines aterciopelados del carruaje y dejó que los recuerdos se escurrieran como la arena entre sus dedos. Era tonto, devastador y absurdo recrearse en el pasado. Lo que había tenido con  Pablo Martinez había sido una fantasía infantil. En aquel momento, lo único que él sentía por ella era desprecio. Y pronto, si conseguía alejar a Peter de Soledad la odiaría mucho más.

sábado, 22 de febrero de 2014

Capitulo 5 Una dudosa Reputación


Hola como están? vuelvo a dejarles otro cap, espero que les guste!
;) Besos!!

CAP 5
—Te confundes si crees que no eres una prostituta. Te estás prostituyendo por dinero, tanto si hay matrimonio de por medio como si no.
La luz de las velas titilaba en los ojos de Mariana que, por un instante, parecieron en total desacuerdo con sus atrevidas palabras. Pero pronto desapareció aquella inseguridad y todo lo que quedó en ellos fue un desprecio absoluto.
—Supongo que eres el más indicado para saberlo, Pablo —le espetó—. ¿No estás haciendo tú lo mismo, al intentar atrapar a una rica heredera valiéndote de tu aspecto y de tus encantos? —arqueó sus cejas perfectas—. Si yo soy una prostituta, ¿tú qué eres?
Pablo furioso, dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver el brillo triunfante de su mirada. Era obvio que Mariana se alegraba de haberlo incitado a cometer una indiscreción. Tomó aire.
—Te equivocas si piensas que aprendiste todo sobre cómo complacer a un hombre al pasar una sola noche a mi lado —respondió—. Pero si deseas ampliar tu experiencia, estoy a tu entera disposición.
—Al igual que siete años atrás —sonrió sin perder la compostura y con la misma frialdad que el agua del deshielo
—. Te lo agradezco, pero no es necesario. He corregido ya las deficiencias de mi educación durante estos últimos años.
Pablo estaba seguro de que así era. Había vuelto a casarse con el hombre que le daba su apellido, Carew, presumiblemente, un próspero barón. Quizá había habido otros amantes, e incluso matrimonios previos, y se había convertido en una viuda rica y, sospechaba, en busca de otro trofeo. Un marqués, quizá.
Le había engañado. Le había utilizado a conciencia y sin piedad. Mariana le había considerado el primer escalón para el éxito.
Él, un cazafortunas, debería apreciar su estrategia. Pero no era capaz.
De pronto, vio desvanecerse, como la niebla bajo la luz del sol, las esperanzas que Soledad había puesto en el futuro.
Veía la vulnerabilidad de su hermana, y también la suya, cuando apenas acababan de introducirse en los círculos de la alta sociedad. Un paso en falso, un golpe de mala suerte, y volverían a la pobreza y la desesperación que había rodeado su infancia en las calles de Dublín.
Pablo había tenido la posibilidad de vivir rodeado de riqueza, pero también en una abyecta pobreza. Como hijo de un jugador compulsivo, había conocido los extremos de la fortuna y la miseria cuando todavía vestía pantalones cortos. Ese temor le había perseguido desde entonces. No podía permitir que Mariana le arrebatara a Soledad su futuro o que arruinara sus planes. Tenía que vigilarla de cerca y controlar todos y cada uno de sus movimientos.
Mariana inclinó la cabeza hacia él con burlona educación.
—Buenas noches, Pablo . le deseo suerte como cazador de fortunas —bromeó.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Pablo con incredulidad.
Mariana sonrió.
—Te lo deseo con la misma intensidad con la que tú me deseas suerte en la búsqueda de la mía.
Pablo la observó alejarse. Su figura, enfundada en aquel sinuoso vestido, era una llama de plata. Los diamantes resplandecían en su pelo y en sus zapatos bordados.
Vigilarla de cerca… Por una parte, no sería una experiencia desagradable. Pero, por otra, quizá fuera la experiencia más peligrosa de su vida.
Se recostó contra un ventanal mirando al suelo, tratando de digerir lo ocurrido, tal vez el sea un cazafortuna pero lo que más le impulsaba a ello era asegurar el futuro de su hermana, sin embargo él jamás fue tan cruel, como ella.
Sintió una opresión en el pecho. tenía tantos sentimientos encontrados, Jamás pensó que mariana le haría eso.
Cuando él fue a buscarla y sus tio le dijeron que había muerto,  la había llorado tanto, se había sentido tan perdido, que todo había perdido sentido a su alrededor, que le llevaron a cometer errores.
Aprendió a sobrevivir y con el tiempo la dejo de atrás, pero ella siempre fue a la única mujer que amo, y hoy revivía ente sus ojos mostrándose como realmente era, todo el tiempo lo había usado sin compasión arruinándole la vida.  Inevitablemente sus ojos se llenaron de lágrimas, sus palabras, su frialdad destruyo todo el recuerdo de un amor que el guardaba en lo más profundo de su ser, hoy de eso ya no había nada.
Seco sus lágrimas con furia esta vez no iba derramar más lagrimas por ella, esta vez no iba arruinar sus planes, esta vez le demostraría que  Pablo Martinez no era más aquel iluso que ella conoció, si quería pelea la tendría.  
Mariana todavía temblaba cuando subió al carruaje. No esperaba que Pablo la siguiera. Se había asegurado de que no se le ocurriera hacerlo. Pero la hostilidad de su encuentro continuaba palpitando en su sangre con una fuerza primitiva. Le resultaba imposible pensar que en otro momento de sus vidas, Pablo  y ella habían hecho el amor con exquisita ternura. Porque ya no quedaba nada de aquel sentimiento.
Recordó la amarga condena de Pablo, el odio que reflejaban sus ojos, y sintió un profundo arrepentimiento. Pero no había otra forma de alejarlo de ella. No podía permitir que nadie descubriera la verdad sobre su pasado cuando había tantas cosas en juego.
Aquél sería su último trabajo. Con el dinero que le pagaran los duques de Alton por conseguir distanciar a su hijo de Soledad, tendría suficiente para pagar sus deudas, volver a Escocia y proporcionar un hogar a sus pequeños  Max y Bianca, los hijos de su mejor amiga.
Necesitaban estar los tres juntos, formar una familia, como lo habían hecho al principio.
Mariana sintió un dolor tan repentino y fuerte en el corazón que apenas podía respirar al recordar nuevamente las palabras de pablo y su mirada de profundo desprecio y odio.
 Odiaba su vida, odiaba tener que representar aquel papel, odiaba el engaño y, sobre todo, odiaba no tener a nadie en quien confiar. Estaba sola. Siempre había estado sola, desde el momento en el que sus tíos la habían echado de su casa, la habían repudiado cuando solo tenía diecisiete años.
Acarició el diamante que lucía en el cuello. Un diamante prestado, al igual que el carruaje y la casa de Street, el vestido de gasa y los zapatos de baile. Nada era real. Era una falsa dama, una Cenicienta cuyo mundo se desvanecería como el humo en el momento en el que alguien descubriera la verdad.
Acarició el vestido con una delicadeza casi reverencial. Cuando se dedicaba a vender vestidos como aquéllos para ganarse la vida, terminaba desmayada de agotamiento después de pasar horas y horas trabajando apenas sin luz, con los dedos hinchados y arañados por las agujas y el hilo. Soñaba entonces con poder vestir una creación como aquéllas y ser algún día la protagonista del baile. Aquella noche se había presentado en el baile como una princesa de cuento de hadas, pero bajo las capas de seda y encaje, continuaba viviendo Mariana Espositos, un fraude que temía ser descubierto.
Una vez más, apareció el rostro de Pablo en su mente.
Un rostro duro, implacable, con expresión burlona. Él era el único con el que debía tener cuidado. Si por un momento sospechara lo que le había pasado, que había sido desheredada, abandonada y arrojada a las calles, comenzaría a hacer preguntas que Mariana quería evitar. Pablo era el único que podía descubrir su pasado y arruinar así el futuro que tan cerca estaba de alcanzar.
Reclinó la cabeza contra el mullido asiento y cerró los ojos. Deseó entonces no haberse fugado para casarse con Pablo en secreto en la primera y última acción impulsiva de su vida.
Y no haber ido a la mañana siguiente a ver a el primo de Pablo, para confesarle lo que había hecho y pedirle apoyo para ambos.
Se arrepentía también de haber regresado después a la seguridad de la casa de sus tíos, fingiendo que no había pasado nada. Y de haberse quedado embarazada de Pablo…
Una pésima decisión había desencadenado toda una serie de acontecimientos que la habían llevado hasta un hospicio y a una desesperación tal que esperaba no tener que volver a pasar nunca por nada parecido.
El cuerpecito de su hija envuelto en una miserable manta, la pobreza le había impedido poder tener a su hija con vida, Las palabras del pastor, la niebla gris del amanecer envolviendo el cementerio de Edimburgo…
Con un gemido de dolor, Mariana enterró el rostro entre las manos. Las dejó caer después y fijó la mirada en la oscuridad con los ojos secos. No debía volver a pensar en ello. Nunca más
Las nubes oscuras se cernían sobre ella como alas negras. Las apartó, cerró los ojos y tomó aire hasta que el pánico cedió y volvió la calma a su mente

jueves, 20 de febrero de 2014

Capitulo 4 Una Dudosa Reputación


Capítulo 4

Pablo miró el rostro exquisito y desafiante de su esposa y sintió que su genio crecía peligrosamente. Era condenadamente bella y su cuerpo reaccionaba a la tentación que representaba a pesar de que su razón la despreciaba y la consideraba la más hipócrita y maniobrera prostituta de la tierra. Quería besarla. Quería tomar aquellos labios sensuales con los suyos, mordisquearle el labio inferior, deslizar la lengua en su boca y saborearla con toda la explosiva pasión que habían conocido. Quería demostrarle que su pretendida indiferencia era una farsa. Quería desgarrar la gasa de aquel vestido plateado y saquear su cuerpo sin piedad, hasta que terminara desmayada entre sus brazos.
Era un infierno, cuando se había comprometido con Rocio, había renunciado a otras mujeres, tal vez 1 desliz sin importancia, pero se había reformado  pero ahora Pablo sabía que no se había reformado en absoluto.
La peligrosa atracción que sentía hacia Mariana era una prueba de ello. Si tuviera la menor oportunidad, haría el amor con ella con despiadado abandono y se deleitaría en aquella experiencia. Nunca como entonces le había parecido la castidad una opción menos apetecible. 
Jamás su compromiso le había parecido tan gris y anodino en contraste con su traicionera ex esposa.
Sentía el pulso de Mariana latiendo bajo sus dedos. La delicada seda de los guantes no era suficiente protección contra él. Sabía que Mariana le deseaba tanto como él a ella.
Pero aun así, estaría dispuesto a estrangularla. La desleal y mentirosa  Mariana, que parecía tan radiante e inocente, le había tomado por sorpresa.
 Él creía haber seducido y haberse casado con una jovencita ingenua. 
En cambio, era ella la que le había utilizado para ganar experiencia del mundo.
Pablo tuvo que someterse a una estricta autodisciplina para no perder el control. Sentía el filo de un enfado tan cortante como una cuchilla. Un momento antes, cuando le había reprochado a Mariana las mentiras de su familia, había advertido una fugaz inseguridad.
 Había visto el impacto de la sorpresa en su mirada y había llegado a pensar que quizá ella ignorara aquella vil mentira.
Sus palabras burlonas habían puesto fin a aquella posibilidad. Lejos de ser una víctima, Mariana estaba en el corazón de aquel plan para engañarle.
La miró. Ella también le observaba y, a pesar de la fuerte atracción que los unía, había un brillo burlón en sus ojos castaños.
Pablo se preguntó cómo era posible que se hubiera confundido tanto con una mujer.
La Mariana Esposito que había conocido a los dieciocho años era una mujer tímida y dulce. Le resultaba difícil comprender cómo había llegado a convertirse en aquella descarada criatura. Por otra parte, tenía que aceptar que habían pasado siete años desde entonces. Él tenía entonces veinte años y quizá no fuera el hombre de mundo que le gustaba imaginar. Sin lugar a dudas, había sido un auténtico iluso. En lo que se refería a su adorable esposa, su capacidad de juicio había quedado espectacularmente puesta entre dicho.
—No tenías necesidad de casarte conmigo si lo único que querías era deshacerte de tu virginidad —dijo sombrío pero con furia—. Deberías habérmelo dicho. Habría estado más que encantado de cumplir con tus deseos sin necesidad de pasar por la iglesia y sin firmar nada.
Se miraron a los ojos. Pablo vio el sensual color que iluminaba los de Mariana, haciéndolos de un Marrón oscuro y brillante como el de las gemas. En décimas de segundo, se sintió transportado desde aquel bullicioso salón a la oscura intimidad de su lecho de matrimonio. Había sido una sola noche. Toda una noche de dulce deseo y una pasión más rica y más profunda de lo que había soñado jamás.
Mariana había sido la primera y única mujer a la que había amado. La sensación de intimidad que habían compartido había sido más aterradora que el inquietante placer que había encontrado entre sus brazos. Había sido una emoción suficientemente fuerte y profunda como para unirle a ella para siempre. Pero al día siguiente, Mariana había escapado, destrozándolo todo
En aquel momento, Mariana lo estaba mirando con profundo desdén y el deseo había desaparecido de sus ojos.
—Me temo que no lo entiendes. Claro que era necesario el matrimonio. No quería ser una prostituta.
Pablo la examinó con estudiado desprecio.
—En tu caso, me cuesta comprender cuál es la diferencia.
Mariana entrecerró los ojos con expresión hostil.
—En ese caso, permíteme explicártelo —respondió.
Pablo la observó trazar un dibujo con los dedos enguantados en el cristal de la ventana—. Era terriblemente aburrido vivir en casa de mis tíos. Éramos pobres y eso no me gustaba. Sabía que era suficientemente hermosa e inteligente como para seducir a un hombre rico y casarme con él, pero necesitaba experiencia, además de belleza. En ese pueblo nadie iba a mirarme dos veces, al fin y al cabo, solo era la nieta del maestro —se movió ligeramente y el diamante que llevaba en el cuello resplandeció—. Tenía miedo de quedar atrapada para siempre en aquel lugar y terminar muriendo de aburrimiento.
Acarició el diamante con expresión pensativa.
—Así que arme un plan. Casarme contigo, aprender todo lo que necesitaba e ir después en busca de mejores opciones —le miró a los ojos—. Tú no eras nadie, Pablo —le recordó con falsa delicadeza—. No tenías dinero y apenas tenías algún proyecto. Pero comprendí que podías serme útil —sus ojos brillaban con dureza—. Quería ser suficientemente joven, bella e intrigante como para conseguir que un hombre rico se casara conmigo. No me bastaba con convertirme en una amante. Necesitaba ser una mujer respetable para poder atrapar a un marido —curvó su sensual boca en una sonrisa—, pero suficientemente perversa como para complacerlo en la cama.
Se alejó de él, de manera que lo único que podía ver Pablo de su rostro era el reflejo que le devolvía el cristal de la ventana y su sonrisa.
—Debo decir que llegué a ser realmente buena. Me hacía pasar por viuda. Y tuve muchos pretendientes.
Pablo le creyó. Era suficientemente hermosa como para tentar a un santo y poseía un sensual atractivo suficientemente provocativo como para que cualquier hombre deseara complacerla, además de poseerla. Por supuesto, Mariana apuntaba mucho más alto que a ser una prostituta. Eso habría sido una maldición que le habría impedido ser considerada una mujer respetable. En cambio, una viuda atractiva atraía a pretendientes como las moscas a la miel. Seguro que había muchos que habían suplicado su atención. Solo él sabía el corazón corrupto que se ocultaba tras aquella adorable fachada.
—Así que decidiste matarme a mí, tras haberte dado muerte a ti misma. Lo tenías todo muy bien organizado.
—Oh, en realidad, nunca mencioné tu nombre —respondió Mariana—. Nadie preguntaba por mi primer marido. Supongo que si lo hubieran hecho, habría admitido que había tenido que anular mi matrimonio y lo habría presentado como una imprudencia juvenil —arqueó las cejas, como si estuviera invitándole a felicitarla—. Era un buen plan, ¿verdad?
—Todavía me cuesta entender la diferencia entre ser una Prostituta y ser una mujer que compra un marido rico utilizando su cuerpo.
Mariana se encogió de hombros, aparentemente indiferente a su desaprobación.
—Eres demasiado particular. Todo el mundo utiliza las ventajas que posee.
Y eran muchas las que Mariana poseía, pensó Pablo sombrío.
Un rostro angelical, un cuerpo adorable de movimientos elegantes, y una naturaleza codiciosa y despreocupada del dolor que pudiera infligir a los demás. Era una pena que no hubiera sido capaz de reconocer lo evidente cuando la había conocido, pero entonces solo era un joven inocente enfrente de una mujer hermosa. No había pensado con la cabeza, sino con una parte diferente y mucho más básica de su anatomía.
Sintió frío ante la insensibilidad que reflejaba aquel plan. Había sido una aventurera desde el primer momento. Se había casado con él, había aprendido las artes que necesitaba y después le había dejado para ir en busca de una presa más suculenta. Armada con la anulación matrimonial, era libre para volver a casarse.
Pablo era consciente de hasta qué punto, la combinación de su juventud, su belleza, su ingenio y su experiencia con aquel misterioso pasado podían seducir a un hombre rico. Diablos, era obvio que ya tenía subyugado a Peter.

Incluso él era incapaz de mirarla sin desear saborear cada milímetro de aquel cuerpo exquisito y perfecto, a pesar de saber que era una consumada mentirosa.

domingo, 16 de febrero de 2014

Capitulo 3 Una dudosa Reputación


Hola como están?, les cuento que ando a mil estudiando ya que rindo en estos días pero me hice un tiempito para que puedan leer otro cap.

P/DCharie ya saque la verificación de palabra pero es raro que no se soluciono, voy a seguir intentando ;)

Besos!! 

CAPITULO 3
 Pablo acababa de sustituir la débil amenaza que Gastón
Representaba por algo mucho más peligroso: él mismo.
 Estaba enfrentándose a ella delante de todos los invitados de los duques de Alton. Era una actitud audaz.
—No tengo nada que decir.
Mariana mantenía la voz firme. Había dispuesto de siete largos años para aprender a protegerse. Aunque nunca le había resultado tan difícil intentar levantar sus defensas como en aquel momento, cuando tenía que protegerse de aquel hombre y de su perspicaz y contundente mirada.
Pablo se echó a reír.
—Te considero capaz de cosas mejores, Mariana. ¿Qué demonios está pasando aquí?
—No sé a qué te refieres —replicó ella.
El pulso le latía a toda velocidad. Miró a su alrededor, pero no encontraba ningún posible refugio. Comenzó a caminar lentamente a un lado de la pista de baile. Pablo la agarró del brazo, adaptando su larga zancada a los pasos más cortos de Mariana.
 Cualquiera que los estuviera observando pensaría que estaban haciendo lo que cualquier otra de las parejas de baile. Caminando por la pista y charlando con la superficial indiferencia de dos conocidos. Excepto que no había nada de superficial en la caricia de la mano de Pablo.
—Por lo menos me debes una explicación —le exigió Pablo—. Una disculpa, incluso —su tono era sarcástico—, si no es mucho pedir.
Por un instante, Mariana distinguió un sentimiento de furia en su mirada.
Una pareja que pasaba a su lado los miró con curiosidad. Era obvio que habían captado el tono de las palabras de Pablo y habían advertido la tensión que se respiraba en el ambiente.
Mariana abrió el abanico para ocultar su expresión.
—Eso fue hace mucho tiempo —intentó imprimir a sus palabras frialdad y desdén, y consiguió exactamente el tono deseado—. Sí, te dejé, pero estoy segura de que has conseguido recuperarte de esa pérdida —se interrumpió y sonrió—. No me digas que te rompí el corazón.
Le estaba provocando intencionadamente y esperaba que Pablo contestara que no había significado nada para él. Sin embargo, vio que el calor y el enfado de sus ojos se intensificaban.
—Dos años después regresé a buscarte.
A Mariana estuvo a punto de caérsele el abanico. Dos años. No lo sabía. Sintió una mezcla de amargura y arrepentimiento. Pero no habría supuesto ninguna diferencia. Habría sido demasiado tarde. Había sido demasiado tarde desde el momento en el que había escapado de su lado. 
Lo comprendía en aquel momento, con la perspectiva proporcionada por el tiempo.
Podía reconocer los errores que había cometido y comprender el sinsentido de arrepentirse de ellos siete años después.
—Solo quería asegurarme de que habías anulado nuestro matrimonio —Pablo le dirigió una mirada de frío desprecio—. Pero cuando pregunté a tus tíos, me dijeron que habías muerto —añadió entre dientes—. Una exageración, al parecer, o más bien una crueldad
La sorpresa de Mariana fue tal que estuvo a punto de desmayarse. Durante un largo y terrible momento, el salón comenzó a girar ante sus ojos. La música y las voces se alejaron, todo parecía borrarse a su alrededor. Alargó la mano y comprendió, con agradecido alivio, que habían llegado a una esquina oculta del salón de baile.
Estaban al lado de unas enormes puertas en forma de arco que se abrían a la terraza. Sintió el frío cristal contra sus dedos y una ráfaga de aire frío que penetraba en la sofocante habitación.
Elevó los ojos hacia el rostro de Pablo. La expresión de éste era dura; había convertido su boca en una línea tensa. Era visible la furia primaria que le invadía.
—¿Te dijeron que había muerto? —susurró.
Era cierto que sus tíos la habían repudiado al enterarse de que estaba embarazada y no quería renunciar a su hijo. La habían repudiado, desheredado y echado de casa. Le habían dicho que para ellos estaba muerta. Y, evidentemente, eso era lo que le habían dicho a todos los demás
El frío crepitaba en su corazón. La insensible crueldad de su familia había estado a punto de destrozarla.
 En ese momento, sentía que su maldad volvía a atacarla. Creía que no podían volver a hacerle daño, pero se equivocaba.
Pablo continuaba hablando.
—¿Era necesario llegar tan lejos? —Decía con amargo enfado—. Yo no estaba buscando una reconciliación.
Se interrumpió. Mariana sabía que estaba esperando una respuesta, pero por un momento fue incapaz de articular palabra. Eran muchas las cosas que tenía que asimilar, y a una velocidad vertiginosa. Tenía que digerir el hecho de que Pablo hubiera ido a buscarla, de que su familia le hubiera mentido. Algo que le dolía mucho más de lo que jamás habría imaginado.
—Yo…
Sentía una fuerte presión en el pecho. Intentó respirar. Sabía que debía detener aquello cuanto antes. No quería que Pablo fuera consciente de que no sabía las mentiras que le había contado su familia.
Pablo se estaba acercando demasiado a la verdad. Un descuido por su parte y estaría perdida. Si sospechaba siquiera la verdad, tendría muchas preguntas que hacerle. Preguntas sobre el pasado, sobre lo que le había sucedido y, lo más peligroso, preguntas sobre su vida y sobre los motivos que la habían llevado a Londres. 
No podía contarle nada al respecto. Tenía que protegerse a sí misma y proteger su secreto costara lo que costara. Si no, lo perdería todo.
De pronto, se alegró inmensamente de no haberle contado que su matrimonio no había sido anulado. Aquello podría resultarle muy útil en el caso de que necesitara defenderse contra él.
Mariana se enderezó y recuperó la calma. Tomó aire y buscó las palabras adecuadas para conseguir que Pablo se alejara de ella. Pero Pablo por el contrario se le adelantó.
Lo hizo con una voz ronca y cargada de sentimiento; de un sentimiento que, a pesar de los siete años pasados, le llegaron a lo más profundo del alma y le hicieron sentir con una intensidad que no había experimentado desde hacía años aún más el escuchar que pronunciara su nombre de aquella forma.
—Por todos los diablos, Mar—estalló—, eras mi esposa, no una prostituta con la que me hubiera dado un revolcón. ¿No crees que me debías algo más? ¡Escapaste de mi lado y después le pediste a tu familia que me mintiera! ¿Por qué hiciste una cosa así? Porque?, que te hice?
Había tal pasión y honestidad en sus palabras que Mariana se odió a sí misma por lo que estaba a punto de hacer, por lo que tenía que hacer para protegerse.
—Les pedí que te mintieran porque quería asegurarme de que me desharía para siempre de ti —respondió en tono ligero y despreocupado.
Las palabras no parecían querer salir de sus labios, pero se obligó a pronunciarlas. Sabía que aquello tenía que terminar cuanto antes y quería que Pablo llegara a odiarla tanto que no volviera a hacerle preguntas nunca más. No había otra manera de actuar.
—Me casé contigo porque quería que me quitaras la carga de la virginidad —.Consiguiendo esbozar una convincente sonrisa. Sabía que era buena actriz. Había adquirido mucha práctica durante los amargos años que habían seguido al repudio de su familia, cuando su capacidad de fingir se había convertido en lo único que se interponía entre ella y la inanición.
—Tras una noche de matrimonio, averigüé todo lo que necesitaba saber sobre ti, Pablo—continuó—. Quería saber lo que era el sexo y tú me lo enseñaste.
Se obligó a mirarle a los ojos. 
El rostro de Pablo esta tenso, perplejo, no podía creer lo que acaba de escuchar apretaba la mandíbula mientras la oía destruir por completo el amor que habían compartido.
—Fue delicioso, maravilloso —se encogió ligeramente de hombros, acompañando con aquel gesto su tono indiferente—, pero después de haberte seducido, ya no tenías para mí ninguna utilidad.
Aquello debería bastar para hacerle despreciarla, se dijo. Ningún hombre aceptaría tamaño golpe a su orgullo. Se volvió para escaparse.
Pero Pablo detuvo su huida agarrándola por la muñeca y obligándola a acercarse a él. El cuerpo entero de Mariana se tensó ante aquel contacto. Todas las fibras de su ser despertaron en Pablo como si jamás se hubieran separado. El color fluyó a sus mejillas, caldeando cada centímetro de su piel, haciéndola sentirse viva y sensible como no había vuelto a serlo desde entonces.
Vio que Pablo deslizaba la mirada lentamente sobre ella, en una insolente apreciación de su estado de excitación. Posó la mirada en el escote del vestido que Mariana había elegido para atrapar a Peter. Por primera vez durante aquella velada, Mariana deseó que fuera más discreto. Sentía la mirada de Pablo sobre las curvas de sus senos como la más sensual de las caricias.
—Un momento —dijo Pablo.
Su voz sonaba queda en medio del bullicio del salón, el tintineo de la música y el clamor de voces. Queda, pero con un filo de acero.

—Esta vez no te alejarás de mí hasta que yo lo decida. Esta vez permanecerás a mi lado hasta que a mí me plazca —le advirtió con los ojos llenos de furia.