Capitulo 19
El baile de Bell estaba abarrotado, pero con
una fatalidad que parecía dictada por el destino, Mariana vio a Pablo en el instante en el que entró en
el salón paralizándole y acelerando los latidos de su corazón
Estaba bailando con Rocio, compartía con ella
un baile campestre.
Ella le hablaba muy animada, en cambio Pablo
seguía la conversación sin muchas ganas.
Habían pasado tres días desde su encuentro
nocturno. Tres días que
él se había dedicado solo s Rocio, tratando
de lavar sus culpas actuando como el más atento Prometido que pareció encantar
a Rocio y Mariana había pasado casi exclusivamente con Peter, paseando en el
parque, compartiendo bailes y arrastrándole a pedirle matrimonio mientras él se
mostraba crecientemente posesivo e igualmente frustrado.
Mariana había coqueteado con él, le había
tentado, le había provocado y le había prometido acceso, sino a su cuerpo, sí a
su enorme y ficticia fortuna. Estaba comenzando a pensar que Peter tenía tantas
ganas de ponerle la mano encima a ella como a su dinero, lo cual era
extraordinario, puesto que no era un hombre pobre, aunque estuviera demostrando
ser particularmente avaricioso.
Cuanto más tiempo pasaba con él, menos le
gustaba.
Comenzaba a darse cuenta de que bajo una
apariencia de amabilidad, se ocultaba un hombre desconsiderado, egoísta y
entregado únicamente a su propio placer. Si no hubiera sido por el daño que
sabía infligiría Soledad, no habría tenido escrúpulo alguno por lo que estaba
haciendo. Aquel hombre se merecía que algo le saliera mal en la vida.
Durante aquellos tres días, Mariana casi
había llegado a convencerse de que cuando volviera a ver a Pablo, no sentiría
nada más que una fría indiferencia. Comprendió entonces que, durante aquellos
tres días, había estado engañándose, porque le bastó ver a Pablo para que
reviviera una intensa conciencia de él, demostrándole que jamás podría escapar
a lo que sentía por aquel hombre.
Sus ojos se encontraron por encima de las
cabezas de los danzantes. Pablo le sostuvo la mirada durante largos segundos.
El fuego brillaba en sus ojos y Mariana
sintió el impacto en todo su cuerpo. Fue un impacto abrasador y turbulento.
Estuvo a punto de soltar un gemido.
Todo lo que había pasado durante aquellos
tres días de separación pareció desvanecerse como si nunca hubiera ocurrido.
De modo que ninguno de ellos podría ignorar
lo que había pasado entre ellos. Ninguno tenía suficiente poder como para
negarlo.
—¿Tienes frío? —preguntó Peter al ver que se
estremecía—. Porque aquí hace un calor sofocante.
Inmediatamente como si tuviera un detector
sus ojos visualizaron el momento que Rocio lo toco, y miraba sus labios con
deseo en una coqueteo con clase y sensualidad,
ocasionando una sonrisa de gusto, y complicidad en Pablo, que
estúpidamente parecido encantado, ese gesto que desvaneció algo en su interior
e intensifico un deseo irrefrenable de golpear a Rocio y de paso a él también
sin saber porque.
El rostro de Peter mostraba su mal humor. En
el carruaje había sugerido que se olvidaran del baile y fueran a algún lugar
más emocionante, ellos solos. Mariana, consciente de que Peter había bebido una
generosa cantidad de brandy antes de que se pusieran en camino y sabiendo
también cuáles eran sus intenciones, no había secundado su propuesta. Desde
entonces, Peter se había mostrado sombrío.
Una atractiva condesa salió a su encuentro
intentando reclamar las atenciones de Peter.
El
calor del salón era sofocante, la música y las conversaciones excesivamente
altas.
Mariana reprimió un suspiro mientras la
imagen de Roció coqueteando con Pablo volvió a su mente poniéndola de muy mal
humor.
Antes
de llegar a Londres, estaba convencida de que aquella ciudad era el lugar más
emocionante del planeta. Y quizá lo fuera. Pero la temporada de baile solo
consistía en la misma gente encontrándose en diferentes lugares y disfrutando
de idénticos entretenimientos: bailar, beber y coquetear. Estaba comenzando a
resultarle insoportablemente aburrido y sobre todo muy molesto tanto como la
escena de Roció y Pablo.
Dejó a Peter coqueteando con la condesa y se
acercó al salón en el que servían la cena.
Cuánta
comida… Le sonó el estómago, pero se obligó a servirse una cantidad moderada.
La gente la observaba. Comió un cuenco de fresas, aunque se moría por un pastel
de nata. Quizá más tarde…
—Qué aspecto tan encantador, Señora Carew.
El baile había terminado y Pablo estaba justo
detrás de ella. En medio de tanta gente, Mariana no le había visto acercarse y
al oírle, se sobresaltó. Pablo le susurró al oído:
—Seda de color crema. Qué inapropiadamente
virginal —añadió, cuando Mariana se volvió para mirarle—. Por lo menos no has
llevado demasiado lejos la ficción y has prescindido del blanco.
—Señor Martinez—Mariana mantuvo la voz firme
aún muy molesta por lo que vio en el baile, es más ellos no eran nada pero aún
así le molestaba y mucho, y consiguió ignorar sus celos y sus nervios—. Me
gustaría decirle que es un placer volver a verle, pero… —se encogió ligeramente
de hombros—, preferiría no mentir.
—Yo no me preocuparía por eso —replicó
Pablo—. La mentira es vuestra especialidad, ¿no es cierto? La última vez que
nos vimos pareció complacerle mi compañía, y eso de señor Martinez me parece
que es una formalidad exagerada cuando te escuchado gemir dentro de mi boca y
otros lugares más intimo tambien —continuó, y añadió, antes de que ella pudiera
responder—. O al menos, yo así lo recuerdo.
—¡Pablo! —Mariana le cortó rápidamente
molesta, y torpamente perdiendo la compustura y la clase, con las mejillas
encendidas por la timidez ocacionando una osnrisa en el.
En aquel momento no había nadie que pudiera
oírlos, pero aquél no era lugar para mantener una conversación de ese tipo.
Sabía que Pablo solo pretendía provocarla. Y, maldita fuera, lo estaba
consiguiendo.
—Me estas obligando a mencionar nuestro
último encuentro —le respondió con frialdad—. Y como caballero, considero que
no deberias recordármelo.
—Ah… —Pablo parecía arrepentido.
Le tomó la mano y posó delicadamente los
dedos sobre el pulso que latía en su muñeca.
—Estoy seguro de que cualquier caballero
accedería a sus deseos, lady Carew. Pero ya sabes que no soy tal —esbozó una
sonrisa radiante, devastadora—. De modo que, lamentablemente lo único que puedo
decir es que si, en algún momento deseas someterme a sus deseos, me pongo por
completo a sus órdenes, ya que pareció
disfrutarlo la ultima vez
A Mariana se le aceleró el pulso al pensar
hasta dónde le habían llevado aquellos deseos. Pablo lo notó. Mariana vio que
se intensificaba el brillo de sus ojos.
—Mar —Pablo bajó la voz, convirtiéndola en
poco más que un susurro en sus oídos—, sé que no te arrepientes de lo que
ocurrió. Lo sé.
Ella alzó la mirada para encontrarse con sus
ojos verdes y no la apartó. Esperaba encontrar desafío en su expresión. Y, sin
embargo, descubrió en ella una sinceridad y una ternura que hizo que el corazón
le diera un vuelco.
—Yo…
Vaciló cuando estaba a punto de confesar la
verdad. Sentía la tentación de reconocer sinceramente sus sentimientos, pero,
al mismo tiempo, tenía miedo. Pablo estaba muy cerca de ella. Sus labios
estaban a solo unos centímetros de los suyos.
La fragancia de su piel impregnada en colonia
de sándalo embriagaba sus sentidos. Sentía el calor de su mano sobre la suya.
Su contacto, su proximidad, hicieron crecer en ella el anhelo. Se olvidó de
todo: del baile, de las multitudes, incluso de su intención de atrapar a Peter.
y de como el pareció a gusto con el coqueteo de Rocio.
En aquel momento no había nada,
salvo Pablo observándola con aquella desconcertante delicadeza.
Mariana
bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.
—Mar, contéstame —había urgencia en la voz de
Pablo—. Puedes confiar en mí, te lo juro —tomó aire y se acercó todavía más
hacia ella—. Sé que tienes alguna clase de problemas —añadió rápidamente y en
voz muy baja—. Si necesitas ayuda, dímelo. Te prometo que haré todo lo que esté
en mi mano para ayudarte.
El corazón de Mariana comenzó a latir a toda
velocidad. Pensó en sus deudas, en el miedo a fallar a Max y a Bianca, en el
anónimo que había recibido, en aquella complicada red de mentiras que parecía a
punto de escapar a su control.
Sintió la mano de Pablo, cálida,
tranquilizadora, recordó la intimidad que habían compartido. Y se sintió tan
sola en aquel momento que estuvo a punto de echarse a llorar.
—Confía en mí —repitió Pablo.
Mariana le miró a los ojos y, por una décima
de segundo, vio en ellos un brillo calculador que borraba toda la sinceridad a
sus palabras.
La ilusión se desvaneció.
«Puedes confiar en mí…»
La verdad era que Pablo le había tendido una
trampa para que se sincerara y había estado a punto de caer en ella. La había
seducido, había explotado sin piedad la atracción que sentía hacia él y después
había utilizado su debilidad en contra de ella. No le importaba lo más mínimo
lo que pudiera ocurrirle. Por supuesto, solo la había usado para satisfacer su
deseo y tenerla en sus manos, había sido una Tonta por creerle aquel gesto de
complicidad con Rocio le demostró que lo que le había dicho de ella era
mentira, Rocio no le era indiferente a Pablo.
Mientras que ella había sentido una cercanía
emocional que la asustaba.
Pero Pablo no albergaba ningún sentimiento
hacia ella. Y Mariana se había vuelto tan vulnerable que había estado a punto
de confesarle todos sus secretos. Se estremeció al pensar en lo cerca que había
estado de contarle toda la verdad.
—¿Confiar en ti? Antes confiaría en una
serpiente.
Pablo esbozó una sonrisa tan arrogante que a
ella le entraron ganas de clavarle el delicado tacón de su zapato de baile en
el pie.
—Merecía la pena intentarlo —dijo Pablo
girando su mirada, mirada que ella siguió sin dudarlo, notando que Buscaba a Rocio
o mejor dicho para ella èl la controlaba y la cuidaba a que nadie se le acerque enfadandola completamente
sin poderlo controlar.
—Eres un bastardo —le reprochó Mariana con
sentimiento, extrañándola aquel insulto con tanto sentimiento sin razón de ser.
Mariana Sentía el corazón frío y herido,
aguantando las lagrimas.
Pablo respondió con una carcajada.
—Puedo ser muchas cosas, pero ésa
precisamente, no. Al menos por lo que yo sé —la miró de reojo—. Has estado a
punto de caer. Admítelo.
—No quiero hablar contigo! - exclamo
desesperada
Pablo se llevó su mano a los labios.
—¿Quieres acostarte conmigo, pero no quieres hablarme?
—Tampoco quiero acostarme contigo —replicó
Mariana completamente enojada—. Lo que pasó el otro día fue un error. Olvídalo
—esbozó una tentadora sonrisa con la que pretendía ocultar el frío dolor que
crecía en su interior—. ¿O no eres capaz de hacerlo? ¿No eres capaz de
olvidarme?
Se miraron a los ojos con enfado.
Mariana quería alejarse de allí, golpearlo,
no sentir aquella sensación de posesión que tenía sobre él solo por una sola
noche de acostarse con èl, no soportaba para nada que este con Rocio ni
con ni una otra mujer, pero, al mismo tiempo, algo la retenía a su lado. La
pasión titilaba entre ellos como una llama ardiente, fiera e innegable.
—Por lo menos no necesitas preocuparte de
olvidar a Edwin Carew, puesto que nunca
existió. Además, puedes inventarte cuanto quieras sobre él.
Mariana se sintió palidecer. Por un instante,
el suelo comenzó a moverse bajo sus pies. Pablo tuvo que agarrarla para evitar
que cayera.
—Parece que es cierto —comentó Pablo con
sombría satisfacción y los ojos fijos en su rostro—. Edwin es una pura invención.
Durante un largo y aterrador segundo, la
mente de Mariana se pobló de un amasijo de aprensión y dudas. Escrutó el rostro
de Pablo, intentando averiguar qué sabía exactamente, pero su expresión era
indescifrable.
Sabía que no iba a recibir ayuda por su
parte. De hecho, debía estar esperando cualquier tropiezo para aprovecharse de
ella, para obligarla a revelar todos sus secretos, como había intentado hacer
minutos antes. Si un método fallaba, emplearía otro. Y su única defensa sería
mantenerse firme ante él y negar las evidencias. Lo separo de ella molesta pero
a la vez temblando ante el contacto de el sobre ella.
Enderezó la espalda y le miró directamente a
los ojos.
—Muy bien —dijo, restándole importancia—.
Inventé a Edwin. Era una manera de… adornar mi pasado.
Pablo la agarró del brazo y la empujó tras una
columna, alejándola de las miradas de los curiosos.
—¿Un adorno para qué? ¿Para darte
respetabilidad?, cuando has sido siempre una prostituta con clase—preguntó con
dureza—. ¿Para hacer parecer respetable a una viuda rica cuando no lo es en
absoluto?
—Precisamente
—respondió Mariana con frialdad.
Era mentira, otra mentira, pero estaba
dispuesta a hacer cualquier cosa para evitar que Pablo se acercara a la verdad
y descubriera que la habían contratado los duques de Alton.
Todo su futuro dependía de preservar esa
fachada. Prefería, con mucho, que Pablo la creyera una aventurera sin
principios.
—Ya sabes cómo son estas cosas —continuó
diciendo—. Una cazafortunas tiene que fingir tener dinero, aunque apenas tenga
para mantener las apariencias.
Pablo fijó la mirada en los diamantes que
adornaban su cuello.
—Esos diamantes son reales. Alguien tiene que
haberlos pagado.
Maravilloso. Así que la consideraba una
prostituta que recorría las calles de Edimburgo en busca de clientes, o quizá
una amante de algún Hombre con fortuna.
Mariana se encogió mentalmente de hombros. Si
quería mantener en secreto el nombre de sus pagadores, no podía negarlo.
—Sí, claro que los ha pagado alguien
—contestó con cansancio. Advirtió la desilusión y enfado en la mirada de
Pablo—. ¿Cómo te has enterado de lo de
Edwin? —añadió.
—Haciendo preguntas —contestó Pablo vagamente
a la vez que se notaba la furia en sus ojos ante tal confesión teniendo la
certeza que era una Prostituta.
Mariana comprendió que no iba a decírselo—.
Muchos dicen conocerle, pero al parecer, tienen tanta imaginación como tú.
Mariana se encogió de hombros y le miró a los
ojos.
—¿Qué piensas hacer con esa información?
—¿Qué te gustaría que hiciera? —preguntó
Pablo divertido y calculador.
Maldito fuera. Mariana le lanzó mentalmente
toda una ristra de maldiciones, aun poniéndole en peligro y dispuesto arruinar
su vid lo encontraba irrefrenablemente sexy que no puedo evitar morderse el
labio conteniendo su deseo.
Pablo sabía que no podía permitir que le
causara problemas con Peter. No podía permitir siquiera que insinuara a sus
conocidos que ella no era la viuda rica que fingía ser. Sabía que eso daría
lugar a todo tipo de preguntas embarazosas. Y lo único que podía hacer para
impedírselo era amenazar con destrozarle sus planes de futuro con su estúpida Rubia Prometida.
Mariana sonrió.
—Solo te pido que pienses en tu propia
situación antes de cambiar la mía, y más ahora que te he visto muy bien con tu
prometida—le advirtió con dulzura.
Vio que Pablo apretaba los labios.
—Chantaje. Eso no está bien, Mariana, no me
esperaba menos de vos.
—En ese caso, llámalo prevención —le propuso
ella—. Tú no quieres perder a tu rica heredera, ¿verdad? En ese caso…
A los labios de Pablo asomó una sonrisa.
—Eres increíblemente descarada —musitó—.
—Sin embargo, tú, eres una florecilla
inocente, ¿verdad?
Pablo soltó entonces una carcajada.
—Mar —susurró—. Estoy deseando sacarte de
este salón de baile y hacer el amor contigo hasta hacerte gemir de placer.
Mariana se sintió repentinamente envuelta en
una oleada de tórrida sensualidad. Dejándola temblando como un flan, Contuvo la
respiración. Pablo lo advirtió y el brillo pícaro de sus ojos se intensificó.
—Ven conmigo. Sabes que lo estás deseando.
Por lo menos eso no es mentira.
El bolso de Mariana resbaló de entre sus
dedos por sus nervios, cayó al suelo y se abrió, mostrando su contenido. Con
una maldición amortiguada, Mariana se arrodilló e intentó guardarlo todo antes
de que Pablo pudiera verlo. Pero ya era demasiado tarde. Mientras intentaba
guardar el último pastel de nata con manos temblorosas, se dio cuenta de que él
la había visto.
—Qué demonios…
Había cambiado completamente su tono de voz.
Y también la expresión de sus ojos. La miraba con absoluto desconcierto y con
algo que Mariana temió pudiera ser compasión.
—Así que también robas comida. Es posible que
tengas serios problemas.
—No es nada —le espetó Mariana.
—Mariana, tienes el bolso lleno de pasteles
de nata.
ella se ruborizó intensamente.
—Tengo hambre.
—Para eso está el salón en el que sirven la
cena —señaló Pablo.
Mariana apretó con fuerza el bolso, que se
había manchado de nata.
Mariana alzó la mirada. Y de pronto, se
sintió a punto de llorar
—No lo comprendes —le reprochó. Y oyó que le
temblaba la voz—. ¿Acaso no recuerdas lo que es no tener nunca suficiente para
comer y sentir tanta hambre durante tanto tiempo que apenas puedes aguantarte
en pie?
Vio que Pablo fruncía el ceño.
—Sí —contestó suavemente al cabo de unos
segundos con voz emocionada—. Sí lo recuerdo.
Se miraron a los ojos.
—Entonces, nada no es para mi… —comenzó a
decir Mariana.
—Esto es condenadamente aburrido —se oyó
decir a Peter con evidente disgusto.
Se había cansado de coquetear con la condesa
y estaba buscándola. Mariana, sobresaltada, escondió el bolso tras su espalda.
Pablo se enderezó y saludó a Peter con una reverencia. Peter profundizó su ceño
al ver que estaba con mariana.
—¿Cómo estás, Martinez? —Preguntó con una
grosería que hizo pensar a Mariana en lo maleducado que era—. ¿Tu hermana no
vendrá esta noche?
—Soledad vendrá con mis Tios. Si quieres
reservar un baile…
—Creo que prefiero no tomarme la molestia —le
interrumpió Peter con dureza—. Malditos bailes de debutantes —se volvió hacia
Mariana—. Vamos, querida, vayámonos a Vaux. Creo que me apetece más disfrutar
de un poco de música al aire libre, un baile y un paseo nocturno —sonrió con
evidente intención.
Mariana sintió la mirada de pablo sobre ella,
y también la tensión que emanaba de él. Vio el semblante decidido y sonrojado
de Peter.
Sabía
que en el poco tiempo que llevaban allí, había bebido varias copas de champán
como si fueran agua, además del brandy que ya había consumido previamente.
El
corazón se le cayó a los pies. Aquél era un momento crítico. Tenía que seguir
la corriente a Peter. Si le rechazaba en aquel momento, podía despedirse para
siempre de la misión que le habían encargado los duques de Alton. No podía
seguir frustrando eternamente las tentativas de Peter. Por otra parte, le
bastaba pensar en que la tocara para sentir repugnancia. Días atrás, la idea de
compartir con él algún beso no le había parecido tan terrible.
En aquel momento, se le hacía imposible. Y si
Peter pretendía tomarse más libertades… Reprimió un escalofrío.
Mientras Pablo continuaba observándola,
esperando la respuesta con la misma expectación que Peter.
Ella
era consciente de que la reacción de Pablo era mucho más importante para ella
que la del segundo, ya que solo confirmaría con evidencia lo que ella se encargó
que pablo piense de ella.
El
corazón le latía con fuerza contra las costillas.
Quería rechazar a Peter, odiaba la idea de
someterse a él, pero aun así, sabía que no tenía otra opción. Aquello era lo
que había acordado cuando los duques le habían pagado para alejar a Peter de
Soledad. Aquella noche, si era inteligente y jugaba bien sus cartas, podía
sellar el trato.
Pero se sentía enferma con solo pensarlo. La
idea de besar a Peter, cuando recordaba los besos de Pablo, o de sentir la mano
de Peter sobre ella, cuando en lo único en lo que podía pensar era en las manos
de Pablo acariciándola, y nuevamente la imagen del coqueteo estúpido que le
hizo Rocio a Pablo, que pareció complacerlo, la lleno de celos y enojo.
Tan
solo la idea de que Rocio ya conocía la desnudez de Pablo, sus besos, sus
caricias intimas sobre su cuerpo, de que ella era suya y lo tenía cada vez que
Rocio quisiera, hizo que le hierva la sangre de enfado, y enojada consigo mismo
por dejar que Pablo la utilizara, se había dejado cautivar por algo que solo
era placer físico y que ella respondió porque sus sentidos continuaban recordándolo
eso era todo.
Alzó la barbilla.
Si rechazaba a Peter en aquel momento,
estaría saboteando todo aquello por lo que había trabajado. Aquél solo era un
trabajo, igual a otros muchos que había realizado.
Sonrió.
—¿Vaux? Me parece una estupenda elección,
Peter.
Peter sonrió de buen humor y la agarró del
brazo con un gesto de ostentosa posesión. Mariana se arriesgó a mirar a Pablo e
inmediatamente deseó no haberlo hecho. El breve instante durante el que habían
compartido los recuerdos del pasado se había desvanecido. En aquel momento, lo
único que vio en los ojos de Pablo fue un desprecio que le hirió en el alma.
Pablo creía que era una prostituta, algo que
no podía sorprenderle. Tampoco debería importarle la opinión de él, por
supuesto. Era lo último que le concernía. Además, Pablo no era mejor que ella.
—Disfrutad de la velada —se despidió
educadamente Pablo.
—Lo mismo os deseo, señor Martinez. Y estoy
segura de que encontraras a alguien con quien divertirse. Respondió Peter.-
Pablo- Gracias pero No lo necesito estoy muy
bien acompañado.-sonrió con ironía, inclinó la cabeza y se alejó.- Comentario
que le hirió profundamente a Mariana y al verlo alejarse, se dio cuenta que Roció
se acercaba a él y fue a su encuentro, estrujándole el
corazón ; tuvo que hacer mucho esfuerzo
para contener las lágrimas que se asomaron en sus ojos pensando que esa noche
la pasaría en brazos de Rocio.
Peter condujo a Mariana hacia la puerta, con
una mano en su espalda que deslizó brevemente hacia su cintura casi rozando sus
muslos, indicándole con aquel gesto cómo pretendía que terminara la noche.
Mariana consiguió mantener la sonrisa, con un
brillo en los ojos de tristeza, que contenían las lágrimas a pesar de que su
mente corría a toda velocidad y su cuerpo lo rechazaba ocasionándole casi repulsión.
Aquella noche, no solo iba a tener que actuar
de forma muy inteligente, sino que iba a tener que ser extremadamente precavida.
Por un breve e intenso momento, deseó con
todo su corazón no haber ido nunca a Londres y no haber aceptado aquel trabajo.
Pero ya era demasiado tarde. Estaba metida hasta el cuello en aquella turbia
misión.
Nuevamente volteó antes de salir hacia la puerta
principal buscando a Pablo pero se iba arrepentir en ese mismo momento ya que vio
como Roció llego el encuentro de Pablo y con cierta complicidad y sonrisa de
ambos Pablo la tomo de la cintura empujándola hacia una columna ante la sonrisa
de felicidad de Rocio, recibiendo deseosas los labios de Pablo que atraparon
los suyos, perdiéndose tras una columna, donde tendrían un momento de intimidad
donde seguramente el la seguiría besando intensificando el beso, y se tocarían
entre caricias descaradas, aquella Imagen la golpeó con tal fuerza que no puedo
esconder el dolor y sobre sus mejillas comenzaron a rodar las lagrimas.

Para Mariana es duro x todo lo k tiene k pasar ,y encima Pablo no se lo está poniendo nada fácil.
ResponderEliminarMaaaaas !!!! Q calculador es Pablo fue cruel cuando dijo lo de tenía q intentarlo -.-
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