Hola como están? espero que muy bien, hoy les traigo un cap largo compensando que no pude subir antes, también les cuento que más tarde subo cap en mi otra nove..
les mando un beso! ;) nos leemos pronto
CAPITULO
8
Sus
defensas comenzaban a tambalearse por aquella simple proximidad. Con las
mejillas sonrojadas, se liberó precipitadamente del contacto de Pablo y le vio esbozar aquella sonrisa traviesa y
burlona que ella tan bien recordaba
¿Tenes
calor, lady Carew?
—Digamos
que como resultado de tu falta de cortesía —le espetó Mariana sin seguirle el
juego.
Pablo arqueó
una ceja.
—En
otra época, no te importaba tanto que te abrazara —se enderezó y hundió las
manos en los bolsillos de la casaca—. Pero, por supuesto, olvidaba que aquello
era con intenciones pedagógicas, ¿no es cierto? —preguntó con ironía—. Ese
caballo tiene el pecho demasiado estrecho, y las piernas cortas —añadió tras
examinar a la bestia.
—Lo
sé —respondió Mariana de mal humor.
Se
sacudió el polvo de las manos enguantas y comenzó a quitar las briznas de paja
que habían quedado pegadas a su vestido.
—¿Ahora
se supone que eres experto en caballos?
—No
—la admisión de Pablo la sorprendió—. No
todos los descendiente de irlandeses crecen entre caballos —su expresión se
tornó sombría—. Yo crecí en las calles de Dublín. Los únicos caballos que había
allí eran tristes criaturas dedicadas a tirar de los carruajes de los ricos.
Se
miraron a los ojos y Mariana contuvo la respiración. El corazón le dio un
vuelco en el pecho. Se preguntó si sería posible que la vida volviera a
golpearla después de todo lo que había experimentado, si podría hacerle
tropezar inesperadamente, si podría dar un paso en falso. Se recordó a los
diecisiete años, tumbada en la hierba, con las estrellas girando sobre su
cabeza mientras Pablo desviaba las preguntas que le hacía sobre su infancia con
respuestas intrascendentes. Entonces no sabía nada sobre su pasado, salvo que
había sido tan rigurosamente pobre como ella.
No
habían hablado mucho sobre nada, pensó con una punzada de arrepentimiento.
Reían juntos y se besaban con una dulce urgencia. Todavía eran demasiado
jóvenes, demasiados entusiastas.
—Nunca
me hablaste de tu infancia —le dijo, y se arrepintió de sus palabras en cuanto
salieron de sus labios.
Pablo
tornó más dura su ya de por sí fría expresión.
—Eso
ahora no importa.
Mariana
esbozó una mueca ante aquel rechazo. La dureza de su tono le recordó que la
vida de Pablo ya no era asunto suyo.
Soledad
y él habían ascendido socialmente, pensó. Ella sabía que los padres de Pablo no
pertenecían a la nobleza pobre. Para él, estar prometido con la hija de un
conde o, para Soledad, aspirar a casarse con el heredero de un duque, era un
éxito de primer orden.
Aunque
Soledad no podría llegar a ser duquesa de Alton. A ella le correspondía
asegurarse de ello.
Mariana
experimentó una inesperada compasión por la señorita Soledad. Normalmente, era
capaz de consolarse a sí misma diciéndose que sus presas merecían ser separadas
del objeto de su deseo. Los caballeros cuyas pasiones debía reconducir eran a
menudo libertinos, o, simplemente, hombres débiles e insulsos.
Era
cierto que tampoco tenía una gran opinión sobre Peter, que parecía reunir los
vicios de su clase y ninguna de sus virtudes: arrogancia, egoísmo y libertinaje
en absolutamente todo. Pero aun así, aun sabiendo que Soledad podría conseguir
algo mucho mejor que Peter.
Mariana la admiraba por haberse propuesto
atrapar la herencia de un ducado. En cierto modo, soledad era tan aventurera
como ella y le parecía una pena echar a perder una oportunidad como aquélla.
La
tensión se respiraba en el ambiente. Pablo, que no parecía tener deseo alguno
de conversar con ella, tampoco mostraba intención de marcharse.
En
el otro extremo del patio de caballos, Peter estaba enfrascado en una animada
conversación con el señor Gastón Walters,
mientras admiraban a un lustroso caballo negro.
—¿Tu
hermana no te ha acompañado hoy? —preguntó Mariana educadamente, mientras salía
del establo.
Pablo
negó con la cabeza.
—No,
ha salido de compras con nuestra prima.
.
Unas compras de último momento con la prima para el baile de mañana, tengo
entendido.
—¿tu
prima? —repitió Mariana.
Advirtió
la nota de alarma en su propia voz y sintió que se le secaba la garganta.
Pablo
también lo advirtió. Le dirigió una dura mirada.
—Mi
primo Alex volvió a casarse hace dos años —se interrumpió—. Entiendo que,
viviendo en la propiedad de Alex en Escocia, estarías al tanto de la muerte de
su primera esposa.
—No
—respondió Mariana
Oía
la sangre rugiendo en sus oídos. Por un instante, la luz del sol pareció
intensificar su brillo hasta deslumbrarla. Así que Amelia Grant había muerto.
Amelia se había ganado su amistad, le había dado un consejo y, al final, había
terminado arruinando su futuro, cuando mariana fue a ver al primo de pablo para
pedir que le ayudaran, él no estaba, sin
embargo se encontraba a Amelia, fue ella quien le había dicho que debía
alejarse de pablo lo más antes posible antes que la haga sufrir ya que sin duda
la dejaría por otra mujer, en aquel tiempo pensó que la quería y lo que le
dijo era lo mejor para ella, hoy ya con su madurez, pensaba que no era ese el motivo de su consejo
sino que había otras intenciones, Amelia le interesaba pablo y ella fue tan
ingenua pensando que al ser su tía jamás se fijaría en él, hoy sabía lo
equivocada que estaba, y entendía ciertas actitudes de ella frente a pablo e
incluso los celos que sentía es por eso que le había aconsejado que se aleje
para siempre de él.
Pero era inútil culpar a aquella mujer de su
propia falta de valor. Lo único que había hecho Amelia había sido ahondar en miedos que ya
eran suyos.
Había
explotado su juventud y su debilidad, eso era cierto, pero Mariana era
consciente de que la responsabilidad última por abandonar Pablo más allá de su
consejo, de las palabras de las mujeres que rondaban a pablo habían alimentado
sus miedos, pero en el fondo , la única culpa era suya y solo suya.
—Pensé
que tus tíos te mantendrían informada de las noticias de
—Mis
tíos murieron hace mucho tiempo —replicó Mariana.
Pablo
apretó los labios.
—¿Se
supone que tengo que creérmelo o terminarán resucitando como tú?
Mariana
le ignoró, dio media vuelta y acarició el pelaje del animal.
—Tienes
una naturaleza muy dulce —le dijo al caballo—, pero no creo que vayas a ser una
gran montura —el caballo relinchó suavemente y presionó su hocico aterciopelado
contra la mano enguantada.
—Es
demasiado perezoso —confirmó Pablo—. Supongo que lo ha elegido Peter —posó su
mirada burlona sobre Mariana—. Ese hombre es incapaz de ver más allá de lo
obvio. Solo le importan las apariencias y tiene un gusto tan pobre para los
caballos como para las mujeres —sonrió—.
¿Estás dispuesta a halagarle hasta el punto de
pagar una buena cantidad de dinero por un mal caballo?
—Por
supuesto que no —respondió Mariana
Las
palabras de Pablo le habían dolido, pero ésa era precisamente su intención.
Podía ver la antipatía reflejada en su mirada, una antipatía fría e inflexible.
Nada
podía haberle dejado más claro a Mariana que ya era demasiado tarde para
arrepentimientos, demasiado tarde para volver al pasado.
Pablo
la creía mentirosa y maniobrera, lo cual no era en absoluto una sorpresa,
puesto que ella misma se había asegurado de que así lo creyera enredándole en
su red de mentiras.
Por
un momento, quiso gritarle que no había sido culpa suya, retirar todo lo que
había dicho tres noches atrás en el baile y confesar la verdad. La fuerza de
aquel impulso la sacudió con fuerza. Pero no podía hacerlo. Lo que había habido
entre ellos en el pasado había muerto y desaparecido para siempre.
Mariana
tenía un trabajo que hacer. Eso era lo único que se interponía entre ella y la
penuria. No podía apartarse ni un solo milímetro de los planes trazados, no
podía tirarlo todo por la borda. La idea de perder todo aquello por lo que
tanto había luchado la aterraba. Su vida y las de los mellizos pendían de un
hilo.
Sin
embargo, su corazón pareció secársele al ver el desprecio en los ojos de Pablo.
La única defensa que tenía era fingir que él ya no podía hacerle daño.
—Tú
también conoces las normas por las que se rige un cazador de fortunas —le
provocó—. Sabes perfectamente que le daré las gracias a Peter por haberme
aconsejado comprar tan fino animal y alabaré su capacidad de discernimiento al
mismo tiempo que apelaré a mis privilegios como mujer para cambiar de opinión y
recuperar el dinero. Yo habría elegido esa yegua de allí —señaló una briosa
yegua castaña que estaba siendo mostrada en el corral.
—Tienes
buen ojo, sabes apreciar la calidad —Pablo se las arregló para que aquel
cumplido sonara como un insulto—. Las yeguas pueden ser difíciles de manejar
—añadió, mirándola pensativo—. Pero a lo mejor estás buscando una montura más
emocionante que un castrado.
A
pesar del barniz educado con el que tiñó sus palabras, el significado estaba
más claro que el agua. Mariana le sostuvo la mirada y vio el explícito desafío
de sus ojos.
—Prefiero
un caballo con brío —replicó—. Mientras que tú —inclinó la cabeza con gesto
pensativo y le miró con los ojos entrecerrados—, probablemente elegirías algo
tan poco sutil como ese semental. Todo músculo y nada de cerebro.
Pablo
soltó una carcajada.
—No
pagaría tanto dinero por algo que podría llegar a matarme.
—Entonces,
has cambiado —contestó Mariana con tono educado. Y añadió al ver que Pablo
arqueaba las cejas con un gesto desafiante y burlón—: Absurdos viajes a México
en busca de tesoros, misiones ridículamente peligrosas para la Marina
Británica, un tonto
viaje al Ártico durante el que abordaste
otro barco como si fueras un pirata… —se interrumpió al ver que Pablo la miraba
divertido.
—Así
que has estado siguiendo mi carrera —musitó—. Qué inesperado y halagador. ¿No
me podías olvidar, Mariana?
Mariana
había seguido todos y cada uno de los pasos de la carrera de Pablo y todo lo
que pudiera saber de él, inclusive si se había vuelto a casar, pero no quería
que él lo supiera. Eso solo serviría para alimentar su vanidad y para dar lugar
a preguntas embarazosas sobre por qué le importaba tanto.
Preguntas que ella ni quería ni podía
contestar.
—Leo
los diarios —respondió, encogiéndose de hombros—. Todas esas noticias me han
convencido de que eres tan imprudente como siempre pensé.
—Imprudente
—respondió Pablo con un extraño tono de voz—. Sí, siempre lo he sido, Mariana.
A
los diecisiete años, Mariana adoraba su naturaleza salvaje, un contrapunto a su
aburrida y predecible vida. Se había dejado deslumbrar, cegar por la emoción
del riesgo. Sus encuentros secretos eran maravillosamente ilícitos. La vivencia
del riesgo la había cautivado. Aunque una pequeña parte de su mente le decía
que Pablo era demasiado atractivo, demasiado emocionante como para poder formar
parte de su vida, quería creer que era posible. Y aun sospechando en secreto
que Pablo solo le había propuesto matrimonio porque quería acostarse con ella,
estaba decidida a creer que la amaba.
Durante un solo día y una noche, se había
entregado ciegamente al placer, sintiéndose viva por primera vez desde hacía
años. A la mañana siguiente, había comenzado a dudar y después, había cometido
su gran error.
Tragó
saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta. Ya era demasiado tarde
para arrepentirse de su falta de valor y de fe. No sabía por qué sentía de
pronto aquella tristeza, como si hubiera dejado escapar algo valioso cuando, a
lo largo de todos aquellos años, Pablo había demostrado ser tan irresponsable,
imprudente y peligroso como ella había sospechado que llegaría a ser.
—Ya
no soy Mariana, soy Caroline Carew, ¿recuerdas?
Pablo
alargó la mano y la agarró de la manga. Mariana alzó la mirada hacia él y le
sorprendió ver un brillo de puro enfado en sus ojos.
—Así
que te deshiciste de tu nombre, al igual que de todo lo demás —musitó—. Tenías
mucha prisa por olvidar tu antigua vida, ¿verdad?
Mariana
se encogió.
—Uno
tiene que intentar distanciarse de los errores del pasado. Y Caroline es un
nombre muy bonito—se interrumpió—. Espero poder confiar en que recuerdes que
ahora soy Caroline Carew.
Pablo
le sostuvo la mirada durante varios segundos y ella casi se estremeció ante el
oscuro enfado que vio en ellos. El corazón le latía a toda velocidad y sentía
una fuerte presión en el pecho.
—Odio
que pienses que puedes confiar en mí en ningún aspecto —respondió Pablo en tono de falsa amabilidad—. Al fin y
al cabo, ¿la ambigüedad no es la sal de la vida?
—Martinez—la
voz aristocrática y aburrida de Peter los interrumpió.
Pablo
soltó el brazo de Mariana como si de pronto le abrasara, se enderezó y se
volvió hacia Peter con una reverencia.
—
Peter Alton —lo saludó con frialdad.
Peter
desvió la mirada de Pablo para fijarla
en el rostro de Mariana. Ésta tuvo que presionar sus manos enguantadas para
evitar que le temblaran. Había algo en la presencia física de Pablo que la
conmovía profundamente. Durante años, se había esforzado en erigir una fuerte
fachada que la protegiera del mundo y había llegado a creer que era capaz de
enfrentarse a cualquier cosa. Pero Pablo podía derribar esa fachada con solo
una mirada.
—Caroline
Carew —comenzó a decir Pablo. Mariana advirtió el énfasis que ponía en aquel
nombre—, estaba intentando decidir si acepta tu recomendación, Alton.
Mariana
vio que Peter fruncía el ceño ante aquella velada crítica a su decisión.
—Es
un caballo muy hermoso, señor —intervino rápidamente Mariana para reparar el
daño—, pero no termino de decidirme. Siempre puedo alquilar un caballo y
considero que quizá sea más divertido tener mi propio caballo de carreras.
Creyó
oír un bufido burlón de Pablo, pero a lo mejor había sido alguno de los caballos.
Peter
suavizó su expresión como por arte de magia.
—¡Un
caballo de carreras! —exclamó entusiasmado—. Una idea genial,Caroline. ¡Genial!
—Estoy
segura de que sería emocionante ir a verle correr, y también apostar por él,
por supuesto —añadió Mariana, deslizando la mano en su brazo.
—Solo
si uno tiene el bolsillo lleno —replicó Pablo secamente. Deslizó la mirada
sobre Mariana, deteniéndose en aquel vestido de montar que realzaba la curva
generosa de sus senos—. Pero olvidaba que vos estás muy bien dotada, ¿no es
cierto,?
La
dirección de su mirada hizo sonrojarse a Mariana. Recordaba perfectamente que
Pablo había hecho mucho más que contemplar aquellas curvas.
—
pido que disculpe a Martinez —intervino Peter—. A pesar de que su primo le
envió a Elton, siento tener que decir que la educación no hace al hombre.
—Desde
luego —su mirada chocó con la fría mirada de Pablo—. Estoy, como acaba de
decir, dotada de muchos valores de los que vos careces, entre ellos, las buenas
maneras.
—Y
en otro tiempo fui un hombre sin escrúpulos —musitó Pablo, sin mostrar
intención alguna de disculparse. Había un brillo travieso en su mirada—. Pero
vos ya me conoces. Estas al tanto de todos mis secretos.
—No
tengo interés en saber nada de usted Señor Martínez—replicó ella fríamente.
El
corazón le latía a toda velocidad. ¿Hasta qué punto estaría Pablo a
arriesgarse? Sabía lo que estaba intentando hacer. Quería insinuar que había
algo más en Mariana de lo que se veía a primera vista. Que tenía, más que un
romántico y misterioso pasado, un pasado sórdido. Que quizá hubiera sido
incluso una prostituta.
Quería sugerir que, aunque pretendiera hacerse
pasar por una viuda rica, no era la clase de persona con la que un noble
querría casarse, sobre todo habiendo una debutante virginal como Soledad esperando
pacientemente sus atenciones.
—¿Rocio
no ha venido contigo,? —preguntó Peter con toda intención.
Tensó
la mano alrededor del brazo de Mariana. Ésta descubrió que no le gustaba en
absoluto aquel gesto, pero dominó las ganas de apartarle y le sonrió
dulcemente. Peter estaba tan cerca de ella que sus cuerpos se rozaban.
—No
—contestó Pablo—. A Rocio no le gustan los caballos, a no ser que estén
haciendo algo tan funcional como tirar de su carruaje —hizo una reverencia—. Ya
veo que no soy bienvenido en este lugar, se ve que al no llevar un buen
apellido y sofisticado como el de ustedes pesa mucho, los dejaré para que
malgasten su dinero en un caballo de carreras.
—Qué
considerado de su parte —replicó Mariana—. Buenos días.
Podía
sentir la tensión en el cuerpo de Peter mientras permanecían juntos, esperando
a que Pablo se alejara de allí.
—Como
ya he dicho caroline, pablo se ha
mostrado sumamente descortés con vos. ¿Estas segura de que no hay nada entre
vos y él, aparte del hecho de que sea un viejo conocido?
Maldiciendo
mentalmente a Pablo por aquella intromisión, Mariana esbozó la más convincente
de sus sonrisas.
—Conocí
al Señor Martinez en la propiedad que tiene su primo en Balvenie cuando apenas
era una niña, —respondió—. Me temo que no me gustó y cometí el error de
demostrárselo.
Pablo
era insufriblemente vanidoso y pretendía que todas las damas se rindieran a sus
pies. Jamás me perdonó que no lo hiciera.
No
había caído a sus pies. Había caído directamente en su lecho. Pero advirtió
aliviada que Peter sonreía.
—En
la propiedad de Grant, ¿eh? Es un buen hombre, Grant, pero apenas tiene donde
caerse muerto. Toda la familia es un desastre. No pueden presumir de linaje y
Pablo parece llevar sangre maldita en sus venas, además de un apellido
sumamente común e inútil.
A
Mariana le sorprendió oír que despreciaba a Soledad de tal manera,
especialmente cuando sus atenciones hacia ella habían sido tan notorias y
seguramente tenían fines honorables. Pero era perfecto para sus propios planes.
Soledad
había sido derrotada, por buena que fuera, y Pablo no podría hacer nada para
evitarlo.
Sonrió
y le estrechó el brazo a Peter.
—Me
pregunto si tenes tiempo para acompañarme a una bodega. Necesito comprar un
buen champán para hacer un regalo y estoy segura de que vos conoces los mejores
vinos.
Peter
parecía sumamente complacido. Mariana clavó la mirada en una de las palas que
utilizaban para limpiar los establos, preguntándose hasta cuándo podría
continuar adulándole sin que su conducta comenzara a resultar sospechosa.
Un
hombre tan inteligente e ingenioso como Pablo la habría descubierto al
instante, pero el ego del marqués de Alton no parecía tener límite.
—te
acompañaré encantado, —respondió Peter—. Y después, quizá podamos
celebrarlo tomando una copa juntos —esbozó una sonrisa cargada de
insinuaciones—. Disfrutaría mucho tomando una copa con vos, solo nosotros dos.
—Sí,
sería maravilloso —musitó Mariana—. Teniendo en cuenta mi situación y lo poco
que conozco de Londres, aprecio en gran manera el contar con un amigo en el que
apoyarme.
Apartó
la mano del brazo de Peter y comenzó a caminar delante de él, permitiendo que
apreciara el suave movimiento de su sensual cadera bajo la falda de terciopelo
del vestido de montar. Sentía la mirada de Peter fija sobre cadera y también su
frustración, porque, una vez más, había conseguido eludir el clima de intimidad
que Peter estaba intentando crear entre ellos.
La
frustración alimentaba la ansiedad, y eso era precisamente lo que Mariana
quería de él. Sonriente, giró en la esquina y caminó directamente hacia Pablo,
que esperaba recostado contra el marco de la puerta con una mirada de abierta
admiración.
—Hermosa
jugada, Mariana —susurró
—.
Debes de tener mucha práctica en el arte de la seducción.
—No
te imaginas cuánta —confirmó Mariana.
Advirtió
que Peter se detenía para hablar con Nicolas Tattersall y maldijo aquel
retraso. Lo último que quería era alentar a Pablo y darle otra oportunidad de minar lo que
hasta entonces estaba consiguiendo.
—Pensaba
que te habías ido —le reprochó.
—Desgraciadamente,
no he sido capaz. Sentía un deseo casi sobrecogedor de ver en acción los
métodos que emplean las aventureras de hoy en día —la miró a los ojos
sonriendo—. Eres una profesional consumada, Mariana, una prostituta con clase.
—Y
tú un maldito fastidioso —le espetó Mariana alterada y dolida consigo misma por
haberle hecho creer aquello a pablo, pero no soportaba que el la considerara
una prostituta
Pablo
le besó la mano. Mariana intentó apartarla, pero él se la retuvo con fuerza. A
pesar de la tela del guante, aquel contacto la abrasaba.
—Elige
otra víctima —musitó Pablo—. Deja a Peter en paz, o podrías quedarte sin
ninguna.
—No,
es a Peter a quien quiero.
Apareció
un oscuro fuego en los ojos de Pablo.
—Mentirosa.
Es a mí a quien quieres.
Mariana
alzó la barbilla. Sí, era cierto que todavía era susceptible a su presencia,
pero había llegado la hora de ponerle en su sitio.
—Estás
completamente equivocado. Estás tan pagado de ti mismo que te consideras
irresistible —apartó la mano—. Es posible que lo seas para otras mujeres
especialmente para Rocio, al fin y al
cabo, es demasiado joven como para saber lo que le conviene —continuó
diciendo—, pero te aseguro que una viuda rica puede aspirar a algo mejor que a
un cazafortunas arruinado.
—No
pretendía decir que quisieras casarte conmigo… otra vez —respondió Pablo con falsa amabilidad. Posó la mirada
sobre su boca—. Me refería a que deseas…
—Que
te alejes de mí —le interrumpió impaciente
Mariana—. Y rápido. Y espero que no me causes más problemas —añadió—, a no ser
que quieras que yo haga lo mismo contigo.
Pablo
se echó a reír.
—Estoy
deseando que lo hagas —inclinó la cabeza—. Buena suerte.
—No
necesito suerte. Tengo las habilidades que necesito para conseguir lo que
quiero. Y ahora vuelve rápidamente con tu encantadora heredera —añadió—, antes
de que otro aventurero sin principios te la robe.
Pablo
asintió.
—Supongo
que sabes de lo que estás hablando —le hizo una reverencia—.
—No
te creo ni por un momento.
De
los ojos de Pablo desapareció todo rastro de diversión.
—En
otro tiempo estuve completamente a tu servicio, Mariana. Fui completamente tuyo
en todo los sentidos, pero ya no.
Alzó
la mano a modo de despedida y se alejó, dejando a Mariana temblando.
Porque
supo que Pablo había dicho nada más que la verdad. Había sido suyo en todo los
sentidos, él ni siquiera tenía la culpa de nada, solo la había amado y ella
había destrozado todo lo que los había unido, y no volvería a recuperarlo jamás.
Inevitablemente
las lágrimas se acumularon en sus ojos ante la más cruel de las verdades.

POR DIOS Q PAR ESTOD DOS!!! Son tal para cual... Juro q amo esta personalidad de Lali y mas en la epoca en la q se desarrolla su historia es una genia... Solo espero q Pablo sepa comprenderla cuando se entere de toda la verdad!!!
ResponderEliminarY Sole es un misterio... ella anda haciendo de las suyas...
Espero q estes genial... Besos nos leemos pronto!!! :D
Holaa coincido pensando en que son tal para cual no dudo ni un segundo que ninguno de los dos se van a resistir al rock jajaja para revivir viejos tiempos, no se como Peter no se dio cuenta de nada de lo que pasa entre ellos , es un tarado, me causo mucha gracias esta frase que dijo Pablo de Rocio : "No —contestó Pablo—. A Rocio no le gustan los caballos, a no ser que estén haciendo algo tan funcional como tirar de su carruaje"
ResponderEliminarasi o mas superficial?? la pudo dejar adelante de mar jaja, bueno espero ansiosa el proximo cap, besos percha