sábado, 22 de marzo de 2014

Capitulo 10 "Una Dudosa Reputación"


Hola! como están? tarde pero seguro jaja les cuento que ayer rendi una materia asi que andaba estudiando a full, pero al parecer me fue bien vamos a ver :D esperemos que si , jajaj les dejo con el cap!!! besos!!! ;)

CAP 10

Sabía que pronto no sería capaz de pensar en nada que no fuera en hacer el amor con ella en ese mismo carruaje de alquiler que para nada era sofisticado o elegante y a plena luz del día.
Se obligó a recordarse que no podía ceder a su propio intento de seducción. Se suponía que estaba intentando demostrarle algo a Mariana no perdiéndose en ella. Aun así, parecía incapaz de resistirse. No quería desearla, pero, al mismo tiempo, era incapaz de evitarlo.
Apartó su  sedosos pelo lacio que ocultaban su cuello para posar en él sus labios. Sintió su piel fría bajo su caricia y se sintió como un hombre hambriento al que acabaran de ofrecerle maná en medio del desierto.
Su capacidad de control estaba seriamente amenazada. Le bajó ligeramente el vestido y le mordisqueó suavemente la curva del hombro. Su piel olía delicadamente a miel. Él no había sido nunca aficionado a la miel, pero en aquel momento, ansiaba saborearla. Quería besar, lamer y acariciar  el cuerpo entero de Mariana.
 Era tal el hambre que sentía que estaba casi al borde del desmayo.
El corpiño del vestido crujió suavemente al deslizarse unos centímetros más.
Pablo sintió el encaje contra sus labios y la cálida suavidad del seno de ella bajó él, incitándole a retirar la tela para poder saborearlo con los labios. Gimió sin poder evitarlo.
Mariana posó entonces la mano sobre su pecho y le apartó.
Pablo estaba tan sorprendido que le permitió alejarse de él.
—¿Ya has terminado de demostrar lo que querías? —parecía ligeramente aburrida.
Pablo tardó unos segundos en abrirse paso entre el clamor de su cuerpo y concentrarse en lo que le decían. Cuando lo consiguió, vio que ella estaba ajustándose el provocativo escote del vestido y acomodándose  el pelo, que se habían desordenado  ligeramente.
 Su rostro era una máscara perfecta, pálido, compuesto. La máscara indiferente de una dama.
La incredulidad y la sorpresa devoraban el interior de él que continuaba experimentando un deseo intenso y, lo que resultaba más desconcertante, una traicionera sensación de afinidad con aquella mujer, cuando para Mariana, todo aquello no parecía haber sido más que un desafío.
—¿Estabas fingiendo? —le preguntó.
Mariana le miró con el rostro carente de toda expresión. Lo único que podía decirse de ella era que parecía ligeramente desconcertada.
—Por supuesto que estaba fingiendo, ¿tú no?
—Yo… —sentía un extraño vacío en el corazón—. Esa respuesta tan inocente —continuó diciendo—, ¿era fingida?
Mariana esbozó una sonrisa que le hizo sentirse completamente un imbécil.
—A los hombres parece gustarles parecer una inexperta—susurró.
—¿Y tú siempre les das lo que quieren? —replicó Pablo mientras Sentía la amargura subiendo como la bilis por su garganta.
—Si de esa forma puedo conseguir lo que quiero.
Pablo la agarró por los hombros y buscó en sus ojos cualquier cosa que pudiera indicarle que estaba mintiendo, el más leve indicio de que la tormenta que se había desatado en su interior también la había conmovido a ella.
Pero Mariana le sostuvo desafiante la mirada.
—No te creo —le dijo Pablo—. Tú también me deseabas.
Mariana se encogió de hombros y se apartó de él.
—Me importa muy poco lo que pienses. Estabas intentando demostrar algo y has fracasado.
Pablo la soltó y se hundió en el asiento. El deseo le había abandonado y se sentía frío y vacío. Las palabras de Mariana no eran más que un saludable recuerdo de hasta qué punto se había convertido en una mujer cínica.
—Creo que prefiero ir andando a continuar soportando esta… conversación —dijo Mariana.
Golpeó el techo del carruaje y el conductor se detuvo en seco.
—Como quieras —respondió Pablo, sonriendo burlón—. ¿Tan pronto huyes de mí, Mar? Pero si apenas he empezado a seducirte…
     No me llames así — le contesto mariana mientras le sostenía  la mirada. En la penumbra del carruaje, los ojos de Mariana aparecían oscuros e insondables.
—Por lo menos ya sé cuál es tu debilidad —contesto él —. Finges ser indiferente a mí, pero no es cierto.
—Me temo que tu punto débil sigue siendo la vanidad —respondió fríamente Mariana—. Que tengas un buen día.
Abrió y bajó a la calle. La puerta del carruaje se cerró bruscamente tras ella. Pablo soltó una carcajada.
Mientras el carruaje avanzaba, pudo verla por última vez. Permanecía en la acera, con aspecto frágil, como una princesa de cuento de hadas bajo la lluvia, necesitada de protección. Pronto avanzaron dos caballeros hacia ella, desplegando sus respectivos paraguas.
Pablo sacudió la cabeza con una sonrisa irónica en los labios. Pero aun así, continuaba siendo sensible a las artimañas de ella. Todavía llevaba su fragancia impregnada en la piel y sentía el calor de sus labios. Aquella conciencia de los sentidos avivó su deseo y le hizo sentirse vacío, frustrado por el deseo insatisfecho, aun sabiendo que todo había sido una farsa. Le habría gustado creer que Mariana era una mujer honesta, inocente,  que la pasión que parecían haber compartido era real, y cuando se había dado cuenta de que en el caso de Mariana todo había sido una actuación, había vuelto a sentirse como un ridículo ingenuo. Había intentado demostrar la debilidad de Mariana y, en cambio, había destapado la suya
Mariana caminaba a toda velocidad  dirigiéndose a su casa Era un día gris, con el cielo cubierto de nubes. Una lluvia ligera, pero penetrante, empapaba las calles y salpicaba los hombros de su pelliza. Era consciente de que, para cuando llegara a su casa, iba a tener el aspecto de una rata empapada y de que la pluma del sombrero estaba destrozada. No había querido aceptar los ofrecimientos de protección de ninguno de los caballeros que habían acudido en su ayuda. Sabía, por propia experiencia, que siempre esperaban algo a cambio. De hecho, prácticamente habían estado a punto de llegar a las manos, disputándose quién debería ayudarla. Sabía que no debería haber abandonado el carruaje tan precipitadamente en medio de la lluvia, pero lo único que en aquel momento le importaba era escapar a la provocación de Pablo Martinez.
Le parecía imposible, absurdo e irritante continuar siendo, después de tanto tiempo, vulnerable al contacto de Pablo. Debería ser supremamente indiferente a él después de tantos años, pero no era así. Era peligrosamente sensible a su cercanía. La habían tocado otros hombres, incluso había permitido que alguno la besara aunque ella no había podido responder al  beso, dejándolos locos de deseo  al notar su inexperiencia  pero ella jamás podría responder a un beso, ilógicamente su cuerpo y sus sintiendo le eran fiel aún a un solo hombre a Pablo Martinez, justificándose a si misma otra vez y tratando de convencerse que solo sería hasta que se divorcie de él, pero siempre había aguantado lo más posible y  le había permitido a ciertos caballeros a que se tomaran ciertas confianzas cuando era absolutamente imprescindible para su trabajo, pero la experiencia siempre la había dejado indiferente.
 Sin embargo, Pablo solo necesitaba mirarla para que se le hiciera un nudo en el estómago, comenzara a temblar y se entregara a él con el mismo abandono que una debutante ingenua. Era degradante, sobre todo, cuando lo único que él pretendía era demostrar que continuaba teniendo algún efecto sobre ella. Se llevó la mano a los labios y una oleada de calor envolvió todo su cuerpo. Oh, por supuesto que continuaba siendo susceptible a sus encantos. Había deseado prolongar eternamente aquel beso, rendirse a aquel delicioso placer, sentir las manos de él sobre su cuerpo y redescubrir el júbilo que había encontrado en sus brazos tantos años atrás.
 Y se despreciaba por aquel deseo. Había luchado con denuedo para matar su amor por él en el pasado. No iba a desfallecer en aquel momento.
Pablo Martinez. Aquel hombre era su cruz. Y aparecía cada vez que daba media vuelta. Estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para frustrar sus planes de atrapar a Peter.

 Mariana se preguntó hasta dónde estaría dispuesto a llegar para evitar que arruinara las oportunidades de Soledad y se estremeció bajo la pelliza empapada. La lana se pegaba contra su cuerpo y estaba helada.

2 comentarios:

  1. HOlaaaaaaaaa percha hay no puedo creer todavia que no rock este par jajaaja en el capi anterior dije: se viene el rock se vieneeee y nada debi imaginarmelo estaban en el carruaje aparte no daba rock ahi con el conductor escuchando todo jaja,creo que si no es por pablo va ser por culpa que lali desiste a lo de peter, porque no creo que le termine haciendo eso a sole, quiero mas capiii cual sera su proximo encuentroo :) besos

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  2. K capacidad d Lali d mantenerse fría ,aún deseándolo

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