sábado, 24 de enero de 2015

Capítulo 20


Capítulo 20

Soledad salió de la casa de su Tio y fijó la mirada en la luna creciente que asomaba entre las ramas del cerezo de la plaza de enfrente. Llevaba allí tres horas, esperando a su amante. Era una noche cálida, hermosa, una noche hecha para el romanticismo. Se apreciaba la fragancia de las flores en el aire.
Daba la sensación de que hasta iba a comenzar a cantar un ruiseñor. Sin lugar a dudas, debía de haber muchos amantes prometiéndose amor eterno bajo la luna, pero Soledad tenía la sensación de que para ella no habría un final feliz. Llevaba tiempo sospechándolo, sabía que había sido una insensata al arriesgarlo todo a una partida de dados, al entregarse a un hombre con la esperanza de que él pudiera amarla. El amor no funcionaba de aquella forma.
Él había tomado todo lo que le había ofrecido, pero no le había dado nada a cambio, y el frío y creciente pavor que invadía su corazón le decía que jamás lo haría. Había jugado y había perdido.
Recordó de nuevo su infancia y cómo el juego siempre le había arrebatado la felicidad. Pensó en Pablo, que siempre había intentado protegerla del peligro y la desesperación que los había amenazado. Pablo sufriría una enorme decepción.
Soledad ahogó un sollozo.  Pablo no debía enterarse nunca de lo que había hecho, de los riesgos que había corrido, de todo lo que había perdido en el juego. No soportaría mirarle a los ojos y ver en ellos el horror y la vergüenza.
Peter su amante secreto, no iba a volver con ella. Lo sabía. Le había visto salir del baile con  Caroline Carew y había comprendido que aquél era el fin.
Aquella hermosa y misteriosa viuda le había quitado a Peter para siempre. No podía culparla. De verdad. Unos días atrás, odiaba a la bellísima Caroline Carew. Había querido culparla de todas sus desgracias. Pero era una persona honesta y no podía engañarse. Sabía que no se podía seducir a un hombre en contra de su voluntad.
Peter era un hombre débil, Soledad siempre lo había sabido, y aun así, continuaba queriéndole, estúpidamente.
Alzó la mano para secar las lágrimas de sus mejillas. Justo en ese momento, oyó los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calle y se ocultó entre las sombras.
Un coche de alquiler se detuvo afuera de la casa y vio a Peter bajando de él y tendiéndole la mano a la dama que le acompañaba para ayudarla a bajar.
Le pasó el brazo por la cintura y la acompañó hacia la puerta. Soledad podía percibir su impaciencia y ver también cómo la dama, si de una dama se trataba, reía y protestaba por su precipitación mientras se detenía para darle un largo, profundo y apasionado beso.
—¡Así que es así como celebras tu compromiso! —le oyó decir Soledad a la mujer cuando se separaba—. ¡Qué detalle tan encantador, querido!
No era Caroline Carew. Aquella mujer iba pintada y se movía como una prostituta. Era la primera vez que Soledad la veía, pero no tuvo ningún problema para identificarla como lo que era.
Sintió crecer una tristeza enorme en su interior y se apoderó de su alma un enorme cansancio. Llegó a sentir incluso una inesperada compasión por Caroline Carew.
Había algo en aquella mujer que le gustaba, a pesar de que había sabido, desde el primer momento, que representaba un serio peligro para ella. Era una sensación inexplicable y extraña, pero deseó que todo hubiera sido diferente.
Cuadró los hombros. Las cosas eran tal y como eran. Tanto ella como Caroline Carew habían perdido, cada una a su manera. Quizá a caroline  Carew no le importara que Peter estuviera con otra mujer la noche que se habían comprometido. No lo sabía. Lo único que sabía era que a ella le importaba lo que había perdido. Y le dolía. Le dolía como jamás le había dolido algo en toda su vida.
Eran más de las tres de la mañana cuando el carruaje volvió a Street y se detuvo ante el número veintiuno.
Mariana descendió agotada y caminó hacia la puerta de su casa. No había nada que deseara más que quitarse los zapatos, meterse en la cama y dormir tanto como necesitara. Dormir para siempre. Estaba exhausta y tenía el corazón destrozado.
Era consciente de que debería sentirse satisfecha. Más que satisfecha, incluso. Debería sentirse triunfante.
Todos sus planes se habían hecho realidad. Había conseguido lo que quería. Había atrapado a Peter.
Peter le había propuesto matrimonio formalmente y, naturalmente, ella había aceptado encantada. Los duques de Alton se llevarían una gran alegría. Y, lo más importante, por fin le pagarían y ella podría comenzar a desenmarañar aquella telaraña de mentiras, pagar sus deudas, comenzar desde cero, regresar con sus mellizos e iniciar una nueva vida junto a ellos, muy lejos de aquel ambiente contaminado por la falta de honestidad y el fraude.
Mientras que Pablo seguiría con Roció y se casaría con ella muy pronto.
A pesar de que no era una mujer acostumbrada a llorar, se le hizo un nudo en la garganta al pensar en ello.
Mariana rechazó las atenciones del mayordomo y, bostezando, envió Alelí a la cama. No la necesitaba para desnudarse y no tenía intención de hacer nada más que quitarse la ropa y dejarse arrastrar por el sueño.
Ignoró las cartas que esperaban en la mesita de la entrada. Sabía que solo la esperaban invitaciones, otra carta amenazadora de los prestamistas y, seguramente, un anónimo.
 Lo estaba esperando desde que había recibido el último. Sabía que él, o ella, le reclamarían algo a cambio de su silencio.
De momento, se negaba a pensar en ello. Todo podía esperar hasta el día siguiente. Subió cansada las escaleras, con los zapatos en la mano, permitiendo que los pies se hundieran en la alfombra. Iba a echar de menos aquella vida plagada de lujos, pensó.
 Era una delicia vivir rodeada de comodidades. Pero aquella casa, su vida entera, era una ilusión. Nada le pertenecía: ni la casa, ni la ropa, ni su nombre, ni la historia de Carolina Carew. Todo era mentira. Y estaba cansada de tanta falsedad.
Se deslizó en la intimidad del dormitorio. La habitación era todo sombra y oro. Y en el centro de la enorme cama estaba  Pablo Martinez completamente vestido, con los brazos detrás de la cabeza y observándola con un fuerte brillo en sus ojos verdes.
Mariana pareció despertarse de pronto, sintió la excitación atravesándola como un rayo, arrastrando el cansancio y despertando todos sus sentidos a una nueva vida. Cerró la puerta del dormitorio suavemente tras ella y avanzó al interior de la habitación.
Pablo no se movió, y tampoco apartó la mirada de su rostro. Mariana se sintió desnuda y vulnerable bajo su fría mirada. El pulso se le aceleró. Tomó aire.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Era una pregunta estúpida, puesto que conocía de sobra la respuesta. Sabía lo que  Pablo quería. Y también ella lo deseaba y posiblemente más que él.
 Durante las tres noches anteriores, había sufrido el anhelo de querer volver a estar en sus brazos, de sentir la presión de su cuerpo contra el suyo.
Quería sus besos, quería sus manos sobre su piel, quería unirse a él, quería su cuerpo, quería sentirse suya, había estado completamente celosa toda la velada de ver a Roció disfrutarlo y presumirlo como solo suyo.
Por un momento, se sintió débil y ligeramente mareada.
El corazón le martilleaba en el pecho. Deseaba a Pablo y no podía negarlo. Pero no iba a volver a cometer el error de acostarse con él.
—Sabías que estaba aquí —dijo Pablo—. Le has pedido a tu doncella que se retire. ¿Por qué ibas a hacerlo, a no ser que supieras que te estaba esperando?
—Estaba cansada. No la necesitaba —sacudió la cabeza—. Qué arrogante eres, para asumir que podía haber otro motivo. Sobre todo cuando ya te dije que no volvería a acostarme contigo.
Pablo sonrió y se estiró en la cama.
Marina intentó no fijarse en el movimiento de los músculos que se adivinaba bajo la camisa y su pantalón.
 Desvió la mirada hacia el rostro de Pablo, comprendió que éste le había leído el pensamiento y deseó darle una bofetada por ser tan pretencioso.
- ¿te gusta lo que ves no?-sentenció
Lo miro enfada por su comentario tan pretencioso y trato de  ignorando—¿Cómo has conseguido entrar? Los sirvientes no saben…
Se le quebró la voz y vio que Pablo sonreía y su sonrisa era letal para ella y lo odiaba por eso.
—Por supuesto que no. Puedo llegar a ser muy discreto. He subido por el balcón —señaló hacia los ventanales que daban al jardín—. El duque de Portland debería de tener más cuidado con su casa.
—Es evidente que un libertino como vos lo use con frecuencia—repuso Mariana con frialdad. Puso los brazos en jarras—. Creo que deberías marcharte. No sé si lo recuerdas, pero hace unas horas has intentado seducirme para sonsacarme mis secretos. Y has fracasado —se volvió—. Márchate. Deja de jugar conmigo. vete con tu Prometida que lo por lo visto te gusta más de lo que queres aparentar,  ya que estaban tan cariñosos  yo Estoy cansada y quiero acostarme. Sola.
Pablo sonrió -Estas celosa?
.-Por supuesto que No!-. Exclamo Mariana molesta
Se quitó la capa y dejó que cayera como un charco de terciopelo a sus pies. Vio que Pablo seguía el movimiento con la mirada para fijarla después en los hombros desnudos que el vestido de seda dejaba al descubierto.
Mariana sabía, sin necesidad de mirarse en el espejo, que su piel estaba teñida de rosa por el ardor de los besos de Peter. No le había quedado más remedio que permitir que Peter se tomara algunas licencias aquella noche para conseguir exactamente lo que quería. Por un momento, se sintió fría, utilizada y sucia.
El brillo salvaje de la mirada de Pablo se intensificó mientras deslizaba la mirada sobre ella y la detenía sobre las manchas delatoras que cubrían su piel.
Pero Mariana no se movió. Permaneció inmóvil donde estaba, atrapada por la luz de sus ojos. Sintiéndose sucia antes sus ojos, sus ojos nuevamente se cristalizaron por las lágrimas, no soportaba aquel desprecio y furia que le disparan los ojos de Pablo, que estuvo a punto de estallar en llanto.
—No estaba seguro de si volverías esta noche —susurró furioso Pablo al cabo de unos segundos.
—¿O  si Peter volvería conmigo? —preguntó Mariana. Tomó aire—. Ya te dije antes que eso no es asunto tuyo.
Pablo no apartaba la mirada de su rostro. Mariana podía sentir la violencia que emanaba de él, una violencia a duras penas contenida.
Vio que se movía un músculo de su mandíbula, lo sabía estaba furioso, no le gusto para nada lo que vio en su piel. y por una extraña razón le importaba demasiado, y ya no podía aguantar las lágrimas, hiriéndose profundamente por desilusionarlo
—¿Has hecho el amor con él? —parecía estar haciendo la pregunta en contra de su voluntad, mirándola con furia
Antes de que Mariana pudiera responder, se levantó de la cama y la agarró de los antebrazos y con un despiadado  tono de voz.
—¡Maldita seas mariana!. No lo entiendo, sos una prostituta y te odio, jamás pensé que podías a llegar a caer tan bajo.
Pero hayas hecho lo que hayas hecho con Peter, continúo deseándote! —la recorrió de los pies a la cabeza con aquella mirada cargada de furia.
—. Me parece imposible, que seas una prostituta pero es cierto-.
Ella lo miro con profundo dolor y con lágrimas en los ojos, pero antes que pudiera decir cualquier cosa y defenderse
Pablo Enmarcó su rostro con las manos y buscó sus labios. Una vez más, la ternura de sus labios contra su boca marcaba un inquietante contrapunto con el enfado que Mariana sentía bullir dentro de él.
—Sería capaz de hacer el amor contigo aunque tu cuerpo conserve la marca de sus besos y sus manos.- Sentencio furioso
Volvió a besarla, con mucho más dureza en aquella ocasión, hundiendo la lengua en su boca y exigiendo una respuesta que la encontró de inmediato y mordió su labio.
—¿Lo has conseguido? —preguntó con desprecio cuando la soltó—. ¿Ya tienes lo que buscabas? Completamente enojado
—Mañana anunciarán el compromiso en el periódico —susurró Mariana a penas, escalandosamente alterada y aturdida aún por su beso, y  con miedo por su reacción, mientras que con su dedo sobre su labio trataba  de calmar el ardor y limpiar la sangre
Le oyó soltar la respiración antes de estrecharla de tal manera contra él que Mariana podía sentir los latidos de su corazón contra su pecho.
—Maldita seas mar… —estaba temblando—, ¿por qué estás haciendo esto? ¿ Maldición Por que lo hiciste?
Entonces fue Mariana la que se enfadó. Le empujó para apartarlo de ella. Limpiándose la sangre de su labio
—Estoy asegurando mi futuro, Pablo. Al igual que lo estás haciendo tú a través del matrimonio con tu estúpida Rubia. Ésa es la única razón por la que estoy haciendo esto.
De pronto, deseaba contarle todo. Le resultaba extraño, porque era la última persona en la que debería confiar, pero se sentía muy sola llevando una doble vida y Pablo era el único que sabía realmente quién era, pero sobretodo no soportaba el desprecio que emanaba sus ojos;  no soportaba que él  pensara que era una prostituta.
 ella siempre había sido extremadamente dura y fuerte incapaz de llorar y ante él era un manojo de sentimientos, tan vulnerable, que estaba a punto de estallar en llanto
—Los dos estamos haciendo lo que tenemos que hacer. Tú casándote con Rocio y yo casándome con Peter.
—Esto no tiene nada que ver con el Imbecil de Peter o con Rocio —replicó Pablo con dureza.
La estrechó entre sus brazos y la besó como si su vida dependiera de ello.
Mariana enredó la lengua con la suya y le bastó disfrutar de su sabor y respirar su esencia para sentirse de nuevo embriagada.
—Dijimos que no deberíamos… —comenzó a decir cuando Pablo
Abandonó sus labios.
—Sabías que volvería a ocurrir —contestó Pablo con dureza y furia—. ¿Cómo no íbamos a repetirlo?

Cómo no iba a repetirlo, pensó Mariana, si durante todo aquel proceso en busca de fortuna se habían comportado como si fueran las dos mitades de un todo, dos personas que se completaban y que, contra todo pronóstico, necesitaban estar juntas. El mero pensamiento la horrorizaba. Habría sido mucho más fácil fingir que era el simple deseo lo que los unía. Pero no habría sido cierto. Era mucho más lo que sentía por Pablo. Siempre lo había sido, aunque él no lo sintiera.

Pablo tomó su rostro entre las manos y volvió a besarla.
Había enfado en él y una extraña angustia e inquietud, furia, celos y posesión. y lo peor de todo era que ella quería calmarlo, como sea así fuera con su cuerpo, así pensara que sea una prostituta solo quería calmarlo; no soportaba su desprecio y a la vez solo quería tenerlo para ella, lo deseaba con tal fuerza que su cuerpo le pedía a gritos que no se detenga

Le quitó bruscamente el vestido totalmente furioso. Al oír cómo saltaban las costuras, y rompía el vestido Mariana protestó.
—Ya te comprarán otro tus amigos, los duques de Alton, puesto que parecen tener tanto interés en que seduzcas a su heredero —le espetó Pablo con furia.
La hizo volverse hacia la luz de la vela, de manera que un resplandor dorado bañara su cuerpo.
—Maldita sea … —Volvió a decir pensando en que Peter la había tocado y besado su cuerpo desnudo
Volvió a recorrerla de los pies a la cabeza, y no hubo un solo milímetro de la piel de Mariana que no ardiera ante la fuerza de sus ojos, experimentando el sentimiento de sentirse completamente propiedad de Pablo.
Pablo la miro furioso - No soporto pensar en que se hubiera  revocado con Peter ello siquiera
—Pero no hemos… —comenzó a decir Mariana con vos titubeante en un susurro para calmar la furia de pablo.
Pablo la silenció negando con la cabeza y con un tono de voz severo,
—Ahórramelo.
La tomo con brusquedad entre sus brazos y la tumbó en la cama y le sostuvo con una mano las muñecas.
Mariana se retorció para liberarse, pero él se limitó a continuar presionando y la retuvo tumbada sin dificultad.
 A Mariana le dio un vuelco el corazón al comprender que, en aquella ocasión, no iba a esperar, más al ver la furia en sus ojos, Se apoderó de ella una fuerte alegría. Estaba deseando aquel encuentro. Se sentía desesperadamente carnal.
Pablo cerró su boca ardiente sobre uno de los pezones, y Mariana sintió un estallido de placer atravesando su cuerpo entero. 
Pablo succionó salvajemente sus pezones en un gesto posesivo  y ella continuó retorciéndose sin parar, intentando liberar sus manos. El comenzó a descender. Mariana emitió un jadeo que terminó convertido en un gemido de frustración. Al parecer se había equivocado. 
Pablo estaba dispuesto a hacerla esperar y ella no quería esperar.
—Parece que la velada no ha sido tan satisfactoria como cabría imaginar —susurró mientras rozaba su seno con los labios. Le lamió el pezón, lo volvió a succionar—. ¿Lo ha sido, Mar? Pregunto con un fuerte tono de vos que emanaba su enojo mientras apretaba sus muñecas y volvía a pasar la lengua por su pezón en un gesto posesivo
—Pablo por favor… Replico mariana sin aliento mientras se retorcía de placer y su cadera lo buscaba en un pedido desesperada sintiendo su firme miembro sobre ella
—Mañana anunciarás tu compromiso con otro hombre.
Pablo se interrumpió y ella  sintió la caricia de su respiración sobre su piel.
 Pablo succionó de nuevo el pezón sin compasión pasándose de un seno al otro. Otra llamarada encendió el cuerpo entero de Mariana, dejándola temblando y furiosa por el dominio que parecía tener sobre ella.
—¿Qué estás intentando demostrar? —le preguntó entre dientes y jadeos y espasmos de placer.
Vio el resplandor de los dientes de Pablo cuando éste sonrió complacido
—Solo que sientes por mí algo que jamás sentirás por Peter.
—Así que es orgullo —le reprochó con enfado y desprecio, a pesar de su excitación—. Pero Pablo comenzó a moverse sobre ella rápidamente haciéndole sentir la dureza de su miembro sobre su cuerpo, sin soltarla de las muñecas ella se retorció rendida ante él  totalmente sofocada e involuntariamente sus piernas se abrieron, entregándole completamente su intimidad;  moviéndose en un ritmo desesperado que dejaba en evidencia su deseo de sentirlo adentro, en jadeante susurro le contesto 
—En ese caso, lo admito libremente. Jamás responderé a Peter como te respondo a ti. De modo que si lo que querías era demostrar algo, ya puedes marcharte, por favor para. Pidió desesperada  gimiendo antes sus movientes sobre ella. 
Pablo tomo sus manos con una sola y con la otra acarició su vientre.
—Me temo que no.  se detuvo sintiendo como mariana estaba completamente agitada y el la miro con furia apretando sus muñecas
Te revolcaste con él? Dejaste que te hiciera suya? Que tuviera tu cuerpo. Mar lo miraba con miedo, pero a la vez trataba de controlar su respiración para poder calmarlo y hablar, ya que se estaba imaginando algo que no paso y vio como con furia comenzaba a desprenderse el pantalón dispuesto hacerle suya sin compasión
 —contéstame  ya no sos mia —replico furioso pablo. Ella  asintió rápidamente pero 
Continuaba enfadada, ante sus reclamos pese a que las caricias de Pablo le hacían estremecerse de deseo.

Desesperada al ver la furia con que se desprendía los pantalones sacando su miembro le respondió—si sigo siendo tuya, No me acosté con él!, solo deje que me besara un poco los hombros, pero no me desvistió, pero sabes que eres un hipócrita al pedirme ese tipo de reclamos—le reprochó con amargura—. Al fin y al cabo, tú tampoco eres mío, ¿no es cierto, Pablo? Perteneces a otra mujer. En ese momento vio como el semblante de Pablo se tranquilizó al igual que su cuerpo se calmaba
Demostrando una asombrosa capacidad para la ternura, la besó con infinita delicadeza, como si quisiera llegarle hasta el alma que mar estuvo a punto de estallar de llanto lo necesitaba tanto. Cuando se separó de ella, los dos estaban temblando. Pablo le apartó el pelo de la frente, haciéndole sentir las frías yemas de sus dedos contra su piel.
—Años atrás nos pertenecimos el uno al otro, Mar. Y esta noche, podemos hacerlo otra vez.

jueves, 15 de enero de 2015

Capitulo 19


Capitulo 19

El baile de Bell estaba abarrotado, pero con una fatalidad que parecía dictada por el destino, Mariana  vio a Pablo en el instante en el que entró en el salón paralizándole y acelerando los latidos de su corazón
Estaba bailando con Rocio, compartía con ella un baile campestre.
Ella le hablaba muy animada, en cambio Pablo seguía la conversación sin muchas ganas.
Habían pasado tres días desde su encuentro nocturno. Tres días que
él se había dedicado solo s Rocio, tratando de lavar sus culpas actuando como el más atento Prometido que pareció encantar a Rocio y Mariana había pasado casi exclusivamente con Peter, paseando en el parque, compartiendo bailes y arrastrándole a pedirle matrimonio mientras él se mostraba crecientemente posesivo e igualmente frustrado.
Mariana había coqueteado con él, le había tentado, le había provocado y le había prometido acceso, sino a su cuerpo, sí a su enorme y ficticia fortuna. Estaba comenzando a pensar que Peter tenía tantas ganas de ponerle la mano encima a ella como a su dinero, lo cual era extraordinario, puesto que no era un hombre pobre, aunque estuviera demostrando ser particularmente avaricioso.
Cuanto más tiempo pasaba con él, menos le gustaba.
Comenzaba a darse cuenta de que bajo una apariencia de amabilidad, se ocultaba un hombre desconsiderado, egoísta y entregado únicamente a su propio placer. Si no hubiera sido por el daño que sabía infligiría Soledad, no habría tenido escrúpulo alguno por lo que estaba haciendo. Aquel hombre se merecía que algo le saliera mal en la vida.
Durante aquellos tres días, Mariana casi había llegado a convencerse de que cuando volviera a ver a Pablo, no sentiría nada más que una fría indiferencia. Comprendió entonces que, durante aquellos tres días, había estado engañándose, porque le bastó ver a Pablo para que reviviera una intensa conciencia de él, demostrándole que jamás podría escapar a lo que sentía por aquel hombre.
Sus ojos se encontraron por encima de las cabezas de los danzantes. Pablo le sostuvo la mirada durante largos segundos.
El fuego brillaba en sus ojos y Mariana sintió el impacto en todo su cuerpo. Fue un impacto abrasador y turbulento. Estuvo a punto de soltar un gemido.
Todo lo que había pasado durante aquellos tres días de separación pareció desvanecerse como si nunca hubiera ocurrido.
De modo que ninguno de ellos podría ignorar lo que había pasado entre ellos. Ninguno tenía suficiente poder como para negarlo.
—¿Tienes frío? —preguntó Peter al ver que se estremecía—. Porque aquí hace un calor sofocante.
Inmediatamente como si tuviera un detector sus ojos visualizaron el momento que Rocio lo toco, y miraba sus labios con deseo en una coqueteo con clase y sensualidad,  ocasionando una sonrisa de gusto, y complicidad en Pablo, que estúpidamente parecido encantado, ese gesto que desvaneció algo en su interior e intensifico un deseo irrefrenable de golpear a Rocio y de paso a él también sin saber porque.
El rostro de Peter mostraba su mal humor. En el carruaje había sugerido que se olvidaran del baile y fueran a algún lugar más emocionante, ellos solos. Mariana, consciente de que Peter había bebido una generosa cantidad de brandy antes de que se pusieran en camino y sabiendo también cuáles eran sus intenciones, no había secundado su propuesta. Desde entonces, Peter se había mostrado sombrío.
Una atractiva condesa salió a su encuentro intentando reclamar las atenciones de Peter.
 El calor del salón era sofocante, la música y las conversaciones excesivamente altas.
Mariana reprimió un suspiro mientras la imagen de Roció coqueteando con Pablo volvió a su mente poniéndola de muy mal humor.
 Antes de llegar a Londres, estaba convencida de que aquella ciudad era el lugar más emocionante del planeta. Y quizá lo fuera. Pero la temporada de baile solo consistía en la misma gente encontrándose en diferentes lugares y disfrutando de idénticos entretenimientos: bailar, beber y coquetear. Estaba comenzando a resultarle insoportablemente aburrido y sobre todo muy molesto tanto como la escena de Roció y Pablo.
Dejó a Peter coqueteando con la condesa y se acercó al salón en el que servían la cena.
 Cuánta comida… Le sonó el estómago, pero se obligó a servirse una cantidad moderada. La gente la observaba. Comió un cuenco de fresas, aunque se moría por un pastel de nata. Quizá más tarde…
—Qué aspecto tan encantador, Señora Carew.
El baile había terminado y Pablo estaba justo detrás de ella. En medio de tanta gente, Mariana no le había visto acercarse y al oírle, se sobresaltó. Pablo le susurró al oído:
—Seda de color crema. Qué inapropiadamente virginal —añadió, cuando Mariana se volvió para mirarle—. Por lo menos no has llevado demasiado lejos la ficción y has prescindido del blanco.
—Señor Martinez—Mariana mantuvo la voz firme aún muy molesta por lo que vio en el baile, es más ellos no eran nada pero aún así le molestaba y mucho, y consiguió ignorar sus celos y sus nervios—. Me gustaría decirle que es un placer volver a verle, pero… —se encogió ligeramente de hombros—, preferiría no mentir.
—Yo no me preocuparía por eso —replicó Pablo—. La mentira es vuestra especialidad, ¿no es cierto? La última vez que nos vimos pareció complacerle mi compañía, y eso de señor Martinez me parece que es una formalidad exagerada cuando te escuchado gemir dentro de mi boca y otros lugares más intimo tambien —continuó, y añadió, antes de que ella pudiera responder—. O al menos, yo así lo recuerdo.
—¡Pablo! —Mariana le cortó rápidamente molesta, y torpamente perdiendo la compustura y la clase, con las mejillas encendidas por la timidez ocacionando una osnrisa en el.
En aquel momento no había nadie que pudiera oírlos, pero aquél no era lugar para mantener una conversación de ese tipo. Sabía que Pablo solo pretendía provocarla. Y, maldita fuera, lo estaba consiguiendo.
—Me estas obligando a mencionar nuestro último encuentro —le respondió con frialdad—. Y como caballero, considero que no deberias recordármelo.
—Ah… —Pablo parecía arrepentido.
Le tomó la mano y posó delicadamente los dedos sobre el pulso que latía en su muñeca.
—Estoy seguro de que cualquier caballero accedería a sus deseos, lady Carew. Pero ya sabes que no soy tal —esbozó una sonrisa radiante, devastadora—. De modo que, lamentablemente lo único que puedo decir es que si, en algún momento deseas someterme a sus deseos, me pongo por completo a sus  órdenes, ya que pareció disfrutarlo la ultima vez
A Mariana se le aceleró el pulso al pensar hasta dónde le habían llevado aquellos deseos. Pablo lo notó. Mariana vio que se intensificaba el brillo de sus ojos.
—Mar —Pablo bajó la voz, convirtiéndola en poco más que un susurro en sus oídos—, sé que no te arrepientes de lo que ocurrió. Lo sé.
Ella alzó la mirada para encontrarse con sus ojos verdes y no la apartó. Esperaba encontrar desafío en su expresión. Y, sin embargo, descubrió en ella una sinceridad y una ternura que hizo que el corazón le diera un vuelco.
—Yo…
Vaciló cuando estaba a punto de confesar la verdad. Sentía la tentación de reconocer sinceramente sus sentimientos, pero, al mismo tiempo, tenía miedo. Pablo estaba muy cerca de ella. Sus labios estaban a solo unos centímetros de los suyos.
La fragancia de su piel impregnada en colonia de sándalo embriagaba sus sentidos. Sentía el calor de su mano sobre la suya. Su contacto, su proximidad, hicieron crecer en ella el anhelo. Se olvidó de todo: del baile, de las multitudes, incluso de su intención de atrapar a Peter. y de como el pareció a gusto con el coqueteo de Rocio.
En aquel momento no había nada, salvo Pablo observándola con aquella desconcertante delicadeza.
Mariana  bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.
—Mar, contéstame —había urgencia en la voz de Pablo—. Puedes confiar en mí, te lo juro —tomó aire y se acercó todavía más hacia ella—. Sé que tienes alguna clase de problemas —añadió rápidamente y en voz muy baja—. Si necesitas ayuda, dímelo. Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
El corazón de Mariana comenzó a latir a toda velocidad. Pensó en sus deudas, en el miedo a fallar a Max y a Bianca, en el anónimo que había recibido, en aquella complicada red de mentiras que parecía a punto de escapar a su control.
Sintió la mano de Pablo, cálida, tranquilizadora, recordó la intimidad que habían compartido. Y se sintió tan sola en aquel momento que estuvo a punto de echarse a llorar.
—Confía en mí —repitió Pablo.
Mariana le miró a los ojos y, por una décima de segundo, vio en ellos un brillo calculador que borraba toda la sinceridad a sus palabras.
La ilusión se desvaneció.
«Puedes confiar en mí…»
La verdad era que Pablo le había tendido una trampa para que se sincerara y había estado a punto de caer en ella. La había seducido, había explotado sin piedad la atracción que sentía hacia él y después había utilizado su debilidad en contra de ella. No le importaba lo más mínimo lo que pudiera ocurrirle. Por supuesto, solo la había usado para satisfacer su deseo y tenerla en sus manos, había sido una Tonta por creerle aquel gesto de complicidad con Rocio le demostró que lo que le había dicho de ella era mentira, Rocio no le era indiferente a Pablo.
Mientras que ella había sentido una cercanía emocional que la asustaba.
Pero Pablo no albergaba ningún sentimiento hacia ella. Y Mariana se había vuelto tan vulnerable que había estado a punto de confesarle todos sus secretos. Se estremeció al pensar en lo cerca que había estado de contarle toda la verdad.
—¿Confiar en ti? Antes confiaría en una serpiente.
Pablo esbozó una sonrisa tan arrogante que a ella le entraron ganas de clavarle el delicado tacón de su zapato de baile en el pie.
—Merecía la pena intentarlo —dijo Pablo girando su mirada, mirada que ella siguió sin dudarlo, notando que Buscaba a Rocio o mejor dicho para ella èl la controlaba y la cuidaba a que  nadie se le acerque enfadandola completamente sin poderlo controlar.
—Eres un bastardo —le reprochó Mariana con sentimiento, extrañándola aquel insulto con tanto sentimiento sin razón de ser.
Mariana Sentía el corazón frío y herido, aguantando las lagrimas.
Pablo respondió con una carcajada.
—Puedo ser muchas cosas, pero ésa precisamente, no. Al menos por lo que yo sé —la miró de reojo—. Has estado a punto de caer. Admítelo.
—No quiero hablar contigo! - exclamo desesperada
Pablo se llevó su mano a los labios.
—¿Quieres acostarte conmigo, pero no quieres hablarme?
—Tampoco quiero acostarme contigo —replicó Mariana completamente enojada—. Lo que pasó el otro día fue un error. Olvídalo —esbozó una tentadora sonrisa con la que pretendía ocultar el frío dolor que crecía en su interior—. ¿O no eres capaz de hacerlo? ¿No eres capaz de olvidarme?
Se miraron a los ojos con enfado.
Mariana quería alejarse de allí, golpearlo, no sentir aquella sensación de posesión que tenía sobre él solo por una sola
noche de acostarse con èl,  no soportaba para nada que este con Rocio ni con ni una otra mujer, pero, al mismo tiempo, algo la retenía a su lado. La pasión titilaba entre ellos como una llama ardiente, fiera e innegable.
—Por lo menos no necesitas preocuparte de olvidar a  Edwin Carew, puesto que nunca existió. Además, puedes inventarte cuanto quieras sobre él.
Mariana se sintió palidecer. Por un instante, el suelo comenzó a moverse bajo sus pies. Pablo tuvo que agarrarla para evitar que cayera.
—Parece que es cierto —comentó Pablo con sombría satisfacción y los ojos fijos en su rostro—.  Edwin es una pura invención.
Durante un largo y aterrador segundo, la mente de Mariana se pobló de un amasijo de aprensión y dudas. Escrutó el rostro de Pablo, intentando averiguar qué sabía exactamente, pero su expresión era indescifrable.
Sabía que no iba a recibir ayuda por su parte. De hecho, debía estar esperando cualquier tropiezo para aprovecharse de ella, para obligarla a revelar todos sus secretos, como había intentado hacer minutos antes. Si un método fallaba, emplearía otro. Y su única defensa sería mantenerse firme ante él y negar las evidencias. Lo separo de ella molesta pero a la vez temblando ante el contacto de el sobre ella.
Enderezó la espalda y le miró directamente a los ojos.
—Muy bien —dijo, restándole importancia—. Inventé a Edwin. Era una manera de… adornar mi pasado.
Pablo la agarró del brazo y la empujó tras una columna, alejándola de las miradas de los curiosos.
—¿Un adorno para qué? ¿Para darte respetabilidad?, cuando has sido siempre una prostituta con clase—preguntó con dureza—. ¿Para hacer parecer respetable a una viuda rica cuando no lo es en absoluto?
 —Precisamente —respondió Mariana con frialdad.
Era mentira, otra mentira, pero estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para evitar que Pablo se acercara a la verdad y descubriera que la habían contratado los duques de Alton.
Todo su futuro dependía de preservar esa fachada. Prefería, con mucho, que Pablo la creyera una aventurera sin principios.
—Ya sabes cómo son estas cosas —continuó diciendo—. Una cazafortunas tiene que fingir tener dinero, aunque apenas tenga para mantener las apariencias.
Pablo fijó la mirada en los diamantes que adornaban su cuello.
—Esos diamantes son reales. Alguien tiene que haberlos pagado.
Maravilloso. Así que la consideraba una prostituta que recorría las calles de Edimburgo en busca de clientes, o quizá una amante de algún Hombre con fortuna.
Mariana se encogió mentalmente de hombros. Si quería mantener en secreto el nombre de sus pagadores, no podía negarlo.
—Sí, claro que los ha pagado alguien —contestó con cansancio. Advirtió la desilusión y enfado en la mirada de Pablo—. ¿Cómo te has enterado de lo de  Edwin? —añadió.
—Haciendo preguntas —contestó Pablo vagamente a la vez que se notaba la furia en sus ojos ante tal confesión teniendo la certeza que era una Prostituta.
Mariana comprendió que no iba a decírselo—. Muchos dicen conocerle, pero al parecer, tienen tanta imaginación como tú.
Mariana se encogió de hombros y le miró a los ojos.
—¿Qué piensas hacer con esa información?
—¿Qué te gustaría que hiciera? —preguntó Pablo divertido y calculador.
Maldito fuera. Mariana le lanzó mentalmente toda una ristra de maldiciones, aun poniéndole en peligro y dispuesto arruinar su vid lo encontraba irrefrenablemente sexy que no puedo evitar morderse el labio conteniendo su deseo.
Pablo sabía que no podía permitir que le causara problemas con Peter. No podía permitir siquiera que insinuara a sus conocidos que ella no era la viuda rica que fingía ser. Sabía que eso daría lugar a todo tipo de preguntas embarazosas. Y lo único que podía hacer para impedírselo era amenazar con destrozarle sus planes de futuro con su estúpida  Rubia Prometida.
Mariana sonrió.
—Solo te pido que pienses en tu propia situación antes de cambiar la mía, y más ahora que te he visto muy bien con tu prometida—le advirtió con dulzura.
Vio que Pablo apretaba los labios.
—Chantaje. Eso no está bien, Mariana, no me esperaba menos de vos.
—En ese caso, llámalo prevención —le propuso ella—. Tú no quieres perder a tu rica heredera, ¿verdad? En ese caso…
A los labios de Pablo asomó una sonrisa.
—Eres increíblemente descarada —musitó—.
—Sin embargo, tú, eres una florecilla inocente, ¿verdad?
Pablo soltó entonces una carcajada.
—Mar —susurró—. Estoy deseando sacarte de este salón de baile y hacer el amor contigo hasta hacerte gemir de placer.
Mariana se sintió repentinamente envuelta en una oleada de tórrida sensualidad. Dejándola temblando como un flan, Contuvo la respiración. Pablo lo advirtió y el brillo pícaro de sus ojos se intensificó.
—Ven conmigo. Sabes que lo estás deseando. Por lo menos eso no es mentira.
El bolso de Mariana resbaló de entre sus dedos por sus nervios, cayó al suelo y se abrió, mostrando su contenido. Con una maldición amortiguada, Mariana se arrodilló e intentó guardarlo todo antes de que Pablo pudiera verlo. Pero ya era demasiado tarde. Mientras intentaba guardar el último pastel de nata con manos temblorosas, se dio cuenta de que él la había visto.
—Qué demonios…
Había cambiado completamente su tono de voz. Y también la expresión de sus ojos. La miraba con absoluto desconcierto y con algo que Mariana temió pudiera ser compasión.
—Así que también robas comida. Es posible que tengas serios problemas.
—No es nada —le espetó Mariana.
—Mariana, tienes el bolso lleno de pasteles de nata.
ella se ruborizó intensamente.
—Tengo hambre.
—Para eso está el salón en el que sirven la cena —señaló Pablo.
Mariana apretó con fuerza el bolso, que se había manchado de nata.
Mariana alzó la mirada. Y de pronto, se sintió a punto de llorar
—No lo comprendes —le reprochó. Y oyó que le temblaba la voz—. ¿Acaso no recuerdas lo que es no tener nunca suficiente para comer y sentir tanta hambre durante tanto tiempo que apenas puedes aguantarte en pie?
Vio que Pablo fruncía el ceño.
—Sí —contestó suavemente al cabo de unos segundos con voz emocionada—. Sí lo recuerdo.
Se miraron a los ojos.
—Entonces, nada no es para mi… —comenzó a decir Mariana.
—Esto es condenadamente aburrido —se oyó decir a Peter con evidente disgusto.
Se había cansado de coquetear con la condesa y estaba buscándola. Mariana, sobresaltada, escondió el bolso tras su espalda. Pablo se enderezó y saludó a Peter con una reverencia. Peter profundizó su ceño al ver que estaba con mariana.
—¿Cómo estás, Martinez? —Preguntó con una grosería que hizo pensar a Mariana en lo maleducado que era—. ¿Tu hermana no vendrá esta noche?
—Soledad vendrá con mis Tios. Si quieres reservar un baile…
—Creo que prefiero no tomarme la molestia —le interrumpió Peter con dureza—. Malditos bailes de debutantes —se volvió hacia Mariana—. Vamos, querida, vayámonos a Vaux. Creo que me apetece más disfrutar de un poco de música al aire libre, un baile y un paseo nocturno —sonrió con evidente intención.
Mariana sintió la mirada de pablo sobre ella, y también la tensión que emanaba de él. Vio el semblante decidido y sonrojado de Peter.
 Sabía que en el poco tiempo que llevaban allí, había bebido varias copas de champán como si fueran agua, además del brandy que ya había consumido previamente.
 El corazón se le cayó a los pies. Aquél era un momento crítico. Tenía que seguir la corriente a Peter. Si le rechazaba en aquel momento, podía despedirse para siempre de la misión que le habían encargado los duques de Alton. No podía seguir frustrando eternamente las tentativas de Peter. Por otra parte, le bastaba pensar en que la tocara para sentir repugnancia. Días atrás, la idea de compartir con él algún beso no le había parecido tan terrible.
En aquel momento, se le hacía imposible. Y si Peter pretendía tomarse más libertades… Reprimió un escalofrío.
Mientras Pablo continuaba observándola, esperando la respuesta con la misma expectación que Peter.
 Ella era consciente de que la reacción de Pablo era mucho más importante para ella que la del segundo, ya que solo confirmaría con evidencia lo que ella se encargó que pablo piense de ella.
 El corazón le latía con fuerza contra las costillas.
Quería rechazar a Peter, odiaba la idea de someterse a él, pero aun así, sabía que no tenía otra opción. Aquello era lo que había acordado cuando los duques le habían pagado para alejar a Peter de Soledad. Aquella noche, si era inteligente y jugaba bien sus cartas, podía sellar el trato.
Pero se sentía enferma con solo pensarlo. La idea de besar a Peter, cuando recordaba los besos de Pablo, o de sentir la mano de Peter sobre ella, cuando en lo único en lo que podía pensar era en las manos de Pablo acariciándola, y nuevamente la imagen del coqueteo estúpido que le hizo Rocio a Pablo, que pareció complacerlo, la lleno de celos y enojo.
 Tan solo la idea de que Rocio ya conocía la desnudez de Pablo, sus besos, sus caricias intimas sobre su cuerpo, de que ella era suya y lo tenía cada vez que Rocio quisiera, hizo que le hierva la sangre de enfado, y enojada consigo mismo por dejar que Pablo la utilizara, se había dejado cautivar por algo que solo era placer físico y que ella respondió porque sus sentidos continuaban recordándolo eso era todo.
Alzó la barbilla.
Si rechazaba a Peter en aquel momento, estaría saboteando todo aquello por lo que había trabajado. Aquél solo era un trabajo, igual a otros muchos que había realizado.
Sonrió.
—¿Vaux? Me parece una estupenda elección, Peter.
Peter sonrió de buen humor y la agarró del brazo con un gesto de ostentosa posesión. Mariana se arriesgó a mirar a Pablo e inmediatamente deseó no haberlo hecho. El breve instante durante el que habían compartido los recuerdos del pasado se había desvanecido. En aquel momento, lo único que vio en los ojos de Pablo fue un desprecio  que le hirió en el alma.
Pablo creía que era una prostituta, algo que no podía sorprenderle. Tampoco debería importarle la opinión de él, por supuesto. Era lo último que le concernía. Además, Pablo no era mejor que ella.
—Disfrutad de la velada —se despidió educadamente Pablo.
—Lo mismo os deseo, señor Martinez. Y estoy segura de que encontraras a alguien con quien divertirse. Respondió Peter.-
Pablo- Gracias pero No lo necesito estoy muy bien acompañado.-sonrió con ironía, inclinó la cabeza y se alejó.- Comentario que le hirió profundamente a Mariana y al verlo alejarse, se dio cuenta que Roció se acercaba a él y fue a su encuentro, estrujándole   el corazón ;  tuvo que hacer mucho esfuerzo para contener las lágrimas que se asomaron en sus ojos pensando que esa noche la pasaría en brazos de Rocio.
Peter condujo a Mariana hacia la puerta, con una mano en su espalda que deslizó brevemente hacia su cintura casi rozando sus muslos, indicándole con aquel gesto cómo pretendía que terminara la noche.
Mariana consiguió mantener la sonrisa, con un brillo en los ojos de tristeza, que contenían las lágrimas a pesar de que su mente corría a toda velocidad y su cuerpo lo rechazaba ocasionándole casi repulsión.
 Aquella noche, no solo iba a tener que actuar de forma muy inteligente, sino que iba a tener que ser extremadamente precavida.
Por un breve e intenso momento, deseó con todo su corazón no haber ido nunca a Londres y no haber aceptado aquel trabajo. Pero ya era demasiado tarde. Estaba metida hasta el cuello en aquella turbia misión.

 Nuevamente volteó antes de salir hacia la puerta principal buscando a Pablo pero se iba arrepentir en ese mismo momento ya que vio como Roció llego el encuentro de Pablo y con cierta complicidad y sonrisa de ambos Pablo la tomo de la cintura empujándola hacia una columna ante la sonrisa de felicidad de Rocio, recibiendo deseosas los labios de Pablo que atraparon los suyos, perdiéndose tras una columna, donde tendrían un momento de intimidad donde seguramente el la seguiría besando intensificando el beso, y se tocarían entre caricias descaradas, aquella Imagen la golpeó con tal fuerza que no puedo esconder el dolor y sobre sus mejillas comenzaron a rodar las lagrimas.