jueves, 13 de febrero de 2014

Capitulo 2 Una dudosa Reputación


Hola como están? Paso rapidito a dejarles el cap, que lo disfruten!

P/D= Chari ya saque la verificación de palabra, fíjate si ya anda ;)

Capítulo 2

Mariana no lo reconoció hasta que pudo verle a los ojos por completo ya que su estatura dificultaba las cosas, pese a los tacos altos que llevaba, pero ya era demasiado tarde para salir corriendo e igualmente imposible esconderse. Aunque, por supuesto, lo de correr no era su estilo.
El baile que habían organizado los duques estaba abarrotado y la presión de los invitados había dificultado la visión de Mariana.
 Hacía un calor sofocante en el salón, apenas se podía respirar y el ruido era tal que no podía oír lo que Peter le decía mientras la acompañaba a lo largo de la pista. Le había comentado algo sobre que quería presentarles a unos amigos, un gesto que Mariana había considerado muy amable, puesto que no conocía a nadie en Londres. Y en el momento en el que la multitud se había despejado, se había descubierto mirando a Pablo Martinez.
 El aire había abandonado sus pulmones, la cabeza había comenzado a darle vueltas y había estado a punto de desmayarse. Solo una rígida autodisciplina había impedido que terminara en el suelo.
Peter no había notado su incomodidad.
Un hombre observador, encantador, mimado, arrogante…
Había descubierto aquellos rasgos de su personalidad a los cinco minutos de ser presentados. A los diez, ya sabía que era un enamorado de los caballos y los vinos. Quince minutos después, había llegado a la conclusión de que era un hombre sensible a la belleza de una mujer, algo que le sería útil, puesto que era una mujer muy bella y estaba decidida a seducirle.
Peter continuaba hablando cuando se acercaron al grupo de personas entre las que se encontraba Pablo Martinez. No tenía la menor idea de lo que le decía, pero, afortunadamente, no parecía esperar ninguna réplica por su parte.
 Lo único que Mariana veía frente a ella era a Pablo, sus sentidos estaban puestos en él más precisamente en la frialdad de sus ojos verdes,  mientras la recorrían con absoluto desdén.
 Imaginaba que no podía culparle por ello. Había sido ella la que le había abandonado antes de que la tinta de su contrato matrimonial se hubiera secado, antes de que las sábanas se hubieran enfriado tras su noche de amor.
Mariana alzó la barbilla y enderezó la espalda. Había estado fingiendo durante tanto tiempo que, seguramente, no le resultaría difícil borrar toda expresión de su rostro y ocultar el hecho de que estaba temblando por dentro. Pero aun así, le resultó extraordinariamente difícil hacerlo.
Deslizó su mirada sobre Pablo en una lenta apreciación. La fuerza con la que le latía el corazón contra las costillas contradecía la calculada frialdad de su mirada.
Había una autoridad y una confianza innata en Pablo que contrastaban con la deslumbrante juventud del joven de veinte años que tan bien recordaba. Ya a esa edad era un hombre enérgico y brillante, pero también impaciente y falto de experiencia. Era como si el mundo, con sus afiladas aristas, todavía no hubiera endurecido su alma.
Una carencia que, ciertamente, había salvado en el lapso de aquellos años.
Tenía los hombros anchos, el pecho fuerte. Estaba más alto, más musculoso, definitivamente, más hombre que el joven que recordaba, y tan hermoso que su rostro podría haber sido calificado como un sexsimbol o simplemente con el hombre más hermoso que existe si no hubiera sido por la fuerza de su mandíbula y lo pronunciado de sus pómulos, su ceño fruncido y sus ojos de hielo restaban de su rostro cualquier suavidad.
 Mariana sintió un repentino y completamente inesperado arrepentimiento al ver al joven al que ella había conocido convertido en un hombre tan formidable. Jamás lo habría imaginado. Pero años atrás había tomado una decisión. Ya no era momento de arrepentimientos. La vida le había enseñado que los arrepentimientos no eran más que una forma de indulgencia para con uno mismo.
Vio a la bonita rubia que se aferraba  fuertemente al brazo de Pablo
En eso no había cambiado, por lo visto. Por supuesto, le importaba muy poco después de siete años. Pero siempre había mujeres rondando a  Pablo Martinez, como las abejas revoloteando alrededor de la miel.
Pablo sabía que era un hombre atractivo y era consciente del efecto que tenía en las mujeres. El gesto arrogante con el que inclinaba la cabeza así lo decía.
La estaba observando. No había apartado la mirada de ella desde que había cruzado la pista de baile del brazo de Peter.
 Se arriesgó a mirarle de nuevo a los ojos y estuvo a punto de quedarse paralizada ante lo que vio allí.
En vez de la indiferencia que había esperado, encontró un fiero desafío y una turbulenta sensualidad que parecían demandar una respuesta desde algo tan profundo de ella que se estremeció visiblemente.
El estómago le dio un vuelco. El pulimentado parqué del salón de baile pareció mecerse bajo sus pies. El corazón se le aceleró todavía más al ver la mirada de Pablo  fija en su cuello, donde un diamante prestado reposaba su frenético pulso. De pronto, Mariana se sintió empapada en sudor y supo que había palidecido.
Supo también que Pablo había visto el resplandor traicionero del diamante que parecía moverse en respuesta al martilleo de su pulso. Advirtió que curvaba la comisura de los labios en una perturbadora sonrisa de masculina satisfacción. Y descubrió algo más que no había cambiado en él: su orgullo.
Mariana alzó la barbilla y le dirigió una sonrisa de profundo desagrado salpicada de desafío. Había demasiadas cosas en juego como para salir huyendo, aunque todo su instinto la impulsaba a huir.
La chica que estaba a la izquierda de Pablo Marinez, la mujer que Peter quería presentarle, era, evidentemente, la hermana de Pablo. Compartía la misma estructura del rostro, y el pelo castaño.
 Mariana se mordió el labio. Aquélla era la mujer de la que los duques de Alton pretendían separar a Peter, es decir a la chica a la que iba a destrozarle la vida. La chica a la que debía robarle el marido.
Era una desgraciada casualidad que aquella mujer a la que la duquesa se había referido despectivamente como «el capricho de Peter», hubiera resultado ser la hermana de Pablo.
Peter, sonriente, se acercó a la hermana de Pablo—. ¿Podría presentar a la señorita Soledad Martinez?
 Soledad, ésta es Caroline  Carew, una amiga de mis padres que ha llegado recientemente a Londres desde Edimburgo.
Mariana  vio que Pablo se tensaba al oír su nombre, pero se obligó a no mirarle.
Soledad hizo una elegante deferencia. La luz de las velas arrancó destellos de su pelo. Sus ojos fueron cálidos, su saludo, incluso cariñoso. Mariana  admiró su táctica. Cuando un atractivo marqués te presenta a una mujer hermosa, lo mejor es fingirse encantada con aquella nueva conocida.
Era una de las normas del manual de una aventurera.
En otras circunstancias, pensó Mariana, podría haber disfrutado haciéndose amiga de la señorita Martinez, con la que tenía muchas cosas en común. Desgraciadamente, le estaban pagando una generosa suma de dinero para engatusar a Peter y hacer que se olvide de Soledad, lo cual no era la base más prometedora para una amistad.
Pablo cambió de postura. Mariana le miró a los ojos y reconoció en ellos su abierto antagonismo. A diferencia de soledad, no se molestó en ocultar su hostilidad. Mariana la sintió atravesando su cuerpo. Suponía que era una ingenuidad pensar que Pablo se mostraría indiferente ante su repentina aparición tras siete  largos años de ausencia.
Le había tratado muy mal, eso era innegable. Por lo menos, le exigiría una explicación. En el peor de los casos, tomaría represalias contra ella. Se le secó la boca al pensar en ello.
Pablo no era un hombre al que quisiera como enemigo. Era demasiado fuerte, demasiado decidido. Y ella todavía se encontraba en una situación muy precaria.
Pablo  inclinó la cabeza hacia ella, como si le hubiera leído el pensamiento. Había un filo de cínica diversión en medio de su abierta antipatía. El peligroso brillo de sus ojos verdes le advertía que, estuviera jugando a lo que estuviera jugando, iba a vigilarla de cerca y estaba dispuesto a ganarla.
Vio que Pablo miraba a su hermana de reojo y se acercaba a ella como si estuviera ofreciéndole su apoyo en silencio. Soledad le dirigió una sonrisa que, durante unos segundos de descuido, estuvo rebosante de gratitud y afecto. Así que Pablo era el protector de su hermana, pensó Mariana. Eso era lo último que Mariana necesitaba cuando estaba a punto de destrozar la vida de aquella joven.
 Aquel asunto, ya de por sí suficientemente complicado, comenzaba a empeorar. El corazón se le cayó a la altura de sus elegantes zapatos.
La otra dama del grupo, la joven rubia, dio un paso adelante  de pablo, en un torbellino de seda y encaje azul.
—Deberías haberme presentado antes a mí —señaló con un puchero, y sonriéndole a Pablo—. ¡Soy una dama!
Peter, disculpándose profusamente, le presentó entonces a su prima, Rocio Brooke, y el otro caballero  es el honorable Gastón Walters. Mariana era plenamente consciente de la mirada de Pablo  fija en ella, de aquellos ojos entrecerrados que la mantenían cautiva. Rocio tomo su mano e hizo que la rodeara la cintura en un gesto posesivo, presumiéndolo con total orgullo como si se tratase del más codiciado trofeo. 
—Es mi prometido —anunció Rocio con orgullo—.  El Señor Pablo Martinez.
A Mariana le dio un vuelco el corazón. Sabía que Pablo había conseguido un título. Pero no sabía que estaba comprometido, y ante tales gestos de posesión y de cariño unos celos profundos y afilados la dejaron sin respiración.
Se preguntó por qué nunca le habría imaginado casado. Jamás se le había pasado por la cabeza aquella posibilidad, aunque durante los siete años que llevaban separados, podría haberse casado, dos, tres o incluso hasta 5 veces, ya que sin duda era irresistible para cualquier mujer.
Si no fuera por el ligero inconveniente de que todavía estaba casado con ella.
Debería haberle dicho que continuaban casados. Debería habérselo dicho mucho tiempo atrás.
La conciencia de Mariana, a menudo impertinente, era una desventaja para una aventurera, seductora y profesión, y en aquel instante, comenzó a atormentarla. Sin embargo, aquél no era el momento más oportuno para darle a Pablo Martinez la noticia, estando su prometida sonriéndole con aquel aire posesivo y un brillo de inconfundible advertencia en la mirada.
Mariana tragó saliva. Su intención había sido conseguir la anulación del matrimonio el primer año de la separación. Le había prometido a Pablo que lo haría. Después, había descubierto que estaba embarazada y de pronto, tanto el anillo como el contrato matrimonial se habían convertido en lo único que podía salvarla de la ruina. Sola, repudiada por su familia y casi en la indigencia, se había aferrado a la única posibilidad de continuar siendo considerada mínimamente respetable.
Tiempo después, cuando había recordado su promesa y había vuelto a pensar en anular su matrimonio, había descubierto que las anulaciones, al igual que otras muchas cosas en la vida, eran prodigiosamente caras y mucho más difíciles de obtener de lo que había imaginado. Para entonces se había gastado ya hasta el último peso que había ganado intentando sobrevivir.
No tenía dinero para pagar abogados. A veces, apenas tenía lo suficiente para comer.
El recuerdo de aquellos días oscuros invadió el pensamiento de Mariana y sintió el pánico y el miedo aferrándose a su garganta. Tenía las manos empapadas en sudor que ocultaban aquellos elegantes guantes de encaje. Sentía el calor de las velas, la temperatura sofocante del salón. Todo el mundo la miraba. Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, apartó los recuerdos y  le sonrió a Rocio.
—Los felicito por su  compromiso, Rocio—le dijo—, aunque debería felicitar sobre todo a Señor Pablo  por el suyo.
Se produjo una ligera pausa, mientras Rocio intentaba averiguar si aquello había sido un cumplido. Tras decidir que sí, sonrió radiante. Mariana vio a Pablo curvando los labios en algo parecido a una sonrisa.
—Efectivamente, me considero el más afortunado de los hombres —respondió con naturalidad—. Y, Caroline Carew —añadió con un brillo de oscura diversión en las profundidades de unos ojos ensombrecidos por el enfado—, parece que también a usted debo felicitarle, puesto que la última vez que nos vimos, si mal no recuerdo, ni eras ni una dama ni  se llamabas Caroline Carew.
Su tono era cortés, pero sus palabras no podían serlo. Se produjo un ligero revuelo en el grupo. Mariana vio cómo se agudizaba la expresión especuladora en los ojos de las mujeres, y advirtió un interés de otro tipo en los de los hombres. No era extraño. Pablo acababa de insinuar que era, como poco, una aventurera y, poniéndose en lo peor, una prostituta disfrazada de dama.
Fue un momento de vértigo. Mariana sabía que tenía que tomar una decisión, y rápido.
Podía fingir que Pablo la había confundido con otra mujer. O podía enfrentarse a él. Era arriesgado responder que no lo conocía porque probablemente, Pablo lo consideraría un desafío. Él era de esa clase de hombres.
Pero era igualmente peligroso presentarle batalla porque no estaba segura de que pudiera ganarla. En cualquier caso, ya era demasiado tarde para fingir indiferencia. Todo el mundo estaba pendiente de su respuesta a la calculada insinuación de Pablo.
Me halaga que digas que me conoce —respondió con ligereza—. Yo me había olvidado por completo de usted.
Pablo profundizó su sonrisa ante aquella respuesta. Le dirigió a Mariana una mirada que la abrasó.
—Ah mira yo en cambio lo recuerdo todo sobre usted
—Me temo decirle que nunca me conoció Señor Martínez  —replicó Mariana.
Se sostenían la mirada como en un cruce de espadas. Mariana sentía se le erizaba la piel, Sabía que ya era demasiado tarde como para retroceder.
—Yo, al contrario que usted, recuerdo, por ejemplo, la última vez que nos vimos.
Había un brillo travieso en su mirada. Estaba disfrutando acosándola de aquella manera. Mariana lo vio y sintió crecer la furia en su interior.
Miró entonces a Rocío. Que no le gustaba para nada aquella conversación y su furia desapareció  
Aquella actuación solo tenía como objetivo castigarla por sus pecados del pasado y hacerle pasar un mal rato. No tenía intención de revelar la verdad.
Le haría tanto daño a él mismo como a ella. Rocio no parecía una prometida dócil y sumisa. Y Rocio seguramente tenía todo el control sobre el dinero, puesto que Pablo nunca había tenido  dinero.
Mariana desvió la mirada hacia el lujoso chaleco bordado en blanco y dorado de  Pablo, reparando también en la inmaculada cualidad del lino de su camisa y en el valioso diamante del alfiler de la corbata. Miró a Rocio otra vez. Vio que Pablo la seguía con la mirada. Sabía que comprendía perfectamente lo que estaba pensando.
Al final, sonrió.
—Bueno —dijo—, estoy segura de que no queres ser tan grosero como para aburrir a todo el mundo con los detalles, Señor Pablo. No hay nada tan tedioso para los demás como dos viejos conocidos hablando de los viejos tiempos.
—¿ De dónde se conocen?
Evidentemente, Rocio ya estaba harta de aquella conversación. Se interpuso entre ellos y los miró alternativamente con unos celos mal disimulados.
—Nos conocimos en Escocia —aclaró Mariana—. Fue durante un verano en el que el Señor Martinez  fue a visitar a  su primo. Eso fue hace mucho tiempo.
—Pero ahora tenemos la feliz oportunidad de retomar nuestra amistad —la expresión de los ojos de Pablo contrastaba con la suavidad de su tono—. Deberías concederme este baile, para que así podamos hablar del pasado sin aburrir a nuestros amigos y mi prometida claro recibiendo una sonrisa de ella
Con una sola frase había echado por tierra todas sus posibilidades de escapar. Mariana apretó mentalmente los dientes. Reconocía aquella determinación en él. Era la misma firmeza que le caracterizaba a los dieciocho años. Había visto algo que quería e iba a conseguirlo. Se estremeció.
—No tengo ganas de volver sobre el pasado —replicó mariana—. Me temo que ya tengo comprometido el siguiente baile, Señor Martinez. Si me perdonas.
Giró intencionadamente hacia Peter, permitiendo que le rozara la muñeca con los dedos en un gesto casi imperceptible que, sin embargo, consiguió comunicar la insinuación de una promesa. Era tal el tumulto de sentimientos que se había desatado en su interior al ver a Pablo que casi se había olvidado de Peter.
 Se había permitido distraerse, algo en absoluto aconsejable teniendo en cuenta que el servicio que le estaba prestando a los padres de Peter era lo único que evitaba que se viera en las calles.
—Gracias por presentarme a  tus amigos,. Espero que volvamos a vernos pronto.
Le dirigió al grupo una sonrisa. La respuesta de Soledad fue un frío asentimiento de cabeza. Rocio no se dio por aludida, pero le dedico una mirada de poco amigos, tomando del brazo a Pablo.
 Peter, inmune a la tensión del ambiente, le besó la mano con una galantería que hizo fruncir el ceño a Pablo.
 Soledad se volvió como si no soportara ver a Peter prestando tales atenciones a otra mujer.
Mariana comenzó a caminar rápidamente hacia la puerta del salón de baile. Una vez conseguido escapar de la cercanía de Pablo, el corazón comenzó a latirle con fuerza contra las costillas, como reacción a la tensión vivida. Le faltaba la respiración y temblaba de pies a cabeza. Necesitaba tranquilizarse. Necesitaba pensar, intentar desenmarañar el enredo de confusión y mentiras en el que de pronto se había visto atrapada.
—¿Puedo pedir un baile más adelante, Caroline Carew?
Gastón Walters le estaba bloqueando el paso. Su mirada insolente, con la que parecía estar midiéndola como a un caballo, y su forma de posar la mano en su brazo eran excesivamente familiares. Su tono insinuaba que sabía todo lo que debía saber sobre ella.
Que era una viuda de cuestionable moral que probablemente no pusiera reparos a una aventura amorosa. Su flagrante falta de respeto le produjo náuseas.
—Gracias, señor Walters, pero he decidido volver a casa. Me duele la cabeza.
—Es una pena —musitó Gastón—. ¿Podría quizá hacerle una visita?
—Estás acentuando el dolor de cabeza de la dama, Walters.
Era la voz de Pablo, fría y con un filo de acero. Mariana vio que  Gastón abría los ojos como platos y se escabullía raudo ante un duro gesto de Pablo.
 Éste esperó a que no pudiera oírlos para fijar la mirada en el rostro de Mariana.
Ella también habría querido huir, pero tenía el sombrío presentimiento de que Pablo la agarraría si intentaba escapar en aquel momento. No parecían importarle mucho las convenciones de un salón de baile, puesto que la abordó en medio de la pista.
Gracias por tu ayuda —le dijo fríamente—, pero era del todo innecesaria. Puedo cuidar de mí misma.
Pablo sonrió.
—Soy plenamente consciente de ello.
La recorrió con una mirada dura e inquisidora, muy diferente a la mirada calculadoramente sexual de Gastón Era una mirada más meditada y concienzuda, e infinitamente más inquietante.

—No pretendo rescatarte de nadie —añadió Pablo con falsa delicadeza
—. Te quiero para mí solo.
La elección de sus palabras y su mirada hicieron estremecerse a Mariana.

2 comentarios:

  1. hola hola empiezo por el final, "te quiero para mi solo" le dijo ufff y esto es solo el primer encuentro no me extrañaria que rock en cualquier momento jajaj pobre Rocio pero me da la imoresion de pesada jajaja ahora este Gaston me parece que va traer problemas futuros y en cuanto a thiago no se porque no me cae tan mal en esta nove jajaja es mas creo que em gusta que pablito tenga celos de el en esta ocasion, ahora pobre sole espero que no sufra demasiado, en fin quiero ver que pasa, quieromas capis, besotes percha

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  2. Sigo con problemas .
    Todo tal cual ,todo lo k puso Caro.

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