martes, 22 de abril de 2014

Capitulo 16


Cap 16

—¿En qué exactamente?
—Fueron los duques de Alton los que te presentaron a Peter —recordó Pablo—. Los duques pertenecen a lo más granado de la alta sociedad y, seguramente, no les gustaría que su hijo se casara con la viuda de un barón de pasado desconocido, por rica que fuera —la miró con los ojos entrecerrados—. Peter podría hacer un matrimonio deslumbrante con muchas damas de la alta sociedad. Vos sos una auténtica don nadie y, aun así, los duques parecen apoyarte. Me pregunto por qué.
Mariana sentía cómo se le erizaba el vello de la nuca, a modo de advertencia. No podía vacilar en aquel momento. Pablo se abalanzaría sobre cualquier muestra de inseguridad.
—Supongo que los duques consideran que una viuda rica es preferible a permitir que se fugue con una mujer que no tiene un peso.
Pablo negó con la cabeza.
—Los Alton dan mucha más importancia al linaje que al dinero. Jamás te aceptarían como esposa para su hijo. De modo que no puedo dejar de preguntarme a qué se debe el apoyo de los duques —sonrió—. Así que creo que empezaré a hacer algunas averiguaciones.
Mariana sintió el miedo atenazándole la garganta. No había absolutamente nada que pudiera relacionarla directamente con los duques.
Pablo jamás imaginaría que estaba trabajando para ellos. La había contratado el abogado de la familia Alton, el señor y era él el que pagaba sus cuentas. Solo se había reunido con los duques en una ocasión. Aun así, Pablo era muy astuto al deducir que su conducta era extraña. Tendría que tener mucho cuidado, sobre todo porque su supuesto matrimonio con un tal  Nicolás Carew no era más que el escaparate que le permitía hacerse pasar por una viuda rica y sofisticada. Bajo ningún concepto podía permitir que Pablo descubriera la verdad, que se enterara de que, en realidad, le estaban pagando para que se interpusiera entre Peter y Soledad.
—Podes hacer todas las averiguaciones que quieras —contestó, fingiendo un bostezo—, si te apetece y podes perder el tiempo. Pero no hay ningún misterio en todo esto. El duque y Nicolás eran buenos amigos.
—Por supuesto —dijo Pablo con impoluta cortesía—. Tu marido, aquél que te enseñó tan duras lecciones sobre la fidelidad. ¡Un hombre muy misterioso, por cierto! Debería intentar averiguar algo sobre él.
—Me temo que has llegado demasiado tarde, puesto que está muerto —replicó Mariana.
—Estoy seguro —replicó Pablo, y Mariana  detectó entonces una amenaza en su voz—, de que podré averiguar algo sobre él.
Mariana tomó aire. La situación era cada vez más peligrosa. Cuando había inventado la existencia de Nicolás, no se le había ocurrido pensar que nadie pudiera tener algún interés en investigar su pasado. No había ningún motivo para que nadie quisiera hacerlo. Pero eso había sido antes de que Pablo reapareciera en su vida con aquella mirada inquisidora y sus preguntas comprometidas.
—Por supuesto, yo misma podría hablaros de Nicolás, pero no deseo estropearos la diversión. Supongo que dispones de mucho tiempo, o estas muy aburrido —alzó la mirada en el momento en el que Roció regresaba al palco.
Roció le dirigió a Pablo una mirada tan ardiente que, por un momento, Mariana temió que pudieran prenderse las butacas. Pablo,  le sonrió, y mariana no pudo evitar sentir un dolor en el pecho y un fuerte nudo en el estómago.
 Cuando Rocio se dio cuenta que mariana estaba demasiado cerca de pablo le fulmino con la mirada, pero él con un guiño de ojo cambio aquella mirada por una sonrisa y un profundo enojo en mariana
—Quizá deberías dedicar tu tiempo a tu prometida —le sugirió Mariana molesta—. Parece estar más que deseosa de tu compañía.
—Gracias, pero no necesito que me des consejos sobre mi vida amorosa —le espetó Pablo.
—te suplico que me perdones —Mariana le dirigió una mirada glacial —. Puesto que has pasado tanto tiempo dándome consejos, he pensado que debería devolveros el favor. Al fin y al cabo, es un privilegio que me concedo en tanto que soy tu amiga.
Vio algo en los ojos de Pablo que le hizo sentirse débil, dolida,  y ligeramente mareada.
—Pero nosotros no somos amigos. Podemos ser muchas cosas, pero no somos amigos en absoluto.
Se levantó, hizo una reverencia y se alejó de allí, dejando a Mariana temblando estremecida, enojada, triste y dolida con su frialdad, sus palabras, por el concepto que él tenía de ella, y por verlo irse a lado de Roció con tal complicidad.
 No, Pablo y ella no eran amigos. No podían ser amigos. Tampoco eran unos antiguos amantes cuya pasión se hubiera apagado. Entre ellos continuaba ardiendo el deseo. Había algo tórrido, sombrío y furioso presto a estallar en cualquier momento. Y ella deseaba que lo hiciera, comprendió Mariana con una punzada de miedo, tan solo de pensar que aquella pasión la compartiría con Rocio.
 Peter no despertaba nada en ella, salvo la más profunda indiferencia. Pero Pablo… Siempre había sentido en exceso  Un exceso de amor, Pasión y un exceso de culpabilidad.
Cuando se levantó el telón para dar paso al segundo acto, volvió a fijar su atención en el escenario e intentó concentrarse. No permitiría que Pablo le hiciera perder la razón cuando había tantas cosas en juego. Cuando tenía tanto que perder aunque aquellos celos le jugaran una mala pasada y la amenazará en todo momento.

Roció llevaba una eternidad esperando a Pablo. A esas alturas, el rocío le empapaba los zapatos y sentía frío por dentro y por fuera.
 En realidad, era una noche calurosa, pero se respiraba en el aire la proximidad de la tormenta. Oyó el reloj de la iglesia marcando la una y media. Supo que Pablo no iba a ir..
Se sentó en un banco de piedra, al lado de un estanque ornamental, y fijó la mirada en sus oscuras profundidades.
Estaba tan desilusionada y triste Pablo tenía fama de haber sido un mujeriego, pero durante los dos años que llevaban comprometidos, se había comportado con ella con la más tediosa propiedad. Le parecía muy injusto que Londres estuviera lleno de mujeres que habían disfrutado de las libertinas atenciones de Pablo mientras ella, su prometida, no tenía la menor idea de lo que era ser seducida por él. Y, seguramente, eso no estaba bien.
Se levantó y se dirigió al interior de la casa. El chal se le enganchó en la rama de uno de los arbustos del jardín y se detuvo para soltarlo, una maniobra difícil en la oscuridad o tal vez lo hacía con extrema lentitud para darle un poco más de tiempo para que Pablo llegara.
Pablo llegaba tarde, muy tarde, y más que ligeramente bebido.
Las calles estaban vacías, solo vio a un hombre desapareciendo en una esquina, una sombra oscura recortada contra la negra noche. Con la escasa luz de la luna, Pablo no pudo distinguir su rostro, pero tuvo la extraña impresión de que era alguien conocido, una persona a la que había visto anteriormente. Sintió también un cosquilleo de advertencia, una suerte de premonición alertando a sus sentidos de un inminente peligro. Pero el hombre desapareció en medio de aquella noche, silenciosa y cargada.
Pablo posó la mano en el pestillo de la puerta del jardín. Nunca había llegado a casa de Roció por aquella calle. En realidad, no le apetecía acercarse por ninguna. Había pasado las últimas dos horas en el club, buscando el ardor de la pasión en el fondo de una botella de brandy. Aquello era la llave del futuro. Tenía que tomarla. Tenía que seducir a Rocio y utilizar la seducción para presionar y casarse cuanto antes. Solo entonces podría asegurar su fortuna y su posición social y de cierta manera Proteger y mantener a salvo el futuro de Soledad
Levantó el pestillo. La puerta se abrió y Pablo se adentró en el jardín.
Nunca había estado en el jardín de la casa que los padres de Rocio tenían en Londres. A la luz de la luna, pudo comprobar que era pequeño y estaba completamente cerrado por un muro de ladrillo. Los setos, pulcramente podados, salpicaban los caminos de grava. De las rosas emanaba una rica fragancia que flotaba en el aire húmedo de la noche. Había un pequeño cenador que parecía expresamente diseñado para la seducción. Al verlo, sonrío.
Rocio estaba de pie, junto al estanque, donde una fuente en forma de querubín de piedra arrojaba un centelleante chorro a la luz de la luna. Rocio estaba a varios metros de él, semioculta entre las sombras y las ramas.
 Pablo se acercó más vio entonces su vestido y el reflejo de plata que arrancaba de él la luz de la luna, que extrañamente le pareció muy sensual como si estuviera preparada para la ocasión.
Se acercó  completamente a ella, la agarró del brazo con un fervor nacido de la desesperación, necesitaba hacerlo así que la estrechó en sus brazos y la besó sin pensarlo dos veces.
En cuanto la tocó supo, con una oleada de inmenso alivio, su hombría comenzaba a responder, sonrió aliviado,  y supo que todo saldría bien.
 Roció emitió un gemido de sorpresa cuando se apoderó de sus labios con tal pasión, pero en cuestión de segundos, estaba derritiéndose contra él y se mostraba ardiente y dispuesta encantada con su reacción.
La luz estalló entonces en la mente de Pablo, y con ella, el placer. Cerró los ojos, hundió las manos en su pelo, un pelo suave,  y la sostuvo fuerte contra él mientras asaltaba sus labios, enredaba su lengua con la suya, y ahondaba en el interior de su boca como si quisiera devorarla.

Sin duda el alcohol habían hecho un excelente trabajo, o simplemente la necesidad sexual era el responsable, o acaso su virginal prometida podía conseguir despertar su pasión con un poco de alcohol y si ella se lo proponía, no lo sabía  y en ese momento no le importaba pero  la deseaba,  que el recuerdo de mariana se desvanecía en el cuerpo de Rocio, acaso seria su virginidad, su ingenuidad que lo encendió, o su amor desesperado  por él y su total entrega ardiente no lo sabía pero en ese momento lo supo aquella puerta que significaba un sacrificio se estaba convirtiendo en deseo encontrando detrás de aquella puerta una luz de esperanza hacia el futuro, quería a Roció y la deseaba mucho más de lo que se imaginó.

lunes, 21 de abril de 2014

Capitulo 15

CAP 15

—No —contestó Pablo al cabo de unos segundos. Un ceño se insinuaba en su frente—. No parece que te preocupe. Qué extraño —dijo en tono pensativo—. Eso solo significa que Peter te importa muy poco.
Mariana se encogió ligeramente de hombros. No iba a fingir por Peter un afecto que no sentía. Peter descubriría su mentira. Parecía conocerla suficientemente bien como para comprender lo que realmente sentía.
—Cualquier mujer que confíe en la fidelidad de un hombre está condenada a sufrir una desilusión.
Pablo la miró con los ojos brillantes y expresión impasible.
—Una filosofía bastante negativa de la vida —musitó.
—Y realista —replicó ella  con cierta amargura, incapaz de contenerse.
—Siento que hayas tenido que llegar a esa conclusión. No sabía que tu marido fuera un mujeriego —se interrumpió—. ¿O te refieres a tus amantes?
—No pienso hablar de mis amantes —replicó Mariana, molesta al considerarla capaz de tener amantes.
Pablo esbozó una mueca.
—Bueno, por lo menos eso es algo que a mí no puedes reprocharme —musitó—. No me diste la oportunidad de serte infiel. Escapaste demasiado rápido del lecho nupcial.
—No estoy hablando de nosotros, y prefiero que cambiemos de tema. ¿te ha gustado la primera parte de la actuación, Pablo? —preguntó, cambiando también de tratamiento y de tono.
— la actuación ha sido insuperable —había cierta amargura en su voz—, pero no la he disfrutado particularmente —giró en la silla para mirarla directamente a los ojos—. ¿O te referías a la obra de teatro?
—Esta noche pareces decidido a discutir conmigo.
—Sí —se mostró de acuerdo Pablo—, supongo que sí —soltó una carcajada—. Considero que has fingido perfectamente tu entusiasmo cuando seguramente la obra te ha resultado aburrida.
—Eso no es cierto —protestó Mariana, un tanto dolida por su cinismo—. Adoro el teatro. Viendo una obra, uno puede escapar de la realidad y…
Se interrumpió bruscamente, consciente de que estaba proporcionando más información de la que pretendía. Pablo siempre tan astuto, había sido consciente de su desliz.
—Qué interesante —comenzó a decir lentamente—. Con la vida de la que disfrutas, ¿por qué queres escapar, Mariana perdón Caroline? ¿O de que querrías escapar? —preguntó Pablo divertido, pasando a una mirada intensa llena de especulaciones.
Se miraron a los ojos y, una vez más, Mariana sintió la afinidad que había entre ellos. Se obligó a desviar la mirada y se encogió despreocupadamente de hombros.
— solo pretendía decir que disfruto mucho del teatro.
—Sí, veo que  te  atrae —respondió Pablo con cinismo. Se reclinó en su asiento—. ¿No preferís otro tipo de diversiones más activas? Como perseguir a jóvenes de la nobleza, por ejemplo.
—Nunca persigo a más de uno a la vez —respondió Mariana molesta.
Experimentó un inmenso alivio al advertir que había conseguido distraer a Pablo de aquel desliz. Pero, al mismo tiempo, se apoderó de ella una sensación de vacío y pesar por no poder ser sincera con él, y por saber que el le considerada una prostituta eso le dolía mucho más de lo que quería admitir.
—Petere es mayor que yo. Sin embargo, hablas como si yo fuera una especie de asaltacunas.
—Es posible que sea mayor en años, pero es como si fuera un corderito al que estas llevando al matadero.
Mariana ahogó una risa.
—Qué ridiculez. Peter no es ningún joven ingenuo. Es un peligroso libertino.
—Lo que, evidentemente, no te asusta.
Mariana negó con la cabeza.
—Tengo demasiados años y experiencia como para que me asuste un libertino.
—¿Quizá haya sido su mala reputación la que te atrae? Oh, lo olvidaba —dijo Pablo, mirándola con estudiada insolencia—, tu  propia falta de moralidad y principios debería ser suficiente para ambos, ya que sos una prostituta.
El ambiente del teatro, sofocante en aquella húmeda y calurosa noche de verano, pareció congelarse de pronto.
—¿Estas intentando decirme algo, Pablo? —preguntó Mariana con voz fría y molesta, aguantando el dolor que le causaba que el la llamara así.
—Sí —respondió Pablo—, y creo que tengo que ser sincero con vos —se interrumpió—. Estoy seguro de que sos consciente de que Peter va a casarse con mi hermana Soledad, ¿no es cierto?
Su tono rotundo no entrañaba amenaza alguna, pero aun así, ella se estremeció. Sabía desde hacía tiempo que Pablo no tardaría en lanzarle abiertamente su advertencia, y allí estaba, aquél era el momento que tantas veces había anticipado. Le miró por debajo de sus largas pestañas.
—Perdonadme, pero, ¿de verdad queres que tu hermana se case con un marqués tan mujeriego?
Pablo profundizó su sonrisa.
—Peter no engañará a Soledad cuando estén casados —respondió con vehemencia—. Yo me encargaré de que lo entienda.
—te estas engañando a vos mismo —le advirtió Mariana. Esperó la respuesta de Pablo pero éste no dijo nada. Su rostro parecía esculpido en piedra—. Seguro que para vos representa una contradicción —no estaba segura de que debiera continuar con aquella conversación, pero no fue capaz de contenerse—. Queres que Soledad  se case con Peter para que pueda disfrutar de todo aquello a lo que le das valor. Queres que tenga un título, dinero y estatus. Pero el precio a pagar es demasiado alto, ¿no es cierto? El precio de ver a tu hermana humillada por las infidelidades de su marido es excesivo como para…
Pablo la interrumpió agarrándola por la muñeca.
—Sos la menos indicada para decirme esas cosas, vos también valoras esas cosas,—dijo entre dientes—. Queres más dinero, y también un mejor título, de modo que no creo que estes en condiciones de sermonearme, mi hermana al menos está enamorada pero vos solo sos una prostituta – sentencio con una mirada lleno de filo que la atravesó sin compasión dejándola al borde del llanto
Mariana se liberó de su mano bruscamente y tomó aire para tranquilizarse y recuperar el control que había estado a punto de perder, conteniendo las lágrimas.
 Era peligroso hablar tan abiertamente. Sabía que estaba tocando un punto sensible para él,  pero al hacerlo, estaba cuestionando sus propias motivaciones. Pablo pensaba que quería casarse con Peter por su título y por su dinero. Y ella tenía que recordar que ésa era precisamente la idea que pretendía alimentar. Nadie podía sospechar cuál era su verdadera misión, o estaría perdida.
Acarició la gasa dorada del vestido.
—Es cierto. Adoro las telas caras —le dirigió una provocadora sonrisa—. La señorita Soledad  y el marqués no están formalmente comprometidos, ¿no es cierto?
Pablo la miró con el ceño fruncido.
—Digamos que hay cierto entendimiento entre ellos —Pablo endureció su tono.
—Un entendimiento —repitió Mariana. Suspiró—. Pero también los malentendidos son algo frecuente, ¿verdad, ? Una joven atractiva cree haber despertado el interés de un noble, pero de repente… —se encogió de hombros—, aparece una mujer más atractiva y capaz de distraer la atención de este último.
—Una persona peligrosa y manipuladora —dijo Pablo. Había abandonado toda apariencia de cortesía. Una abierta antipatía teñía sus palabras—. Permitime que sea sincero.  Asumo que tu intención es apartar a Solead y casarte con Peter, ¿no es cierto?
—Eso no es asunto tuyo —replicó Mariana.
—Te equivocas—le advirtió Pablo—. Claro que es asunto mío. En tanto que soy tu  ex marido
Tenía la impresión de la palabra ex-marido, implicaba que el matrimonio había terminado. No creo que un ex-marido juegue papel alguno en las decisiones de su ex-esposa. Repito, esto no es asunto tuyo.
Pablo cambió de postura y se alejó de ella, lo que permitió que Mariana volviera a respirar. Presionó las manos en el regazo y deseó que Peter regresara para que Pablo se viera obligado a abandonar aquel interrogatorio. Cerró los ojos con fuerza. Pero sus ruegos no fueron escuchados porque cuando volvió a abrir los ojos, Peter continuaba sin aparecer y Pablo la observaba con expresión especulativa.
—Hay algo sospechoso en todo esto —comenzó a decir Pablo lentamente.

A Mariana le latía con fuerza el corazón.

jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo 14



Hola como están?, como ya les conte en la otra nove se me complico subir porque andaba un poco enferma también, asi que bueno acá les traigo un nuevo cap espero les guste! besos ;)

 Capítulo 14

Le soltó en el momento en el que Gastón Walters se acercaba.
 Dio media vuelta y se alejó, no sin antes dirigirle a Pablo la que pretendía ser una seductora sonrisa. Durante varios segundos, Pablo fue incapaz de moverse. A menos que hubiera malinterpretado la situación, y no parecía que hubiera mucho lugar para malentendidos, su virginal prometida acababa de proponerle que la sedujera.
Esperaba notar algo. Una sensación de triunfo habría sido una buena respuesta. Había sido extremadamente paciente con Rocio, la había tratado con el respeto que su condición de rica heredera exigía. Era cierto que aquel respeto se debía a que era consciente de que si seducía a Rocio o si se fugaba con ella, sus padres la dejarían sin un solo peso y él terminaría casado con una niña mimada y sin dinero.
Pero en aquel momento, Rocio  estaba intentando seducirle y Pablo pensó que debería sucumbir elegantemente, ir después a ver a los padres de la joven y decirles que después de dos años de abstinencia, Rocio y él se habían dejado arrastrar por el amor que sentían, sin duda ya lo aceptaría.
Presionaría para que se celebrara pronto la boda y estaba convencido de que, a aquellas alturas y estando la reputación de Rocio en juego, Sus Padres tendrían en consideración su sugerencia y tras la insistencia de Rocio no podrían negarse.
Aquel plan perfecto solo tenía un inconveniente.
No quería llevarlo a cabo.
No deseaba a Rocio en absoluto y ni siquiera estaba seguro de que pudiera seducirla en el caso de que se lo propusiera.
Rompió a sudar. Pensó en seducir a Rocio.
 Lo pensó con todo lujo de detalles, tal como había recordado los momentos compartidos con Mariana. Pero en aquella ocasión, su cuerpo permaneció obstinadamente indiferente. Golpeó con la mano el pilar de mármol, en gesto de pura exasperación.
Maldita fuera, se lamentó, se suponía que él era un libertino.
Aquél era un regalo, la recompensa que había estado esperando. Debería estar listo y preparado para explotarlo, para saltar el jardín vallado y seducir a Rocio en el cenador o contra cualquier árbol del jardín. Debería hacer el amor con ella hasta tenerla tan arrebatada por aquel placer sensual que le suplicara que se casara con ella. Debería estar ansioso por aquel encuentro. Al fin y al cabo, Rocio era una mujer deliciosamente bella, además de deliciosamente rica.
Bajó la mirada. No parecía estar sucediendo nada en el interior de los pantalones. No estaba ansioso. Estaba moribundo, se miro nuevamente si no fuera porque últimamente cuando pensó en mariana había reaccionado estaría muy seriamente preocupado ante lo que parecía ser una impotencia sexual.
Le asaltó una nueva oleada de inquietud. ¿Qué ocurriría si decidía aceptar la invitación de Rocio y llegado el momento no podía cumplir? Jamás en su vida había tenido aquel problema. Solo en una o dos ocasiones, y porque estaba completamente bebido, pero siempre lo había recompensado, su hombría nunca lo había fallado como ahora
De modo que la conclusión era innegable.
 No deseaba a Rocio. No la deseaba en absoluto. Lo que él quería…
Algo se movió de pronto en su línea de visión.
Era una mujer vestida con un traje dorado que moldeaba de tal manera su cuerpo que Pablo deseó atraparla, desprenderla del vestido como si estuviera abriendo un regalo, hundir el rostro contra su piel desnuda e inhalar su esencia, enredar los dedos en sus sedosos cabello negros y perderse en ella una y otra vez hasta que ambos estuvieran completamente saciados.
Todos sus sentidos se tensaron. Tenía el cuerpo entero en alerta, sentía como en su entrepierna algo se movía  queriendo salir a su encuentro, su tamaño aumentaba al igual que el grado de rigidez,
 Observó a Mariana, que se escabullía de la habitación para dirigirse a uno de los pasillos. El vestido dorado brillaba como una delicada telaraña.
No deseaba a Rocio, su hermosa, rica e influyente prometida. Deseaba a Mariana, su bella y pérfida ex esposa.
Evidentemente, tenía un serio problema. 
Mariana estaba cansada. Ninguna de sus misiones le había causado nunca tantos problemas como lo estaba haciendo aquélla. Normalmente, disfrutaba del desafío, pero en aquel momento, le dolía la cabeza, le dolían los pies embutidos en aquellos adorables zapatos dorados y, curiosamente, parecía dolerle también el corazón. Las atenciones de Peter comenzaban a ser más frecuentes y obvias.
Mariana deseó que no fuera un libertino. Los libertinos eran más difíciles de controlar que otros hombres. Requerían más esfuerzos, había que tener más cuidado al manejar la situación y para mantenerlos a raya.
La intención de Peter, Mariana  lo sabía perfectamente, era conseguir llevarla a su lecho lo antes posible. El hecho de que fuera una conocida de sus padres no le detendría. Estaban participando ambos en el juego de la seducción, en una danza que él creía que terminaría en una satisfactoria aventura.
Peter era un hombre de deseos muy simples, había comprendido Mariana. Y en aquel momento la deseaba a ella. También era extremadamente caprichoso y mimado, estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería.
Pero a ella no la tendría.
Su intención era fascinar a Peter y, simultáneamente, frustrarle. Su trabajo era parecido al de un malabarista de circo: mantener todas las pelotas en el aire y no dejar caer ninguna, como, desgraciadamente, había ocurrido el día anterior, cuando Pablo  había conseguido distraerla. Mariana cerró los ojos y sofocó la irritación que aquel recuerdo despertaba. No podía permitir que Pablo volviera a sacarla de sus casillas. Había tenido que trabajar muy duramente para recuperar el terreno perdido y conseguir la invitación de aquella noche.
No tenía ninguna intención de convertirse en la amante de Peter. Lo último que le apetecía era tener a aquel hombre como amante y, en cualquier caso, aquélla era una cuestión de negocios, no de placer. Corría el peligro de perder la influencia que tenía sobre Peter si éste saciaba su deseo.
Podría, en ese caso, buscar de nuevo los virginales encantos de la señorita Soledad y entonces, ella lo perdería todo. Tenía que conseguir que Peter quisiera casarse con ella.
Su manera de funcionamiento habitual consistía en conseguir la petición matrimonial, aceptarla y, al cabo de un par de meses, confesar arrepentida que había actuado precipitadamente, que había cambiado de opinión y que todo había sido un error. Si su estrategia había tenido éxito en el pasado, no había ningún motivo para suponer que Peter  no iba a ser la próxima víctima de su cuidadosamente calculado engaño.
El único problema era Pablo. Mariana no quería admitir sus dudas, pero aquél era el caso más complicado que se le había presentado y, además, coquetear con otro hombre bajo la constante mirada de Pablo estaba demostrando ser muy complicado. Suspiró y se llevó los dedos a las sienes, donde comenzaba a palpitarle la cabeza.
A Pablo no le vendría mal embotellar su antipático gesto de desaprobación y vendérselo a las carabinas. Ganaría una fortuna y no necesitaría venderse a una rica heredera.
Observó a Peter desde su asiento. Se había desviado cuando iba a buscarle una limonada con hielo, que a esas alturas ya debía de estar caliente, para acercarse a saludar a unos amigos y conocidos del palco que tenían frente a ellos. Donde quiera que fuera, se convertía en el centro de atención de las damas. Revoloteaban a su alrededor como mariposas aunque le costaba reconocer no llamaba tanto la atención como vio que lo hacía pablo cosa que extrañamente le molestaba y mucho.
 Peter fue avanzando desde el palco por el pasillo en curva para regresar al lado de Mariana. Ésta vio en ese momento que era abordado por una más que conocida cortesana. En menos de lo que dura un parpadeo, Peter se inclinó para susurrarle algo al oído, la mujer asintió y continuó avanzando entre el crujido de la seda.
Mariana sonrió con cinismo. A lo mejor Peter era más inteligente de lo que parecía. Se había dado cuenta de que no iba a compartir su lecho aquella noche y había hecho los arreglos pertinentes para satisfacer su deseo carnal, hasta que ella cayera.
—Veo que Peter cambia tus encantos a cambio de los de aquella señorita
Era una voz irritantemente familiar. Mariana alzó la mirada. Pablo estaba frente a ella, supremamente elegante con el chaleco blanco y dorado, el lino inmaculado de su camisa y unos diamantes tan brillantes que casi la deslumbraban. Mariana había oído decir que cuando Pablo había llegado a Londres tras sus aventuras, llevaba pendientes de perlas. Al parecer, a las damas les encantaba. Aquel exceso inicial parecía haberse sofocado o, al menos, haberse transmutado en un mejor gusto, y más caro también. Pero continuaba conservando cierta tendencia a la ostentación, y sus ojos verdes  mantenían el brillo del antiguo pirata, del aventurero Pablo Martinez, el hombre que había tomado tres barcos enemigos en un solo ataque, había ganado un tesoro en un juego de azar y, si los rumores eran ciertos, había seducido a la hija de un almirante contra la vela mayor del barco, y tras recordarlo no pudo evitar sentir un fuerte nudo en el estómago, queriéndole grítale y reclamarle aquello ahí mismo  un incontrolable enfado se apoderaba de ella, que temía que podía ser celos
Vio el brillo burlón de su mirada. Pablo se sentó a su lado sin pedirle permiso.
—Quizá —continuó diciendo—, tus artes amatorias no sean tan sofisticadas como imaginas y Peter ya se ha aburrido de ti —cambió de postura—. Si me permites darte un consejo, ayer en el carruaje me besaste como una inexperta…
—Ahórrate tus consejos para quien te los pida —le espetó Mariana aun molesta por tan solo recordar aquel rumor de la hija del almirante.
Pablo estaba intentando provocarla, y lo estaba consiguiendo sin esforzarse apenas. Al parecer, cualquier cosa que le dijera atravesaba rápidamente sus defensas y se le clavaba directamente en el corazón y aquel rumor no mejoraba la situación.
Pablo tenía una capacidad de herirla que a Mariana ni le gustaba ni comprendía.
En ese momento Pablo sonrió y se encogió de hombros.
—Muy bien. Cambiaremos de tema. Ser un cazafortunas puede llegar a ser terriblemente aburrido, ¿no es cierto? —estiró sus largas piernas y la miró de reojo con expresión divertida—. No parece que te estés divirtiendo mucho, pero no me sorprende. Me temo que Peter no es el más agudo de los interlocutores. Su conversación carece de chispa.
—Estoy disfrutando enormemente de la velada —respondió Mariana cortante.
—Por supuesto que sí —Pablo curvó los labios en una sonrisa—. Después de haber invertido tanto tiempo, energía y paciencia en despertar el interés de Peter, de pronto —chasqueó los dedos—, él te abandona por una cortesana.
—No me importa —replicó Mariana, y estaba siendo completamente sincera.
Sintió la fría mirada de Pablo escrutando su rostro y se preguntó qué vería en él.  

sábado, 5 de abril de 2014

Capitulo 13


Hola como están?  les cuentos que más tarde ya subo otro cap en la otra nove ;) como por ahi se me complica subir o me cuelgo si quieren dejenme algún contacto o algo donde yo les pueda avisar cada vez que subo y asi también me lo recuerdan para cuando me cuelgo jajaj..
bueno les dejo con el cap espero les guste :) buen fin de semana!
besos!!
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Capítulo 13

Pablo observó a Mariana instalándose elegantemente en la silla. Aquella noche llevaba un vestido de color crema y oro. El escote era discreto. Seguramente, no quería ofender a los duques vistiéndose como la prostituta descarada que era, pero aun así, el diseño era suficientemente tramposo como para que, a pesar de su supuesta modestia, realzara su sinuosa figura. La delicada gasa resplandecía bajo la luz. Llevaba el pelo trenzado y coronado por una fina diadema de oro.
Tenía un aspecto elegante, adinerado y tentador. Desde luego, Peter parecía tentado e incluso Gastón Walters que había saltado con precipitación para ayudar a Mariana a despojarse de su chal.
—le ofrecería mi ayuda, Señora Carew —se disculpó Pablo cuando Peter se apartó para ir a hablar con su tía—, pero puesto que Peter es su acompañante y Gastón  ya la ha desnudado, si es que ya no lo ha hecho antes  queda poco trabajo para mí.
Mariana le fulminó con la mirada al oírle insinuar una relación íntima con Gastón.
—No quiero obligarle a realizar ningún esfuerzo, señor Martinez—respondió con falsa dulzura—. He oído decir que últimamente  su especialidad consiste en no hacer nada —alzó la mirada y la posó durante unas décimas de segundo en Rocio—. Al parecer, sos un explorador que ha reducido su trabajo en viajes
Pablo sonrió.
—Una vez más, demostras que has estado siguiendo mis pasos. Debo fascinarle.
Advirtió un brillo de irritación en su mirada.
—Oh, en absoluto. Pero hasta Edimburgo ha llegado la noticia de que el famoso aventurero Pablo Martinez ha sido comprado por una heredera ahora está encerrado en casa, donde está a entera disposición de su prometida, cosa que también debe ser placentero
Pablo dejó escapar el aire entre los dientes. Sentía la tensión en los hombros, presionando la tela de la casaca. Esperaba no terminar reventando las costuras.
Mariana había conseguido sacarle de quicio a los cinco minutos de su encuentro. Tenía un talento especial para ello.  Pablo sabía que no debería caer en sus provocaciones, pero al parecer, no era capaz de evitarlo.
—Mientras que vos, Caroline, has recorrido un largo camino. O quizá sea más preciso decir que has realizado un empinado ascenso.
 De sobrina de un maestro a viuda de un barón hasta llegar a las vertiginosas alturas del marquesado —la recorrió de pies a cabeza con la mirada—. Podríamos decir que esta noche su  vestido está a la altura de vuestras ambiciones.
—Debe estar de muy mal humor esta noche, para reprocharme que me haya convertido en una cazafortunas cuando vos sos un profesional. ¿Ha sido la cena con su heredera la que os ha puesto de tan mal humor?
—Apuesto a que no ha sido tan emocionante como su cita con Peter —replicó Pablo sombrío.
—Hemos ido al restaurante Rules —replicó Mariana. Esbozó una seductora sonrisa—. Hemos comido ostras que, como bien sabes, son el alimento del amor.
Pablo sonrío
—Siempre me han parecido repugnantes y viscosas.
Peter reclamó entonces la atención de Mariana al ver que se encontraba muy concentrada en Pablo. Se sentó a su lado y le señaló a Pablo con frialdad que Roció estaba esperando a sentarse. Pablo adivinó la sombra de una sonrisa en los labios de Mariana cuando ésta vio la expresión de enfado de Rocio y su tensa figura.
Estaban a punto de levantar el telón.
—¿Esa mujer fue otra de tus amantes? —le susurró Rocío a Pablo completamente celosa, ignorando el hecho de que la función había empezado.
Al igual que muchos de sus contemporáneos, Rocio no iba al teatro a disfrutar de la obra, sino a ver y ser vista. De hecho, era perfectamente capaz de pasarse hablando toda una representación. Pero aun así, en aquella ocasión, su susurro hizo que varias cabezas se volvieran hacia ella.
—No —respondió Pablo cortante—. Ni es mi amante ni lo ha sido nunca.
No estaba mintiendo, pero aun así, conocía íntimamente todos los rincones de aquel cuerpo exquisito.
Tragó saliva. Nunca había tenido una memoria particularmente buena. Por lo menos para las Matemáticas, la Geografía, la navegación o cualquier otro tema que pudiera serle de utilidad. Por lo tanto, resultaba irónico que en las circunstancias menos adecuadas imaginables, recordara todos los centímetros de la sedosa piel de Mariana deslizándose bajo su mano, el pequeño lunar cerca de su ombligo, la forma que se arqueaba bajo sus caricias e incluso el fuego que se encendía en sus ojos en medio de aquel sensual placer.
Cambió incómodo de postura. El asiento estaba duro como una piedra. Igual que él.
Rezó al cielo para que Rocio no mirara hacia un lado y descubriera su inapropiada erección. Era capaz de gritar de indignación y montarle una escena y tal vez hasta con justa razón. pero no podía evitarlo.
 Los sentidos de Pablo solo eran conscientes de la presencia de Mariana.
Estaba sentada delante de él, ligeramente vuelta hacia la derecha, Parecía concentrada en la representación. La luz iluminaba el vestido dorado y la delicada curva de sus hombros. Su perfume le envolvía. Verbena y miel, un olor dulce con algunas notas acidas, como la propia Mariana. Podía ver  como su cabello escapaba legamente de la diadema y acariciaban su nuca. Quería alargar la mano, tocarlos, deslizar el dedo por su espalda. Quería sentir la seda del vestido bajo su mano, el calor del cuerpo de Mariana bajo el suyo…
Rocio le clavó el abanico en las costillas, dejándole sin respiración y jadeando de dolor.
Le estaba fulminando con la mirada por estar más pendiente de Mariana que de ella y de la obra, y no podía culparla por ello, aunque discrepara de sus métodos.
Intentó tranquilizarla con sonrisas, y pequeños susurros, para luego concentrarse en la representación, pero fue inútil al parecer, solo era capaz de recordar la exquisita bendición de hacer el amor con Mariana. Podía recordar la esencia dulce y salada de su piel mientras se acurrucaba contra él agotada y saciada.
Podía sentir el cosquilleo de su pelo contra su pecho desnudo y el roce de sus piernas enredadas con las suyas bajo las sábanas. Podía saborear sus besos. Recordaba haber permanecido despierto durante horas, escuchando el sonido de su respiración, dibujando su mejilla perfecta, su cuello, descendiendo por la curva de sus hombros mientras sus labios seguían el rastro de sus manos, embriagándose en su sabor, nuevamente su erección apareció.
Rápido trato de acomodarse el pantalón discretamente tratando de evitar que se viera su visible e incómoda erección.
Se recordaba descendiendo hasta sus senos para despertarla con una urgencia que la había hecho reír entre sus brazos mientras volvían a hacer el amor. Había sido una unión extremadamente frágil, pero en aquel entonces le había parecido un encuentro dulce y honesto sobre el que cimentar una vida en común.
Recordaba los labios de Mariana entreabriéndose bajo los suyos y el pequeño gemido de aquiescencia y rendición que había escapado de ellos la primera vez que la había besado. En aquel momento se había sentido invencible y dispuesto a comerse el mundo entero.
El arrepentimiento y la tristeza lo golpearon con impactante intensidad. Había construido sus sueños sobre una mentira. Todos aquellos sentimientos, todas sus esperanzas en el futuro, no tenían más fundamento que su imaginación y el engaño de Mariana. Le había utilizado. Desde el principio hasta el final, le había visto únicamente como un medio, como un primer paso en el camino que la llevaría a convertirse en duquesa.
Pablo volvió ligeramente la cabeza. Vio que Peter se había apoderado de la mano enguantada de Mariana y estaba apartando la tela del guante para besarle la muñeca, como había hecho él  en el carruaje. Experimentó un rabioso sentimiento de posesión que le sorprendió tanto como le disgustó.
No le convenía continuar deseando a su ex esposa. Tenía que frenar aquellos sentimientos. Su relación había terminado mucho tiempo atrás.
Observó a Mariana retirar la mano, aunque con suficiente lentitud como para que aquel gesto no pudiera interpretarse como un rechazo. Estaba riendo y miraba a Peter con el ceño ligeramente fruncido por haberla distraído de la obra.
Un movimiento inteligente, pensó Pablo, combinar la sofisticación con un infantil entusiasmo por la representación. En medio de todos aquellos espectadores que asistían al teatro únicamente por moda, el supuesto interés de Mariana se revelaba como fresco y encantador. Pero, al menos así se lo parecía a Pablo, era tan falso como su estima por Peter.
El telón bajó anunciando el final del primer acto y el volumen de las conversaciones en el teatro alcanzó proporciones ensordecedoras.
Peter  y Mariana estaban tan absortos el uno en el otro que no parecieron advertir que la primera parte de la obra había terminado. Pablo observó a Peter mientras éste se inclinaba para susurrarle algo al oído, quedando tan cerca de ella que parecía a punto de besar la delgada columna de su cuello. Se detuvo allí, permitiendo que su aliento acariciara los tiernos cabellos que caían sobre su oreja Pablo sintió crecer el enfado dentro de él. Observó a Mariana, que curvaba los labios con la más tentadora sonrisa.
Había vuelto ligeramente la cabeza, de modo que Peter pudiera ver aquella sonrisa coqueta, y le apartó después, juguetona, con un delicado golpe de abanico.
Peter  le quitó el abanico, lo sostuvo fuera de su alcance y ella, riendo, intentó recuperarlo. En aquel momento, Pablo deseó darle a Peter un buen puñetazo. Apretó las manos a ambos lados de su cuerpo.
Si hubiera tenido algo en su mano no lo pensaría dos veces se lo hubiese tirado en la cabeza de  Peter.
Aquellos coqueteos tan explícitos eran habituales en aquellos círculos, pero estaban sacándole Totalmente de quicio.
Por supuesto, se dijo a sí mismo, su frustración solo tenía que ver con Soledad. Era consciente de que sus posibilidades de convertirse en marquesa de Alton estaban disminuyendo, y todo porque Mariana era una maquinadora sin principios y Peter un joven consentido y arrogante, acostumbrado a conseguir todo lo que quería.
Mariana le descubrió mirándola. Volvió a sonreír. En aquella ocasión, asomó un brillo burlón desde las profundidades de sus ojos castaños.
Pablo desvió la mirada. Deseaba estrangularla con tal violencia que resultaba inquietante. De hecho, se alegró sinceramente cuando Rocio posó la mano en su brazo y le pidió recatadamente que la acompañara a hablar con una Persona, que estaba en el siguiente palco.
Fueron juntos del brazo, sumándose a la multitud de espectadores que iban visitando los diferentes palcos para saludar a amigos y conocidos.
En otros momentos, recordó Pablo, aquélla era la parte de la velada que más disfrutaba.
Rocio le había presentado a numerosos contactos que le habían resultado muy útiles. Había podido acceder a un ámbito de la sociedad que en otro tiempo estaba completamente fuera de su alcance y aquella posibilidad le atraía y deslumbraba más allá de toda lógica.
Cuando había conocido a Rocio, Pablo estaba en la cumbre de su celebridad. Era un héroe, un buscador de tesoros que acababa de regresar de México, el niño mimado de la alta sociedad. Había disfrutado de la notoriedad de su nombre y había utilizado sin ningún pudor su fama y los contactos de Rocio para ascender socialmente. Mariana tenía razón cuando le acusaba de ser un cazafortunas. Pero no solo buscaba el dinero, sino también las ventajas y el ascenso social que su situación podía reportarle.
Sin embargo, aquella noche, todo aquel proceso le parecía sin sentido y mortalmente aburrido. Quizá porque estaba muy cerca de conseguir todo lo que deseaba y ya no encontraba ningún elemento de desafío. Pablo pensó en su futuro como marido de Rocio, en aquel elegante y monótono modo de vida, temporada tras temporada, año tras año, sin ningún objetivo real, y descubrió que estaba casi a punto de bostezar. Advirtió que, una noble viuda, estaba frente a él y convirtió su bostezo en una sonrisa.
—Buenas noches, señora.
Tomó su mano, se inclinó con suprema elegancia y besó la mano enguantada con un anticuado gesto de galantería.
A las damas de más edad siempre les gustaban aquellas demostraciones de cortesía y a menudo se quejaban de la falta de modales de las generaciones más jóvenes.  La Señora se sonrojó y farfulló:
—Rocio, querida, deberías casarte con este joven antes de que me fugue yo con él.
Pablo sonrió mecánicamente y dijo todo lo que se suponía debía decir en aquellas circunstancias.
Pero a Roció no le gusto aquel comentario, pese a que tenía mucho más edad que él, ella se puso celosa y  fue arrastrándole de grupo en grupo.
Pablo sentía su mano sobre su brazo como una esposa de hierro a medida que avanzaban. Aquélla, se recordó a sí mismo, era una de las razones por las que le había propuesto matrimonio. Era bella, rica, tenía muy buenas relaciones y estaba encantada con él …Y ya nada de eso ahora parecía importarle en absoluto.
Pablo se quedó petrificado allí donde estaban. Aquello, se recordó, era todo lo que siempre había querido: dinero, éxito y estatus. Y todavía continuaba deseando el dinero, la fama y todo lo que con ello podía conseguir, pero cuando Rocio volvió a tirarle del brazo, tuvo la sensación de que el precio a pagar era exageradamente alto.
—¡Pablo! ¡Pablo! —le susurró Rocio al oído captando su atención.
Al principio, Pablo pensó que estaba urgiéndole a responder a alguna obligación social, pero después, comprendió horrorizado que Rocio estaba aprovechando el breve momento de intimidad que le daba el estar detrás de una columna para estrecharse contra él, dándole un  beso y susurrarle al oído:
—Ven conmigo esta noche.
Pablo sintió la humedad de su lengua en la boca en lo que asumió era un inocente intento de erotismo.

—Podemos vernos en el jardín —propuso Rocio—. Te quiero Y Te Amo —y sus palabras fueron acompañadas de un nuevo acercamiento de su cuerpo contra el suyo, con una caricia y un beso.