jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo 14



Hola como están?, como ya les conte en la otra nove se me complico subir porque andaba un poco enferma también, asi que bueno acá les traigo un nuevo cap espero les guste! besos ;)

 Capítulo 14

Le soltó en el momento en el que Gastón Walters se acercaba.
 Dio media vuelta y se alejó, no sin antes dirigirle a Pablo la que pretendía ser una seductora sonrisa. Durante varios segundos, Pablo fue incapaz de moverse. A menos que hubiera malinterpretado la situación, y no parecía que hubiera mucho lugar para malentendidos, su virginal prometida acababa de proponerle que la sedujera.
Esperaba notar algo. Una sensación de triunfo habría sido una buena respuesta. Había sido extremadamente paciente con Rocio, la había tratado con el respeto que su condición de rica heredera exigía. Era cierto que aquel respeto se debía a que era consciente de que si seducía a Rocio o si se fugaba con ella, sus padres la dejarían sin un solo peso y él terminaría casado con una niña mimada y sin dinero.
Pero en aquel momento, Rocio  estaba intentando seducirle y Pablo pensó que debería sucumbir elegantemente, ir después a ver a los padres de la joven y decirles que después de dos años de abstinencia, Rocio y él se habían dejado arrastrar por el amor que sentían, sin duda ya lo aceptaría.
Presionaría para que se celebrara pronto la boda y estaba convencido de que, a aquellas alturas y estando la reputación de Rocio en juego, Sus Padres tendrían en consideración su sugerencia y tras la insistencia de Rocio no podrían negarse.
Aquel plan perfecto solo tenía un inconveniente.
No quería llevarlo a cabo.
No deseaba a Rocio en absoluto y ni siquiera estaba seguro de que pudiera seducirla en el caso de que se lo propusiera.
Rompió a sudar. Pensó en seducir a Rocio.
 Lo pensó con todo lujo de detalles, tal como había recordado los momentos compartidos con Mariana. Pero en aquella ocasión, su cuerpo permaneció obstinadamente indiferente. Golpeó con la mano el pilar de mármol, en gesto de pura exasperación.
Maldita fuera, se lamentó, se suponía que él era un libertino.
Aquél era un regalo, la recompensa que había estado esperando. Debería estar listo y preparado para explotarlo, para saltar el jardín vallado y seducir a Rocio en el cenador o contra cualquier árbol del jardín. Debería hacer el amor con ella hasta tenerla tan arrebatada por aquel placer sensual que le suplicara que se casara con ella. Debería estar ansioso por aquel encuentro. Al fin y al cabo, Rocio era una mujer deliciosamente bella, además de deliciosamente rica.
Bajó la mirada. No parecía estar sucediendo nada en el interior de los pantalones. No estaba ansioso. Estaba moribundo, se miro nuevamente si no fuera porque últimamente cuando pensó en mariana había reaccionado estaría muy seriamente preocupado ante lo que parecía ser una impotencia sexual.
Le asaltó una nueva oleada de inquietud. ¿Qué ocurriría si decidía aceptar la invitación de Rocio y llegado el momento no podía cumplir? Jamás en su vida había tenido aquel problema. Solo en una o dos ocasiones, y porque estaba completamente bebido, pero siempre lo había recompensado, su hombría nunca lo había fallado como ahora
De modo que la conclusión era innegable.
 No deseaba a Rocio. No la deseaba en absoluto. Lo que él quería…
Algo se movió de pronto en su línea de visión.
Era una mujer vestida con un traje dorado que moldeaba de tal manera su cuerpo que Pablo deseó atraparla, desprenderla del vestido como si estuviera abriendo un regalo, hundir el rostro contra su piel desnuda e inhalar su esencia, enredar los dedos en sus sedosos cabello negros y perderse en ella una y otra vez hasta que ambos estuvieran completamente saciados.
Todos sus sentidos se tensaron. Tenía el cuerpo entero en alerta, sentía como en su entrepierna algo se movía  queriendo salir a su encuentro, su tamaño aumentaba al igual que el grado de rigidez,
 Observó a Mariana, que se escabullía de la habitación para dirigirse a uno de los pasillos. El vestido dorado brillaba como una delicada telaraña.
No deseaba a Rocio, su hermosa, rica e influyente prometida. Deseaba a Mariana, su bella y pérfida ex esposa.
Evidentemente, tenía un serio problema. 
Mariana estaba cansada. Ninguna de sus misiones le había causado nunca tantos problemas como lo estaba haciendo aquélla. Normalmente, disfrutaba del desafío, pero en aquel momento, le dolía la cabeza, le dolían los pies embutidos en aquellos adorables zapatos dorados y, curiosamente, parecía dolerle también el corazón. Las atenciones de Peter comenzaban a ser más frecuentes y obvias.
Mariana deseó que no fuera un libertino. Los libertinos eran más difíciles de controlar que otros hombres. Requerían más esfuerzos, había que tener más cuidado al manejar la situación y para mantenerlos a raya.
La intención de Peter, Mariana  lo sabía perfectamente, era conseguir llevarla a su lecho lo antes posible. El hecho de que fuera una conocida de sus padres no le detendría. Estaban participando ambos en el juego de la seducción, en una danza que él creía que terminaría en una satisfactoria aventura.
Peter era un hombre de deseos muy simples, había comprendido Mariana. Y en aquel momento la deseaba a ella. También era extremadamente caprichoso y mimado, estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería.
Pero a ella no la tendría.
Su intención era fascinar a Peter y, simultáneamente, frustrarle. Su trabajo era parecido al de un malabarista de circo: mantener todas las pelotas en el aire y no dejar caer ninguna, como, desgraciadamente, había ocurrido el día anterior, cuando Pablo  había conseguido distraerla. Mariana cerró los ojos y sofocó la irritación que aquel recuerdo despertaba. No podía permitir que Pablo volviera a sacarla de sus casillas. Había tenido que trabajar muy duramente para recuperar el terreno perdido y conseguir la invitación de aquella noche.
No tenía ninguna intención de convertirse en la amante de Peter. Lo último que le apetecía era tener a aquel hombre como amante y, en cualquier caso, aquélla era una cuestión de negocios, no de placer. Corría el peligro de perder la influencia que tenía sobre Peter si éste saciaba su deseo.
Podría, en ese caso, buscar de nuevo los virginales encantos de la señorita Soledad y entonces, ella lo perdería todo. Tenía que conseguir que Peter quisiera casarse con ella.
Su manera de funcionamiento habitual consistía en conseguir la petición matrimonial, aceptarla y, al cabo de un par de meses, confesar arrepentida que había actuado precipitadamente, que había cambiado de opinión y que todo había sido un error. Si su estrategia había tenido éxito en el pasado, no había ningún motivo para suponer que Peter  no iba a ser la próxima víctima de su cuidadosamente calculado engaño.
El único problema era Pablo. Mariana no quería admitir sus dudas, pero aquél era el caso más complicado que se le había presentado y, además, coquetear con otro hombre bajo la constante mirada de Pablo estaba demostrando ser muy complicado. Suspiró y se llevó los dedos a las sienes, donde comenzaba a palpitarle la cabeza.
A Pablo no le vendría mal embotellar su antipático gesto de desaprobación y vendérselo a las carabinas. Ganaría una fortuna y no necesitaría venderse a una rica heredera.
Observó a Peter desde su asiento. Se había desviado cuando iba a buscarle una limonada con hielo, que a esas alturas ya debía de estar caliente, para acercarse a saludar a unos amigos y conocidos del palco que tenían frente a ellos. Donde quiera que fuera, se convertía en el centro de atención de las damas. Revoloteaban a su alrededor como mariposas aunque le costaba reconocer no llamaba tanto la atención como vio que lo hacía pablo cosa que extrañamente le molestaba y mucho.
 Peter fue avanzando desde el palco por el pasillo en curva para regresar al lado de Mariana. Ésta vio en ese momento que era abordado por una más que conocida cortesana. En menos de lo que dura un parpadeo, Peter se inclinó para susurrarle algo al oído, la mujer asintió y continuó avanzando entre el crujido de la seda.
Mariana sonrió con cinismo. A lo mejor Peter era más inteligente de lo que parecía. Se había dado cuenta de que no iba a compartir su lecho aquella noche y había hecho los arreglos pertinentes para satisfacer su deseo carnal, hasta que ella cayera.
—Veo que Peter cambia tus encantos a cambio de los de aquella señorita
Era una voz irritantemente familiar. Mariana alzó la mirada. Pablo estaba frente a ella, supremamente elegante con el chaleco blanco y dorado, el lino inmaculado de su camisa y unos diamantes tan brillantes que casi la deslumbraban. Mariana había oído decir que cuando Pablo había llegado a Londres tras sus aventuras, llevaba pendientes de perlas. Al parecer, a las damas les encantaba. Aquel exceso inicial parecía haberse sofocado o, al menos, haberse transmutado en un mejor gusto, y más caro también. Pero continuaba conservando cierta tendencia a la ostentación, y sus ojos verdes  mantenían el brillo del antiguo pirata, del aventurero Pablo Martinez, el hombre que había tomado tres barcos enemigos en un solo ataque, había ganado un tesoro en un juego de azar y, si los rumores eran ciertos, había seducido a la hija de un almirante contra la vela mayor del barco, y tras recordarlo no pudo evitar sentir un fuerte nudo en el estómago, queriéndole grítale y reclamarle aquello ahí mismo  un incontrolable enfado se apoderaba de ella, que temía que podía ser celos
Vio el brillo burlón de su mirada. Pablo se sentó a su lado sin pedirle permiso.
—Quizá —continuó diciendo—, tus artes amatorias no sean tan sofisticadas como imaginas y Peter ya se ha aburrido de ti —cambió de postura—. Si me permites darte un consejo, ayer en el carruaje me besaste como una inexperta…
—Ahórrate tus consejos para quien te los pida —le espetó Mariana aun molesta por tan solo recordar aquel rumor de la hija del almirante.
Pablo estaba intentando provocarla, y lo estaba consiguiendo sin esforzarse apenas. Al parecer, cualquier cosa que le dijera atravesaba rápidamente sus defensas y se le clavaba directamente en el corazón y aquel rumor no mejoraba la situación.
Pablo tenía una capacidad de herirla que a Mariana ni le gustaba ni comprendía.
En ese momento Pablo sonrió y se encogió de hombros.
—Muy bien. Cambiaremos de tema. Ser un cazafortunas puede llegar a ser terriblemente aburrido, ¿no es cierto? —estiró sus largas piernas y la miró de reojo con expresión divertida—. No parece que te estés divirtiendo mucho, pero no me sorprende. Me temo que Peter no es el más agudo de los interlocutores. Su conversación carece de chispa.
—Estoy disfrutando enormemente de la velada —respondió Mariana cortante.
—Por supuesto que sí —Pablo curvó los labios en una sonrisa—. Después de haber invertido tanto tiempo, energía y paciencia en despertar el interés de Peter, de pronto —chasqueó los dedos—, él te abandona por una cortesana.
—No me importa —replicó Mariana, y estaba siendo completamente sincera.
Sintió la fría mirada de Pablo escrutando su rostro y se preguntó qué vería en él.  

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