sábado, 24 de enero de 2015

Capítulo 20


Capítulo 20

Soledad salió de la casa de su Tio y fijó la mirada en la luna creciente que asomaba entre las ramas del cerezo de la plaza de enfrente. Llevaba allí tres horas, esperando a su amante. Era una noche cálida, hermosa, una noche hecha para el romanticismo. Se apreciaba la fragancia de las flores en el aire.
Daba la sensación de que hasta iba a comenzar a cantar un ruiseñor. Sin lugar a dudas, debía de haber muchos amantes prometiéndose amor eterno bajo la luna, pero Soledad tenía la sensación de que para ella no habría un final feliz. Llevaba tiempo sospechándolo, sabía que había sido una insensata al arriesgarlo todo a una partida de dados, al entregarse a un hombre con la esperanza de que él pudiera amarla. El amor no funcionaba de aquella forma.
Él había tomado todo lo que le había ofrecido, pero no le había dado nada a cambio, y el frío y creciente pavor que invadía su corazón le decía que jamás lo haría. Había jugado y había perdido.
Recordó de nuevo su infancia y cómo el juego siempre le había arrebatado la felicidad. Pensó en Pablo, que siempre había intentado protegerla del peligro y la desesperación que los había amenazado. Pablo sufriría una enorme decepción.
Soledad ahogó un sollozo.  Pablo no debía enterarse nunca de lo que había hecho, de los riesgos que había corrido, de todo lo que había perdido en el juego. No soportaría mirarle a los ojos y ver en ellos el horror y la vergüenza.
Peter su amante secreto, no iba a volver con ella. Lo sabía. Le había visto salir del baile con  Caroline Carew y había comprendido que aquél era el fin.
Aquella hermosa y misteriosa viuda le había quitado a Peter para siempre. No podía culparla. De verdad. Unos días atrás, odiaba a la bellísima Caroline Carew. Había querido culparla de todas sus desgracias. Pero era una persona honesta y no podía engañarse. Sabía que no se podía seducir a un hombre en contra de su voluntad.
Peter era un hombre débil, Soledad siempre lo había sabido, y aun así, continuaba queriéndole, estúpidamente.
Alzó la mano para secar las lágrimas de sus mejillas. Justo en ese momento, oyó los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calle y se ocultó entre las sombras.
Un coche de alquiler se detuvo afuera de la casa y vio a Peter bajando de él y tendiéndole la mano a la dama que le acompañaba para ayudarla a bajar.
Le pasó el brazo por la cintura y la acompañó hacia la puerta. Soledad podía percibir su impaciencia y ver también cómo la dama, si de una dama se trataba, reía y protestaba por su precipitación mientras se detenía para darle un largo, profundo y apasionado beso.
—¡Así que es así como celebras tu compromiso! —le oyó decir Soledad a la mujer cuando se separaba—. ¡Qué detalle tan encantador, querido!
No era Caroline Carew. Aquella mujer iba pintada y se movía como una prostituta. Era la primera vez que Soledad la veía, pero no tuvo ningún problema para identificarla como lo que era.
Sintió crecer una tristeza enorme en su interior y se apoderó de su alma un enorme cansancio. Llegó a sentir incluso una inesperada compasión por Caroline Carew.
Había algo en aquella mujer que le gustaba, a pesar de que había sabido, desde el primer momento, que representaba un serio peligro para ella. Era una sensación inexplicable y extraña, pero deseó que todo hubiera sido diferente.
Cuadró los hombros. Las cosas eran tal y como eran. Tanto ella como Caroline Carew habían perdido, cada una a su manera. Quizá a caroline  Carew no le importara que Peter estuviera con otra mujer la noche que se habían comprometido. No lo sabía. Lo único que sabía era que a ella le importaba lo que había perdido. Y le dolía. Le dolía como jamás le había dolido algo en toda su vida.
Eran más de las tres de la mañana cuando el carruaje volvió a Street y se detuvo ante el número veintiuno.
Mariana descendió agotada y caminó hacia la puerta de su casa. No había nada que deseara más que quitarse los zapatos, meterse en la cama y dormir tanto como necesitara. Dormir para siempre. Estaba exhausta y tenía el corazón destrozado.
Era consciente de que debería sentirse satisfecha. Más que satisfecha, incluso. Debería sentirse triunfante.
Todos sus planes se habían hecho realidad. Había conseguido lo que quería. Había atrapado a Peter.
Peter le había propuesto matrimonio formalmente y, naturalmente, ella había aceptado encantada. Los duques de Alton se llevarían una gran alegría. Y, lo más importante, por fin le pagarían y ella podría comenzar a desenmarañar aquella telaraña de mentiras, pagar sus deudas, comenzar desde cero, regresar con sus mellizos e iniciar una nueva vida junto a ellos, muy lejos de aquel ambiente contaminado por la falta de honestidad y el fraude.
Mientras que Pablo seguiría con Roció y se casaría con ella muy pronto.
A pesar de que no era una mujer acostumbrada a llorar, se le hizo un nudo en la garganta al pensar en ello.
Mariana rechazó las atenciones del mayordomo y, bostezando, envió Alelí a la cama. No la necesitaba para desnudarse y no tenía intención de hacer nada más que quitarse la ropa y dejarse arrastrar por el sueño.
Ignoró las cartas que esperaban en la mesita de la entrada. Sabía que solo la esperaban invitaciones, otra carta amenazadora de los prestamistas y, seguramente, un anónimo.
 Lo estaba esperando desde que había recibido el último. Sabía que él, o ella, le reclamarían algo a cambio de su silencio.
De momento, se negaba a pensar en ello. Todo podía esperar hasta el día siguiente. Subió cansada las escaleras, con los zapatos en la mano, permitiendo que los pies se hundieran en la alfombra. Iba a echar de menos aquella vida plagada de lujos, pensó.
 Era una delicia vivir rodeada de comodidades. Pero aquella casa, su vida entera, era una ilusión. Nada le pertenecía: ni la casa, ni la ropa, ni su nombre, ni la historia de Carolina Carew. Todo era mentira. Y estaba cansada de tanta falsedad.
Se deslizó en la intimidad del dormitorio. La habitación era todo sombra y oro. Y en el centro de la enorme cama estaba  Pablo Martinez completamente vestido, con los brazos detrás de la cabeza y observándola con un fuerte brillo en sus ojos verdes.
Mariana pareció despertarse de pronto, sintió la excitación atravesándola como un rayo, arrastrando el cansancio y despertando todos sus sentidos a una nueva vida. Cerró la puerta del dormitorio suavemente tras ella y avanzó al interior de la habitación.
Pablo no se movió, y tampoco apartó la mirada de su rostro. Mariana se sintió desnuda y vulnerable bajo su fría mirada. El pulso se le aceleró. Tomó aire.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Era una pregunta estúpida, puesto que conocía de sobra la respuesta. Sabía lo que  Pablo quería. Y también ella lo deseaba y posiblemente más que él.
 Durante las tres noches anteriores, había sufrido el anhelo de querer volver a estar en sus brazos, de sentir la presión de su cuerpo contra el suyo.
Quería sus besos, quería sus manos sobre su piel, quería unirse a él, quería su cuerpo, quería sentirse suya, había estado completamente celosa toda la velada de ver a Roció disfrutarlo y presumirlo como solo suyo.
Por un momento, se sintió débil y ligeramente mareada.
El corazón le martilleaba en el pecho. Deseaba a Pablo y no podía negarlo. Pero no iba a volver a cometer el error de acostarse con él.
—Sabías que estaba aquí —dijo Pablo—. Le has pedido a tu doncella que se retire. ¿Por qué ibas a hacerlo, a no ser que supieras que te estaba esperando?
—Estaba cansada. No la necesitaba —sacudió la cabeza—. Qué arrogante eres, para asumir que podía haber otro motivo. Sobre todo cuando ya te dije que no volvería a acostarme contigo.
Pablo sonrió y se estiró en la cama.
Marina intentó no fijarse en el movimiento de los músculos que se adivinaba bajo la camisa y su pantalón.
 Desvió la mirada hacia el rostro de Pablo, comprendió que éste le había leído el pensamiento y deseó darle una bofetada por ser tan pretencioso.
- ¿te gusta lo que ves no?-sentenció
Lo miro enfada por su comentario tan pretencioso y trato de  ignorando—¿Cómo has conseguido entrar? Los sirvientes no saben…
Se le quebró la voz y vio que Pablo sonreía y su sonrisa era letal para ella y lo odiaba por eso.
—Por supuesto que no. Puedo llegar a ser muy discreto. He subido por el balcón —señaló hacia los ventanales que daban al jardín—. El duque de Portland debería de tener más cuidado con su casa.
—Es evidente que un libertino como vos lo use con frecuencia—repuso Mariana con frialdad. Puso los brazos en jarras—. Creo que deberías marcharte. No sé si lo recuerdas, pero hace unas horas has intentado seducirme para sonsacarme mis secretos. Y has fracasado —se volvió—. Márchate. Deja de jugar conmigo. vete con tu Prometida que lo por lo visto te gusta más de lo que queres aparentar,  ya que estaban tan cariñosos  yo Estoy cansada y quiero acostarme. Sola.
Pablo sonrió -Estas celosa?
.-Por supuesto que No!-. Exclamo Mariana molesta
Se quitó la capa y dejó que cayera como un charco de terciopelo a sus pies. Vio que Pablo seguía el movimiento con la mirada para fijarla después en los hombros desnudos que el vestido de seda dejaba al descubierto.
Mariana sabía, sin necesidad de mirarse en el espejo, que su piel estaba teñida de rosa por el ardor de los besos de Peter. No le había quedado más remedio que permitir que Peter se tomara algunas licencias aquella noche para conseguir exactamente lo que quería. Por un momento, se sintió fría, utilizada y sucia.
El brillo salvaje de la mirada de Pablo se intensificó mientras deslizaba la mirada sobre ella y la detenía sobre las manchas delatoras que cubrían su piel.
Pero Mariana no se movió. Permaneció inmóvil donde estaba, atrapada por la luz de sus ojos. Sintiéndose sucia antes sus ojos, sus ojos nuevamente se cristalizaron por las lágrimas, no soportaba aquel desprecio y furia que le disparan los ojos de Pablo, que estuvo a punto de estallar en llanto.
—No estaba seguro de si volverías esta noche —susurró furioso Pablo al cabo de unos segundos.
—¿O  si Peter volvería conmigo? —preguntó Mariana. Tomó aire—. Ya te dije antes que eso no es asunto tuyo.
Pablo no apartaba la mirada de su rostro. Mariana podía sentir la violencia que emanaba de él, una violencia a duras penas contenida.
Vio que se movía un músculo de su mandíbula, lo sabía estaba furioso, no le gusto para nada lo que vio en su piel. y por una extraña razón le importaba demasiado, y ya no podía aguantar las lágrimas, hiriéndose profundamente por desilusionarlo
—¿Has hecho el amor con él? —parecía estar haciendo la pregunta en contra de su voluntad, mirándola con furia
Antes de que Mariana pudiera responder, se levantó de la cama y la agarró de los antebrazos y con un despiadado  tono de voz.
—¡Maldita seas mariana!. No lo entiendo, sos una prostituta y te odio, jamás pensé que podías a llegar a caer tan bajo.
Pero hayas hecho lo que hayas hecho con Peter, continúo deseándote! —la recorrió de los pies a la cabeza con aquella mirada cargada de furia.
—. Me parece imposible, que seas una prostituta pero es cierto-.
Ella lo miro con profundo dolor y con lágrimas en los ojos, pero antes que pudiera decir cualquier cosa y defenderse
Pablo Enmarcó su rostro con las manos y buscó sus labios. Una vez más, la ternura de sus labios contra su boca marcaba un inquietante contrapunto con el enfado que Mariana sentía bullir dentro de él.
—Sería capaz de hacer el amor contigo aunque tu cuerpo conserve la marca de sus besos y sus manos.- Sentencio furioso
Volvió a besarla, con mucho más dureza en aquella ocasión, hundiendo la lengua en su boca y exigiendo una respuesta que la encontró de inmediato y mordió su labio.
—¿Lo has conseguido? —preguntó con desprecio cuando la soltó—. ¿Ya tienes lo que buscabas? Completamente enojado
—Mañana anunciarán el compromiso en el periódico —susurró Mariana a penas, escalandosamente alterada y aturdida aún por su beso, y  con miedo por su reacción, mientras que con su dedo sobre su labio trataba  de calmar el ardor y limpiar la sangre
Le oyó soltar la respiración antes de estrecharla de tal manera contra él que Mariana podía sentir los latidos de su corazón contra su pecho.
—Maldita seas mar… —estaba temblando—, ¿por qué estás haciendo esto? ¿ Maldición Por que lo hiciste?
Entonces fue Mariana la que se enfadó. Le empujó para apartarlo de ella. Limpiándose la sangre de su labio
—Estoy asegurando mi futuro, Pablo. Al igual que lo estás haciendo tú a través del matrimonio con tu estúpida Rubia. Ésa es la única razón por la que estoy haciendo esto.
De pronto, deseaba contarle todo. Le resultaba extraño, porque era la última persona en la que debería confiar, pero se sentía muy sola llevando una doble vida y Pablo era el único que sabía realmente quién era, pero sobretodo no soportaba el desprecio que emanaba sus ojos;  no soportaba que él  pensara que era una prostituta.
 ella siempre había sido extremadamente dura y fuerte incapaz de llorar y ante él era un manojo de sentimientos, tan vulnerable, que estaba a punto de estallar en llanto
—Los dos estamos haciendo lo que tenemos que hacer. Tú casándote con Rocio y yo casándome con Peter.
—Esto no tiene nada que ver con el Imbecil de Peter o con Rocio —replicó Pablo con dureza.
La estrechó entre sus brazos y la besó como si su vida dependiera de ello.
Mariana enredó la lengua con la suya y le bastó disfrutar de su sabor y respirar su esencia para sentirse de nuevo embriagada.
—Dijimos que no deberíamos… —comenzó a decir cuando Pablo
Abandonó sus labios.
—Sabías que volvería a ocurrir —contestó Pablo con dureza y furia—. ¿Cómo no íbamos a repetirlo?

Cómo no iba a repetirlo, pensó Mariana, si durante todo aquel proceso en busca de fortuna se habían comportado como si fueran las dos mitades de un todo, dos personas que se completaban y que, contra todo pronóstico, necesitaban estar juntas. El mero pensamiento la horrorizaba. Habría sido mucho más fácil fingir que era el simple deseo lo que los unía. Pero no habría sido cierto. Era mucho más lo que sentía por Pablo. Siempre lo había sido, aunque él no lo sintiera.

Pablo tomó su rostro entre las manos y volvió a besarla.
Había enfado en él y una extraña angustia e inquietud, furia, celos y posesión. y lo peor de todo era que ella quería calmarlo, como sea así fuera con su cuerpo, así pensara que sea una prostituta solo quería calmarlo; no soportaba su desprecio y a la vez solo quería tenerlo para ella, lo deseaba con tal fuerza que su cuerpo le pedía a gritos que no se detenga

Le quitó bruscamente el vestido totalmente furioso. Al oír cómo saltaban las costuras, y rompía el vestido Mariana protestó.
—Ya te comprarán otro tus amigos, los duques de Alton, puesto que parecen tener tanto interés en que seduzcas a su heredero —le espetó Pablo con furia.
La hizo volverse hacia la luz de la vela, de manera que un resplandor dorado bañara su cuerpo.
—Maldita sea … —Volvió a decir pensando en que Peter la había tocado y besado su cuerpo desnudo
Volvió a recorrerla de los pies a la cabeza, y no hubo un solo milímetro de la piel de Mariana que no ardiera ante la fuerza de sus ojos, experimentando el sentimiento de sentirse completamente propiedad de Pablo.
Pablo la miro furioso - No soporto pensar en que se hubiera  revocado con Peter ello siquiera
—Pero no hemos… —comenzó a decir Mariana con vos titubeante en un susurro para calmar la furia de pablo.
Pablo la silenció negando con la cabeza y con un tono de voz severo,
—Ahórramelo.
La tomo con brusquedad entre sus brazos y la tumbó en la cama y le sostuvo con una mano las muñecas.
Mariana se retorció para liberarse, pero él se limitó a continuar presionando y la retuvo tumbada sin dificultad.
 A Mariana le dio un vuelco el corazón al comprender que, en aquella ocasión, no iba a esperar, más al ver la furia en sus ojos, Se apoderó de ella una fuerte alegría. Estaba deseando aquel encuentro. Se sentía desesperadamente carnal.
Pablo cerró su boca ardiente sobre uno de los pezones, y Mariana sintió un estallido de placer atravesando su cuerpo entero. 
Pablo succionó salvajemente sus pezones en un gesto posesivo  y ella continuó retorciéndose sin parar, intentando liberar sus manos. El comenzó a descender. Mariana emitió un jadeo que terminó convertido en un gemido de frustración. Al parecer se había equivocado. 
Pablo estaba dispuesto a hacerla esperar y ella no quería esperar.
—Parece que la velada no ha sido tan satisfactoria como cabría imaginar —susurró mientras rozaba su seno con los labios. Le lamió el pezón, lo volvió a succionar—. ¿Lo ha sido, Mar? Pregunto con un fuerte tono de vos que emanaba su enojo mientras apretaba sus muñecas y volvía a pasar la lengua por su pezón en un gesto posesivo
—Pablo por favor… Replico mariana sin aliento mientras se retorcía de placer y su cadera lo buscaba en un pedido desesperada sintiendo su firme miembro sobre ella
—Mañana anunciarás tu compromiso con otro hombre.
Pablo se interrumpió y ella  sintió la caricia de su respiración sobre su piel.
 Pablo succionó de nuevo el pezón sin compasión pasándose de un seno al otro. Otra llamarada encendió el cuerpo entero de Mariana, dejándola temblando y furiosa por el dominio que parecía tener sobre ella.
—¿Qué estás intentando demostrar? —le preguntó entre dientes y jadeos y espasmos de placer.
Vio el resplandor de los dientes de Pablo cuando éste sonrió complacido
—Solo que sientes por mí algo que jamás sentirás por Peter.
—Así que es orgullo —le reprochó con enfado y desprecio, a pesar de su excitación—. Pero Pablo comenzó a moverse sobre ella rápidamente haciéndole sentir la dureza de su miembro sobre su cuerpo, sin soltarla de las muñecas ella se retorció rendida ante él  totalmente sofocada e involuntariamente sus piernas se abrieron, entregándole completamente su intimidad;  moviéndose en un ritmo desesperado que dejaba en evidencia su deseo de sentirlo adentro, en jadeante susurro le contesto 
—En ese caso, lo admito libremente. Jamás responderé a Peter como te respondo a ti. De modo que si lo que querías era demostrar algo, ya puedes marcharte, por favor para. Pidió desesperada  gimiendo antes sus movientes sobre ella. 
Pablo tomo sus manos con una sola y con la otra acarició su vientre.
—Me temo que no.  se detuvo sintiendo como mariana estaba completamente agitada y el la miro con furia apretando sus muñecas
Te revolcaste con él? Dejaste que te hiciera suya? Que tuviera tu cuerpo. Mar lo miraba con miedo, pero a la vez trataba de controlar su respiración para poder calmarlo y hablar, ya que se estaba imaginando algo que no paso y vio como con furia comenzaba a desprenderse el pantalón dispuesto hacerle suya sin compasión
 —contéstame  ya no sos mia —replico furioso pablo. Ella  asintió rápidamente pero 
Continuaba enfadada, ante sus reclamos pese a que las caricias de Pablo le hacían estremecerse de deseo.

Desesperada al ver la furia con que se desprendía los pantalones sacando su miembro le respondió—si sigo siendo tuya, No me acosté con él!, solo deje que me besara un poco los hombros, pero no me desvistió, pero sabes que eres un hipócrita al pedirme ese tipo de reclamos—le reprochó con amargura—. Al fin y al cabo, tú tampoco eres mío, ¿no es cierto, Pablo? Perteneces a otra mujer. En ese momento vio como el semblante de Pablo se tranquilizó al igual que su cuerpo se calmaba
Demostrando una asombrosa capacidad para la ternura, la besó con infinita delicadeza, como si quisiera llegarle hasta el alma que mar estuvo a punto de estallar de llanto lo necesitaba tanto. Cuando se separó de ella, los dos estaban temblando. Pablo le apartó el pelo de la frente, haciéndole sentir las frías yemas de sus dedos contra su piel.
—Años atrás nos pertenecimos el uno al otro, Mar. Y esta noche, podemos hacerlo otra vez.

10 comentarios:

  1. Me encanto
    Los payasitos se aman!!!
    X fin va a dejar de trabajar pa los duques y le podrá decir la verdad
    Pobre sole x favor :(
    Maaaaas

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  2. me encantaaaaaaaaaaaaaaaa,seguila! ^_^

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  3. K mal la trata Pablo,todo xk piensa mal d ella

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  4. Vuelve tambn con esta novela!!

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  5. Nos tienes muy abandonadas con tus novelas! Vuelve pronto

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  6. Hola me gustó mucho la nove pablali. Seguirla escribiendo pronto espero el próximo capítulo

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  7. Nove Nove nove. Más nove quiero seguí leer

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