Hola como están?, como ya les conte en la otra nove se me complico subir porque andaba un poco enferma también, asi que bueno acá les traigo un nuevo cap espero les guste! besos ;)
Capítulo
14
Le
soltó en el momento en el que Gastón Walters se acercaba.
Dio media vuelta y se alejó, no sin antes
dirigirle a Pablo la que pretendía ser una seductora sonrisa. Durante varios
segundos, Pablo fue incapaz de moverse. A menos que hubiera malinterpretado la
situación, y no parecía que hubiera mucho lugar para malentendidos, su virginal
prometida acababa de proponerle que la sedujera.
Esperaba
notar algo. Una sensación de triunfo habría sido una buena respuesta. Había
sido extremadamente paciente con Rocio, la había tratado con el respeto que su
condición de rica heredera exigía. Era cierto que aquel respeto se debía a que
era consciente de que si seducía a Rocio o si se fugaba con ella, sus padres la
dejarían sin un solo peso y él terminaría casado con una niña mimada y sin
dinero.
Pero
en aquel momento, Rocio estaba
intentando seducirle y Pablo pensó que debería sucumbir elegantemente, ir
después a ver a los padres de la joven y decirles que después de dos años de
abstinencia, Rocio y él se habían dejado arrastrar por el amor que sentían, sin
duda ya lo aceptaría.
Presionaría
para que se celebrara pronto la boda y estaba convencido de que, a aquellas
alturas y estando la reputación de Rocio en juego, Sus Padres tendrían en
consideración su sugerencia y tras la insistencia de Rocio no podrían negarse.
Aquel
plan perfecto solo tenía un inconveniente.
No
quería llevarlo a cabo.
No
deseaba a Rocio en absoluto y ni siquiera estaba seguro de que pudiera
seducirla en el caso de que se lo propusiera.
Rompió
a sudar. Pensó en seducir a Rocio.
Lo pensó con todo lujo de detalles, tal como
había recordado los momentos compartidos con Mariana. Pero en aquella ocasión,
su cuerpo permaneció obstinadamente indiferente. Golpeó con la mano el pilar de
mármol, en gesto de pura exasperación.
Maldita
fuera, se lamentó, se suponía que él era un libertino.
Aquél
era un regalo, la recompensa que había estado esperando. Debería estar listo y
preparado para explotarlo, para saltar el jardín vallado y seducir a Rocio en
el cenador o contra cualquier árbol del jardín. Debería hacer el amor con ella
hasta tenerla tan arrebatada por aquel placer sensual que le suplicara que se
casara con ella. Debería estar ansioso por aquel encuentro. Al fin y al cabo,
Rocio era una mujer deliciosamente bella, además de deliciosamente rica.
Bajó
la mirada. No parecía estar sucediendo nada en el interior de los pantalones.
No estaba ansioso. Estaba moribundo, se miro nuevamente si no fuera porque
últimamente cuando pensó en mariana había reaccionado estaría muy seriamente
preocupado ante lo que parecía ser una impotencia sexual.
Le
asaltó una nueva oleada de inquietud. ¿Qué ocurriría si decidía aceptar la
invitación de Rocio y llegado el momento no podía cumplir? Jamás en su vida
había tenido aquel problema. Solo en una o dos ocasiones, y porque estaba
completamente bebido, pero siempre lo había recompensado, su hombría nunca lo
había fallado como ahora
De
modo que la conclusión era innegable.
No deseaba a Rocio. No la deseaba en absoluto.
Lo que él quería…
Algo
se movió de pronto en su línea de visión.
Era
una mujer vestida con un traje dorado que moldeaba de tal manera su cuerpo que
Pablo deseó atraparla, desprenderla del vestido como si estuviera abriendo un
regalo, hundir el rostro contra su piel desnuda e inhalar su esencia, enredar
los dedos en sus sedosos cabello negros y perderse en ella una y otra vez hasta
que ambos estuvieran completamente saciados.
Todos
sus sentidos se tensaron. Tenía el cuerpo entero en alerta, sentía como en su
entrepierna algo se movía queriendo salir
a su encuentro, su tamaño aumentaba al igual que el grado de rigidez,
Observó a Mariana, que se escabullía de la
habitación para dirigirse a uno de los pasillos. El vestido dorado brillaba
como una delicada telaraña.
No
deseaba a Rocio, su hermosa, rica e influyente prometida. Deseaba a Mariana, su
bella y pérfida ex esposa.
Evidentemente,
tenía un serio problema.
Mariana
estaba cansada. Ninguna de sus misiones le había causado nunca tantos problemas
como lo estaba haciendo aquélla. Normalmente, disfrutaba del desafío, pero en
aquel momento, le dolía la cabeza, le dolían los pies embutidos en aquellos
adorables zapatos dorados y, curiosamente, parecía dolerle también el corazón.
Las atenciones de Peter comenzaban a ser más frecuentes y obvias.
Mariana
deseó que no fuera un libertino. Los libertinos eran más difíciles de controlar
que otros hombres. Requerían más esfuerzos, había que tener más cuidado al
manejar la situación y para mantenerlos a raya.
La
intención de Peter, Mariana lo sabía
perfectamente, era conseguir llevarla a su lecho lo antes posible. El hecho de
que fuera una conocida de sus padres no le detendría. Estaban participando
ambos en el juego de la seducción, en una danza que él creía que terminaría en
una satisfactoria aventura.
Peter
era un hombre de deseos muy simples, había comprendido Mariana. Y en aquel
momento la deseaba a ella. También era extremadamente caprichoso y mimado,
estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería.
Pero
a ella no la tendría.
Su
intención era fascinar a Peter y, simultáneamente, frustrarle. Su trabajo era
parecido al de un malabarista de circo: mantener todas las pelotas en el aire y
no dejar caer ninguna, como, desgraciadamente, había ocurrido el día anterior,
cuando Pablo había conseguido distraerla. Mariana cerró los ojos y
sofocó la irritación que aquel recuerdo despertaba. No podía permitir que Pablo
volviera a sacarla de sus casillas. Había tenido que trabajar muy duramente
para recuperar el terreno perdido y conseguir la invitación de aquella noche.
No
tenía ninguna intención de convertirse en la amante de Peter. Lo último que le
apetecía era tener a aquel hombre como amante y, en cualquier caso, aquélla era
una cuestión de negocios, no de placer. Corría el peligro de perder la
influencia que tenía sobre Peter si éste saciaba su deseo.
Podría,
en ese caso, buscar de nuevo los virginales encantos de la señorita Soledad y
entonces, ella lo perdería todo. Tenía que conseguir que Peter quisiera casarse
con ella.
Su
manera de funcionamiento habitual consistía en conseguir la petición
matrimonial, aceptarla y, al cabo de un par de meses, confesar arrepentida que
había actuado precipitadamente, que había cambiado de opinión y que todo había
sido un error. Si su estrategia había tenido éxito en el pasado, no había ningún
motivo para suponer que Peter no iba a
ser la próxima víctima de su cuidadosamente calculado engaño.
El
único problema era Pablo. Mariana no quería admitir sus dudas, pero aquél era
el caso más complicado que se le había presentado y, además, coquetear con otro
hombre bajo la constante mirada de Pablo estaba demostrando ser muy complicado.
Suspiró y se llevó los dedos a las sienes, donde comenzaba a palpitarle la
cabeza.
A
Pablo no le vendría mal embotellar su antipático gesto de desaprobación y
vendérselo a las carabinas. Ganaría una fortuna y no necesitaría venderse a una
rica heredera.
Observó
a Peter desde su asiento. Se había desviado cuando iba a buscarle una limonada
con hielo, que a esas alturas ya debía de estar caliente, para acercarse a
saludar a unos amigos y conocidos del palco que tenían frente a ellos. Donde
quiera que fuera, se convertía en el centro de atención de las damas.
Revoloteaban a su alrededor como mariposas aunque le costaba reconocer no
llamaba tanto la atención como vio que lo hacía pablo cosa que extrañamente le
molestaba y mucho.
Peter fue avanzando desde el palco por el
pasillo en curva para regresar al lado de Mariana. Ésta vio en ese momento que
era abordado por una más que conocida cortesana. En menos de lo que dura un
parpadeo, Peter se inclinó para susurrarle algo al oído, la mujer asintió y
continuó avanzando entre el crujido de la seda.
Mariana
sonrió con cinismo. A lo mejor Peter era más inteligente de lo que parecía. Se
había dado cuenta de que no iba a compartir su lecho aquella noche y había
hecho los arreglos pertinentes para satisfacer su deseo carnal, hasta que ella
cayera.
—Veo
que Peter cambia tus encantos a cambio de los de aquella señorita
Era
una voz irritantemente familiar. Mariana alzó la mirada. Pablo estaba frente a
ella, supremamente elegante con el chaleco blanco y dorado, el lino inmaculado
de su camisa y unos diamantes tan brillantes que casi la deslumbraban. Mariana
había oído decir que cuando Pablo había llegado a Londres tras sus aventuras,
llevaba pendientes de perlas. Al parecer, a las damas les encantaba. Aquel
exceso inicial parecía haberse sofocado o, al menos, haberse transmutado en un
mejor gusto, y más caro también. Pero continuaba conservando cierta tendencia a
la ostentación, y sus ojos verdes mantenían el brillo del antiguo pirata, del
aventurero Pablo Martinez, el hombre que había tomado tres barcos enemigos en
un solo ataque, había ganado un tesoro en un juego de azar y, si los rumores
eran ciertos, había seducido a la hija de un almirante contra la vela mayor del
barco, y tras recordarlo no pudo evitar sentir un fuerte nudo en el estómago, queriéndole
grítale y reclamarle aquello ahí mismo un incontrolable enfado se apoderaba de ella,
que temía que podía ser celos
Vio
el brillo burlón de su mirada. Pablo se sentó a su lado sin pedirle
permiso.
—Quizá
—continuó diciendo—, tus artes amatorias no sean tan sofisticadas como imaginas
y Peter ya se ha aburrido de ti —cambió de postura—. Si me permites darte un
consejo, ayer en el carruaje me besaste como una inexperta…
—Ahórrate
tus consejos para quien te los pida —le espetó Mariana aun molesta por tan solo
recordar aquel rumor de la hija del almirante.
Pablo
estaba intentando provocarla, y lo estaba consiguiendo sin esforzarse apenas.
Al parecer, cualquier cosa que le dijera atravesaba rápidamente sus defensas y
se le clavaba directamente en el corazón y aquel rumor no mejoraba la situación.
Pablo
tenía una capacidad de herirla que a Mariana ni le gustaba ni comprendía.
En ese momento Pablo sonrió y
se encogió de hombros.
—Muy
bien. Cambiaremos de tema. Ser un cazafortunas puede llegar a ser terriblemente
aburrido, ¿no es cierto? —estiró sus largas piernas y la miró de reojo con
expresión divertida—. No parece que te estés divirtiendo mucho, pero no me
sorprende. Me temo que Peter no es el más agudo de los interlocutores. Su
conversación carece de chispa.
—Estoy
disfrutando enormemente de la velada —respondió Mariana cortante.
—Por
supuesto que sí —Pablo curvó los labios en una sonrisa—. Después de haber
invertido tanto tiempo, energía y paciencia en despertar el interés de Peter,
de pronto —chasqueó los dedos—, él te abandona por una cortesana.
—No
me importa —replicó Mariana, y estaba siendo completamente sincera.
Sintió
la fría mirada de Pablo escrutando su rostro y se preguntó qué vería en él.

A Pablo le encanta provocarla.
ResponderEliminarEspero k este mejor.
Besos.