viernes, 28 de marzo de 2014

Capítulo 12


Capítulo 12

—Arturo —le dijo Pablo a su mayordomo, estando sentado ante el espejo mientras se afeitaba—, ¿alguna vez cometiste una estupidez siendo muy joven que ha vuelto a perseguirte años después?
Estaba en las habitaciones que ocupaba en Albany, preparándose para los entretenimientos de la noche. Albany era la residencia para solteros más exclusiva de Londres. Allí no se permitía la presencia ni de instrumentos musicales ni de mujeres.
Pablo había podido ocupar aquellas habitaciones porque era primo de Grant, el famoso explorador, y porque estaba comprometido con la hija de un duque. Por supuesto, él no podía permitirse aquel lujo. Al igual que todo lo demás, era la fortuna de su futura esposa la que pagaba sus gastos.
Sintió el roce de la cuchilla en el cuello e inmediatamente se arrepintió de haber formulado aquella pregunta estando en una posición tan vulnerable. Y no porque dudara de la firmeza de la mano de Arturo, a pesar de la avanzada edad del mayordomo. El verdadero problema era que nunca se había sentido muy cómodo teniendo la navaja de otro hombre tan cerca de su cuello, una reacción comprensible tras haber participado en una reyerta en un puerto de México varios años atrás.
—¿Qué hizo en su  juventud, señor Martinez? —preguntó al cabo de unos segundos.
—Nada —contestó Pablo—. Por lo menos desde hace siete años.
Arturo ignoró aquella respuesta.
—¿Ha comenzado apostar dinero y perder? —insistió—. ¿Ha seducido a una dama, o a alguien que no lo es? ¿Tenes relación con alguna mujer ligera de cascos?
La cuchilla rozó la garganta de  Pablo y éste tragó saliva. El jabón se deslizaba por su cuello.
—Arturo, me estás ofendiendo —cambió de postura—. Sabes que desde hace dos años llevo una vida irreprochable.
Y probablemente, aquélla era una de las razones de su frustración sexual, y sus pequeños desliz habían sido lejos de la ciudad
El único desahogo durante todo aquel tiempo lo había encontrado en el boxeo, la esgrima y algunas otras demostraciones de violencia socialmente consentidas. Hasta esa misma mañana… Y en aquel momento, el recuerdo de Mariana entre sus brazos continuaba persiguiéndole. La había deseado años atrás. Y continuaba deseándola.
—No —dijo  y negó con la cabeza.
Pablo observó en el espejo la destreza con la que utilizaba la cuchilla.
—¿No qué?
—No, no cometí ninguna estupidez cuando era joven —respondió Arturo—. A los trece años estaba en una cárcel. Estando allí encerrado, no había muchas posibilidades de cometer estupideces. Solo me dejaron salir para alistarme al ejército.
—Por supuesto —dijo Pablo, recordando  la imagen del pasado criminal—. Qué estupidez, no sé cómo se me ha ocurrido pensar que podrías haber cometido alguna estupidez en tu juventud.
—¿Y qué hizo usted señor Martinez? —preguntó
—¿Yo? Nada. Nada en absoluto.
Arturo soltó un bufido de incredulidad.
—Vos siempre fuiste un muchacho muy decidido. En aquel entonces, habrías sido capaz de fugaros con la esposa de otro hombre.
No, pensó Pablo Pero se había fugado con su propia esposa. Aunque al final, había sido ella la que había terminado escapando sin él.
Agradecía inmensamente que nadie más estuviera al tanto de aquella indiscreción juvenil. Cuando había conocido a Mariana, vivía en Escocia con Alex Grant, su primo. Ni éste ni su primera esposa, Amelia, tenían sospecha alguna de aquella aventura, estaba seguro. Alex nunca había estado particularmente interesado en su vida personal y Amelia… Pablo interrumpió el curso de sus pensamientos al recordar a la primera esposa de su primo, tan dulce y delicada por fuera y tan dura por dentro.
Amelia estaba tan pendiente de sí misma que, seguramente, no tenía espacio para pensar en nadie más, aunque estaba seguro que hubiera impedido aquella relación ya que pensaba que las personas como mariana sin dinero no valían mucho la pena
Pablo esbozó una mueca. Arturo musitó una palabra de advertencia mientras deslizaba la cuchilla por su cuello.
—No se mueva, señor, o esta noche terminara perdiendo algo más que la camisa.
Pablo permaneció completamente inmóvil mientras la cuchilla continuaba haciendo su trabajo. Se preguntó si Mariana sería aficionada al juego. Desde que había llegado a Londres, no la había visto participar en ninguna partida de cartas, pero estaba tan ocupada persiguiendo a Peter que seguramente no había tenido tiempo para otras aficiones.
Pero Peter también era jugador y a lo mejor había introducido a Mariana en el placer de las apuestas. Los dedos le cosquillearon al pensar en la emoción de las cartas. A lo largo de toda su vida había librado una fiera batalla consigo mismo para evitar la obsesión de su padre por el juego. La mayor parte de las veces, había sido capaz de controlar aquel impulso. Pero a veces no lo conseguía aunque no apostaba mucho dinero, no quería correr el riesgo de convertirse en alguien como su padre
Pero en aquel momento, le habría gustado desafiar a Mariana a jugar Sería muy satisfactorio vencerla. Aunque, por supuesto, también podía ganar ella. Mariana podía ser tan superficial y tan codiciosa como la más ambiciosa de las prostitutas, pero también era condenadamente decidida cuando quería algo. E inteligente. Comprometerse con ella a cualquier nivel era arriesgado. Estar en deuda con ella sería insoportable.
Arturo terminó de afeitarle, retiró el jabón y le tendió a  Pablo una toalla.
—Tenes suerte de no haber perdido ningún órgano vital —dijo con aspereza—. Le he dicho que no se mueva cuando lo afeito.
—Lo siento. Tengo ciertas preocupaciones en la cabeza.
—Asuntos de mujeres —replicó, más agrio todavía—. Conozco esa mirada. Tened cuidado, señor Martinez.
—Lo tendré —sonrió—. Gracias por tu preocupación. Me alegra saber que te importo.
.
Treinta minutos después, con el pañuelo atado al estilo irlandés, un estilo que había adoptado como propio en homenaje a sus antepasados, con la casaca sobre los hombros sostenida por Arturo y con un particularmente deslumbrante chaleco verde y dorado, Pablo decidió que estaba preparado.
—¿La función es esta noche? —preguntó Arturo con una cara muy larga—. Eso es para afeminados.
El mayordomo odiaba el teatro y etiquetaba a todo lo relacionado con aquel arte como algo excesivamente delicado.
Pablo sospechaba que aquella repulsión estaba relacionada con el viaje que había hecho al Ártico con Alex. Habían quedado encallados en el hielo y se habían visto obligados a entretenerse improvisando funciones teatrales durante un largo y oscuro invierno. Se disfrazaban de mujeres e interpretaban indistintamente los personajes femeninos y masculinos.
Aquello, pensó Pablo, era más que suficiente para enfurecer a cualquier escocés que se preciara de serlo.
En realidad, tampoco él era muy aficionado al teatro. En su caso, aquella aversión procedía de una función a la que había asistido dos años atrás. Había tenido entonces la mala suerte de encontrarse con una antigua amante estando en compañía de Rocio y de su familia. Había sido una situación de lo más embarazosa.
Rocio le había acribillado a preguntas. Quería saber quién era aquella mujer, cuándo la había conocido, con qué grado de intimidad y si había alguna probabilidad de que coincidiera aquella noche con otras de sus antiguas amantes.  Y la respuesta era que si
Pero Pablo había sido suficientemente inteligente como para negarlo.
Esta noche representan El Jugador, de Wycherley —le explicó al mayordomo. Advirtió que Arturo retorcía el gesto todavía más—. A Rocio le gusta el teatro.
Arturo emitió un poco comprometido gruñido con el que, sin embargo, conseguía expresar perfectamente su desaprobación hacia un hombre obligado a participar en determinados eventos sociales a petición de su prometida.
Pablo suspiró. Sabía exactamente lo que pensaba él de su compromiso. También Alex y Joanna lo desaprobaban. Ninguno de ellos comprendía los demonios que le perseguían.
Los recuerdos de un niño que, antes de que Alex le rescatara de las calles de Dublín, malvivía haciendo todo tipo de encargos para alimentar a su madre y a su hermana.
Soledad era la única que compartía con él la inefable experiencia de ser hija de un jugador.
Casarse con Rocio era una garantía contra la pobreza y, en tanto que tal, Pablo pensaba que merecía la pena pagar cualquier precio.
Aquella noche que se presentaba tan poco prometedora, no tardó en degenerar en algo peor. Soledad no había sido invitada puesto que, tal y como su suegra no había dudado en señalar, se trataba de un evento familiar íntimo.
Pablo encontró la cena extremadamente tediosa.
Mientras tanto, su futura suegra secundaba la actitud de su hija, ignorándole también, y Pablo se vio obligado a entretenerse con una carne excesivamente cocinada y mantener una educada conversación con su suegra.
 Su futuro, sabía, estaría plagado de noches interminables como aquélla. Aunque aquél era un pensamiento en el que prefería no profundizar.
Una vez en el teatro, se unieron al grupo los duques de Alton, Peter y Mariana. Era algo que él no había anticipado.
Disimuló el asombro inicial al ver a Mariana en la que había sido descrita como una reunión familiar íntima, pero estaba estupefacto ante la rapidez con la que se había introducido en el círculo de los Alton.
Se preguntaba si habría sido Peter el que había pedido a sus padres que permitieran la presencia de Mariana. No le extrañaba, pensó sombrío, que Peter hubiera caído rendido a los terribles encantos de Mariana, pero sí le parecía extraño que sus padres parecieran igualmente seducidos por ella.
Los duques eran extraordinariamente tiquismiquis en todo lo relativo al rango y el linaje. A diferencia de su hijo, el duque tenía suficiente carácter como para no dejarse engañar por un rostro bonito y una figura cautivadora, incluso en el caso de que estuvieran acompañados por una notable fortuna.
—Buenas noches, Caroline Carew —la saludó Pablo—. Qué sorpresa encontraros en una reunión familiar.
Mariana sonrió.
—A mí no me sorprende, Señor Martinez, que los duques hayan tenido la generosidad de incluirme en su círculo familiar.
Lo cual, pensó Pablo con sombría ironía, además de demostrar el calor con el que había sido recibida en la familia, ponía en evidencia el frío trato que continuaba recibiendo él después de haber pasado dos años comprometido con Rocio, la sobrina de los duques de Alton
Mariana pasó por delante de él para sentarse en la parte trasera del palco.
Peter  protestó rápidamente y la instó a colocarse en la primera fila, a su lado. Pablo no pudo menos que admirarla como estratega. Aquella demostración de modestia había sido espectacular.
Peter  era como la Gelatina entre sus dedos. Por muchos progresos que hubiera hecho Soledad el día anterior, no habían servido para nada. Mariana había vuelto a tomarle la delantera.
—Bien jugado —musitó.
No le pasó desapercibida la disimulada sonrisa que Mariana le dirigió. Una sonrisa acompañada de una expresión triunfal.
—Tengo mucha práctica —respondió Mariana con ligereza, de modo que solo él pudiera oírle.
—Es evidente.
Pero su sarcasmo encerraba mucha amargura. Estaba enfadado. Parecía fruto de la más refinada forma de tortura estar allí sentado, contemplando a la que había sido su  esposa utilizando todo tipo de artimañas para atrapar al hombre que su hermana quería.
Pensó en el beso que había compartido con ella en el carruaje el día anterior, en el calor, la pasión y el deseo enloquecedor que había provocado. Su enfado subió un grado más. Mariana le había ganado en su propio terreno, le había dejado deseando mucho más.

Sabía que Peter era su verdadera presa. Y que era una consumada intrigante.
Por supuesto, podría advertir a Peter Podía decirle que Mariana no era lo que aparentaba, que era una protistuta cazafortuna. Una idea crecientemente tentadora. Sin embargo, no lo era tanto pensar en las posibles venganzas de Mariana.
Y ella era una mujer de tanto talento, y manejaba tan bien a Peter, que quizá ya le hubiera dicho que había muchos que deseaban verla caer y hacían correr rumores maliciosos sobre ella.
Pablo podía imaginar la furia protectora que aquello desataría en un hombre tan Imbécil y manejable como Peter que ya consideraba a Mariana como de su propiedad.
Y enfrentarse al marqués en un duelo no entraba dentro de sus planes.
Y no serviría de nada

1 comentario:

  1. Como sufre Pablo ,jajajjajaja,todo suposiciones d lo k Mariana podría hacer.
    Me encantaría k ya encontrase la forma d aflojarla un poquito al menos .
    Mariana tiene su objetivo ,y hasta k no lo consiga no creo k desista ni un ápice,x el bien d los chiquitos.

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