viernes, 28 de marzo de 2014

Capítulo 12


Capítulo 12

—Arturo —le dijo Pablo a su mayordomo, estando sentado ante el espejo mientras se afeitaba—, ¿alguna vez cometiste una estupidez siendo muy joven que ha vuelto a perseguirte años después?
Estaba en las habitaciones que ocupaba en Albany, preparándose para los entretenimientos de la noche. Albany era la residencia para solteros más exclusiva de Londres. Allí no se permitía la presencia ni de instrumentos musicales ni de mujeres.
Pablo había podido ocupar aquellas habitaciones porque era primo de Grant, el famoso explorador, y porque estaba comprometido con la hija de un duque. Por supuesto, él no podía permitirse aquel lujo. Al igual que todo lo demás, era la fortuna de su futura esposa la que pagaba sus gastos.
Sintió el roce de la cuchilla en el cuello e inmediatamente se arrepintió de haber formulado aquella pregunta estando en una posición tan vulnerable. Y no porque dudara de la firmeza de la mano de Arturo, a pesar de la avanzada edad del mayordomo. El verdadero problema era que nunca se había sentido muy cómodo teniendo la navaja de otro hombre tan cerca de su cuello, una reacción comprensible tras haber participado en una reyerta en un puerto de México varios años atrás.
—¿Qué hizo en su  juventud, señor Martinez? —preguntó al cabo de unos segundos.
—Nada —contestó Pablo—. Por lo menos desde hace siete años.
Arturo ignoró aquella respuesta.
—¿Ha comenzado apostar dinero y perder? —insistió—. ¿Ha seducido a una dama, o a alguien que no lo es? ¿Tenes relación con alguna mujer ligera de cascos?
La cuchilla rozó la garganta de  Pablo y éste tragó saliva. El jabón se deslizaba por su cuello.
—Arturo, me estás ofendiendo —cambió de postura—. Sabes que desde hace dos años llevo una vida irreprochable.
Y probablemente, aquélla era una de las razones de su frustración sexual, y sus pequeños desliz habían sido lejos de la ciudad
El único desahogo durante todo aquel tiempo lo había encontrado en el boxeo, la esgrima y algunas otras demostraciones de violencia socialmente consentidas. Hasta esa misma mañana… Y en aquel momento, el recuerdo de Mariana entre sus brazos continuaba persiguiéndole. La había deseado años atrás. Y continuaba deseándola.
—No —dijo  y negó con la cabeza.
Pablo observó en el espejo la destreza con la que utilizaba la cuchilla.
—¿No qué?
—No, no cometí ninguna estupidez cuando era joven —respondió Arturo—. A los trece años estaba en una cárcel. Estando allí encerrado, no había muchas posibilidades de cometer estupideces. Solo me dejaron salir para alistarme al ejército.
—Por supuesto —dijo Pablo, recordando  la imagen del pasado criminal—. Qué estupidez, no sé cómo se me ha ocurrido pensar que podrías haber cometido alguna estupidez en tu juventud.
—¿Y qué hizo usted señor Martinez? —preguntó
—¿Yo? Nada. Nada en absoluto.
Arturo soltó un bufido de incredulidad.
—Vos siempre fuiste un muchacho muy decidido. En aquel entonces, habrías sido capaz de fugaros con la esposa de otro hombre.
No, pensó Pablo Pero se había fugado con su propia esposa. Aunque al final, había sido ella la que había terminado escapando sin él.
Agradecía inmensamente que nadie más estuviera al tanto de aquella indiscreción juvenil. Cuando había conocido a Mariana, vivía en Escocia con Alex Grant, su primo. Ni éste ni su primera esposa, Amelia, tenían sospecha alguna de aquella aventura, estaba seguro. Alex nunca había estado particularmente interesado en su vida personal y Amelia… Pablo interrumpió el curso de sus pensamientos al recordar a la primera esposa de su primo, tan dulce y delicada por fuera y tan dura por dentro.
Amelia estaba tan pendiente de sí misma que, seguramente, no tenía espacio para pensar en nadie más, aunque estaba seguro que hubiera impedido aquella relación ya que pensaba que las personas como mariana sin dinero no valían mucho la pena
Pablo esbozó una mueca. Arturo musitó una palabra de advertencia mientras deslizaba la cuchilla por su cuello.
—No se mueva, señor, o esta noche terminara perdiendo algo más que la camisa.
Pablo permaneció completamente inmóvil mientras la cuchilla continuaba haciendo su trabajo. Se preguntó si Mariana sería aficionada al juego. Desde que había llegado a Londres, no la había visto participar en ninguna partida de cartas, pero estaba tan ocupada persiguiendo a Peter que seguramente no había tenido tiempo para otras aficiones.
Pero Peter también era jugador y a lo mejor había introducido a Mariana en el placer de las apuestas. Los dedos le cosquillearon al pensar en la emoción de las cartas. A lo largo de toda su vida había librado una fiera batalla consigo mismo para evitar la obsesión de su padre por el juego. La mayor parte de las veces, había sido capaz de controlar aquel impulso. Pero a veces no lo conseguía aunque no apostaba mucho dinero, no quería correr el riesgo de convertirse en alguien como su padre
Pero en aquel momento, le habría gustado desafiar a Mariana a jugar Sería muy satisfactorio vencerla. Aunque, por supuesto, también podía ganar ella. Mariana podía ser tan superficial y tan codiciosa como la más ambiciosa de las prostitutas, pero también era condenadamente decidida cuando quería algo. E inteligente. Comprometerse con ella a cualquier nivel era arriesgado. Estar en deuda con ella sería insoportable.
Arturo terminó de afeitarle, retiró el jabón y le tendió a  Pablo una toalla.
—Tenes suerte de no haber perdido ningún órgano vital —dijo con aspereza—. Le he dicho que no se mueva cuando lo afeito.
—Lo siento. Tengo ciertas preocupaciones en la cabeza.
—Asuntos de mujeres —replicó, más agrio todavía—. Conozco esa mirada. Tened cuidado, señor Martinez.
—Lo tendré —sonrió—. Gracias por tu preocupación. Me alegra saber que te importo.
.
Treinta minutos después, con el pañuelo atado al estilo irlandés, un estilo que había adoptado como propio en homenaje a sus antepasados, con la casaca sobre los hombros sostenida por Arturo y con un particularmente deslumbrante chaleco verde y dorado, Pablo decidió que estaba preparado.
—¿La función es esta noche? —preguntó Arturo con una cara muy larga—. Eso es para afeminados.
El mayordomo odiaba el teatro y etiquetaba a todo lo relacionado con aquel arte como algo excesivamente delicado.
Pablo sospechaba que aquella repulsión estaba relacionada con el viaje que había hecho al Ártico con Alex. Habían quedado encallados en el hielo y se habían visto obligados a entretenerse improvisando funciones teatrales durante un largo y oscuro invierno. Se disfrazaban de mujeres e interpretaban indistintamente los personajes femeninos y masculinos.
Aquello, pensó Pablo, era más que suficiente para enfurecer a cualquier escocés que se preciara de serlo.
En realidad, tampoco él era muy aficionado al teatro. En su caso, aquella aversión procedía de una función a la que había asistido dos años atrás. Había tenido entonces la mala suerte de encontrarse con una antigua amante estando en compañía de Rocio y de su familia. Había sido una situación de lo más embarazosa.
Rocio le había acribillado a preguntas. Quería saber quién era aquella mujer, cuándo la había conocido, con qué grado de intimidad y si había alguna probabilidad de que coincidiera aquella noche con otras de sus antiguas amantes.  Y la respuesta era que si
Pero Pablo había sido suficientemente inteligente como para negarlo.
Esta noche representan El Jugador, de Wycherley —le explicó al mayordomo. Advirtió que Arturo retorcía el gesto todavía más—. A Rocio le gusta el teatro.
Arturo emitió un poco comprometido gruñido con el que, sin embargo, conseguía expresar perfectamente su desaprobación hacia un hombre obligado a participar en determinados eventos sociales a petición de su prometida.
Pablo suspiró. Sabía exactamente lo que pensaba él de su compromiso. También Alex y Joanna lo desaprobaban. Ninguno de ellos comprendía los demonios que le perseguían.
Los recuerdos de un niño que, antes de que Alex le rescatara de las calles de Dublín, malvivía haciendo todo tipo de encargos para alimentar a su madre y a su hermana.
Soledad era la única que compartía con él la inefable experiencia de ser hija de un jugador.
Casarse con Rocio era una garantía contra la pobreza y, en tanto que tal, Pablo pensaba que merecía la pena pagar cualquier precio.
Aquella noche que se presentaba tan poco prometedora, no tardó en degenerar en algo peor. Soledad no había sido invitada puesto que, tal y como su suegra no había dudado en señalar, se trataba de un evento familiar íntimo.
Pablo encontró la cena extremadamente tediosa.
Mientras tanto, su futura suegra secundaba la actitud de su hija, ignorándole también, y Pablo se vio obligado a entretenerse con una carne excesivamente cocinada y mantener una educada conversación con su suegra.
 Su futuro, sabía, estaría plagado de noches interminables como aquélla. Aunque aquél era un pensamiento en el que prefería no profundizar.
Una vez en el teatro, se unieron al grupo los duques de Alton, Peter y Mariana. Era algo que él no había anticipado.
Disimuló el asombro inicial al ver a Mariana en la que había sido descrita como una reunión familiar íntima, pero estaba estupefacto ante la rapidez con la que se había introducido en el círculo de los Alton.
Se preguntaba si habría sido Peter el que había pedido a sus padres que permitieran la presencia de Mariana. No le extrañaba, pensó sombrío, que Peter hubiera caído rendido a los terribles encantos de Mariana, pero sí le parecía extraño que sus padres parecieran igualmente seducidos por ella.
Los duques eran extraordinariamente tiquismiquis en todo lo relativo al rango y el linaje. A diferencia de su hijo, el duque tenía suficiente carácter como para no dejarse engañar por un rostro bonito y una figura cautivadora, incluso en el caso de que estuvieran acompañados por una notable fortuna.
—Buenas noches, Caroline Carew —la saludó Pablo—. Qué sorpresa encontraros en una reunión familiar.
Mariana sonrió.
—A mí no me sorprende, Señor Martinez, que los duques hayan tenido la generosidad de incluirme en su círculo familiar.
Lo cual, pensó Pablo con sombría ironía, además de demostrar el calor con el que había sido recibida en la familia, ponía en evidencia el frío trato que continuaba recibiendo él después de haber pasado dos años comprometido con Rocio, la sobrina de los duques de Alton
Mariana pasó por delante de él para sentarse en la parte trasera del palco.
Peter  protestó rápidamente y la instó a colocarse en la primera fila, a su lado. Pablo no pudo menos que admirarla como estratega. Aquella demostración de modestia había sido espectacular.
Peter  era como la Gelatina entre sus dedos. Por muchos progresos que hubiera hecho Soledad el día anterior, no habían servido para nada. Mariana había vuelto a tomarle la delantera.
—Bien jugado —musitó.
No le pasó desapercibida la disimulada sonrisa que Mariana le dirigió. Una sonrisa acompañada de una expresión triunfal.
—Tengo mucha práctica —respondió Mariana con ligereza, de modo que solo él pudiera oírle.
—Es evidente.
Pero su sarcasmo encerraba mucha amargura. Estaba enfadado. Parecía fruto de la más refinada forma de tortura estar allí sentado, contemplando a la que había sido su  esposa utilizando todo tipo de artimañas para atrapar al hombre que su hermana quería.
Pensó en el beso que había compartido con ella en el carruaje el día anterior, en el calor, la pasión y el deseo enloquecedor que había provocado. Su enfado subió un grado más. Mariana le había ganado en su propio terreno, le había dejado deseando mucho más.

Sabía que Peter era su verdadera presa. Y que era una consumada intrigante.
Por supuesto, podría advertir a Peter Podía decirle que Mariana no era lo que aparentaba, que era una protistuta cazafortuna. Una idea crecientemente tentadora. Sin embargo, no lo era tanto pensar en las posibles venganzas de Mariana.
Y ella era una mujer de tanto talento, y manejaba tan bien a Peter, que quizá ya le hubiera dicho que había muchos que deseaban verla caer y hacían correr rumores maliciosos sobre ella.
Pablo podía imaginar la furia protectora que aquello desataría en un hombre tan Imbécil y manejable como Peter que ya consideraba a Mariana como de su propiedad.
Y enfrentarse al marqués en un duelo no entraba dentro de sus planes.
Y no serviría de nada

lunes, 24 de marzo de 2014

Capitulo 11


Capitulo 11

Al principio se había dicho a sí misma que Pablo no podría hacer nada para detenerla. En aquel momento, 10 días después de su reencuentro, ya no estaba tan segura. Era cierto que no podía revelar los detalles de su relación anterior sin hacer peligrar su propio compromiso con Rocio , pero podía hacer otras muchas cosas, y Mariana estaba comenzando a sospechar que sería capaz de hacerlo. No debía subestimarlo  era un adversario peligroso.
Asomó a sus labios una débil y pesarosa sonrisa. Entre él  y su hermana, era obvio que habían ganado aquella partida.
Soledad le había arrebatado a Peter delante de sus narices y después había intervenido Pablo para terminar de frustrarla. Y allí estaba ella, caminando penosamente bajo la lluvia, sin paraguas alguno mientras que probablemente, Soledad estaba ya cómodamente sentada en Gunters, compartiendo un dulce con Peter.
A Mariana se le hizo la boca agua al pensar en ello. Le apetecía un pastel de nata, o incluso un caramelo de chocolate. Necesitaba algo dulce para consolarse, para tener la seguridad de que no fracasaría. Porque estaba segura de que los duques de Alton se pondrían furiosos cuando se enteraran de lo que había pasado aquella mañana. Estaba convencida de que alguna alma bondadosa se lo contaría. Gastón Walters, probablemente. Era una criatura venenosa y había estado dirigiéndole miradas asesinas desde que le había rechazado.
Mariana suspiró mientras aquella lluvia veraniega goteaba por el sombrero y se filtraba por su cuello. Su futuro sustento dependía de su capacidad para complacer a los duques y romper la relación entre Peter y Soledad, de modo que debería mejorar su juego.
En primer lugar, no podía volver a permitir que Pablo se aprovechara de ella con sus juegos de falsa seducción. De momento, se había quedado con uno de sus guantes. Mariana se quitó el otro con enfado. Aquel par de guantes le había costado bastante dinero no podía permitirse el lujo de malgastar el dinero de aquella manera.
Para cuando llegó a su Casa Street, estaba completamente empapada El portero que le abrió la puerta tuvo que disimular una sonrisa al verla. La doncella que le habían proporcionado los duques junto con la casa y todo lo demás, fue menos respetuosa.
—¡Que el cielo nos asista, mi señora! —exclamó al ver a Mariana—. ¿Pero qué le ha pasado?
—Me ha pillado la lluvia, —contestó  
—¿Y también se le ha caído un guante?
—Sí, lo he perdido por el camino —se excusó Mariana.
La doncella la miró con dureza. Era una chica joven, sencilla y práctica. A Mariana le había gustado desde el primer momento. No había artificio alguno en ella y decía las cosas abiertamente.
—le prepararé un té, mi señora —le ofreció—. Creo que os vendrá bien. Habéis recibido algunas cartas —añadió—. La mayor parte de ellas son invitaciones y cosas parecidas. Ya no queda espacio en la repisa de la chimenea. Te has convertido en una celebridad en Londres, mi señora.
—Me gustaría tomar un poco de bizcocho,—pidió Mariana precipitadamente—. Esponjoso. Con mucha mermelada y mucha nata.
Mariana tomó las cartas de la mesita de la entrada, se dirigió al salón y cerró la puerta tras ella.
Era una habitación pequeña y tan elegante y carente de personalidad como el resto de la casa. La luz del sol acariciaba la alfombra, alejando la lluvia veraniega. El viento agitaba suavemente las cortinas. Sobre una mesa situada junto a la ventana descansaba un jarrón con azucenas. No las había cortado ella. En realidad, no tenía aptitud alguna para las artes femeninas. Al igual que el resto de la casa, todo formaba parte de un decorado. El entorno perfecto para una viuda rica y deslumbrante como Caroline Carew.
Una celebridad en Londres. Mariana curvó los labios en una sonrisa irónica. Si supieran la verdad…
La pequeña Mariana esposito había nacido en una vecindad Su madre la había entregado cuando su padre había muerto tras dejar el hogar para unirse al ejército. Había demasiadas bocas que alimentar y faltaba el dinero, de modo que ella, la más joven y la más guapa de las hermanas, había iniciado una nueva vida en casa de sus tíos, que no habían podido tener hijos.
Una vida que había tirado por la borda al fugarse con Pablo Martinez Con un suspiro, se dejó caer en una de las butacas. No había el más mínimo reflejo de su personalidad en aquella casa, ni el menor indicio de quién era ella en realidad. Se quitó los zapatos y posó los pies empapados en la alfombra. Disfrutó de su tacto suave y mullido. Le gustaba sentir aquella opulencia bajo los pies porque le permitía recordar los suelos desnudos, las piedras heladas y la lluvia constante. No le parecía mal disfrutar de tanto lujo cuando había tenido tan poco. A veces, incluso casi llegaba a creerse su propio cuento de hadas.
Seleccionó tres cartas de aquel montón de invitaciones a bailes, veladas musicales y fiestas.
 La primera era del profesor que se había hecho cargo de max Alister. Sintió inmediatamente un escalofrío. No recibir noticias de Max siempre era una buena noticia.
Max de 10 años, era un chico salvaje, ingobernable y no particularmente inclinado al estudio.
Mariana había tenido que pagar una generosa cantidad para persuadir al Profesor Bolton de que aceptara a Max en el seno de su familia, con la esperanza de que se adaptara mejor a la vida familiar de lo que lo había hecho a la vida en los internados. De los dos anteriores, había terminado fugándose.
Mariana se interrumpió, consciente de la fuerte tentación de dejar la carta y retrasar el momento de la verdad.
Max y Bianca … Quería a aquellos mellizos como si fueran sus propios hijos, estaba unida a ellos por una vida forjada en la lucha por la supervivencia y por la promesa que le había hecho a su madre, Esperanza Alister, cuando yacía enferma en el hospicio. le había hecho el regalo de sus hijos después de su gran pérdida y no podía fallarle. Parpadeó para contener una repentina oleada de lágrimas y abrió la carta.
Max, le comunicaba el doctor y Profesor Bolton más apenado que enfadado, había vuelto a escaparse. Le habían encontrado una semana después en las calles, sucio, hambriento y furioso, pero arrepentido  estaba sano y salvo.
Mariana  dejó caer la carta en el regazo y presionó los dedos contra las sienes, donde comenzaba a amenazar un dolor de cabeza.
Max  se consideraba un hombre fuerte y suficientemente inteligente como para cuidar de sí mismo, pero solo era un niño. Un niño al que adoraba y que la quería, pero en algunas ocasiones, Mariana era consciente de que no estaba haciendo todo lo que podía para ayudarle. Se sentía profundamente triste, con un intenso dolor en el corazón. La culpa la atormentaba. Eran muchas las veces que había intentado mantener a su pequeña familia unida, pero no había sido posible. No podía mantener a los mellizos si no trabajaba, y si trabajaba, no podía tenerlos con ella. Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero el hambre y el miedo habían asaltado su mundo. La vida le había arrebatado en dos ocasiones lo que más quería. Primero había perdido a Pablo y después a su hija.
En ese momento, estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su poder para proteger a los mellizos y verlos crecer sanos y salvos.
 Sabía que en solo un par de meses, habría terminado su trabajo. Los duques le pagarían y podría visitar por fin a sus mellizos e incluso comenzar una nueva vida con ellos.
Tomó la carta con manos temblorosas. Aunque el doctor Bolton había llenado toda una hoja, apenas daba muchas más noticias. Pero a media página la letra cambiaba.
Max, decía el doctor, se había convertido en una carga y, con todo el dolor de su corazón, le pedía más dinero para compensarle por la conducta de Max  y por todos los problemas que estaba causando.
En un ataque de furia, Mariana arrugó la carta, sintiendo las duras esquinas del papel arañar la palma de su mano. A ese ritmo, el dinero que tanto le había costado ahorrar para unir a su familia, terminaría en manos de gentes sin escrúpulos que siempre exigían más y más.
Por suerte Bianca se encontraba bien
Miró la segunda carta. La intuición le decía que no eran buenas noticias. Pero ella siempre había encarado de frente los problemas, de modo que la abrió.
Efectivamente, no eran buenas noticias.
Los prestamistas le demandaban, educadamente, pero con firmeza, que pusiera fin a sus deudas si quería ampliar sus préstamos. Ella sabía que si lo hacía en los términos que le sugerían, su deuda se multiplicaría en el futuro. Pero si no pedía dinero prestado, no podría pagar las facturas del internado de Bianca.
 El dolor de cabeza se incrementó. Sintió el pánico atenazándole la garganta.
La tercera carta estaba escrita con una caligrafía que no reconoció. La abrió despreocupadamente, pensando todavía en sus problemas financieros. La leyó una vez sin prestarle mucha atención, y volvió a leerla con un desazonador sentimiento de incredulidad:
Sé quién eres.
La carta escapó de entre sus dedos y voló sobre la alfombra, para terminar aterrizando sobre una mancha de luz. Hacía calor en el salón, pero Mariana sentía frío y comenzaba a temblar.
«Sé quién eres». Las palabras que ningún impostor deseaba leer.
—El té, mi señora. Y una buena porción de bizcocho —Alelí
Acababa de entrar con una bandeja que llevaba una tetera de porcelana china y una taza a juego—. Pareces abatida, señora.
—Lo estoy —contestó Mariana con fervor.
—Problemas de dinero, supongo —aventuró Aleli—. O quizá sea un hombre —añadió.
Miró alrededor del salón. El sol iluminaba en aquel momento los muebles y arrancaba hermosos colores de la alfombra que descansaba frente a la chimenea de mármol.
—Ya sabe mi señora, que nunca se me ha dado bien fingir.
—Oh, Dios mío —musitó Mariana, preguntándose qué le iba a decir a continuación.
—Todo esto es muy hermoso —continuó diciendo—, pero la ropa interior que llevabais cuando llegaste recién aquí había sido remendada y la suela de los zapatos estaba completamente gastada. Llegaste a pie, cargando con tu  equipaje y tengo la certeza de que todo esto… —señaló la habitación con un gesto—, es un trabajo. Solo pensaba que debería saber que lo sabía, mi señora —terminó.
—Ya entiendo —respondió Mariana lentamente.
No fue capaz de contener la sonrisa ante las labores detectivescas de la doncella. Al parecer, su anónimo corresponsal no era el único que sospechaba de ella.
—Así que piensas que a lo mejor soy pobre. Una impostora, quizá, que finge ser una viuda rica.
—No sé lo que sos, mi señora —respondió la doncella con franqueza—. Pero estuve trabajando para una Señora muy distinguida y muy rica que se fugó con un prisionero de guerra francés en un globo.
Después de aquello, ya nada me sorprende.
Soy capaz de guardar un secreto, pero me gusta saber qué secreto guardo. No sé si entiende  lo que quiero decir.
—Perfectamente, gracias, Aleli—contestó Mariana
Se interrumpió, pensó en lo que la doncella le acababa de decir y en lo sola que se sentía siendo una impostora y no teniendo a nadie con quien hablar.
—Si traes otra taza, podríamos hablar —propuso lentamente.
La doncella sonrió y se dirigió hacia la cocina. Mariana se sintió inmediatamente reconfortada. En su trabajo, jamás había confiado en nadie. Jamás había compartido con nadie sus secretos, pero sentía que podía confiar en aquella doncella tan pragmática y franca.
El dinero, los hombres o ambas cosas, había dicho Aleli.
 Mariana se frotó la muñeca, sintiendo de nuevo los dedos de Pablo sobre su piel. Su contacto todavía le abrasaba. Chantaje y seducción. Pero no, no podía ser Pablo el que había enviado aquella nota amenazadora. Él era el único que conocía sus secretos. Mariana  sabía que era un hombre peligroso y sin escrúpulos, pero la intuición le decía que no se rebajaría a hacer algo tan vil. Aun así, no sabía si podía estar segura. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar  para derrotarla? Mariana tenía la aterradora intuición de que pronto iba a averiguarlo.
La señorita  Soledad continuaba siendo una joven inocente. Poner un pie en un prostíbulo iba mucho más allá de todo lo que había hecho hasta entonces.
De pronto, las habitaciones de aquel lugar le parecían un lugar seguro y casi respetable.  
Soledad sabía que no era la primera mujer a la que su amante había citado en aquel lugar, e intentó no pensar en que probablemente tampoco sería la última, porque eso significaría reconocer la derrota, aceptar que había perdido. Y, sencillamente, no podía permitirse perder.
su amante ya se encontraba allí, esperándola sonriente.
Le apartó el velo del rostro y tomó su abrigo y su sombrero.
—Toma —le tendió una copa de vino.
Era un vino dulce y fuerte, y la ayudó a sentirse mejor. Su amante la besó. Y eso le gustó todavía más.
—Has sido muy valiente al venir hasta aquí —parecía divertido—. Te mereces una recompensa.
Sin dejar de besarla, la llevó hasta la cama. Cuando  Soledad por fin abrió los ojos, él ya le había quitado toda la ropa y ella estaba desnuda sobre una colcha de un vivido color naranja, con la melena suelta extendiéndose a su alrededor.
—¿No vamos a jugar a las cartas esta noche? —preguntó.
Aquello formaba parte de su acuerdo. Las cartas primero, y hacer el amor después, cuando perdía. Aunque Siempre  perdía.
Él se apoyó contra los talones y la miró con un brillo travieso en sus ojos oscuros. Soledad miró entonces por encima de su hombro y vio la mesa preparada para varios jugadores.
—Esta vez jugaremos después —respondió. Le acarició el pelo—.mientras ella continuaba anhelando alguna palabra de amor nacida 

sábado, 22 de marzo de 2014

Capitulo 10 "Una Dudosa Reputación"


Hola! como están? tarde pero seguro jaja les cuento que ayer rendi una materia asi que andaba estudiando a full, pero al parecer me fue bien vamos a ver :D esperemos que si , jajaj les dejo con el cap!!! besos!!! ;)

CAP 10

Sabía que pronto no sería capaz de pensar en nada que no fuera en hacer el amor con ella en ese mismo carruaje de alquiler que para nada era sofisticado o elegante y a plena luz del día.
Se obligó a recordarse que no podía ceder a su propio intento de seducción. Se suponía que estaba intentando demostrarle algo a Mariana no perdiéndose en ella. Aun así, parecía incapaz de resistirse. No quería desearla, pero, al mismo tiempo, era incapaz de evitarlo.
Apartó su  sedosos pelo lacio que ocultaban su cuello para posar en él sus labios. Sintió su piel fría bajo su caricia y se sintió como un hombre hambriento al que acabaran de ofrecerle maná en medio del desierto.
Su capacidad de control estaba seriamente amenazada. Le bajó ligeramente el vestido y le mordisqueó suavemente la curva del hombro. Su piel olía delicadamente a miel. Él no había sido nunca aficionado a la miel, pero en aquel momento, ansiaba saborearla. Quería besar, lamer y acariciar  el cuerpo entero de Mariana.
 Era tal el hambre que sentía que estaba casi al borde del desmayo.
El corpiño del vestido crujió suavemente al deslizarse unos centímetros más.
Pablo sintió el encaje contra sus labios y la cálida suavidad del seno de ella bajó él, incitándole a retirar la tela para poder saborearlo con los labios. Gimió sin poder evitarlo.
Mariana posó entonces la mano sobre su pecho y le apartó.
Pablo estaba tan sorprendido que le permitió alejarse de él.
—¿Ya has terminado de demostrar lo que querías? —parecía ligeramente aburrida.
Pablo tardó unos segundos en abrirse paso entre el clamor de su cuerpo y concentrarse en lo que le decían. Cuando lo consiguió, vio que ella estaba ajustándose el provocativo escote del vestido y acomodándose  el pelo, que se habían desordenado  ligeramente.
 Su rostro era una máscara perfecta, pálido, compuesto. La máscara indiferente de una dama.
La incredulidad y la sorpresa devoraban el interior de él que continuaba experimentando un deseo intenso y, lo que resultaba más desconcertante, una traicionera sensación de afinidad con aquella mujer, cuando para Mariana, todo aquello no parecía haber sido más que un desafío.
—¿Estabas fingiendo? —le preguntó.
Mariana le miró con el rostro carente de toda expresión. Lo único que podía decirse de ella era que parecía ligeramente desconcertada.
—Por supuesto que estaba fingiendo, ¿tú no?
—Yo… —sentía un extraño vacío en el corazón—. Esa respuesta tan inocente —continuó diciendo—, ¿era fingida?
Mariana esbozó una sonrisa que le hizo sentirse completamente un imbécil.
—A los hombres parece gustarles parecer una inexperta—susurró.
—¿Y tú siempre les das lo que quieren? —replicó Pablo mientras Sentía la amargura subiendo como la bilis por su garganta.
—Si de esa forma puedo conseguir lo que quiero.
Pablo la agarró por los hombros y buscó en sus ojos cualquier cosa que pudiera indicarle que estaba mintiendo, el más leve indicio de que la tormenta que se había desatado en su interior también la había conmovido a ella.
Pero Mariana le sostuvo desafiante la mirada.
—No te creo —le dijo Pablo—. Tú también me deseabas.
Mariana se encogió de hombros y se apartó de él.
—Me importa muy poco lo que pienses. Estabas intentando demostrar algo y has fracasado.
Pablo la soltó y se hundió en el asiento. El deseo le había abandonado y se sentía frío y vacío. Las palabras de Mariana no eran más que un saludable recuerdo de hasta qué punto se había convertido en una mujer cínica.
—Creo que prefiero ir andando a continuar soportando esta… conversación —dijo Mariana.
Golpeó el techo del carruaje y el conductor se detuvo en seco.
—Como quieras —respondió Pablo, sonriendo burlón—. ¿Tan pronto huyes de mí, Mar? Pero si apenas he empezado a seducirte…
     No me llames así — le contesto mariana mientras le sostenía  la mirada. En la penumbra del carruaje, los ojos de Mariana aparecían oscuros e insondables.
—Por lo menos ya sé cuál es tu debilidad —contesto él —. Finges ser indiferente a mí, pero no es cierto.
—Me temo que tu punto débil sigue siendo la vanidad —respondió fríamente Mariana—. Que tengas un buen día.
Abrió y bajó a la calle. La puerta del carruaje se cerró bruscamente tras ella. Pablo soltó una carcajada.
Mientras el carruaje avanzaba, pudo verla por última vez. Permanecía en la acera, con aspecto frágil, como una princesa de cuento de hadas bajo la lluvia, necesitada de protección. Pronto avanzaron dos caballeros hacia ella, desplegando sus respectivos paraguas.
Pablo sacudió la cabeza con una sonrisa irónica en los labios. Pero aun así, continuaba siendo sensible a las artimañas de ella. Todavía llevaba su fragancia impregnada en la piel y sentía el calor de sus labios. Aquella conciencia de los sentidos avivó su deseo y le hizo sentirse vacío, frustrado por el deseo insatisfecho, aun sabiendo que todo había sido una farsa. Le habría gustado creer que Mariana era una mujer honesta, inocente,  que la pasión que parecían haber compartido era real, y cuando se había dado cuenta de que en el caso de Mariana todo había sido una actuación, había vuelto a sentirse como un ridículo ingenuo. Había intentado demostrar la debilidad de Mariana y, en cambio, había destapado la suya
Mariana caminaba a toda velocidad  dirigiéndose a su casa Era un día gris, con el cielo cubierto de nubes. Una lluvia ligera, pero penetrante, empapaba las calles y salpicaba los hombros de su pelliza. Era consciente de que, para cuando llegara a su casa, iba a tener el aspecto de una rata empapada y de que la pluma del sombrero estaba destrozada. No había querido aceptar los ofrecimientos de protección de ninguno de los caballeros que habían acudido en su ayuda. Sabía, por propia experiencia, que siempre esperaban algo a cambio. De hecho, prácticamente habían estado a punto de llegar a las manos, disputándose quién debería ayudarla. Sabía que no debería haber abandonado el carruaje tan precipitadamente en medio de la lluvia, pero lo único que en aquel momento le importaba era escapar a la provocación de Pablo Martinez.
Le parecía imposible, absurdo e irritante continuar siendo, después de tanto tiempo, vulnerable al contacto de Pablo. Debería ser supremamente indiferente a él después de tantos años, pero no era así. Era peligrosamente sensible a su cercanía. La habían tocado otros hombres, incluso había permitido que alguno la besara aunque ella no había podido responder al  beso, dejándolos locos de deseo  al notar su inexperiencia  pero ella jamás podría responder a un beso, ilógicamente su cuerpo y sus sintiendo le eran fiel aún a un solo hombre a Pablo Martinez, justificándose a si misma otra vez y tratando de convencerse que solo sería hasta que se divorcie de él, pero siempre había aguantado lo más posible y  le había permitido a ciertos caballeros a que se tomaran ciertas confianzas cuando era absolutamente imprescindible para su trabajo, pero la experiencia siempre la había dejado indiferente.
 Sin embargo, Pablo solo necesitaba mirarla para que se le hiciera un nudo en el estómago, comenzara a temblar y se entregara a él con el mismo abandono que una debutante ingenua. Era degradante, sobre todo, cuando lo único que él pretendía era demostrar que continuaba teniendo algún efecto sobre ella. Se llevó la mano a los labios y una oleada de calor envolvió todo su cuerpo. Oh, por supuesto que continuaba siendo susceptible a sus encantos. Había deseado prolongar eternamente aquel beso, rendirse a aquel delicioso placer, sentir las manos de él sobre su cuerpo y redescubrir el júbilo que había encontrado en sus brazos tantos años atrás.
 Y se despreciaba por aquel deseo. Había luchado con denuedo para matar su amor por él en el pasado. No iba a desfallecer en aquel momento.
Pablo Martinez. Aquel hombre era su cruz. Y aparecía cada vez que daba media vuelta. Estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para frustrar sus planes de atrapar a Peter.

 Mariana se preguntó hasta dónde estaría dispuesto a llegar para evitar que arruinara las oportunidades de Soledad y se estremeció bajo la pelliza empapada. La lana se pegaba contra su cuerpo y estaba helada.