domingo, 4 de enero de 2015

Capitulo 18


Capítulo 18

Mariana se despertó muy lentamente. La habitación estaba llena de luz y la cama vacía. Ella también se sentía extrañamente luminosa y vacía. Su memoria le proporcionó una sucesión de imágenes de lo que había ocurrido la noche anterior. Sabía que eran reales. Pero le resultaba imposible creerlo.
Había hecho el amor con Pablo de forma flagrante, descarada como nunca pensó que se entregaría un hombre, se porto casi como una prostituta se sintio tan mal porque aquello fue delicioso y demasiado consciente como para olvidarlo. 
Su cuerpo entero ardía por los recuerdos de aquella sensual noche. Y continuaba estando muy lejos de comprender por qué lo había hecho.
Buscó la bata. Se sentía lenta, vacía, como si durante las largas horas de la noche hubiera abandonado su cuerpo toda emoción. Pero aun así, había sentimientos que continuaban tremendamente vivos. Pablo… Años atrás, había llegado a su vida para iluminarla con su amor por el riesgo y con su imprudente intensidad. Mariana había pagado un alto precio por ello. Ya nada había vuelto a ser igual. No podía volver a cometer el mismo error por segunda vez.
Pablo, su marido, aunque él no lo supiera. Pero el hecho de que estuvieran casados no mejoraba la situación. Solo servía para hacer todavía más compleja aquella telaraña de sentimientos y engaños. Cuando ella había conocido a Pablo a los diecisiete años, se había enamorado profundamente de él. Pero ya no era una jovencita ingenua. Era obvio que había dejado de amarle, pero, aun así, se había entregado a él, ofreciéndose en cuerpo y alma, como solo podía hacerlo con el, hasta llegando al grado de comportarse como una prostituta.
Se sentó ante el espejo del tocador y comenzó a cepillarse el pelo a un ritmo que la tranquilizaba. Durante los  siete años anteriores, habían sido muchos los hombres que habían intentado seducirla. Tantos que había perdido la cuenta. Pero siempre se había negado. 
En algunas ocasiones, había estado tentada, aunque solo fuera para escapar de la pobreza, de la soledad y de la dureza de su vida durante unas horas. Sin embargo, cada vez que había pensado en entregarse a un hombre, lo había sentido como algo escabroso, se sentia asqueada y no entendía pero no podía hacerlo.
 Adivinaba un vacío allí donde en el pasado había encontrado junto a Pablo el paraíso.
Había vuelto a visitar el paraíso aquella noche. Quizá hubiera sido ésa la razón por la que le había deseado. Porque se preguntaba si los recuerdos de juventud, del tiempo que habían pasado juntos, eran ciertos. Pero no podía decir que hubiera sido la curiosidad la que la había impulsado a acostarse con Pablo. Sus sentimientos eran mucho más profundos, mucho más complejos y confusos. De hecho, eran tan irresistibles que la asustaba. De modo que era un insulto para ambos intentar describir su respuesta a Pablo como simple curiosidad.
Pero estaba también Rocio. A Mariana no le gustaba y sabía que Pablo no amaba a su prometida, pero no quería convertirse en el medio por el que Pablo traicionara a aquella joven. Ya lo había hecho en una ocasión y se había equivocado. Estaba segura de que a Rocio no le haría ninguna gracia que Pablo la mantuviera como amante. Y, en cualquier caso, ella era la esposa de Pablo, no su amante, aunque nadie lo supiera. Aunque nadie pudiera saberlo, pero en el fondo sabía que tampoco soportaría que pablo se acostara con Rocío ni que la besará como a ella, no quería ni pensar en la posibilidad de que el ya lo habría hecho, no soportaba aquello a los segundos se encontraba completamente celosa con la idea y estremeciéndose de dolor ante aquella posibilidad, lo cierto es que tontamente lo quería a pablo con ella, aunque sea de amanate y ylo mas lejos posible de Rocio o de cualquier mujer
Con un suspiro, dejó el cepillo de mango nacarado en el tocador y posó la mano sobre su vientre. Había sido una imprudencia, pero esperaba que no tuviera consecuencias. 
Se estremeció mientras los recuerdos del pasado la azotaban como negras alas. Amor y pérdida. Su familia, su marido, su hija… Lo único que había conocido eran pérdidas. No dejaría que volviera a pasar. Porque sabía que otra pérdida más la destrozaría.
Aquella mañana, el espejo le devolvía una imagen pálida y frágil. Desde el primer momento se había sabido vulnerable a Pablo, pero no había calculado lo profundo de aquella debilidad. Ella era capaz de resistirse a cualquier hombre, por mucho que éste pensara lo contrario, si, sencillamente, no lo deseaba. Lo complicado de aquel asunto era que se había imaginado inmune a Pablo comenzo a llorar  y había descubierto que era todo lo contrario. En cualquier caso, no volvería a repetirse.
 Si alguien se enteraba de lo que había pasado, arruinaría sus planes de atrapar a Peter. Echaría por tierra el trabajo que estaba haciendo para los duques de Alton y con él, su futuro y el de los mellizos. Volvió a agitarse la ansiedad dentro de ella y se obligó a controlar sus miedos. Podía hacerlo. Todo saldría bien. Lo único que debía procurar era mantenerse lejos de Pablo, concentrarse en llevar a Peter al límite lo más rápido posible, embolsarse el dinero y huir.
Llamaron a la puerta. Casi inmediatamente, Alelí  asomó la cabeza. Cuando vio que Mariana estaba despierta, pareció aliviada.
—Mi señora, he venido ya dos veces, pero estabais tan profundamente dormida que no he querido despertarla. Espero haber hecho lo que debía.
Mariana tuvo la repentina visión de su doncella tropezando inesperadamente con una escena de absoluto libertinaje, descubriéndola en los brazos de Pablo, desnudos ambos y con la ropa esparcida por toda la habitación. Recordaba que instuitivamente ela tapo a pablo lo más posible aferrándose mas a el, pero tal vez fun un sueño, Pero no había nada en el rostro de la doncella que indicara que había visto herida de tal modo su sensibilidad.
—Gracias, Alelí. Pero no te preocupes en absoluto.
La doncella pareció tranquilizarse.
—Me temo que has perdido el desayuno de  la Señora Phillips mi señora —musitó—. Y también el recital de la señora Carson.
Mariana miró el reloj. Eran más de las tres.
—Me sorprende no haberme perdido también la velada de la duquesa de Alton —observó—. Prepárame una taza de té, y montones de galletas de chocolate. Después tendrás que ayudarme a elegir el vestido para esta noche.
La doncella se retiró. Mariana se acercó a su armario y revisó los vestidos que allí guardaba. 
Advirtió que el vestido de gasa de la noche anterior había desaparecido. Sin lugar a dudas, lo había retirado  Alelí en una de sus visitas previas. Esperaba que no hubiera encontrado ningún lazo roto, porque no iba a ser fácil explicarlo, pero aleli no presentaba síntomas de presenciar tal escandolo sin lugar a duda pablo tuo la serte de irse antes de que ella entrara suspiro aliaviada
Por lo menos era poco probable que Pablo estuviera presente en la velada de aquella noche, puesto que se había organizado una reunión para un muy selecto grupo de invitados con la esperanza de arrojar a Peter en sus brazos.
 Mariana sintió un nudo en el estómago. Aquella noche debía asegurarse de halagar a Peter y de estar pendiente de todas y cada una de sus palabras. Cuanto antes pudiera arrancarle una declaración, antes podría destrozar para siempre las esperanzas de Soledad y bajar el telón de su propia comedia. 
Fue descartando vestidos con creciente irritación, buscando algo que resultara revelador y discreto, ligeramente subido de tono, pero no tanto como para escandalizar a las respetables viudas de la nobleza con las que compartiría la velada. Tenía que parecer tentadora, pero, al mismo tiempo, respetable. Sacudió la cabeza. La noche anterior había sido profunda y deliciosamente irrespetuosa. Sintió un cosquilleo en la piel al recordarlo, acompañado de un escalofrío de placer. 
Aquello no estaba bien. No estaba bien en absoluto. ¿Cómo iba a seducir a Peter cuando solo era capaz de pensar en Pablo?
Se quedó paralizada. ¿Cómo no iba a seducir a Peter? No tenía otra opción. Años atrás, había terminado en un hospicio. Todavía recordaba el olor de la enfermedad y la desesperación. No quería condenar a Max y a Bianca a una vida tan miserable. Les había salvado de ese triste destino cuando apenas eran unos bebés y había prometido a su madre que jamás regresarían a un lugar tan sórdido. Todavía podía sentir la mano de Esperanza aferrándose a la suya, ver el terror en los ojos oscuros de su amiga…
«Prométemelo», le había suplicado y allí, rodeada de muerte y de miseria, Mariana le había dado su palabra y Esperanza se había marchado para siempre, por fin en paz. 
Mariana, que había enterrado a su propia hija, jamás abandonaría a los niños que le habían confiado.
—El vestido rosa de seda sería ideal para esta noche, mi señora —sugirió Alelí.
Mariana se sobresaltó. La doncella había regresado, pero ella estaba tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera lo había notado.
—Sí —respondió—. Gracias,.
Había llegado el momento de transformarse en Caroline Carew, de olvidar el pasado y, sobre todo, de olvidar la noche que había pasado con Pablo. Tenía un marqués al que atrapar y no podía fallar. Alargó la mano hacia las galletas y se comió cuatro, una tras otra. Se sintió reconfortada. Ligeramente. Se limpió los restos de chocolate y comenzó a vestirse.
Estabas durmiendo como un bebé, o como un hombre con la conciencia tranquila —Pablo se despertó y descubrió a William sacudiéndole, no con mucha delicadeza—. Es extraño —continuó diciendo el valet—, puesto que has llegado al amanecer y presumo que no has hecho nada bueno mientras estabas despierto.
Pablo se estiró, bostezó y volvió a apoyar la cabeza en la almohada.
—Yo no diría eso —comentó.
Se sentía bien. Mejor que bien. Mejor que nunca. De un humor apacible, con el cuerpo satisfecho. Sabía que no debería sentirse así. Debería sentirse culpable por haber traicionado a Rocio, arrepentido, preocupado… Aquéllos eran los sentimientos que deberían inquietarle en aquel momento, junto a la firme determinación de dejar aquella sensual y tórrida noche en el pasado y asegurarse de que no volviera a repetirse. Y lo que no debería sentir era aquella satisfacción física atemperada con la fuerte necesidad de repetir de nuevo la experiencia. Y lo antes posible.
William esbozó una mueca de disgusto.
—su  Prometida debía estar muy por encima de esas prostitutas —comentó con acritud.
—No quiero hablar de ello —respondió Pablo.
Le pilló por sorpresa aquella fiera y repentina necesidad de proteger a Mariana. Apartó las sábanas y se levantó.
—En cualquier caso, tened cuidado.  Rocio posee setenta miles de libras. Vale mucho más que un rápido revolcón con una prostituta.
—Eso no describe en absoluto mi experiencia de esta noche —le espetó Pablo, que apenas podía contener su genio—. Y te sugiero que no vuelvas a mencionar el tema, William.
Era la primera vez que le hablaba al mayordomo en ese tono y advirtió que éste arqueaba las cejas antes de que asomara a sus labios algo parecido a una sonrisa.
—Muy bien, señor —contestó el mayordomo. Había un tono de aprobación en su voz—. Hay un caballero que quiere verte.—. No le hubiera despertado si no hubiera sido por esta visita. Me ha dicho que anoche fue a consultarle por cierto asunto.
Pablo se quedó paralizado. Había olvidado por completo que la noche anterior se había citado en un café con Vazquez, el más insigne detective londinense, para encargarle un trabajo. Le había pedido que averiguara todo lo que pudiera sobre su Mariana y su marido, el fallecido Sr Edwin. 
El detective le había mirado con recelo y un evidente cinismo y le había dicho que le informaría al día siguiente de lo que había averiguado.
—¿Has cambiado de opinión? —preguntó  al advertir que vacilaba—. Puedo pedirle que se marche.
—No —respondió Pablo lentamente.
Era consciente de lo contradictorio de sus sentimientos. Por un lado, quería saber la verdad, pero por otro, sentía una más que obvia reluctancia. Era posible que no le gustara lo que Vazques tenía que decirle. Muy probablemente, no le iba a gustar. 
Volvió a experimentar aquel sentimiento de protección hacia Mariana, pero lo descartó rápidamente y sacudió la cabeza con impaciencia.
 Había hecho el amor con ella de una forma salvaje y desinhibida, pero eso no significaba que hubiera dejado de considerarla una aventurera una prostituta con clase, a su mente  venían detalles que no podía olvidar, su inocente forma de besar, la menera en que al penetrarla sintiera dolor y costara amoldarse a él, era consciente de que podía presumir de su miembro y que podia ocacionar eso en las mujeres inexpertas pero mariana no eras de eso, sin duda había topado con un marido y  amantes no tan bien dotados  como él, extraño movio su cabeza despejando aquellas dudas, marina era una venturera se lo dijo en su cara y su actitudes era la de una prostituta con clase, no por una noche de pasión debería cambiar su opinion suspiro Y, desde luego, tampoco significaba que la quisiera. Pero aun así, no podía borrar la imagen de Mariana dormida entre sus brazos, con el cabello esparcido sobre su pecho y la cabeza apoyada en su hombro. Con su cuerpo dulce y dócil contra el suyo, absolutamente vulnerable en el sueño.
Con un suspiro, alargó la mano hacia la camisa y se puso la chaqueta Se dirigió después al salón. Los últimos rayos del sol de la tarde caían como barras de oro sobre el suelo. Había dormido hasta muy tarde.
—Señor Martinez—Vasques se levantó y le estrechó la mano.
Llevaba con él el olor de las tabernas, el olor del humo y la cerveza. Parecía impregnar su piel. Pero sus ojos astutos brillaban con inteligencia.
—Un caso curioso el que me has asignado —hablaba como un hombre que acabara de completar un rompecabezas particularmente complicado y divertido.
—No esperaba que tuvieras tan pronto una respuesta.
Vazques mostró sus dientes con un gesto que podría haber pasado por una sonrisa.
—Me enorgullezco de ser rápido y eficiente en mi trabajo, señor. Además, ya había estado haciendo algunas indagaciones sobre la viuda.
Pablo le miró con una repentina intranquilidad e inquietud 
—¿Por qué? —preguntó rápidamente.
Vazques esbozó entonces otra de sus sonrisas ladeadas.
—Cuando aparece una mujer tan bella, misteriosa y rica como  la Señora Carew en la ciudad, digamos que despierta mi… natural curiosidad. Ya tenía a un hombre trabajando en ella. Por si acaso.
Pablo esbozó una mueca. Aunque él mismo le hubiera pedido a Vasquez información sobre Edwin Carew, le molestaba que hubiera otros indagando en los secretos de Mariana. De alguna manera, aquello volvió a alimentar su necesidad de protegerla, lo cual era absolutamente ridículo, puesto que, seguramente, Mariana era tan vulnerable como una tigresa.
Le indicó a Vasquez que tomara asiento y esperó, consciente de la extraña combinación de expectación e inquietud que le invadía.
—Caroline Carew —dijo con deliberada lentitud—, no es exactamente una viuda.
Por un momento, Pablo  se quedó sin habla.
—¿El Señor Edwin Carew continúa vivo? —preguntó por fin.
Vazques  sonrió.
—En absoluto, señor. Edwin Carew nunca ha existido.
Pablo frunció el ceño. Evidentemente, Vasquez no era tan buen detective como presumía.
—Por supuesto que existe. He conocido a personas que dicen conocerlo. Los duques de Alton… —se interrumpieron de nuevo.
El detective le miraba con evidente diversión.
—Es una estafa, señor —respondió el detective—. No es la primera vez que lo veo. 
Alguien dice conocer al señor Edwin y antes de que uno pueda darse cuenta de lo que está pasando, ya hay quien dice recordar un encuentro con él, o haber hablado de Astronomía con él, o haber compartido con el señor Edwin un whisky en una posada de Edimburgo. 
Hay quien es capaz incluso de proporcionar una descripción física sobre ese hombre inexistente.
Pablo se hundió en su asiento. Solo había un motivo por el que Mariana podía haber inventado la existencia de Edwin Carew: la necesidad de ocultar su verdadero pasado. 
Le había dicho que había dejado Balvenie por Edimburgo para buscar un marido rico. 
Se suponía que Edwin era ese marido. Pero Sr Edwin no existía. De modo que podía haberlo inventado para preparar el cebo de la viuda rica con intención de dar caza a un marqués. ¿Averiguaría el marqués, cuando ya fuera demasiado tarde, que en realidad lo que había capturado no era más que una aventurera sin un solo peso? Sonrió con cinismo. Mariana siempre había sido muy inteligente. Había puesto una venda en los ojos de todo el mundo. Pero él había encontrado el hilo del que comenzar a tirar para deshacerla. Si era suficientemente astuto, encontraría la manera de persuadir a Mariana para que dejara de perseguir a Peter antes de que fuera demasiado tarde para Soledad.
 Era poco probable, teniendo en cuenta los secretos que ella conocía de él, pero si había alguna forma de interponerse en su camino, la encontraría.
—¿Estas absolutamente seguro de lo que decís?
El detective pareció ofenderse.
—Soy el mejor, señor.
—Muy bien, gracias.
asintió y se levantó.
—No puedo permitirme el lujo de financiar para que sigas investigando, señor Vasquez pero si siguieras a cargo del caso, ¿qué haríais a continuación?
El detective soltó una carcajada.
—¿Me estáis pidiendo un consejo gratuito?
—Sí, supongo que sí.
—Averiguaría todo sobre la dama, señor.
Para empezar, me temo que Caroline Carew no es su verdadero nombre.
—En eso puedo ahorrarme el trabajo. Efectivamente, no es su nombre.
Vasquez volvió a reír.
—Caramba, señor, no parece que necesite un detective.
—Quiero saber qué ha estado haciendo lady Carew desde la última vez que nos vimos.
—En ese caso, preguntádselo directamente. Imagino que podrías encontrar la forma de persuadirla para que se lo cuente —le miró directamente a los ojos—. No hay como un ladrón para atrapar a otro, ¿verdad,?
Pablo sonrió a su pesar.
—¿Estas insinuando que soy un sinvergüenza, señor?
—No más que la Señora  Carew es una aventurera, Señor Martinez—fue la respuesta del detective. Alzó su baqueteado sombrero a modo de despedida—. Solo un diamante corta el diamante, según dicen.
—Sí, eso dicen —confirmó Pablo suavemente, y cerró la puerta tras el detective.
Pensó en Mariana  desnuda entre sus brazos, en su boca abierta y ansiosa bajo sus labios, en sus cuerpos unidos en el más íntimo y abandonado de los abrazos. 
Era cierto que había un vínculo especial entre ellos, una pasión tan violenta y arrebatadora como lo habían sido sus encuentros amorosos. De lo que no tenía la menor idea era de en qué consistía realmente aquel vínculo, o si era posible romperlo.
Se acercó hasta la repisa de la chimenea y tomó las invitaciones que allí descansaban. Las hojeó rápidamente. Se suponía que al cabo de un par de días, debería acompañar a Rocio  al baile de Bell. 
Se le cayó el alma a los pies al pensar en ello. Inmediatamente después, surgió la posibilidad de que asistiera Mariana convertida en la más pura tentación. Quizá pudieran encontrarse a solas. Se divertiría obligándola a enfrentarse a la verdad sobre su falso marido. 
Después, se la llevaría a casa en un carruaje y haría el amor con ella en el asiento. Le subiría las faldas hasta la cintura y encontraría su cuerpo cálido y dispuesto a encontrarse con el suyo. Y se ahogaría una vez más en ella, en aquel placer puro y prohibido.
Le bastó pensar en ello para excitarse. Pero no, no podría ser. No debía ser. Tenía que apartar a Mariana de su mente y no volver a pensar nunca jamás en seducirla.
 De hecho, debería pensar en el daño que le había hecho a Rocio Para ello, se convertiría en el prometido más atento y fiel del mundo. 
Su conducta había sido deshonrosa. Y no solo eso, sino que había puesto sus planes de futuro en peligro.
La insatisfacción se revolvía en su interior. Por un momento, imaginó un futuro alternativo. Un futuro en el que volvía a la Marina y hacía algo más útil con su vida que convertirse en el trofeo de Rocio. Recuperaría así los horizontes abiertos y una vida plagada de desafíos. Sintió la emoción crecer dentro de él. Pero recordó inmediatamente sus deudas, Eran suficientemente elevadas como para que acabara saliendo su nombre en los diarios y para arruinar el futuro de Soledad.
 No podía condenar a su hermana al sufrimiento por culpa de su insensatez. Había cuidado a Soledad desde el día que su padre, el más irresponsable y arriesgado de los jugadores, se había pegado un tiro, destrozándoles la vida
En cuanto a Mariana, tenía que olvidar la pasión salvaje que había entre ellos y concentrarse en derrotarla. Si Mariana le daba la más ligera ventaja, la aprovecharía. Si podía dar a conocer sus secretos y mantener a salvo los suyos, no dudaría en hacerlo. 
Mariana no tenía piedad para conseguir lo que quería. Él tampoco la tendría. Tenía que vencer la peligrosa atracción que sentía y la más peligrosa todavía necesidad de protegerla. Con una maldición, Pablo arrojó las invitaciones sobre la mesa y fue a buscar un cuenco de agua helada para sofocar su ardor.

3 comentarios:

  1. Jajajjajaja,Pablo está complicadito.

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  2. Pablo es un zarpado jajaja estaba super hot
    Escribe pronto! Me muero por saber q hará mariana cuando la desenmascaren

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  3. nooooo que buena novela me encanta quiero mas....espero mas....

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