Hola como están? Paso rapidito a dejarles el cap, que lo disfruten!
P/D= Chari ya saque la verificación de palabra, fíjate si ya anda ;)
Capítulo 2
Mariana
no lo reconoció hasta que pudo verle a los ojos por completo ya que su estatura
dificultaba las cosas, pese a los tacos altos que llevaba, pero ya era
demasiado tarde para salir corriendo e igualmente imposible esconderse. Aunque,
por supuesto, lo de correr no era su estilo.
El
baile que habían organizado los duques estaba abarrotado y la presión de los
invitados había dificultado la visión de Mariana.
Hacía un calor sofocante en el salón, apenas
se podía respirar y el ruido era tal que no podía oír lo que Peter le decía
mientras la acompañaba a lo largo de la pista. Le había comentado algo sobre
que quería presentarles a unos amigos, un gesto que Mariana había considerado
muy amable, puesto que no conocía a nadie en Londres. Y en el momento en el que
la multitud se había despejado, se había descubierto mirando a Pablo Martinez.
El aire había abandonado sus pulmones, la
cabeza había comenzado a darle vueltas y había estado a punto de desmayarse.
Solo una rígida autodisciplina había impedido que terminara en el suelo.
Peter
no había notado su incomodidad.
Un
hombre observador, encantador, mimado, arrogante…
Había
descubierto aquellos rasgos de su personalidad a los cinco minutos de ser
presentados. A los diez, ya sabía que era un enamorado de los caballos y los
vinos. Quince minutos después, había llegado a la conclusión de que era un
hombre sensible a la belleza de una mujer, algo que le sería útil, puesto que
era una mujer muy bella y estaba decidida a seducirle.
Peter
continuaba hablando cuando se acercaron al grupo de personas entre las que se
encontraba Pablo Martinez. No tenía la menor idea de lo que le decía, pero,
afortunadamente, no parecía esperar ninguna réplica por su parte.
Lo único que Mariana veía frente a ella era a
Pablo, sus sentidos estaban puestos en él más precisamente en la frialdad de
sus ojos verdes, mientras la recorrían
con absoluto desdén.
Imaginaba que no podía culparle por ello.
Había sido ella la que le había abandonado antes de que la tinta de su contrato
matrimonial se hubiera secado, antes de que las sábanas se hubieran enfriado
tras su noche de amor.
Mariana
alzó la barbilla y enderezó la espalda. Había estado fingiendo durante tanto
tiempo que, seguramente, no le resultaría difícil borrar toda expresión de su
rostro y ocultar el hecho de que estaba temblando por dentro. Pero aun así, le
resultó extraordinariamente difícil hacerlo.
Deslizó
su mirada sobre Pablo en una lenta apreciación. La fuerza con la que le
latía el corazón contra las costillas contradecía la calculada frialdad de su
mirada.
Había
una autoridad y una confianza innata en Pablo que contrastaban con la
deslumbrante juventud del joven de veinte años que tan bien
recordaba. Ya a esa edad era un hombre enérgico y brillante, pero también
impaciente y falto de experiencia. Era como si el mundo, con sus afiladas
aristas, todavía no hubiera endurecido su alma.
Una
carencia que, ciertamente, había salvado en el lapso de aquellos años.
Tenía
los hombros anchos, el pecho fuerte. Estaba más alto, más musculoso,
definitivamente, más hombre que el joven que recordaba, y tan hermoso que su
rostro podría haber sido calificado como un sexsimbol o simplemente con el
hombre más hermoso que existe si no hubiera sido por la fuerza de su mandíbula
y lo pronunciado de sus pómulos, su ceño fruncido y sus ojos de hielo restaban
de su rostro cualquier suavidad.
Mariana sintió un repentino y completamente
inesperado arrepentimiento al ver al joven al que ella había conocido
convertido en un hombre tan formidable. Jamás lo habría imaginado. Pero años
atrás había tomado una decisión. Ya no era momento de arrepentimientos. La vida
le había enseñado que los arrepentimientos no eran más que una forma de
indulgencia para con uno mismo.
Vio
a la bonita rubia que se aferraba
fuertemente al brazo de Pablo
En
eso no había cambiado, por lo visto. Por supuesto, le importaba muy poco
después de siete años. Pero siempre había mujeres rondando a Pablo Martinez, como las abejas revoloteando
alrededor de la miel.
Pablo
sabía que era un hombre atractivo y era consciente del efecto que tenía en las
mujeres. El gesto arrogante con el que inclinaba la cabeza así lo decía.
La
estaba observando. No había apartado la mirada de ella desde que había cruzado
la pista de baile del brazo de Peter.
Se arriesgó a mirarle de nuevo a los ojos y
estuvo a punto de quedarse paralizada ante lo que vio allí.
En
vez de la indiferencia que había esperado, encontró un fiero desafío y una
turbulenta sensualidad que parecían demandar una respuesta desde algo tan
profundo de ella que se estremeció visiblemente.
El
estómago le dio un vuelco. El pulimentado parqué del salón de baile pareció
mecerse bajo sus pies. El corazón se le aceleró todavía más al ver la mirada
de Pablo fija en su cuello, donde un diamante prestado reposaba su frenético
pulso. De pronto, Mariana se sintió empapada en sudor y supo que había
palidecido.
Supo
también que Pablo había visto el resplandor traicionero del diamante que
parecía moverse en respuesta al martilleo de su pulso. Advirtió que curvaba la
comisura de los labios en una perturbadora sonrisa de masculina satisfacción. Y
descubrió algo más que no había cambiado en él: su orgullo.
Mariana
alzó la barbilla y le dirigió una sonrisa de profundo desagrado salpicada de
desafío. Había demasiadas cosas en juego como para salir huyendo, aunque todo
su instinto la impulsaba a huir.
La
chica que estaba a la izquierda de Pablo Marinez, la mujer que Peter quería
presentarle, era, evidentemente, la hermana de Pablo. Compartía la misma
estructura del rostro, y el pelo castaño.
Mariana se mordió el labio. Aquélla era la
mujer de la que los duques de Alton pretendían separar a Peter, es decir a la
chica a la que iba a destrozarle la vida. La chica a la que debía robarle el
marido.
Era
una desgraciada casualidad que aquella mujer a la que la duquesa se había
referido despectivamente como «el capricho de Peter», hubiera resultado ser la
hermana de Pablo.
Peter,
sonriente, se acercó a la hermana de Pablo—. ¿Podría presentar a la señorita
Soledad Martinez?
Soledad, ésta es Caroline Carew, una amiga de mis padres que ha llegado
recientemente a Londres desde Edimburgo.
Mariana
vio que Pablo se tensaba al oír su
nombre, pero se obligó a no mirarle.
Soledad
hizo una elegante deferencia. La luz de las velas arrancó destellos de su pelo.
Sus ojos fueron cálidos, su saludo, incluso cariñoso. Mariana admiró su táctica. Cuando un atractivo marqués
te presenta a una mujer hermosa, lo mejor es fingirse encantada con aquella
nueva conocida.
Era
una de las normas del manual de una aventurera.
En
otras circunstancias, pensó Mariana, podría haber disfrutado haciéndose amiga
de la señorita Martinez, con la que tenía muchas cosas en común.
Desgraciadamente, le estaban pagando una generosa suma de dinero para engatusar
a Peter y hacer que se olvide de Soledad, lo cual no era la base más
prometedora para una amistad.
Pablo
cambió de postura. Mariana le miró a los ojos y reconoció en ellos su abierto
antagonismo. A diferencia de soledad, no se molestó en ocultar su hostilidad. Mariana
la sintió atravesando su cuerpo. Suponía que era una ingenuidad pensar que
Pablo se mostraría indiferente ante su repentina aparición tras siete largos años de ausencia.
Le
había tratado muy mal, eso era innegable. Por lo menos, le exigiría una
explicación. En el peor de los casos, tomaría represalias contra ella. Se le
secó la boca al pensar en ello.
Pablo
no era un hombre al que quisiera como enemigo. Era demasiado fuerte, demasiado
decidido. Y ella todavía se encontraba en una situación muy precaria.
Pablo
inclinó la cabeza hacia ella, como si le hubiera leído el pensamiento.
Había un filo de cínica diversión en medio de su abierta antipatía. El
peligroso brillo de sus ojos verdes le advertía que, estuviera jugando a lo que
estuviera jugando, iba a vigilarla de cerca y estaba dispuesto a ganarla.
Vio
que Pablo miraba a su hermana de reojo y se acercaba a ella como si
estuviera ofreciéndole su apoyo en silencio. Soledad le dirigió una sonrisa
que, durante unos segundos de descuido, estuvo rebosante de gratitud y afecto.
Así que Pablo era el protector de su hermana, pensó Mariana. Eso era lo
último que Mariana necesitaba cuando estaba a punto de destrozar la vida de
aquella joven.
Aquel asunto, ya de por sí suficientemente
complicado, comenzaba a empeorar. El corazón se le cayó a la altura de sus
elegantes zapatos.
La
otra dama del grupo, la joven rubia, dio un paso adelante de pablo, en un torbellino de seda y encaje
azul.
—Deberías
haberme presentado antes a mí —señaló con un puchero, y sonriéndole a Pablo—.
¡Soy una dama!
Peter,
disculpándose profusamente, le presentó entonces a su prima, Rocio Brooke, y el
otro caballero es el honorable Gastón Walters.
Mariana era plenamente consciente de la mirada de Pablo fija en
ella, de aquellos ojos entrecerrados que la mantenían cautiva. Rocio tomo su
mano e hizo que la rodeara la cintura en un gesto posesivo, presumiéndolo con
total orgullo como si se tratase del más codiciado trofeo.
—Es
mi prometido —anunció Rocio con orgullo—. El Señor Pablo Martinez.
A
Mariana le dio un vuelco el corazón. Sabía que Pablo había conseguido un
título. Pero no sabía que estaba comprometido, y ante tales gestos de posesión
y de cariño unos celos profundos y afilados la
dejaron sin respiración.
Se
preguntó por qué nunca le habría imaginado casado. Jamás se le había pasado por
la cabeza aquella posibilidad, aunque durante los siete años que llevaban
separados, podría haberse casado, dos, tres o incluso hasta 5 veces, ya que sin
duda era irresistible para cualquier mujer.
Si
no fuera por el ligero inconveniente de que todavía estaba casado con ella.
Debería
haberle dicho que continuaban casados. Debería habérselo dicho mucho tiempo
atrás.
La
conciencia de Mariana, a menudo impertinente, era una desventaja para una
aventurera, seductora y profesión, y en aquel instante, comenzó a atormentarla.
Sin embargo, aquél no era el momento más oportuno para darle a Pablo Martinez la
noticia, estando su prometida sonriéndole con aquel aire posesivo y un brillo
de inconfundible advertencia en la mirada.
Mariana
tragó saliva. Su intención había sido conseguir la anulación del matrimonio el
primer año de la separación. Le había prometido a Pablo que lo haría.
Después, había descubierto que estaba embarazada y de pronto, tanto el anillo
como el contrato matrimonial se habían convertido en lo único que podía
salvarla de la ruina. Sola, repudiada por su familia y casi en la indigencia,
se había aferrado a la única posibilidad de continuar siendo considerada
mínimamente respetable.
Tiempo
después, cuando había recordado su promesa y había vuelto a pensar en anular su
matrimonio, había descubierto que las anulaciones, al igual que otras muchas
cosas en la vida, eran prodigiosamente caras y mucho más difíciles de obtener
de lo que había imaginado. Para entonces se había gastado ya hasta el último
peso que había ganado intentando sobrevivir.
No
tenía dinero para pagar abogados. A veces, apenas tenía lo suficiente para
comer.
El
recuerdo de aquellos días oscuros invadió el pensamiento de Mariana y sintió el
pánico y el miedo aferrándose a su garganta. Tenía las manos empapadas en sudor
que ocultaban aquellos elegantes guantes de encaje. Sentía el calor de las
velas, la temperatura sofocante del salón. Todo el mundo la miraba. Haciendo un
gran esfuerzo de voluntad, apartó los recuerdos y le sonrió a Rocio.
—Los
felicito por su compromiso, Rocio—le
dijo—, aunque debería felicitar sobre todo a Señor Pablo por el suyo.
Se
produjo una ligera pausa, mientras Rocio intentaba averiguar si aquello había
sido un cumplido. Tras decidir que sí, sonrió radiante. Mariana vio a Pablo
curvando los labios en algo parecido a una sonrisa.
—Efectivamente,
me considero el más afortunado de los hombres —respondió con naturalidad—. Y,
Caroline Carew —añadió con un brillo de oscura diversión en las profundidades
de unos ojos ensombrecidos por el enfado—, parece que también a usted debo felicitarle,
puesto que la última vez que nos vimos, si mal no recuerdo, ni eras ni una dama
ni se llamabas Caroline Carew.
Su
tono era cortés, pero sus palabras no podían serlo. Se produjo un ligero
revuelo en el grupo. Mariana vio cómo se agudizaba la expresión especuladora en
los ojos de las mujeres, y advirtió un interés de otro tipo en los de los
hombres. No era extraño. Pablo acababa de insinuar que era, como poco, una
aventurera y, poniéndose en lo peor, una prostituta disfrazada de dama.
Fue
un momento de vértigo. Mariana sabía que tenía que tomar una decisión, y
rápido.
Podía
fingir que Pablo la había confundido con otra mujer. O podía enfrentarse a él.
Era arriesgado responder que no lo conocía porque probablemente, Pablo lo
consideraría un desafío. Él era de esa clase de hombres.
Pero
era igualmente peligroso presentarle batalla porque no estaba segura de que
pudiera ganarla. En cualquier caso, ya era demasiado tarde para fingir
indiferencia. Todo el mundo estaba pendiente de su respuesta a la calculada
insinuación de Pablo.
Me
halaga que digas que me conoce —respondió con ligereza—. Yo me había olvidado
por completo de usted.
Pablo
profundizó su sonrisa ante aquella respuesta. Le dirigió a Mariana una mirada
que la abrasó.
—Ah
mira yo en cambio lo recuerdo todo sobre usted
—Me
temo decirle que nunca me conoció Señor Martínez —replicó Mariana.
Se
sostenían la mirada como en un cruce de espadas. Mariana sentía se le erizaba
la piel, Sabía que ya era demasiado tarde como para retroceder.
—Yo,
al contrario que usted, recuerdo, por ejemplo, la última vez que nos vimos.
Había
un brillo travieso en su mirada. Estaba disfrutando acosándola de aquella
manera. Mariana lo vio y sintió crecer la furia en su interior.
Miró
entonces a Rocío. Que no le gustaba para nada aquella conversación y su furia
desapareció
Aquella
actuación solo tenía como objetivo castigarla por sus pecados del pasado y
hacerle pasar un mal rato. No tenía intención de revelar la verdad.
Le
haría tanto daño a él mismo como a ella. Rocio no parecía una prometida dócil y
sumisa. Y Rocio seguramente tenía todo el control sobre el dinero, puesto que
Pablo nunca había tenido dinero.
Mariana
desvió la mirada hacia el lujoso chaleco bordado en blanco y dorado de Pablo, reparando también en la inmaculada
cualidad del lino de su camisa y en el valioso diamante del alfiler de la
corbata. Miró a Rocio otra vez. Vio que Pablo la seguía con la mirada. Sabía
que comprendía perfectamente lo que estaba pensando.
Al
final, sonrió.
—Bueno
—dijo—, estoy segura de que no queres ser tan grosero como para aburrir a todo
el mundo con los detalles, Señor Pablo. No hay nada tan tedioso para los demás
como dos viejos conocidos hablando de los viejos tiempos.
—¿
De dónde se conocen?
Evidentemente,
Rocio ya estaba harta de aquella conversación. Se interpuso entre ellos y los
miró alternativamente con unos celos mal disimulados.
—Nos
conocimos en Escocia —aclaró Mariana—. Fue durante un verano en el que el Señor
Martinez fue a visitar a su primo. Eso fue hace mucho tiempo.
—Pero
ahora tenemos la feliz oportunidad de retomar nuestra amistad —la expresión de
los ojos de Pablo contrastaba con la suavidad de su tono—. Deberías concederme
este baile, para que así podamos hablar del pasado sin aburrir a nuestros
amigos y mi prometida claro recibiendo una sonrisa de ella
Con
una sola frase había echado por tierra todas sus posibilidades de escapar.
Mariana apretó mentalmente los dientes. Reconocía aquella determinación en él.
Era la misma firmeza que le caracterizaba a los dieciocho años. Había visto
algo que quería e iba a conseguirlo. Se estremeció.
—No
tengo ganas de volver sobre el pasado —replicó mariana—. Me temo que ya tengo
comprometido el siguiente baile, Señor Martinez. Si me perdonas.
Giró
intencionadamente hacia Peter, permitiendo que le rozara la muñeca con los
dedos en un gesto casi imperceptible que, sin embargo, consiguió comunicar la
insinuación de una promesa. Era tal el tumulto de sentimientos que se había
desatado en su interior al ver a Pablo que casi se había olvidado de Peter.
Se había permitido distraerse, algo en
absoluto aconsejable teniendo en cuenta que el servicio que le estaba prestando
a los padres de Peter era lo único que evitaba que se viera en las calles.
—Gracias
por presentarme a tus amigos,. Espero
que volvamos a vernos pronto.
Le
dirigió al grupo una sonrisa. La respuesta de Soledad fue un frío asentimiento
de cabeza. Rocio no se dio por aludida, pero le dedico una mirada de poco
amigos, tomando del brazo a Pablo.
Peter, inmune a la tensión del ambiente, le
besó la mano con una galantería que hizo fruncir el ceño a Pablo.
Soledad se volvió como si no soportara ver a
Peter prestando tales atenciones a otra mujer.
Mariana
comenzó a caminar rápidamente hacia la puerta del salón de baile. Una vez
conseguido escapar de la cercanía de Pablo, el corazón comenzó a latirle con
fuerza contra las costillas, como reacción a la tensión vivida. Le faltaba la
respiración y temblaba de pies a cabeza. Necesitaba tranquilizarse. Necesitaba
pensar, intentar desenmarañar el enredo de confusión y mentiras en el que de
pronto se había visto atrapada.
—¿Puedo
pedir un baile más adelante, Caroline Carew?
Gastón
Walters le estaba bloqueando el paso. Su mirada insolente, con la que parecía
estar midiéndola como a un caballo, y su forma de posar la mano en su brazo
eran excesivamente familiares. Su tono insinuaba que sabía todo lo que debía
saber sobre ella.
Que
era una viuda de cuestionable moral que probablemente no pusiera reparos a una
aventura amorosa. Su flagrante falta de respeto le produjo náuseas.
—Gracias,
señor Walters, pero he decidido volver a casa. Me duele la cabeza.
—Es
una pena —musitó Gastón—. ¿Podría quizá hacerle una visita?
—Estás
acentuando el dolor de cabeza de la dama, Walters.
Era
la voz de Pablo, fría y con un filo de acero. Mariana vio que Gastón abría los ojos como platos y se
escabullía raudo ante un duro gesto de Pablo.
Éste esperó a que no pudiera oírlos para fijar
la mirada en el rostro de Mariana.
Ella
también habría querido huir, pero tenía el sombrío presentimiento de que Pablo
la agarraría si intentaba escapar en aquel momento. No parecían importarle
mucho las convenciones de un salón de baile, puesto que la abordó en medio de
la pista.
Gracias
por tu ayuda —le dijo fríamente—, pero era del todo innecesaria. Puedo cuidar
de mí misma.
Pablo
sonrió.
—Soy
plenamente consciente de ello.
La
recorrió con una mirada dura e inquisidora, muy diferente a la mirada
calculadoramente sexual de Gastón Era una mirada más meditada y concienzuda, e
infinitamente más inquietante.
—No
pretendo rescatarte de nadie —añadió Pablo con falsa delicadeza
—. Te quiero
para mí solo.
La
elección de sus palabras y su mirada hicieron estremecerse a Mariana.

hola hola empiezo por el final, "te quiero para mi solo" le dijo ufff y esto es solo el primer encuentro no me extrañaria que rock en cualquier momento jajaj pobre Rocio pero me da la imoresion de pesada jajaja ahora este Gaston me parece que va traer problemas futuros y en cuanto a thiago no se porque no me cae tan mal en esta nove jajaja es mas creo que em gusta que pablito tenga celos de el en esta ocasion, ahora pobre sole espero que no sufra demasiado, en fin quiero ver que pasa, quieromas capis, besotes percha
ResponderEliminarSigo con problemas .
ResponderEliminarTodo tal cual ,todo lo k puso Caro.