Hola como están? tanto tiempo no?, disculpen la tardanza pero como ya empece la facu me cambiaban los horarios cada rato y me fue imposible subir, pero ya me dieron horarios fijos :D así que me van a tener más seguido por acá..
Les cuento que más tarde ya subo otro cap en la otra nove, y ente les dejo un cap largo compensando..... se viene el rock me parece o no? aguantaran? :p jajaj
les mando un beso!! que anden bien.. ;)
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CAP 9
No
había nada, pensó Pablo, comparable a un grupo de personas mal avenidas que no
eran capaces de soportar su mutua compañía, pero se veían obligadas a fingir
que estaban pasando un rato maravilloso. Estaba lloviendo, se encontraban en la
catedral de St. Paul, visitando las tumbas porque Mariana había expresado su
deseo de conocer los rincones más esotéricos de Londres.
Pablo
no había comprendido a qué demonios estaba jugando hasta que había oído a Peter
alabándola por ser tan inteligente como bella. Era extraordinariamente astuta.
Y Peter, un auténtico idiota pensó Pablo .
Pero
al hijo de los duques de Alton le gustaba considerarse un hombre culto y qué
mejor que mostrarle a la deslumbrante “Caroline Carew” aquel histórico lugar en el
que estaban enterrados los héroes de la patria.
—¿Te
importaría volver a recordarme qué estamos haciendo aquí? —le preguntó Soledad
malhumorada—. Se suponía que esta tarde debería estar asistiendo a la sesión
musical.
Solo a ti se te ocurre traerme a este lugar para que pueda ver a Peter teniendo todas
sus atenciones a la Señora Carew —retorció su bonito rostro con una expresión
de disgusto—. Si hubiera querido torturarme, me habría quedado en casa leyendo
un libro malo.
Pablo
llevó a su hermana tras uno de los pilares de la catedral. Le habría gustado
decirle que dejara de comportarse como una niña caprichosa, pero suponía que
Soledad tenía motivos para ello.
Desde
hacía 10 días, el nombre de Caroline o, mejor dicho, su supuesto nombre, estaba
en boca de todo el mundo.
La
alta sociedad estaba impactada por la llegada de aquella viuda bella y
adinerada. Los periódicos seguían todos y cada uno de sus movimientos, las
tiendas de moda le enviaban vestidos con la esperanza de que los luciera en los
bailes a los que asistía. Y Peter estaba comenzando a comportarse como si no
recordara quién era Soledad siquiera, tan deslumbrado estaba por su nuevo
objetivo.
Para
Soledad profundamente enamorada de Peter y en aquel momento despreciada e
ignorada, debía ser insoportable.
Pablo
sintió una oleada de compasión por su hermana pequeña, que había estado a punto
de comprometerse y en aquel momento estaba siendo desairada.
El
sufrimiento de Soledad era visible. Había adelgazado, se la veía triste y había
perdido su brillo. Toda la ciudad se reía de ella.
Rocio
le había hablado a Pablo de los rumores que corrían, y parecía haber encontrado
un cierto placer en hacerlo, pensó Pablo.
—Estamos
aquí para frustrar los planes de esa mujer—le explicó con calma—. Y no lo vas a
conseguir comportándote como una niña enfadada.
En
los ojos de Soledad se encendió una chispa de interés.
—Entonces,
dime cómo puedo conseguirlo —le pidió.
—Siendo
todo lo que ella no es—le explicó pablo.
Soledad
le miró boquiabierta.
—¿Quieres
que parezca fea y estúpida? No entiendo cómo va a poder ayudarme eso.
Pablo
sofocó una sonrisa. Por mucho que la detestara, era cierto que Mariana era una
mujer muy bella e inteligente y no tenía sentido negarlo. Pocos hombres serían
indiferentes a una mujer como ella. A algunos podía disgustarles su ingenio,
pero Mariana era suficientemente inteligente como para fingirse tonta cuando
estaba con ellos.
Era
difícil encontrar su punto débil, pero él estaba dispuesto a descubrirlo y a
utilizarlo contra ella.
—Eres
más joven ella, eso para empezar.
Soledad
arqueó las cejas.
—¿Eso
es lo mejor que puedes decirme? ¿Qué soy un año o dos más joven que ella?
—Cinco
años —la corrigió Pablo sin pensar.
Soledad
le miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo
lo sabes? —preguntó con una mirada demasiado penetrante para el gusto de él—.
¿Tan bien llegaste a conocerla en Escocia?
Íntimamente,
de hecho
Pablo
desvió la mirada hacia el lugar en el que Mariana, con la cabeza inclinada,
leía su guía. Era una hermosa imagen en la que se conjugaban la belleza y la
inteligencia. Superpuesta a aquella casta imagen, apareció la de una mujer
hermosa y lasciva que había descansado en sus brazos una sola noche. Al calor
del amor, la fría reserva de Mariana se había disuelto en el más fuerte y
apasionado deseo.
Mariana
no le había negado nada y él, embriagado por la necesidad de poseerla, había
disfrutado de cada centímetro de su exquisito cuerpo. Su cuerpo se tensó al
pensar en ello y rápidamente cerró la puerta a los recuerdos, relegándolos al
oscuro rincón al que pertenecían. No podía volver a encender esa llama,
sentirse arder de nuevo por ella. Era él el que tenía el control de la
situación. Hacía años que había dejado de ser aquel joven testarudo que se
había enamorado de Mariana.
—¿Pablo?
—la mirada de Soledad se tornó burlona.
Pablo
se encogió de hombros, quitándole importancia a la pregunta.
—Solo
me lo he imaginado —respondió—. Además, es viuda.
—Algo
que a Peter le encanta —dijo Soledad malhumorada—. Él prefiere a las mujeres
mayores y sofisticadas.
—Como
amantes, no como esposas.
Soledad
suspiró.
—¿Crees
que lo único que busca es una aventura? Porque a lo mejor si espero a que…
—Vales
demasiado como para esperar sentada mientras Peter toma a otra mujer como
amante —le espetó Pablo.
Estaba
de mal humor y no eran solo las tumbas las que le estaban bajando el ánimo.
Sabía que Mariana había puesto a Peter en su punto de mira y que no estaba
interesada en una simple aventura.
Ver
a su ex esposa convertida en la amante de Peter ya sería suficientemente
desagradable.
La
mera posibilidad despertaba en él una furia que Pablo no quería analizar de
cerca.
Pero
verla convertida en marquesa de Alton, le provocaba una reacción igualmente
intensa en relación a su sentimiento de posesión, a la que había que sumar la furia
por el hecho de que Mariana pudiera arruinar de manera tan fácil y
despreocupada el futuro de Soledad. Cerró los puños. El sentimiento de posesión
era absurdo cuando su matrimonio con Mariana había sido tan corto y hacía tanto
tiempo que estaba acabado.
Tampoco
la furia le sería de ninguna utilidad. Lo que necesitaba para detener a Mariana
era mantener la cabeza fría.
—A
lo mejor podría convertirme yo en la amante de Peter —propuso Soledad—. La
quitaría el puesto y…
Pablo
molesto la agarró del brazo.
—No
digas eso ni en broma, Soledad—le advirtió entre dientes.
Por
un momento, vio el miedo reflejado en los ojos de Soledad.
—Era
solo una idea…
—Una
idea muy mala —respondió él, y la soltó. Intentó animarla—. Entre otras cosas,
añadiendo — porque tendría que pegarle un tiro y entonces Rocio ya no querría
casarse conmigo. —
Soledad
rio llorosa y nerviosa
—Lo
cual, representaría únicamente una pérdida en términos económicos.
—Antes
de que comenzara a comportarse como un Idiota,
Peter me gustaba.
—Eso
es porque tiene muchas cosas en común —contestó Soledad, expresando una poco
halagadora verdad que solo una hermana podía permitirse el lujo de exponer sin
temor a las consecuencias—. Los dos son mujeriegos, les gusta el juego pero
para divertirse, los deportes y beber. Por lo menos, antes te gustaban todas
esas cosas. Antes de conocer a Rocio
Pero
si hay algo que no me gusta es visitar estos lugares —replicó Pablo
Mariana
caminaba en aquel momento por el pasillo, alzando la mirada hacia los mosaicos
que embellecían la cúpula de la catedral. Mientras la observaba, un rayo de sol
se filtró en medio de la penumbra e iluminó su pelo lacio, dándole un aspecto etéreo
e irreal, aunque Pablo no era capaz de imaginar a nadie que tuviera menos que
ver con un ángel.
Peter,
sin embargo, parecía sobrecogido por aquella imagen.
—Deberías
buscar a otro —le propuso Pablo bruscamente a su hermana.
—Ya
me ha resultado suficientemente difícil encontrar a Peter —repuso Soledad—. ¿No
te has dado cuenta de que no tengo una fila de pretendientes llamando a mi
puerta?
—Tienes
una buena dote y belleza—replicó Pablo.
Alex,
su primo, había retirado diez mil libras para el futuro de Soledad.
—Una
dote modesta —le corrigió ella—. Nadie va a casarse conmigo por esa dote cuando
hay ricas herederas de por medio. Sobre todo, teniendo en cuenta que no tengo
relación con nadie influyente.
—Nos
tienes a Alex, a Joanna y a mí.
—Lo
que demuestra que tengo razón. No tengo ninguna relación con personas
influyentes y las tengo con personas de lo más escandalosas.
Pablo
la agarró del brazo.
—Vamos.
Yo me ocuparé de distraer a esa Mujer mientras tú le preguntas a Peter por la
arquitectura de la catedral o algo parecido.
—¿Y
no podrías hacer eso de forma permanente? —preguntó Soledad esperanzada—. Me
refiero a apartar a Caroline de Peter. Podrías fingir que estás enamorado de
ella. E incluso intentar seducirla. Por lo que he oído decir, antes se te daban
muy bien ese tipo de cosas.
—Ésa
no es la clase de información que uno quiere que llegue a oídos de su hermana.
—No
seas tan estirado. Hazlo por mí.
Seducir
a Mariana pensó…La idea era tentadora.
Perseguir
a Mariana sin piedad, tumbarla en su lecho, saciar su deseo de aquel cuerpo
intocable… Siempre había deseado lo que no podía tener. De hecho, el deseo le
enloquecía de solo pensarlo.
Tomó
aire y fijó la mirada en los rostros de los querubines que adornaban las
columnas que tenía frente a él. No se le ocurría un lugar más inapropiado para
albergar ese tipo de pensamientos.
—No
funcionaría. Ella es demasiado inteligente. Comprendería inmediatamente mis intenciones.
Y probablemente, Rocio se enteraría.
—¿Dónde
está Rocio por cierto? Normalmente, vive pegada a ti, rondándote todo el tiempo
como abeja a la miel. Y la verdad es que
se está mucho más a gusto sin ella —añadió.
—Rocio
está en casa, con dolor de oído. Y ésa es la razón por la cual, por una sola vez,
puedo ayudarte a distraer a esa mujer.
—Como
Rocio se entere, serás tú el que acabarás con dolor de oídos —dijo Soledad con
franqueza—.
Y Gastón se asegurará de que se entere. Le
encantan los chismes y puede ser muy malicioso con ellos —le miró—. Gastón hará
todo lo posible para arruinar tus intenciones, lo sabes. Y lo hará por pura
diversión.
—Ya
tranquilizaré yo a Rocio, me adora la podre convencer además es solo esta vez
—le aseguró Pablo.
—Ése
será el trabajo de tu vida —comentó su hermana fríamente—. En eso consistirá tu
futuro, en intentar poner de buen humor a la encantadora Rocio durante los
próximos cuarenta años, y todo a cambio de su dinero.
Avanzó
decidida hacia la tumba de sir Joshua Reynolds, donde estaban Peter Mariana y
Gastón, y deslizó la mano en el brazo de Peter.
—Me
temo que tanta cultura me está causando dolor de cabeza, Es posible que esté
bien para intelectuales como Caroline Carew —le dirigió a Mariana una sonrisa—,
pero ya sabes que yo no soy un ratón de biblioteca. ¿Qué te parece si vamos a
buscar un refrigerio?
Pablo
sonrió. Había que reconocer que el acercamiento de Soledad había sido directo.
Y, al fin y al cabo, solo había seguido su consejo, que era mostrarse como
completamente opuesta a Mariana. Afortunadamente, funcionó. Peter pareció
aliviado ante la perspectiva de poder escapar y, aunque solo fuera durante unos
segundos, Mariana pareció absolutamente furiosa, antes de atemperar su
irritación y sonreír, mostrándose de acuerdo con el plan.
Soledad
que por fin había capturado la atención de Peter, se pegó a él como una lapa.
En el momento en el que Peter estaba a punto de ofrecerle el otro brazo a
Mariana, Pablo dio un paso adelante y se interpuso entre ellos.
—Veo
que tenes una guía, —comentó—. ¿Podrías
decirme si el Señor Nelson está enterrado en este lugar?
Mariana
se vio obligada a detenerse. Peter y Soledad pasaron por delante de ellos,
dirigiéndose hacia la puerta.
Estaban
ya enfrascado en una conversación. Soledad
miraba a Peter sonriente, la luz había vuelto a sus ojos. Al parecer,
había recuperado toda su vivacidad una vez había vuelto a convertirse en el
centro de las atenciones de aquel Hombre.
En
cambio, los ojos marrones de Mariana brillaban de enfado, más que de
placer, mientras contemplaban la inocente expresión de Pablo.
—El
señor Nelson no solo está enterrado aquí —contestó en tono educado—, sino que,
seguramente, está retorciéndose en su tumba al pensar que un antiguo capitán de
la Marina podría no saberlo —alzó la mirada hacia él, tensa de furia y
frustración—. Conocías de antemano la respuesta a esa pregunta, ¿no es cierto?
—Ha
sido lo mejor que se me ha ocurrido en este momento —admitió Pablo, sin muestra
alguna de arrepentimiento—. Quería hablar con vos.
—¿Otra
vez? Me temo que no me siento halagada por tu inclinación a buscar mi compañía.
—Quizá
sería más apropiado decir que quería entretenerte —admitió Pablo
Su
brusca sinceridad le valió una mirada asesina.
—Soy
consciente de ello. Entiendo perfectamente tu estrategia.
Ignoró
el brazo que Pablo le ofrecía y comenzó a caminar hacia la puerta. Uno de los
guías estaba corriendo ya para llamar a un carruaje de alquiler. El tiempo
había cambiado bruscamente y el cielo estaba cubierto de nubes grises. La
lluvia caía desde los canalones, encharcando el pavimento del exterior de la
catedral.
—Me
temo que tendras que compartir el carruaje conmigo, Caroline Carew o mejor
dicho Marina esposito —le advirtió Pablo muy educadamente, mientras Peter
ayudaba a Soledad a subir al primer vehículo—. A menos que prefiráis montar con
el señor Gastón Walters.
—Me
temo que no tengo dónde elegir —replicó Mariana.
Su
forma de tamborilear la guía con los dedos enguantados traicionaba su enfado.
—Considérame
el menor de los males —le aconsejó Pablo mientras el carruaje en el que iba su
hermana desaparecía de vista—. A no ser, añadió, que prefieras regresar a tu
casa bajo la lluvia. Y me temo que no puedo ofrecerte un paraguas con el que
protegerte.
Mariana
lo miró exasperada.
—Intenta
no hacer esperar a los caballos —añadió Pablo al verla vacilar.
Mariana
suspiró irritada.
—¡
de acuerdo!
Aceptó
la mano que Pablo le ofrecía para ayudarla a subir, pero le tocaba con tanta
repugnancia como si sufriera una enfermedad contagiosa.
Una
vez dentro del oscuro y diminuto interior, le soltó bruscamente y se dirigió
hacia el extremo más alejado del asiento. Pablo se sentó frente a ella, estiró las piernas y
las cruzó a la altura de los tobillos, rozando con ellas el dobladillo del
vestido. Mariana apartó las faldas con un gesto brusco, como si temiera que
pudiera contaminarla.
Pablo
sonrió en medio de la oscuridad.
—Es
fácil distraer a Peter. Si quieres que solo se fije en ti, vas a tener que
sujetarlo con mano dura.
Mariana
le miró entonces.
—Peter
es como un niño pequeño en una confitería.
No
hizo esfuerzo alguno por disimular su frustración y a Pablo casi le gustó. No
había artificio alguno en Mariana. Tampoco fingía que tuviera otro interés en
Peter que no fuera el de su título.
Aunque a su pesar, Pablo no podía menos que
admirar su honestidad. Si hubiera fingido afecto por el marqués, la habría
despreciado por hipócrita.
—Una
metáfora muy adecuada. Dulces y bonitas golosinas para atrapar a Peter —deslizó
la mirada sobre Mariana con gesto de abierta admiración—. Sin lugar a dudas, te
considera un manjar que está deseando desenvolver.
—Pues
me temo que no podrá disfrutarlo tan pronto.
—No,
imagino que no. Si eres capaz de negarle tus favores durante algún tiempo,
podrás sacar mucho más de él.
Aquello
le valió otra mirada fulminante de aquellos ojos marrones.
—Gracias
por tu consejo. Pero te aseguro que me tengo en mucha más consideración que la
que merecería si fuera a convertirme en la amante de Peter tan fácilmente.
Desvió
la mirada hacia las húmedas calles.
Mostraba
un perfil exquisito bajo aquel coqueto sombrero de plumas: las pestañas negras
y tupidas, la línea de su mejilla, pura y dulce, y unos labios que parecían
siempre a punto de sonreír. Sus cabellos
acariciaban su cuello, era tan sedoso y negros que Pablo sintió la necesidad
irresistible de acariciarlos para comprobar si eran realmente tan suaves como
parecía.
Era
extraordinario, pensó con cinismo, que una persona tan corrupta como ella pudiera
resultar tan atrayente. Era increíble que su crueldad no asomara estropeando la
bella imagen de aquella viuda cautivadora. Sí, suponía que aquello formaba
parte de su habilidad. No intentaba competir con la inocencia de las
debutantes. Ella apelaba a la sofisticación y al encanto. Realmente, no podía
decirse que pareciera una Prostituta.
Era una mujer con clase, con talento, y muy
bella. Pero también ella se vendía al mejor postor, siempre y cuando hubiera
matrimonio de por medio.
¿Pretendes
seducir a Peter para que se case contigo? —le preguntó.
Mariana
le miró entonces con expresión burlona.
—Qué
pregunta tan vulgar. No pienso contestarla.
—Como
tú misma has dicho, una viuda puede utilizar su experiencia a su favor.
A
los labios de Maite asomó una sonrisa.
—Es
cierto. De la misma forma que un libertino o un cazafortuna podría usar sus
conocimientos y sus habilidades para atrapar a una joven heredera.
Se hizo
un tenso silencio entre ellos en medio de la claustrofóbica oscuridad del
carruaje. La lluvia repiqueteaba en el techo. Las ruedas salpicaban al cruzar
los charcos de la carretera.
—Deja
de mirarme —le pidió Mariana fríamente—. Dedícate a mirar por la ventana.
—Londres
lo veo cada día. Te estoy admirando.
Mariana
se echó a reír.
—Lo
dudo mucho.
—En
un sentido estético. Eres muy bella, muy sensual Mariana, y no estoy diciendo nada que tú no
sepas.
—Puedes
ahorrarte los cumplidos —respondió Mariana desdeñosa—. Me siento más cómoda con
el silencio.
—Solo
estaba intentando ser agradable.
Mariana
le dirigió una mirada molesta.
—Dudo
que seas capaz de hacer nada de forma agradable.
—Hice
el amor contigo de forma más que agradable, ¿no te acuerdas?
—No.
Mariana
volvió la cabeza para que Pablo no pudiera ver su expresión. Su voz había sido
fría, pero él había detectado una intensa emoción tras sus palabras.
¿Desconcierto? ¿Incomodidad? Seguramente, una mujer tan experimentada como
Mariana no podía sentirse avergonzada por una referencia al pasado compartido,
así que, a lo mejor, sencillamente, le irritaba haberle dado oportunidad de
sacar a relucir el tema de su apasionado encuentro.
Pablo
sintió la repentina necesidad de continuar acosándola.
—Seguro
que lo recuerdas. Fue tu primera vez pero Fuiste tan salvaje y apasionada en tu
respuesta como ninguna otra mujer que haya conocido.
Por
un momento, pensó que Mariana iba a ganar aquella batalla dialéctica
limitándose a ignorar su provocación, pero era demasiado flagrante como para
pasarla por alto. Vio brillar los ojos de Mariana en respuesta a aquel desafío
y sintió el placer del triunfo al haber sido capaz de provocar aquella
reacción.
—Qué
dulce por tu parte recordarme después de tanto tiempo —contestó cortante—. Pero
me temo que para mí no fue una experiencia memorable.
Mentira.-
La
palabra pareció quedar flotando entre ellos. Pablo vio sus mejillas teñirse de
rojo, como si Pablo hubiera pronunciado aquella palabra en voz alta. Cambió de
postura y se encogió de hombros.
—A
lo mejor has tenido tantas experiencias después que la memoria te falla —repuso
educadamente.
Mariana
le miró con profundo desprecio.
—A
lo mejor estás confundiendo mi pasado amoroso con el tuyo, Pablo. He oído decir
que, antes de tu compromiso con Rocio, no eras muy quisquilloso a la hora de
elegir. Al parecer preferías la cantidad a la calidad.
—Una
vez más, me siento halagado por la atención que prestas a mi vida —contestó
Pablo—. ¿Tienes algún interés en mi vida sentimental?
¡Por
supuesto que no! —respondió Mariana, roja de enfado.
—Pues
todo evidencia lo contrario. Aunque me resulta extraño que mi ex esposa…
—Siempre
has tenido una gran opinión de ti mismo —le interrumpió Mariana—. O quizá sea
más correcto decir un concepto equivocado de ti mismo.
—Me
declaro culpable. Pero hay ciertas cosas en las que destaco.
Mariana
elevó los ojos al cielo.
—¿Por
qué necesitan presumir tanto los hombres de su potencia sexual, o del tamaño de
sus partes?
—Si
lo prefieres, puedo demostrártela, en vez de hablar de ella.
En
ese momento, fue Mariana la que sonrió con expresión burlona y mirada
desafiante.
—¿Intentarías
seducirme? No creo que te atrevas.
Pablo
soltó una carcajada.
—Es
peligroso desafiarme.
Mariana
negó con la cabeza.
—Hablas
por hablar. No serías capaz de hacer nada que pudiera poner en riesgo tu
compromiso con Rocio.
—No
tendría por qué enterarse.
Se
había comportado como un monje hace bastante, tenía que admitirlo, por razones
de honor y por el simple hecho de que Rocio terminara con él si llegaban hasta ella rumores de infidelidad,
y terminara de arruinarse sus planes, sus únicos deslices había tenido mucho
cuidado, y los había hecho lejos de aquella ciudad
Rocio
jamás toleraría ni las discretas aventuras con Prostituta ante las que otras
esposas y prometidas hacían la vista gorda. Era demasiado posesiva, y sobre
todo con él.
Pablo sabía que aquella demanda de fidelidad
no tenía nada que ver con sus sentimientos, sino que todo era necesario que
tenía que responder de aquel modo si quería concretar su Plan
Mariana
era la única mujer que jamás le traicionaría, jamás le diría nada a Rocio
porque él conocía todos sus secretos.
La
mera idea le robó la respiración. Le gustaba. Sí, le seducía más de lo que
debería.
Cuando
Soledad había sugerido aquella tarde que debería intentarlo para alejar a
Mariana de Peter, no había tomado en serio aquella posibilidad. Pero en aquel
momento se estaba tomando la idea muy en serio.
Hacer
el amor con Mariana otra vez, desvelar su cuerpo a su mirada, a sus caricias…
presionar los labios contra aquella piel sedosa, saborearla, hacerla suya y volver a sentir su respuesta. Se excitó al
pensar en ello.
—Podría
contarle a Rocio que has intentado
seducirme —repuso Mariana, poniendo brusco fin a sus fantasías.
—Sé
demasiado de ti. Nunca me denunciarías por miedo a que pudiera traicionarte.
Se
miraron a los ojos con mutua hostilidad e idéntico deseo. Un deseo que parecía
elevar la temperatura del oscuro carruaje.
—No
me gustas.- se defendió mariana
Había
un deje de algo indescifrable en su voz que hizo arder la sangre de Pablo.
Mariana podía negar aquella atracción todo lo
que quisiera, pero él la conocía, su voz sono titubeante y no se sentía la
seguridad que ella quiso dar.
La había deseado desde el momento que la había
visto caminando hacia él en el salón de baile, y sabía que ella sentía lo mismo
que él, conocía las chispas de deseo en sus ojos, brillaba igual que cuando la
tuvo entre sus brazos
—¿Serías
capaz de hacer el amor con una mujer que no te gusta, solo para demostrarle que
se equivoca?
—Desde
luego —contestó Pablo—. Pero no sería ése tu caso, Mariana. Haría el amor
contigo porque te deseo, y tú responderías por la misma razón.
Vio
el escalofrío que provocaron sus palabras. Mariana quería negarlas, pero algo
la obligaba a guardar silencio.
Pablo
repentinamente le tomó la mano y le quitó el guante, tirando de los dedos uno a
uno hasta dejar al descubierto su piel desnuda.
Una
mano cálida, delicada y suave, todo lo que Mariana no era, reposó en la de él.
Éste rozó sus dedos con los labios. Quería hacerla temblar. Quería demostrarle
que no era indiferente a él para que no pudiera volver a negarlo. Giró la mano
y presionó los labios contra el pulso que latía en la muñeca. A pesar de la
inexpresividad del semblante de Mariana, latía a toda velocidad.
—Pareces
nerviosa —musitó contra la palma de la mano.
—En
absoluto —respondió Mariana con voz fría—. Solo tengo curiosidad por ver hasta
dónde eres capaz de llevar esta farsa.
Pablo
no pudo refrenar el deseo y pasó su lengua sobre su mano con una delicada
caricia.
Mariana
tenía un sabor delicioso, dulce y salado al mismo tiempo, un sabor que hizo
subir un escalón más su atracción hacia ella.
—Podría
llevarla mucho más lejos —respondió. La soltó y notó el escalofrío de alivio
que la sacudió—. Solo te he besado la mano —dijo con delicadeza—, ¿te ha
gustado?
—No,
no me ha gustado —su tono era firme, pero Pablo había sentido su temblor
cuando lo hizo.
—Pero
si estás temblando.
Se
inclinó para acariciar los mechones de pelo que rozaban su cuello. Eran más suaves que la seda y de ellos se
desprendía la más delicada esencia a rosas. Una esencia que le provocaba y
envolvía sus sentidos.
Rozó
delicadamente con los nudillos la delicada piel de su cuello. Mariana contuvo
la respiración y aquel sonido casi imperceptible bastó para traicionarla.
Pablo
dibujó con el dedo la base de su cuello y descendió ligeramente con los dedos
hasta el rico encaje que perfilaba el escote del vestido. Sintiendo como
mariana tragaba en seco.
Aquella
filigrana de encaje era más blanca que la cremosa piel que se escondía bajo él.
Diseñado para despertar el deseo carnal dando una apariencia de irreprochable
inocencia, ocultaba y enmarcaba al mismo tiempo los senos henchidos.
Pablo experimentó
la fuerte e incontrolable necesidad de desgarrar el encaje y deslizar la mano
bajo la seda, posarla sobre su seno y sentir el pezón endurecido contra su
palma. Aquel juego que había comenzado como un desafío y una provocación, había
cambiado de pronto. En aquel momento, y a pesar de toda su experiencia, era él
el que estaba excitado como un adolescente mientras Mariana parecía más fría
que la lluvia invernal. Sin embargo, el rápido latido de su pulso y el brillo
de sus ojos la traicionaban.
Pablo deslizó
el dedo entre el valle de sus senos y la sintió estremecerse bajo su contacto.
Estaban muy cerca.
Pablo podía
oír su respiración ligeramente agitada y disfrutar del rubor que teñía su piel,
coloreando su palidez. Tenía la boca ligeramente entreabierta y se mordía el
labio inferior. El cuerpo entero de Pablo se
tensó ante aquella imagen. No era capaz de pensar en nada que no fuera en el
hecho de que tenía que besarla en ese mismo instante, pero conservaba
suficiente cordura como para saber que, a pesar de su aparente aquiescencia, si
lo intentaba, probablemente Marian le lastimaría con algo.
No
iba a correr ese riesgo. Rápido como el rayo, le sujetó las muñecas y se las
envolvió con la tira del bolso. Mariana soltó un grito ahogado, pero él la
sujetó con fuerza, obligándola a mantener las manos en el regazo.
—Solo
quiero evitar que puedas hacerme daño —apenas reconocía su voz, ronca y
endurecida por el deseo.
Mariana
podría morderle, por supuesto, pero él
lo disfrutaría. Era un riesgo que estaba dispuesto a asumir.
Vio
relampaguear la furia en sus ojos, pero bajo su enfado, adivinó también una
fascinación que hizo rugir en su interior un hambre voraz.
—Eres
un maldito—le
insultó Mariana, con la voz ya no tan firme.
—Un
pirata. Y lo sabes —tiró del cordón del bolsito.
Con
aquel movimiento obligó a Mariana a acercarse. Pablo inclinó
entonces la cabeza para tomar sus labios.
Eran
unos labios suculentos que temblaron bajo los de él
como
los de una debutante que acabara de recibir su primer beso.
Parecían
inseguros, faltos de práctica, como si Mariana no hubiera besado a nadie en
mucho tiempo.
Pablo
vaciló un instante, completamente desconcertado por aquella respuesta. Ni por
un instante la supuso inocente. Su historia la contradecía. La propia Mariana
había negado su inocencia con sus palabras, pero aun así, su falta de sutileza
hablaba por sí misma. No había fingimiento alguno entre ellos. Era como si,
desde el momento en el que la había besado, todas las barreras se hubieran
derrumbado y ya no hubiera enfado ni resentimiento. Solo quedaban un dulce
anhelo y un punzante deseo.
Por un momento, Pablo se sintió envuelto en
una peligrosa emoción. Justo entonces, Mariana abrió los labios bajo los suyos
y al disfrutar de aquel sabor tan sorprendentemente familiar, tan tentador, sus
sentidos parecieron enloquecer. Se olvidó de todo y soltó el cordón para
abrazarla y besarla con voracidad, con pasión y con una ternura cada vez más
profunda.
Enredó su lengua con la suya, invitándola a una danza
de sensualidad. El deseo crecía en su interior como una fiera llama.

Vaya con Pablo ,estaba deseando volver a besarla.
ResponderEliminarVeremos en k acaba ese encuentro ,xk Lali se resistió ,pero una vez k comenzó,le va a costar resistirse mucho.