domingo, 2 de marzo de 2014

Capitulo 8


Hola como están? espero que muy bien, hoy les traigo un cap largo compensando que no pude subir antes, también les cuento que más tarde subo cap en mi otra nove..
les mando un beso! ;) nos leemos pronto

CAPITULO 8
Sus defensas comenzaban a tambalearse por aquella simple proximidad. Con las mejillas sonrojadas, se liberó precipitadamente del contacto de Pablo  y le vio esbozar aquella sonrisa traviesa y burlona que ella tan bien recordaba
¿Tenes calor, lady Carew?
—Digamos que como resultado de tu falta de cortesía —le espetó Mariana sin seguirle el juego.
Pablo arqueó una ceja.
—En otra época, no te importaba tanto que te abrazara —se enderezó y hundió las manos en los bolsillos de la casaca—. Pero, por supuesto, olvidaba que aquello era con intenciones pedagógicas, ¿no es cierto? —preguntó con ironía—. Ese caballo tiene el pecho demasiado estrecho, y las piernas cortas —añadió tras examinar a la bestia.
—Lo sé —respondió Mariana de mal humor.
Se sacudió el polvo de las manos enguantas y comenzó a quitar las briznas de paja que habían quedado pegadas a su vestido.
—¿Ahora se supone que eres experto en caballos?
—No —la admisión de  Pablo la sorprendió—. No todos los descendiente de irlandeses crecen entre caballos —su expresión se tornó sombría—. Yo crecí en las calles de Dublín. Los únicos caballos que había allí eran tristes criaturas dedicadas a tirar de los carruajes de los ricos.
Se miraron a los ojos y Mariana contuvo la respiración. El corazón le dio un vuelco en el pecho. Se preguntó si sería posible que la vida volviera a golpearla después de todo lo que había experimentado, si podría hacerle tropezar inesperadamente, si podría dar un paso en falso. Se recordó a los diecisiete años, tumbada en la hierba, con las estrellas girando sobre su cabeza mientras Pablo desviaba las preguntas que le hacía sobre su infancia con respuestas intrascendentes. Entonces no sabía nada sobre su pasado, salvo que había sido tan rigurosamente pobre como ella.
No habían hablado mucho sobre nada, pensó con una punzada de arrepentimiento. Reían juntos y se besaban con una dulce urgencia. Todavía eran demasiado jóvenes, demasiados entusiastas.
—Nunca me hablaste de tu infancia —le dijo, y se arrepintió de sus palabras en cuanto salieron de sus labios.
Pablo tornó más dura su ya de por sí fría expresión.
—Eso ahora no importa.
Mariana esbozó una mueca ante aquel rechazo. La dureza de su tono le recordó que la vida de Pablo ya no era asunto suyo.
Soledad y él habían ascendido socialmente, pensó. Ella sabía que los padres de Pablo no pertenecían a la nobleza pobre. Para él, estar prometido con la hija de un conde o, para Soledad, aspirar a casarse con el heredero de un duque, era un éxito de primer orden.
Aunque Soledad no podría llegar a ser duquesa de Alton. A ella le correspondía asegurarse de ello.
Mariana experimentó una inesperada compasión por la señorita Soledad. Normalmente, era capaz de consolarse a sí misma diciéndose que sus presas merecían ser separadas del objeto de su deseo. Los caballeros cuyas pasiones debía reconducir eran a menudo libertinos, o, simplemente, hombres débiles e insulsos.
Era cierto que tampoco tenía una gran opinión sobre Peter, que parecía reunir los vicios de su clase y ninguna de sus virtudes: arrogancia, egoísmo y libertinaje en absolutamente todo. Pero aun así, aun sabiendo que Soledad podría conseguir algo mucho mejor que Peter.
 Mariana la admiraba por haberse propuesto atrapar la herencia de un ducado. En cierto modo, soledad era tan aventurera como ella y le parecía una pena echar a perder una oportunidad como aquélla.
La tensión se respiraba en el ambiente. Pablo, que no parecía tener deseo alguno de conversar con ella, tampoco mostraba intención de marcharse.
En el otro extremo del patio de caballos, Peter estaba enfrascado en una animada conversación con el señor  Gastón Walters, mientras admiraban a un lustroso caballo negro.
—¿Tu hermana no te ha acompañado hoy? —preguntó Mariana educadamente, mientras salía del establo.
Pablo negó con la cabeza.
—No, ha salido de compras con nuestra prima.
. Unas compras de último momento con la prima para el baile de mañana, tengo entendido.
—¿tu prima? —repitió Mariana.
Advirtió la nota de alarma en su propia voz y sintió que se le secaba la garganta.
Pablo también lo advirtió. Le dirigió una dura mirada.
—Mi primo Alex volvió a casarse hace dos años —se interrumpió—. Entiendo que, viviendo en la propiedad de Alex en Escocia, estarías al tanto de la muerte de su primera esposa.
—No —respondió Mariana
Oía la sangre rugiendo en sus oídos. Por un instante, la luz del sol pareció intensificar su brillo hasta deslumbrarla. Así que Amelia Grant había muerto. Amelia se había ganado su amistad, le había dado un consejo y, al final, había terminado arruinando su futuro, cuando mariana fue a ver al primo de pablo para pedir que le ayudaran, él  no estaba, sin embargo se encontraba a Amelia, fue ella quien le había dicho que debía alejarse de pablo lo más antes posible antes que la haga sufrir ya que sin duda la dejaría por otra mujer, en aquel tiempo pensó que la quería y lo que le dijo  era lo mejor  para ella, hoy ya con su madurez,  pensaba que no era ese el motivo de su consejo sino que había otras intenciones, Amelia le interesaba pablo y ella fue tan ingenua pensando que al ser su tía jamás se fijaría en él, hoy sabía lo equivocada que estaba, y entendía ciertas actitudes de ella frente a pablo e incluso los celos que sentía es por eso que le había aconsejado que se aleje para siempre de él.
 Pero era inútil culpar a aquella mujer de su propia falta de valor. Lo único que había hecho  Amelia había sido ahondar en miedos que ya eran suyos.
Había explotado su juventud y su debilidad, eso era cierto, pero Mariana era consciente de que la responsabilidad última por abandonar Pablo más allá de su consejo, de las palabras de las mujeres que rondaban a pablo habían alimentado sus miedos, pero en el fondo , la única culpa era suya y solo suya.
—Pensé que tus tíos te mantendrían informada de las noticias de
—Mis tíos murieron hace mucho tiempo —replicó Mariana.
Pablo apretó los labios.
—¿Se supone que tengo que creérmelo o terminarán resucitando como tú?
Mariana le ignoró, dio media vuelta y acarició el pelaje del animal.
—Tienes una naturaleza muy dulce —le dijo al caballo—, pero no creo que vayas a ser una gran montura —el caballo relinchó suavemente y presionó su hocico aterciopelado contra la mano enguantada.
—Es demasiado perezoso —confirmó Pablo—. Supongo que lo ha elegido Peter —posó su mirada burlona sobre Mariana—. Ese hombre es incapaz de ver más allá de lo obvio. Solo le importan las apariencias y tiene un gusto tan pobre para los caballos como para las mujeres —sonrió—.
 ¿Estás dispuesta a halagarle hasta el punto de pagar una buena cantidad de dinero por un mal caballo?
—Por supuesto que no —respondió Mariana
Las palabras de Pablo le habían dolido, pero ésa era precisamente su intención. Podía ver la antipatía reflejada en su mirada, una antipatía fría e inflexible.
Nada podía haberle dejado más claro a Mariana que ya era demasiado tarde para arrepentimientos, demasiado tarde para volver al pasado.
Pablo la creía mentirosa y maniobrera, lo cual no era en absoluto una sorpresa, puesto que ella misma se había asegurado de que así lo creyera enredándole en su red de mentiras.
Por un momento, quiso gritarle que no había sido culpa suya, retirar todo lo que había dicho tres noches atrás en el baile y confesar la verdad. La fuerza de aquel impulso la sacudió con fuerza. Pero no podía hacerlo. Lo que había habido entre ellos en el pasado había muerto y desaparecido para siempre.
Mariana tenía un trabajo que hacer. Eso era lo único que se interponía entre ella y la penuria. No podía apartarse ni un solo milímetro de los planes trazados, no podía tirarlo todo por la borda. La idea de perder todo aquello por lo que tanto había luchado la aterraba. Su vida y las de los mellizos pendían de un hilo.
Sin embargo, su corazón pareció secársele al ver el desprecio en los ojos de Pablo. La única defensa que tenía era fingir que él ya no podía hacerle daño.
—Tú también conoces las normas por las que se rige un cazador de fortunas —le provocó—. Sabes perfectamente que le daré las gracias a Peter por haberme aconsejado comprar tan fino animal y alabaré su capacidad de discernimiento al mismo tiempo que apelaré a mis privilegios como mujer para cambiar de opinión y recuperar el dinero. Yo habría elegido esa yegua de allí —señaló una briosa yegua castaña que estaba siendo mostrada en el corral.
—Tienes buen ojo, sabes apreciar la calidad —Pablo se las arregló para que aquel cumplido sonara como un insulto—. Las yeguas pueden ser difíciles de manejar —añadió, mirándola pensativo—. Pero a lo mejor estás buscando una montura más emocionante que un castrado.
A pesar del barniz educado con el que tiñó sus palabras, el significado estaba más claro que el agua. Mariana le sostuvo la mirada y vio el explícito desafío de sus ojos.
—Prefiero un caballo con brío —replicó—. Mientras que tú —inclinó la cabeza con gesto pensativo y le miró con los ojos entrecerrados—, probablemente elegirías algo tan poco sutil como ese semental. Todo músculo y nada de cerebro.
Pablo soltó una carcajada.
—No pagaría tanto dinero por algo que podría llegar a matarme.
—Entonces, has cambiado —contestó Mariana con tono educado. Y añadió al ver que Pablo arqueaba las cejas con un gesto desafiante y burlón—: Absurdos viajes a México en busca de tesoros, misiones ridículamente peligrosas para la Marina Británica, un tonto  viaje al Ártico durante el que abordaste otro barco como si fueras un pirata… —se interrumpió al ver que Pablo la miraba divertido.
—Así que has estado siguiendo mi carrera —musitó—. Qué inesperado y halagador. ¿No me podías olvidar, Mariana?
Mariana había seguido todos y cada uno de los pasos de la carrera de Pablo y todo lo que pudiera saber de él, inclusive si se había vuelto a casar, pero no quería que él lo supiera. Eso solo serviría para alimentar su vanidad y para dar lugar a preguntas embarazosas sobre por qué le importaba tanto.
 Preguntas que ella ni quería ni podía contestar.
—Leo los diarios —respondió, encogiéndose de hombros—. Todas esas noticias me han convencido de que eres tan imprudente como siempre pensé.
—Imprudente —respondió Pablo con un extraño tono de voz—. Sí, siempre lo he sido, Mariana.
A los diecisiete años, Mariana adoraba su naturaleza salvaje, un contrapunto a su aburrida y predecible vida. Se había dejado deslumbrar, cegar por la emoción del riesgo. Sus encuentros secretos eran maravillosamente ilícitos. La vivencia del riesgo la había cautivado. Aunque una pequeña parte de su mente le decía que Pablo era demasiado atractivo, demasiado emocionante como para poder formar parte de su vida, quería creer que era posible. Y aun sospechando en secreto que Pablo solo le había propuesto matrimonio porque quería acostarse con ella, estaba decidida a creer que la amaba.
 Durante un solo día y una noche, se había entregado ciegamente al placer, sintiéndose viva por primera vez desde hacía años. A la mañana siguiente, había comenzado a dudar y después, había cometido su gran error.
Tragó saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta. Ya era demasiado tarde para arrepentirse de su falta de valor y de fe. No sabía por qué sentía de pronto aquella tristeza, como si hubiera dejado escapar algo valioso cuando, a lo largo de todos aquellos años, Pablo había demostrado ser tan irresponsable, imprudente y peligroso como ella había sospechado que llegaría a ser.
—Ya no soy Mariana, soy Caroline Carew, ¿recuerdas?
Pablo alargó la mano y la agarró de la manga. Mariana alzó la mirada hacia él y le sorprendió ver un brillo de puro enfado en sus ojos.
—Así que te deshiciste de tu nombre, al igual que de todo lo demás —musitó—. Tenías mucha prisa por olvidar tu antigua vida, ¿verdad?
Mariana se encogió.
—Uno tiene que intentar distanciarse de los errores del pasado. Y Caroline es un nombre muy bonito—se interrumpió—. Espero poder confiar en que recuerdes que ahora soy Caroline Carew.
Pablo le sostuvo la mirada durante varios segundos y ella casi se estremeció ante el oscuro enfado que vio en ellos. El corazón le latía a toda velocidad y sentía una fuerte presión en el pecho.
—Odio que pienses que puedes confiar en mí en ningún aspecto —respondió  Pablo en tono de falsa amabilidad—. Al fin y al cabo, ¿la ambigüedad no es la sal de la vida?
—Martinez—la voz aristocrática y aburrida de Peter los interrumpió.
Pablo soltó el brazo de Mariana como si de pronto le abrasara, se enderezó y se volvió hacia Peter  con una reverencia.
     Peter Alton —lo saludó con frialdad.
Peter desvió la mirada de  Pablo para fijarla en el rostro de Mariana. Ésta tuvo que presionar sus manos enguantadas para evitar que le temblaran. Había algo en la presencia física de Pablo que la conmovía profundamente. Durante años, se había esforzado en erigir una fuerte fachada que la protegiera del mundo y había llegado a creer que era capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Pero Pablo podía derribar esa fachada con solo una mirada.
—Caroline Carew —comenzó a decir Pablo. Mariana advirtió el énfasis que ponía en aquel nombre—, estaba intentando decidir si acepta tu recomendación, Alton.
Mariana vio que Peter fruncía el ceño ante aquella velada crítica a su decisión.
—Es un caballo muy hermoso, señor —intervino rápidamente Mariana para reparar el daño—, pero no termino de decidirme. Siempre puedo alquilar un caballo y considero que quizá sea más divertido tener mi propio caballo de carreras.
Creyó oír un bufido burlón de Pablo, pero a lo mejor había sido alguno de los caballos.
Peter suavizó su expresión como por arte de magia.
—¡Un caballo de carreras! —exclamó entusiasmado—. Una idea genial,Caroline. ¡Genial!
—Estoy segura de que sería emocionante ir a verle correr, y también apostar por él, por supuesto —añadió Mariana, deslizando la mano en su brazo.
—Solo si uno tiene el bolsillo lleno —replicó Pablo secamente. Deslizó la mirada sobre Mariana, deteniéndose en aquel vestido de montar que realzaba la curva generosa de sus senos—. Pero olvidaba que vos estás muy bien dotada, ¿no es cierto,?
La dirección de su mirada hizo sonrojarse a Mariana. Recordaba perfectamente que Pablo había hecho mucho más que contemplar aquellas curvas.
— pido que disculpe a Martinez —intervino Peter—. A pesar de que su primo le envió a Elton, siento tener que decir que la educación no hace al hombre.
—Desde luego —su mirada chocó con la fría mirada de Pablo—. Estoy, como acaba de decir, dotada de muchos valores de los que vos careces, entre ellos, las buenas maneras.
—Y en otro tiempo fui un hombre sin escrúpulos —musitó Pablo, sin mostrar intención alguna de disculparse. Había un brillo travieso en su mirada—. Pero vos ya me conoces. Estas al tanto de todos mis secretos.
—No tengo interés en saber nada de usted Señor Martínez—replicó ella fríamente.
El corazón le latía a toda velocidad. ¿Hasta qué punto estaría Pablo a arriesgarse? Sabía lo que estaba intentando hacer. Quería insinuar que había algo más en Mariana de lo que se veía a primera vista. Que tenía, más que un romántico y misterioso pasado, un pasado sórdido. Que quizá hubiera sido incluso una prostituta.
 Quería sugerir que, aunque pretendiera hacerse pasar por una viuda rica, no era la clase de persona con la que un noble querría casarse, sobre todo habiendo una debutante virginal como Soledad esperando pacientemente sus atenciones.
—¿Rocio no ha venido contigo,? —preguntó Peter con toda intención.
Tensó la mano alrededor del brazo de Mariana. Ésta descubrió que no le gustaba en absoluto aquel gesto, pero dominó las ganas de apartarle y le sonrió dulcemente. Peter estaba tan cerca de ella que sus cuerpos se rozaban.
—No —contestó Pablo—. A Rocio no le gustan los caballos, a no ser que estén haciendo algo tan funcional como tirar de su carruaje —hizo una reverencia—. Ya veo que no soy bienvenido en este lugar, se ve que al no llevar un buen apellido y sofisticado como el de ustedes pesa mucho, los dejaré para que malgasten su dinero en un caballo de carreras.
—Qué considerado de su parte —replicó Mariana—. Buenos días.
Podía sentir la tensión en el cuerpo de Peter mientras permanecían juntos, esperando a que Pablo se alejara de allí.
—Como ya he dicho caroline, pablo  se ha mostrado sumamente descortés con vos. ¿Estas segura de que no hay nada entre vos y él, aparte del hecho de que sea un viejo conocido?
Maldiciendo mentalmente a Pablo por aquella intromisión, Mariana esbozó la más convincente de sus sonrisas.
—Conocí al Señor Martinez en la propiedad que tiene su primo en Balvenie cuando apenas era una niña, —respondió—. Me temo que no me gustó y cometí el error de demostrárselo.
Pablo era insufriblemente vanidoso y pretendía que todas las damas se rindieran a sus pies. Jamás me perdonó que no lo hiciera.
No había caído a sus pies. Había caído directamente en su lecho. Pero advirtió aliviada que Peter sonreía.
—En la propiedad de Grant, ¿eh? Es un buen hombre, Grant, pero apenas tiene donde caerse muerto. Toda la familia es un desastre. No pueden presumir de linaje y Pablo parece llevar sangre maldita en sus venas, además de un apellido sumamente común e inútil.
A Mariana le sorprendió oír que despreciaba a Soledad de tal manera, especialmente cuando sus atenciones hacia ella habían sido tan notorias y seguramente tenían fines honorables. Pero era perfecto para sus propios planes.
Soledad había sido derrotada, por buena que fuera, y Pablo no podría hacer nada para evitarlo.
Sonrió y le estrechó el brazo a Peter.
—Me pregunto si tenes tiempo para acompañarme a una bodega. Necesito comprar un buen champán para hacer un regalo y estoy segura de que vos conoces los mejores vinos.
Peter parecía sumamente complacido. Mariana clavó la mirada en una de las palas que utilizaban para limpiar los establos, preguntándose hasta cuándo podría continuar adulándole sin que su conducta comenzara a resultar sospechosa.
Un hombre tan inteligente e ingenioso como Pablo la habría descubierto al instante, pero el ego del marqués de Alton no parecía tener límite.
—te  acompañaré encantado,  —respondió Peter—. Y después, quizá podamos celebrarlo tomando una copa juntos —esbozó una sonrisa cargada de insinuaciones—. Disfrutaría mucho tomando una copa con vos, solo nosotros dos.
—Sí, sería maravilloso —musitó Mariana—. Teniendo en cuenta mi situación y lo poco que conozco de Londres, aprecio en gran manera el contar con un amigo en el que apoyarme.
Apartó la mano del brazo de Peter y comenzó a caminar delante de él, permitiendo que apreciara el suave movimiento de su sensual cadera bajo la falda de terciopelo del vestido de montar. Sentía la mirada de Peter fija sobre cadera y también su frustración, porque, una vez más, había conseguido eludir el clima de intimidad que Peter estaba intentando crear entre ellos.
La frustración alimentaba la ansiedad, y eso era precisamente lo que Mariana quería de él. Sonriente, giró en la esquina y caminó directamente hacia Pablo, que esperaba recostado contra el marco de la puerta con una mirada de abierta admiración.
—Hermosa jugada, Mariana —susurró
—. Debes de tener mucha práctica en el arte de la seducción.
—No te imaginas cuánta —confirmó Mariana.
Advirtió que Peter se detenía para hablar con Nicolas Tattersall y maldijo aquel retraso. Lo último que quería era alentar a  Pablo y darle otra oportunidad de minar lo que hasta entonces estaba consiguiendo.
—Pensaba que te habías ido —le reprochó.
—Desgraciadamente, no he sido capaz. Sentía un deseo casi sobrecogedor de ver en acción los métodos que emplean las aventureras de hoy en día —la miró a los ojos sonriendo—. Eres una profesional consumada, Mariana, una prostituta con clase.
—Y tú un maldito fastidioso —le espetó Mariana alterada y dolida consigo misma por haberle hecho creer aquello a pablo, pero no soportaba que el la considerara una prostituta
Pablo le besó la mano. Mariana intentó apartarla, pero él se la retuvo con fuerza. A pesar de la tela del guante, aquel contacto la abrasaba.
—Elige otra víctima —musitó Pablo—. Deja a Peter en paz, o podrías quedarte sin ninguna.
—No, es a Peter a quien quiero.
Apareció un oscuro fuego en los ojos de Pablo.
—Mentirosa. Es a mí a quien quieres.
Mariana alzó la barbilla. Sí, era cierto que todavía era susceptible a su presencia, pero había llegado la hora de ponerle en su sitio.
—Estás completamente equivocado. Estás tan pagado de ti mismo que te consideras irresistible —apartó la mano—. Es posible que lo seas para otras mujeres especialmente para  Rocio, al fin y al cabo, es demasiado joven como para saber lo que le conviene —continuó diciendo—, pero te aseguro que una viuda rica puede aspirar a algo mejor que a un cazafortunas arruinado.
—No pretendía decir que quisieras casarte conmigo… otra vez  —respondió  Pablo con falsa amabilidad. Posó la mirada sobre su boca—. Me refería a que deseas…
—Que te alejes de mí —le interrumpió  impaciente Mariana—. Y rápido. Y espero que no me causes más problemas —añadió—, a no ser que quieras que yo haga lo mismo contigo.
Pablo se echó a reír.
—Estoy deseando que lo hagas —inclinó la cabeza—. Buena suerte.
—No necesito suerte. Tengo las habilidades que necesito para conseguir lo que quiero. Y ahora vuelve rápidamente con tu encantadora heredera —añadió—, antes de que otro aventurero sin principios te la robe.
Pablo asintió.
—Supongo que sabes de lo que estás hablando —le hizo una reverencia—.
—No te creo ni por un momento.
De los ojos de Pablo desapareció todo rastro de diversión.
—En otro tiempo estuve completamente a tu servicio, Mariana. Fui completamente tuyo en todo los sentidos, pero ya no.
Alzó la mano a modo de despedida y se alejó, dejando a Mariana temblando.
Porque supo que Pablo había dicho nada más que la verdad. Había sido suyo en todo los sentidos, él ni siquiera tenía la culpa de nada, solo la había amado y ella había destrozado todo lo que los había unido, y no volvería a recuperarlo jamás.

Inevitablemente las lágrimas se acumularon en sus ojos ante la más cruel de las verdades.

2 comentarios:

  1. POR DIOS Q PAR ESTOD DOS!!! Son tal para cual... Juro q amo esta personalidad de Lali y mas en la epoca en la q se desarrolla su historia es una genia... Solo espero q Pablo sepa comprenderla cuando se entere de toda la verdad!!!
    Y Sole es un misterio... ella anda haciendo de las suyas...
    Espero q estes genial... Besos nos leemos pronto!!! :D

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  2. Holaa coincido pensando en que son tal para cual no dudo ni un segundo que ninguno de los dos se van a resistir al rock jajaja para revivir viejos tiempos, no se como Peter no se dio cuenta de nada de lo que pasa entre ellos , es un tarado, me causo mucha gracias esta frase que dijo Pablo de Rocio : "No —contestó Pablo—. A Rocio no le gustan los caballos, a no ser que estén haciendo algo tan funcional como tirar de su carruaje"
    asi o mas superficial?? la pudo dejar adelante de mar jaja, bueno espero ansiosa el proximo cap, besos percha

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