Capítulo 20
Soledad salió de la casa de su Tio y fijó la
mirada en la luna creciente que asomaba entre las ramas del cerezo de la plaza
de enfrente. Llevaba allí tres horas, esperando a su amante. Era una noche
cálida, hermosa, una noche hecha para el romanticismo. Se apreciaba la
fragancia de las flores en el aire.
Daba la sensación de que hasta iba a comenzar a
cantar un ruiseñor. Sin lugar a dudas, debía de haber muchos amantes
prometiéndose amor eterno bajo la luna, pero Soledad tenía la sensación de que
para ella no habría un final feliz. Llevaba tiempo sospechándolo, sabía que
había sido una insensata al arriesgarlo todo a una partida de dados, al
entregarse a un hombre con la esperanza de que él pudiera amarla. El amor no
funcionaba de aquella forma.
Él había tomado todo lo que le había ofrecido,
pero no le había dado nada a cambio, y el frío y creciente pavor que invadía su
corazón le decía que jamás lo haría. Había jugado y había perdido.
Recordó de nuevo su infancia y cómo el juego
siempre le había arrebatado la felicidad. Pensó en Pablo, que siempre había
intentado protegerla del peligro y la desesperación que los había amenazado.
Pablo sufriría una enorme decepción.
Soledad ahogó un sollozo. Pablo no debía enterarse nunca de lo que
había hecho, de los riesgos que había corrido, de todo lo que había perdido en
el juego. No soportaría mirarle a los ojos y ver en ellos el horror y la
vergüenza.
Peter su amante secreto, no iba a volver con
ella. Lo sabía. Le había visto salir del baile con Caroline Carew y había comprendido que aquél
era el fin.
Aquella hermosa y misteriosa viuda le había
quitado a Peter para siempre. No podía culparla. De verdad. Unos días atrás,
odiaba a la bellísima Caroline Carew. Había querido culparla de todas sus
desgracias. Pero era una persona honesta y no podía engañarse. Sabía que no se
podía seducir a un hombre en contra de su voluntad.
Peter era un hombre débil, Soledad siempre lo
había sabido, y aun así, continuaba queriéndole, estúpidamente.
Alzó la mano para secar las lágrimas de sus
mejillas. Justo en ese momento, oyó los cascos de un caballo sobre los
adoquines de la calle y se ocultó entre las sombras.
Un coche de alquiler se detuvo afuera de la casa
y vio a Peter bajando de él y tendiéndole la mano a la dama que le acompañaba
para ayudarla a bajar.
Le pasó el brazo por la cintura y la acompañó
hacia la puerta. Soledad podía percibir su impaciencia y ver también cómo la
dama, si de una dama se trataba, reía y protestaba por su precipitación
mientras se detenía para darle un largo, profundo y apasionado beso.
—¡Así que es así como celebras tu compromiso!
—le oyó decir Soledad a la mujer cuando se separaba—. ¡Qué detalle tan
encantador, querido!
No era Caroline Carew. Aquella mujer iba pintada
y se movía como una prostituta. Era la primera vez que Soledad la veía, pero no
tuvo ningún problema para identificarla como lo que era.
Sintió crecer una tristeza enorme en su interior
y se apoderó de su alma un enorme cansancio. Llegó a sentir incluso una
inesperada compasión por Caroline Carew.
Había algo en aquella mujer que le gustaba, a
pesar de que había sabido, desde el primer momento, que representaba un serio
peligro para ella. Era una sensación inexplicable y extraña, pero deseó que
todo hubiera sido diferente.
Cuadró los hombros. Las cosas eran tal y como
eran. Tanto ella como Caroline Carew habían perdido, cada una a su manera.
Quizá a caroline Carew no le importara
que Peter estuviera con otra mujer la noche que se habían comprometido. No lo
sabía. Lo único que sabía era que a ella le importaba lo que había perdido. Y
le dolía. Le dolía como jamás le había dolido algo en toda su vida.
Eran más de las tres de la mañana cuando el
carruaje volvió a Street y se detuvo ante el número veintiuno.
Mariana descendió agotada y caminó hacia la
puerta de su casa. No había nada que deseara más que quitarse los zapatos,
meterse en la cama y dormir tanto como necesitara. Dormir para siempre. Estaba
exhausta y tenía el corazón destrozado.
Era consciente de que debería sentirse
satisfecha. Más que satisfecha, incluso. Debería sentirse triunfante.
Todos sus planes se habían hecho realidad.
Había conseguido lo que quería. Había atrapado a Peter.
Peter le había propuesto matrimonio
formalmente y, naturalmente, ella había aceptado encantada. Los duques de Alton
se llevarían una gran alegría. Y, lo más importante, por fin le pagarían y ella
podría comenzar a desenmarañar aquella telaraña de mentiras, pagar sus deudas,
comenzar desde cero, regresar con sus mellizos e iniciar una nueva vida junto a
ellos, muy lejos de aquel ambiente contaminado por la falta de honestidad y el
fraude.
Mientras que Pablo seguiría con Roció y se
casaría con ella muy pronto.
A pesar de que no era una mujer acostumbrada
a llorar, se le hizo un nudo en la garganta al pensar en ello.
Mariana rechazó las atenciones del mayordomo
y, bostezando, envió Alelí a la cama. No la necesitaba para desnudarse y no
tenía intención de hacer nada más que quitarse la ropa y dejarse arrastrar por
el sueño.
Ignoró las cartas que esperaban en la mesita
de la entrada. Sabía que solo la esperaban invitaciones, otra carta amenazadora
de los prestamistas y, seguramente, un anónimo.
Lo
estaba esperando desde que había recibido el último. Sabía que él, o ella, le
reclamarían algo a cambio de su silencio.
De momento, se negaba a pensar en ello. Todo
podía esperar hasta el día siguiente. Subió cansada las escaleras, con los
zapatos en la mano, permitiendo que los pies se hundieran en la alfombra. Iba a
echar de menos aquella vida plagada de lujos, pensó.
Era
una delicia vivir rodeada de comodidades. Pero aquella casa, su vida entera,
era una ilusión. Nada le pertenecía: ni la casa, ni la ropa, ni su nombre, ni
la historia de Carolina Carew. Todo era mentira. Y estaba cansada de tanta
falsedad.
Se deslizó en la intimidad del dormitorio. La
habitación era todo sombra y oro. Y en el centro de la enorme cama estaba Pablo Martinez completamente vestido, con los
brazos detrás de la cabeza y observándola con un fuerte brillo en sus ojos
verdes.
Mariana pareció despertarse de pronto, sintió
la excitación atravesándola como un rayo, arrastrando el cansancio y
despertando todos sus sentidos a una nueva vida. Cerró la puerta del dormitorio
suavemente tras ella y avanzó al interior de la habitación.
Pablo no se movió, y tampoco apartó la mirada
de su rostro. Mariana se sintió desnuda y vulnerable bajo su fría mirada. El
pulso se le aceleró. Tomó aire.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Era una pregunta estúpida, puesto que conocía
de sobra la respuesta. Sabía lo que
Pablo quería. Y también ella lo deseaba y posiblemente más que él.
Durante las tres noches anteriores, había
sufrido el anhelo de querer volver a estar en sus brazos, de sentir la presión
de su cuerpo contra el suyo.
Quería sus besos, quería sus manos sobre su
piel, quería unirse a él, quería su cuerpo, quería sentirse suya, había estado
completamente celosa toda la velada de ver a Roció disfrutarlo y presumirlo
como solo suyo.
Por un momento, se sintió débil y ligeramente
mareada.
El corazón le martilleaba en el pecho.
Deseaba a Pablo y no podía negarlo. Pero no iba a volver a cometer el
error de acostarse con él.
—Sabías que estaba aquí —dijo Pablo—. Le has
pedido a tu doncella que se retire. ¿Por qué ibas a hacerlo, a no ser que
supieras que te estaba esperando?
—Estaba cansada. No la necesitaba —sacudió la
cabeza—. Qué arrogante eres, para asumir que podía haber otro motivo. Sobre
todo cuando ya te dije que no volvería a acostarme contigo.
Pablo sonrió y se estiró en la cama.
Marina intentó no fijarse en el movimiento de
los músculos que se adivinaba bajo la camisa y su pantalón.
Desvió
la mirada hacia el rostro de Pablo, comprendió que éste le había leído el
pensamiento y deseó darle una bofetada por ser tan pretencioso.
- ¿te gusta lo que ves no?-sentenció
Lo miro enfada por su comentario tan
pretencioso y trato de ignorando—¿Cómo
has conseguido entrar? Los sirvientes no saben…
Se le quebró la voz y vio que Pablo sonreía y
su sonrisa era letal para ella y lo odiaba por eso.
—Por supuesto que no. Puedo llegar a ser muy
discreto. He subido por el balcón —señaló hacia los ventanales que daban al
jardín—. El duque de Portland debería de tener más cuidado con su casa.
—Es evidente que un libertino como vos lo use
con frecuencia—repuso Mariana con frialdad. Puso los brazos en jarras—. Creo
que deberías marcharte. No sé si lo recuerdas, pero hace unas horas has
intentado seducirme para sonsacarme mis secretos. Y has fracasado —se volvió—.
Márchate. Deja de jugar conmigo. vete con tu Prometida que lo por lo visto te
gusta más de lo que queres aparentar, ya
que estaban tan cariñosos yo Estoy
cansada y quiero acostarme. Sola.
Pablo sonrió -Estas celosa?
.-Por supuesto que No!-. Exclamo Mariana
molesta
Se quitó la capa y dejó que cayera como un
charco de terciopelo a sus pies. Vio que Pablo seguía el movimiento con la
mirada para fijarla después en los hombros desnudos que el vestido de seda
dejaba al descubierto.
Mariana sabía, sin necesidad de mirarse en el
espejo, que su piel estaba teñida de rosa por el ardor de los besos de Peter.
No le había quedado más remedio que permitir que Peter se tomara algunas
licencias aquella noche para conseguir exactamente lo que quería. Por un
momento, se sintió fría, utilizada y sucia.
El brillo salvaje de la mirada de Pablo se
intensificó mientras deslizaba la mirada sobre ella y la detenía sobre las
manchas delatoras que cubrían su piel.
Pero Mariana no se movió. Permaneció inmóvil
donde estaba, atrapada por la luz de sus ojos. Sintiéndose sucia antes sus
ojos, sus ojos nuevamente se cristalizaron por las lágrimas, no soportaba aquel
desprecio y furia que le disparan los ojos de Pablo, que estuvo a punto de
estallar en llanto.
—No estaba seguro de si volverías esta noche
—susurró furioso Pablo al cabo de unos segundos.
—¿O si
Peter volvería conmigo? —preguntó Mariana. Tomó aire—. Ya te dije antes que eso
no es asunto tuyo.
Pablo no apartaba la mirada de su rostro.
Mariana podía sentir la violencia que emanaba de él, una violencia a duras
penas contenida.
Vio que se movía un músculo de su mandíbula,
lo sabía estaba furioso, no le gusto para nada lo que vio en su piel. y por una
extraña razón le importaba demasiado, y ya no podía aguantar las lágrimas, hiriéndose
profundamente por desilusionarlo
—¿Has hecho el amor con él? —parecía estar
haciendo la pregunta en contra de su voluntad, mirándola con furia
Antes de que Mariana pudiera responder, se
levantó de la cama y la agarró de los antebrazos y con un despiadado tono de voz.
—¡Maldita seas mariana!. No lo entiendo, sos
una prostituta y te odio, jamás pensé que podías a llegar a caer tan bajo.
Pero hayas hecho lo que hayas hecho con
Peter, continúo deseándote! —la recorrió de los pies a la cabeza con aquella
mirada cargada de furia.
—. Me parece imposible, que seas una
prostituta pero es cierto-.
Ella lo miro con profundo dolor y con lágrimas
en los ojos, pero antes que pudiera decir cualquier cosa y defenderse
Pablo Enmarcó su rostro con las manos y buscó
sus labios. Una vez más, la ternura de sus labios contra su boca marcaba un
inquietante contrapunto con el enfado que Mariana sentía bullir dentro de él.
—Sería capaz de hacer el amor contigo aunque
tu cuerpo conserve la marca de sus besos y sus manos.- Sentencio furioso
Volvió a besarla, con mucho más dureza en
aquella ocasión, hundiendo la lengua en su boca y exigiendo una respuesta que
la encontró de inmediato y mordió su labio.
—¿Lo has conseguido? —preguntó con desprecio
cuando la soltó—. ¿Ya tienes lo que buscabas? Completamente enojado
—Mañana anunciarán el compromiso en el periódico
—susurró Mariana a penas, escalandosamente alterada y aturdida aún por su beso,
y con miedo por su reacción, mientras
que con su dedo sobre su labio trataba de
calmar el ardor y limpiar la sangre
Le oyó soltar la respiración antes de
estrecharla de tal manera contra él que Mariana podía sentir los latidos de su
corazón contra su pecho.
—Maldita seas mar… —estaba temblando—, ¿por
qué estás haciendo esto? ¿ Maldición Por que lo hiciste?
Entonces fue Mariana la que se enfadó. Le
empujó para apartarlo de ella. Limpiándose la sangre de su labio
—Estoy asegurando mi futuro, Pablo. Al igual
que lo estás haciendo tú a través del matrimonio con tu estúpida Rubia. Ésa es
la única razón por la que estoy haciendo esto.
De pronto, deseaba contarle todo. Le
resultaba extraño, porque era la última persona en la que debería confiar, pero
se sentía muy sola llevando una doble vida y Pablo era el único que sabía
realmente quién era, pero sobretodo no soportaba el desprecio que emanaba sus
ojos; no soportaba que él pensara que era una prostituta.
ella
siempre había sido extremadamente dura y fuerte incapaz de llorar y ante él era
un manojo de sentimientos, tan vulnerable, que estaba a punto de estallar en
llanto
—Los dos estamos haciendo lo que tenemos que
hacer. Tú casándote con Rocio y yo casándome con Peter.
—Esto no tiene nada que ver con el Imbecil de
Peter o con Rocio —replicó Pablo con dureza.
La estrechó entre sus brazos y la besó como
si su vida dependiera de ello.
Mariana enredó la lengua con la suya y le
bastó disfrutar de su sabor y respirar su esencia para sentirse de nuevo
embriagada.
—Dijimos que no deberíamos… —comenzó a decir
cuando Pablo
Abandonó sus labios.
—Sabías que volvería a ocurrir —contestó
Pablo con dureza y furia—. ¿Cómo no íbamos a repetirlo?
Cómo no iba a repetirlo, pensó Mariana, si
durante todo aquel proceso en busca de fortuna se habían comportado como si
fueran las dos mitades de un todo, dos personas que se completaban y que,
contra todo pronóstico, necesitaban estar juntas. El mero pensamiento la
horrorizaba. Habría sido mucho más fácil fingir que era el simple deseo lo que
los unía. Pero no habría sido cierto. Era mucho más lo que sentía por Pablo.
Siempre lo había sido, aunque él no lo sintiera.
Pablo tomó su rostro entre las manos y volvió
a besarla.
Había enfado en él y una extraña angustia e
inquietud, furia, celos y posesión. y lo peor de todo era que ella quería
calmarlo, como sea así fuera con su cuerpo, así pensara que sea una prostituta
solo quería calmarlo; no soportaba su desprecio y a la vez solo quería tenerlo
para ella, lo deseaba con tal fuerza que su cuerpo le pedía a gritos que no se
detenga
Le quitó bruscamente el vestido totalmente
furioso. Al oír cómo saltaban las costuras, y rompía el vestido Mariana
protestó.
—Ya te comprarán otro tus amigos, los duques
de Alton, puesto que parecen tener tanto interés en que seduzcas a su heredero
—le espetó Pablo con furia.
La hizo volverse hacia la luz de la vela, de
manera que un resplandor dorado bañara su cuerpo.
—Maldita sea … —Volvió a decir pensando en
que Peter la había tocado y besado su cuerpo desnudo
Volvió a recorrerla de los pies a la cabeza,
y no hubo un solo milímetro de la piel de Mariana que no ardiera ante la fuerza
de sus ojos, experimentando el sentimiento de sentirse completamente propiedad
de Pablo.
Pablo la miro furioso - No soporto pensar en
que se hubiera revocado con Peter ello
siquiera
—Pero no hemos… —comenzó a decir Mariana con
vos titubeante en un susurro para calmar la furia de pablo.
Pablo la silenció negando con la cabeza
y con un tono de voz severo,
—Ahórramelo.
La tomo con brusquedad entre sus brazos y la
tumbó en la cama y le sostuvo con una mano las muñecas.
Mariana se retorció para liberarse,
pero él se limitó a continuar presionando y la retuvo tumbada sin
dificultad.
A
Mariana le dio un vuelco el corazón al comprender que, en aquella ocasión, no
iba a esperar, más al ver la furia en sus ojos, Se apoderó de ella una fuerte
alegría. Estaba deseando aquel encuentro. Se sentía desesperadamente carnal.
Pablo cerró su boca ardiente sobre uno
de los pezones, y Mariana sintió un estallido de placer atravesando su cuerpo
entero.
Pablo succionó salvajemente sus pezones en un
gesto posesivo y ella continuó
retorciéndose sin parar, intentando liberar sus manos. El comenzó a
descender. Mariana emitió un jadeo que terminó convertido en un gemido de
frustración. Al parecer se había equivocado.
Pablo estaba dispuesto a hacerla esperar y
ella no quería esperar.
—Parece que la velada no ha sido tan
satisfactoria como cabría imaginar —susurró mientras rozaba su seno con los
labios. Le lamió el pezón, lo volvió a succionar—. ¿Lo ha sido, Mar? Pregunto
con un fuerte tono de vos que emanaba su enojo mientras apretaba sus muñecas y
volvía a pasar la lengua por su pezón en un gesto posesivo
—Pablo por favor… Replico mariana sin aliento
mientras se retorcía de placer y su cadera lo buscaba en un pedido desesperada
sintiendo su firme miembro sobre ella
—Mañana anunciarás tu compromiso con otro
hombre.
Pablo se interrumpió y ella sintió la caricia de su respiración sobre su
piel.
Pablo succionó de nuevo el pezón sin
compasión pasándose de un seno al otro. Otra llamarada encendió el cuerpo
entero de Mariana, dejándola temblando y furiosa por el dominio que parecía
tener sobre ella.
—¿Qué estás intentando demostrar? —le
preguntó entre dientes y jadeos y espasmos de placer.
Vio el resplandor de los dientes
de Pablo cuando éste sonrió complacido
—Solo que sientes por mí algo que jamás
sentirás por Peter.
—Así que es orgullo —le reprochó con enfado y
desprecio, a pesar de su excitación—. Pero Pablo comenzó a moverse sobre ella
rápidamente haciéndole sentir la dureza de su miembro sobre su cuerpo, sin
soltarla de las muñecas ella se retorció rendida ante él totalmente sofocada e involuntariamente sus
piernas se abrieron, entregándole completamente su intimidad; moviéndose en un ritmo desesperado que dejaba
en evidencia su deseo de sentirlo adentro, en jadeante susurro le contesto
—En ese caso, lo admito libremente. Jamás
responderé a Peter como te respondo a ti. De modo que si lo que querías era
demostrar algo, ya puedes marcharte, por favor para. Pidió desesperada gimiendo antes sus movientes sobre ella.
Pablo tomo sus manos con una sola y con la
otra acarició su vientre.
—Me temo que no. se detuvo sintiendo como mariana estaba
completamente agitada y el la miro con furia apretando sus muñecas
Te revolcaste con él? Dejaste que te hiciera
suya? Que tuviera tu cuerpo. Mar lo miraba con miedo, pero a la vez trataba de
controlar su respiración para poder calmarlo y hablar, ya que se estaba
imaginando algo que no paso y vio como con furia comenzaba a desprenderse el
pantalón dispuesto hacerle suya sin compasión
—contéstame
ya no sos mia —replico furioso pablo. Ella asintió rápidamente pero
Continuaba enfadada, ante sus reclamos pese a
que las caricias de Pablo le hacían estremecerse de deseo.
Desesperada al ver la furia con que se desprendía
los pantalones sacando su miembro le respondió—si sigo siendo tuya, No me
acosté con él!, solo deje que me besara un poco los hombros, pero no me
desvistió, pero sabes que eres un hipócrita al pedirme ese tipo de reclamos—le
reprochó con amargura—. Al fin y al cabo, tú tampoco eres mío, ¿no es cierto,
Pablo? Perteneces a otra mujer. En ese momento vio como el semblante de Pablo
se tranquilizó al igual que su cuerpo se calmaba
Demostrando una asombrosa capacidad para la
ternura, la besó con infinita delicadeza, como si quisiera llegarle hasta el
alma que mar estuvo a punto de estallar de llanto lo necesitaba tanto. Cuando
se separó de ella, los dos estaban temblando. Pablo le apartó el pelo de
la frente, haciéndole sentir las frías yemas de sus dedos contra su piel.
—Años atrás nos pertenecimos el uno al otro,
Mar. Y esta noche, podemos hacerlo otra vez.
Me encanto
ResponderEliminarLos payasitos se aman!!!
X fin va a dejar de trabajar pa los duques y le podrá decir la verdad
Pobre sole x favor :(
Maaaaas
me encantaaaaaaaaaaaaaaaa,seguila! ^_^
ResponderEliminarK mal la trata Pablo,todo xk piensa mal d ella
ResponderEliminarVuelve tambn con esta novela!!
ResponderEliminarNos tienes muy abandonadas con tus novelas! Vuelve pronto
ResponderEliminarVuelve!!!
ResponderEliminarMaaaaaaaaas maaaaas
ResponderEliminarVuelve!!
ResponderEliminarHola me gustó mucho la nove pablali. Seguirla escribiendo pronto espero el próximo capítulo
ResponderEliminarNove Nove nove. Más nove quiero seguí leer
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