Capítulo 12
—Arturo
—le dijo Pablo a su mayordomo, estando sentado ante el espejo mientras se
afeitaba—, ¿alguna vez cometiste una estupidez siendo muy joven que ha vuelto a
perseguirte años después?
Estaba
en las habitaciones que ocupaba en Albany, preparándose para los
entretenimientos de la noche. Albany era la residencia para solteros más
exclusiva de Londres. Allí no se permitía la presencia ni de instrumentos
musicales ni de mujeres.
Pablo
había podido ocupar aquellas habitaciones porque era primo de Grant, el famoso
explorador, y porque estaba comprometido con la hija de un duque. Por supuesto,
él no podía permitirse aquel lujo. Al igual que todo lo demás, era la fortuna
de su futura esposa la que pagaba sus gastos.
Sintió
el roce de la cuchilla en el cuello e inmediatamente se arrepintió de haber
formulado aquella pregunta estando en una posición tan vulnerable. Y no porque
dudara de la firmeza de la mano de Arturo, a pesar de la avanzada edad del
mayordomo. El verdadero problema era que nunca se había sentido muy cómodo
teniendo la navaja de otro hombre tan cerca de su cuello, una reacción
comprensible tras haber participado en una reyerta en un puerto de México
varios años atrás.
—¿Qué
hizo en su juventud, señor Martinez?
—preguntó al cabo de unos segundos.
—Nada
—contestó Pablo—. Por lo menos desde hace siete años.
Arturo
ignoró aquella respuesta.
—¿Ha
comenzado apostar dinero y perder? —insistió—. ¿Ha seducido a una dama, o a
alguien que no lo es? ¿Tenes relación con alguna mujer ligera de cascos?
La
cuchilla rozó la garganta de Pablo y
éste tragó saliva. El jabón se deslizaba por su cuello.
—Arturo,
me estás ofendiendo —cambió de postura—. Sabes que desde hace dos años llevo
una vida irreprochable.
Y
probablemente, aquélla era una de las razones de su frustración sexual, y sus
pequeños desliz habían sido lejos de la ciudad
El
único desahogo durante todo aquel tiempo lo había encontrado en el boxeo, la
esgrima y algunas otras demostraciones de violencia socialmente consentidas.
Hasta esa misma mañana… Y en aquel momento, el recuerdo de Mariana entre sus
brazos continuaba persiguiéndole. La había deseado años atrás. Y continuaba
deseándola.
—No
—dijo y negó con la cabeza.
Pablo
observó en el espejo la destreza con la que utilizaba la cuchilla.
—¿No
qué?
—No,
no cometí ninguna estupidez cuando era joven —respondió Arturo—. A los trece
años estaba en una cárcel. Estando allí encerrado, no había muchas
posibilidades de cometer estupideces. Solo me dejaron salir para alistarme al
ejército.
—Por
supuesto —dijo Pablo, recordando la
imagen del pasado criminal—. Qué estupidez, no sé cómo se me ha ocurrido pensar
que podrías haber cometido alguna estupidez en tu juventud.
—¿Y
qué hizo usted señor Martinez? —preguntó
—¿Yo?
Nada. Nada en absoluto.
Arturo
soltó un bufido de incredulidad.
—Vos
siempre fuiste un muchacho muy decidido. En aquel entonces, habrías sido capaz
de fugaros con la esposa de otro hombre.
No,
pensó Pablo Pero se había fugado con su propia esposa. Aunque al final, había
sido ella la que había terminado escapando sin él.
Agradecía
inmensamente que nadie más estuviera al tanto de aquella indiscreción juvenil.
Cuando había conocido a Mariana, vivía en Escocia con Alex Grant, su primo. Ni
éste ni su primera esposa, Amelia, tenían sospecha alguna de aquella aventura,
estaba seguro. Alex nunca había estado particularmente interesado en su vida
personal y Amelia… Pablo interrumpió el curso de sus pensamientos al recordar a
la primera esposa de su primo, tan dulce y delicada por fuera y tan dura por
dentro.
Amelia
estaba tan pendiente de sí misma que, seguramente, no tenía espacio para pensar
en nadie más, aunque estaba seguro que hubiera impedido aquella relación ya que
pensaba que las personas como mariana sin dinero no valían mucho la pena
Pablo
esbozó una mueca. Arturo musitó una palabra de advertencia mientras deslizaba
la cuchilla por su cuello.
—No
se mueva, señor, o esta noche terminara perdiendo algo más que la camisa.
Pablo
permaneció completamente inmóvil mientras la cuchilla continuaba haciendo su
trabajo. Se preguntó si Mariana sería aficionada al juego. Desde que había
llegado a Londres, no la había visto participar en ninguna partida de cartas,
pero estaba tan ocupada persiguiendo a Peter que seguramente no había tenido
tiempo para otras aficiones.
Pero
Peter también era jugador y a lo mejor había introducido a Mariana en el placer
de las apuestas. Los dedos le cosquillearon al pensar en la emoción de las
cartas. A lo largo de toda su vida había librado una fiera batalla consigo
mismo para evitar la obsesión de su padre por el juego. La mayor parte de las
veces, había sido capaz de controlar aquel impulso. Pero a veces no lo
conseguía aunque no apostaba mucho dinero, no quería correr el riesgo de
convertirse en alguien como su padre
Pero
en aquel momento, le habría gustado desafiar a Mariana a jugar Sería muy
satisfactorio vencerla. Aunque, por supuesto, también podía ganar ella. Mariana
podía ser tan superficial y tan codiciosa como la más ambiciosa de las
prostitutas, pero también era condenadamente decidida cuando quería algo. E
inteligente. Comprometerse con ella a cualquier nivel era arriesgado. Estar en
deuda con ella sería insoportable.
Arturo
terminó de afeitarle, retiró el jabón y le tendió a Pablo una toalla.
—Tenes
suerte de no haber perdido ningún órgano vital —dijo con aspereza—. Le he dicho
que no se mueva cuando lo afeito.
—Lo
siento. Tengo ciertas preocupaciones en la cabeza.
—Asuntos
de mujeres —replicó, más agrio todavía—. Conozco esa mirada. Tened cuidado,
señor Martinez.
—Lo
tendré —sonrió—. Gracias por tu preocupación. Me alegra saber que te importo.
.
Treinta
minutos después, con el pañuelo atado al estilo irlandés, un estilo que había
adoptado como propio en homenaje a sus antepasados, con la casaca sobre los
hombros sostenida por Arturo y con un particularmente deslumbrante chaleco
verde y dorado, Pablo decidió que estaba preparado.
—¿La
función es esta noche? —preguntó Arturo con una cara muy larga—. Eso es para
afeminados.
El
mayordomo odiaba el teatro y etiquetaba a todo lo relacionado con aquel arte
como algo excesivamente delicado.
Pablo
sospechaba que aquella repulsión estaba relacionada con el viaje que había
hecho al Ártico con Alex. Habían quedado encallados en el hielo y se habían
visto obligados a entretenerse improvisando funciones teatrales durante un
largo y oscuro invierno. Se disfrazaban de mujeres e interpretaban
indistintamente los personajes femeninos y masculinos.
Aquello,
pensó Pablo, era más que suficiente para enfurecer a cualquier escocés que se
preciara de serlo.
En
realidad, tampoco él era muy aficionado al teatro. En su caso, aquella aversión
procedía de una función a la que había asistido dos años atrás. Había tenido
entonces la mala suerte de encontrarse con una antigua amante estando en
compañía de Rocio y de su familia. Había sido una situación de lo más
embarazosa.
Rocio
le había acribillado a preguntas. Quería saber quién era aquella mujer, cuándo
la había conocido, con qué grado de intimidad y si había alguna probabilidad de
que coincidiera aquella noche con otras de sus antiguas amantes. Y la respuesta era que si
Pero
Pablo había sido suficientemente inteligente como para negarlo.
Esta
noche representan El Jugador, de Wycherley —le explicó al mayordomo. Advirtió
que Arturo retorcía el gesto todavía más—. A Rocio le gusta el teatro.
Arturo
emitió un poco comprometido gruñido con el que, sin embargo, conseguía expresar
perfectamente su desaprobación hacia un hombre obligado a participar en
determinados eventos sociales a petición de su prometida.
Pablo
suspiró. Sabía exactamente lo que pensaba él de su compromiso. También Alex y
Joanna lo desaprobaban. Ninguno de ellos comprendía los demonios que le
perseguían.
Los
recuerdos de un niño que, antes de que Alex le rescatara de las calles de
Dublín, malvivía haciendo todo tipo de encargos para alimentar a su madre y a
su hermana.
Soledad
era la única que compartía con él la inefable experiencia de ser hija de un
jugador.
Casarse
con Rocio era una garantía contra la pobreza y, en tanto que tal, Pablo pensaba
que merecía la pena pagar cualquier precio.
Aquella
noche que se presentaba tan poco prometedora, no tardó en degenerar en algo
peor. Soledad no había sido invitada puesto que, tal y como su suegra no había
dudado en señalar, se trataba de un evento familiar íntimo.
Pablo
encontró la cena extremadamente tediosa.
Mientras
tanto, su futura suegra secundaba la actitud de su hija, ignorándole también, y
Pablo se vio obligado a entretenerse con una carne excesivamente cocinada y
mantener una educada conversación con su suegra.
Su futuro, sabía, estaría plagado de noches
interminables como aquélla. Aunque aquél era un pensamiento en el que prefería
no profundizar.
Una
vez en el teatro, se unieron al grupo los duques de Alton, Peter y Mariana. Era
algo que él no había anticipado.
Disimuló
el asombro inicial al ver a Mariana en la que había sido descrita como una
reunión familiar íntima, pero estaba estupefacto ante la rapidez con la que se
había introducido en el círculo de los Alton.
Se
preguntaba si habría sido Peter el que había pedido a sus padres que permitieran
la presencia de Mariana. No le extrañaba, pensó sombrío, que Peter hubiera
caído rendido a los terribles encantos de Mariana, pero sí le parecía extraño
que sus padres parecieran igualmente seducidos por ella.
Los
duques eran extraordinariamente tiquismiquis en todo lo relativo al rango y el
linaje. A diferencia de su hijo, el duque tenía suficiente carácter como para
no dejarse engañar por un rostro bonito y una figura cautivadora, incluso en el
caso de que estuvieran acompañados por una notable fortuna.
—Buenas
noches, Caroline Carew —la saludó Pablo—. Qué sorpresa encontraros en una
reunión familiar.
Mariana
sonrió.
—A
mí no me sorprende, Señor Martinez, que los duques hayan tenido la generosidad
de incluirme en su círculo familiar.
Lo
cual, pensó Pablo con sombría ironía, además de demostrar el calor con el que
había sido recibida en la familia, ponía en evidencia el frío trato que
continuaba recibiendo él después de haber pasado dos años comprometido con
Rocio, la sobrina de los duques de Alton
Mariana
pasó por delante de él para sentarse en la parte trasera del palco.
Peter
protestó rápidamente y la instó a
colocarse en la primera fila, a su lado. Pablo no pudo menos que admirarla como
estratega. Aquella demostración de modestia había sido espectacular.
Peter era como la Gelatina entre sus dedos. Por muchos
progresos que hubiera hecho Soledad el día anterior, no habían servido para
nada. Mariana había vuelto a tomarle la delantera.
—Bien
jugado —musitó.
No
le pasó desapercibida la disimulada sonrisa que Mariana le dirigió. Una sonrisa
acompañada de una expresión triunfal.
—Tengo
mucha práctica —respondió Mariana con ligereza, de modo que solo él pudiera
oírle.
—Es
evidente.
Pero
su sarcasmo encerraba mucha amargura. Estaba enfadado. Parecía fruto de la más
refinada forma de tortura estar allí sentado, contemplando a la que había sido
su esposa utilizando todo tipo de
artimañas para atrapar al hombre que su hermana quería.
Pensó
en el beso que había compartido con ella en el carruaje el día anterior, en el
calor, la pasión y el deseo enloquecedor que había provocado. Su enfado subió
un grado más. Mariana le había ganado en su propio terreno, le había dejado
deseando mucho más.
Sabía
que Peter era su verdadera presa. Y que era una consumada intrigante.
Por
supuesto, podría advertir a Peter Podía decirle que Mariana no era lo que
aparentaba, que era una protistuta cazafortuna. Una idea crecientemente
tentadora. Sin embargo, no lo era tanto pensar en las posibles venganzas de
Mariana.
Y
ella era una mujer de tanto talento, y manejaba tan bien a Peter, que quizá ya
le hubiera dicho que había muchos que deseaban verla caer y hacían correr
rumores maliciosos sobre ella.
Pablo
podía imaginar la furia protectora que aquello desataría en un hombre tan Imbécil
y manejable como
Peter que ya consideraba a Mariana como de su propiedad.
Y
enfrentarse al marqués en un duelo no entraba dentro de sus planes.
Y
no serviría de nada


