miércoles, 12 de marzo de 2014

Capitulo 9 "Una Dudosa Reputación"


Hola como están? tanto tiempo no?, disculpen la tardanza pero como ya empece la facu  me cambiaban los horarios cada rato y me fue imposible subir, pero ya me dieron horarios fijos :D así que me van a tener más seguido por acá.. 
Les cuento que más tarde ya subo otro cap en la otra nove, y ente les dejo un cap largo compensando..... se viene el rock me parece o no? aguantaran? :p  jajaj 

les mando un beso!! que anden bien.. ;)

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 CAP 9 

No había nada, pensó Pablo, comparable a un grupo de personas mal avenidas que no eran capaces de soportar su mutua compañía, pero se veían obligadas a fingir que estaban pasando un rato maravilloso. Estaba lloviendo, se encontraban en la catedral de St. Paul, visitando las tumbas porque Mariana había expresado su deseo de conocer los rincones más esotéricos de Londres.
Pablo no había comprendido a qué demonios estaba jugando hasta que había oído a Peter alabándola por ser tan inteligente como bella. Era extraordinariamente astuta. Y Peter, un auténtico  idiota  pensó Pablo .
Pero al hijo de los duques de Alton le gustaba considerarse un hombre culto y qué mejor que mostrarle a la deslumbrante  “Caroline Carew” aquel histórico lugar en el que estaban enterrados los héroes de la patria.
—¿Te importaría volver a recordarme qué estamos haciendo aquí? —le preguntó Soledad malhumorada—. Se suponía que esta tarde debería estar asistiendo a la sesión musical.
 Solo a ti se te ocurre traerme a este  lugar para que pueda ver a Peter teniendo todas sus atenciones a la Señora Carew —retorció su bonito rostro con una expresión de disgusto—. Si hubiera querido torturarme, me habría quedado en casa leyendo un libro malo.
Pablo llevó a su hermana tras uno de los pilares de la catedral. Le habría gustado decirle que dejara de comportarse como una niña caprichosa, pero suponía que Soledad tenía motivos para ello.
Desde hacía 10 días, el nombre de Caroline o, mejor dicho, su supuesto nombre, estaba en boca de todo el mundo.
La alta sociedad estaba impactada por la llegada de aquella viuda bella y adinerada. Los periódicos seguían todos y cada uno de sus movimientos, las tiendas de moda le enviaban vestidos con la esperanza de que los luciera en los bailes a los que asistía. Y Peter estaba comenzando a comportarse como si no recordara quién era Soledad siquiera, tan deslumbrado estaba por su nuevo objetivo.
Para Soledad profundamente enamorada de Peter y en aquel momento despreciada e ignorada, debía ser insoportable.
Pablo sintió una oleada de compasión por su hermana pequeña, que había estado a punto de comprometerse y en aquel momento estaba siendo desairada.
El sufrimiento de Soledad era visible. Había adelgazado, se la veía triste y había perdido su brillo. Toda la ciudad se reía de ella.
Rocio le había hablado a Pablo de los rumores que corrían, y parecía haber encontrado un cierto placer en hacerlo, pensó Pablo.
—Estamos aquí para frustrar los planes de esa mujer—le explicó con calma—. Y no lo vas a conseguir comportándote como una niña enfadada.
En los ojos de Soledad se encendió una chispa de interés.
—Entonces, dime cómo puedo conseguirlo —le pidió.
—Siendo todo lo que ella no es—le explicó pablo.
Soledad le miró boquiabierta.
—¿Quieres que parezca fea y estúpida? No entiendo cómo va a poder ayudarme eso.
Pablo sofocó una sonrisa. Por mucho que la detestara, era cierto que Mariana era una mujer muy bella e inteligente y no tenía sentido negarlo. Pocos hombres serían indiferentes a una mujer como ella. A algunos podía disgustarles su ingenio, pero Mariana era suficientemente inteligente como para fingirse tonta cuando estaba con ellos.
Era difícil encontrar su punto débil, pero él estaba dispuesto a descubrirlo y a utilizarlo contra ella.
—Eres más joven ella, eso para empezar.
Soledad arqueó las cejas.
—¿Eso es lo mejor que puedes decirme? ¿Qué soy un año o dos más joven que ella?
—Cinco años —la corrigió Pablo sin pensar.
Soledad le miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó con una mirada demasiado penetrante para el gusto de él—. ¿Tan bien llegaste a conocerla en Escocia?
Íntimamente, de hecho
Pablo desvió la mirada hacia el lugar en el que Mariana, con la cabeza inclinada, leía su guía. Era una hermosa imagen en la que se conjugaban la belleza y la inteligencia. Superpuesta a aquella casta imagen, apareció la de una mujer hermosa y lasciva que había descansado en sus brazos una sola noche. Al calor del amor, la fría reserva de Mariana se había disuelto en el más fuerte y apasionado deseo.
Mariana no le había negado nada y él, embriagado por la necesidad de poseerla, había disfrutado de cada centímetro de su exquisito cuerpo. Su cuerpo se tensó al pensar en ello y rápidamente cerró la puerta a los recuerdos, relegándolos al oscuro rincón al que pertenecían. No podía volver a encender esa llama, sentirse arder de nuevo por ella. Era él el que tenía el control de la situación. Hacía años que había dejado de ser aquel joven testarudo que se había enamorado de Mariana.
—¿Pablo? —la mirada de Soledad se tornó burlona.
Pablo se encogió de hombros, quitándole importancia a la pregunta.
—Solo me lo he imaginado —respondió—. Además, es viuda.
—Algo que a Peter le encanta —dijo Soledad malhumorada—. Él prefiere a las mujeres mayores y sofisticadas.
—Como amantes, no como esposas.
Soledad suspiró.
—¿Crees que lo único que busca es una aventura? Porque a lo mejor si espero a que…
—Vales demasiado como para esperar sentada mientras Peter toma a otra mujer como amante —le espetó Pablo.
Estaba de mal humor y no eran solo las tumbas las que le estaban bajando el ánimo. Sabía que Mariana había puesto a Peter en su punto de mira y que no estaba interesada en una simple aventura.
Ver a su ex esposa convertida en la amante de Peter ya sería suficientemente desagradable.
La mera posibilidad despertaba en él una furia que Pablo no quería analizar de cerca.
Pero verla convertida en marquesa de Alton, le provocaba una reacción igualmente intensa en relación a su sentimiento de posesión, a la que había que sumar la furia por el hecho de que Mariana pudiera arruinar de manera tan fácil y despreocupada el futuro de Soledad. Cerró los puños. El sentimiento de posesión era absurdo cuando su matrimonio con Mariana había sido tan corto y hacía tanto tiempo que estaba acabado.
Tampoco la furia le sería de ninguna utilidad. Lo que necesitaba para detener a Mariana era mantener la cabeza fría.
—A lo mejor podría convertirme yo en la amante de Peter —propuso Soledad—. La quitaría el puesto y…
Pablo molesto la agarró del brazo.
—No digas eso ni en broma, Soledad—le advirtió entre dientes.
Por un momento, vio el miedo reflejado en los ojos de Soledad.
—Era solo una idea…
—Una idea muy mala —respondió él, y la soltó. Intentó animarla—. Entre otras cosas, añadiendo — porque tendría que pegarle un tiro y entonces Rocio ya no querría casarse conmigo. —
Soledad rio llorosa y nerviosa
—Lo cual, representaría únicamente una pérdida en términos económicos.
—Antes de que comenzara a comportarse como un Idiota, Peter me gustaba.
—Eso es porque tiene muchas cosas en común —contestó Soledad, expresando una poco halagadora verdad que solo una hermana podía permitirse el lujo de exponer sin temor a las consecuencias—. Los dos son mujeriegos, les gusta el juego pero para divertirse, los deportes y beber. Por lo menos, antes te gustaban todas esas cosas. Antes de conocer a Rocio
Pero si hay algo que no me gusta es visitar estos lugares —replicó Pablo
Mariana caminaba en aquel momento por el pasillo, alzando la mirada hacia los mosaicos que embellecían la cúpula de la catedral. Mientras la observaba, un rayo de sol se filtró en medio de la penumbra e iluminó su pelo lacio, dándole un aspecto etéreo e irreal, aunque Pablo no era capaz de imaginar a nadie que tuviera menos que ver con un ángel.
Peter, sin embargo, parecía sobrecogido por aquella imagen.
—Deberías buscar a otro —le propuso Pablo bruscamente a su hermana.
—Ya me ha resultado suficientemente difícil encontrar a Peter —repuso Soledad—. ¿No te has dado cuenta de que no tengo una fila de pretendientes llamando a mi puerta?
—Tienes una buena dote  y belleza—replicó Pablo.
Alex, su primo, había retirado diez mil libras para el futuro de Soledad.
—Una dote modesta —le corrigió ella—. Nadie va a casarse conmigo por esa dote cuando hay ricas herederas de por medio. Sobre todo, teniendo en cuenta que no tengo relación con nadie influyente.
—Nos tienes a Alex, a Joanna y a mí.
—Lo que demuestra que tengo razón. No tengo ninguna relación con personas influyentes y las tengo con personas de lo más escandalosas.
Pablo la agarró del brazo.
—Vamos. Yo me ocuparé de distraer a esa Mujer  mientras tú le preguntas a Peter por la arquitectura de la catedral o algo parecido.
—¿Y no podrías hacer eso de forma permanente? —preguntó Soledad esperanzada—. Me refiero a apartar a Caroline de Peter. Podrías fingir que estás enamorado de ella. E incluso intentar seducirla. Por lo que he oído decir, antes se te daban muy bien ese tipo de cosas.
—Ésa no es la clase de información que uno quiere que llegue a oídos de su hermana.
—No seas tan estirado. Hazlo por mí.
Seducir a Mariana pensó…La idea era tentadora.
Perseguir a Mariana sin piedad, tumbarla en su lecho, saciar su deseo de aquel cuerpo intocable… Siempre había deseado lo que no podía tener. De hecho, el deseo le enloquecía de solo pensarlo.
Tomó aire y fijó la mirada en los rostros de los querubines que adornaban las columnas que tenía frente a él. No se le ocurría un lugar más inapropiado para albergar ese tipo de pensamientos.
—No funcionaría. Ella es demasiado inteligente. Comprendería inmediatamente mis intenciones. Y probablemente, Rocio se enteraría.
—¿Dónde está Rocio por cierto? Normalmente, vive pegada a ti, rondándote todo el tiempo como abeja a la miel.  Y la verdad es que se está mucho más a gusto sin ella —añadió.
—Rocio está en casa, con dolor de oído. Y ésa es la razón por la cual, por una sola vez, puedo ayudarte a distraer a esa mujer.
—Como Rocio se entere, serás tú el que acabarás con dolor de oídos —dijo Soledad con franqueza—.
 Y Gastón se asegurará de que se entere. Le encantan los chismes y puede ser muy malicioso con ellos —le miró—. Gastón hará todo lo posible para arruinar tus intenciones, lo sabes. Y lo hará por pura diversión.
—Ya tranquilizaré yo a Rocio, me adora la podre convencer además es solo esta vez —le aseguró Pablo.
—Ése será el trabajo de tu vida —comentó su hermana fríamente—. En eso consistirá tu futuro, en intentar poner de buen humor a la encantadora Rocio durante los próximos cuarenta años, y todo a cambio de su dinero.
Avanzó decidida hacia la tumba de sir Joshua Reynolds, donde estaban Peter Mariana y Gastón, y deslizó la mano en el brazo de Peter.
—Me temo que tanta cultura me está causando dolor de cabeza, Es posible que esté bien para intelectuales como Caroline Carew —le dirigió a Mariana una sonrisa—, pero ya sabes que yo no soy un ratón de biblioteca. ¿Qué te parece si vamos a buscar un refrigerio?
Pablo sonrió. Había que reconocer que el acercamiento de Soledad había sido directo. Y, al fin y al cabo, solo había seguido su consejo, que era mostrarse como completamente opuesta a Mariana. Afortunadamente, funcionó. Peter pareció aliviado ante la perspectiva de poder escapar y, aunque solo fuera durante unos segundos, Mariana pareció absolutamente furiosa, antes de atemperar su irritación y sonreír, mostrándose de acuerdo con el plan.
Soledad que por fin había capturado la atención de Peter, se pegó a él como una lapa. En el momento en el que Peter estaba a punto de ofrecerle el otro brazo a Mariana, Pablo dio un paso adelante y se interpuso entre ellos.
—Veo que tenes una guía,  —comentó—. ¿Podrías decirme si el Señor Nelson está enterrado en este lugar?
Mariana se vio obligada a detenerse. Peter y Soledad pasaron por delante de ellos, dirigiéndose hacia la puerta.
Estaban ya enfrascado en una conversación.  Soledad  miraba a Peter sonriente, la luz había vuelto a sus ojos. Al parecer, había recuperado toda su vivacidad una vez había vuelto a convertirse en el centro de las atenciones de aquel Hombre.
En cambio, los ojos marrones de Mariana brillaban de enfado, más que de placer, mientras contemplaban la inocente expresión de Pablo.
—El señor Nelson no solo está enterrado aquí —contestó en tono educado—, sino que, seguramente, está retorciéndose en su tumba al pensar que un antiguo capitán de la Marina podría no saberlo —alzó la mirada hacia él, tensa de furia y frustración—. Conocías de antemano la respuesta a esa pregunta, ¿no es cierto?
—Ha sido lo mejor que se me ha ocurrido en este momento —admitió Pablo, sin muestra alguna de arrepentimiento—. Quería hablar con vos.
—¿Otra vez? Me temo que no me siento halagada por tu inclinación a buscar mi compañía.
—Quizá sería más apropiado decir que quería entretenerte —admitió  Pablo
Su brusca sinceridad le valió una mirada asesina.
—Soy consciente de ello. Entiendo perfectamente tu estrategia.
Ignoró el brazo que Pablo le ofrecía y comenzó a caminar hacia la puerta. Uno de los guías estaba corriendo ya para llamar a un carruaje de alquiler. El tiempo había cambiado bruscamente y el cielo estaba cubierto de nubes grises. La lluvia caía desde los canalones, encharcando el pavimento del exterior de la catedral.
—Me temo que tendras que compartir el carruaje conmigo, Caroline Carew o mejor dicho Marina esposito —le advirtió Pablo muy educadamente, mientras Peter ayudaba a Soledad a subir al primer vehículo—. A menos que prefiráis montar con el señor Gastón Walters.
—Me temo que no tengo dónde elegir —replicó Mariana.
Su forma de tamborilear la guía con los dedos enguantados traicionaba su enfado.
—Considérame el menor de los males —le aconsejó Pablo mientras el carruaje en el que iba su hermana desaparecía de vista—. A no ser, añadió, que prefieras regresar a tu casa bajo la lluvia. Y me temo que no puedo ofrecerte un paraguas con el que protegerte.
Mariana lo miró exasperada.
—Intenta no hacer esperar a los caballos —añadió Pablo al verla vacilar.
Mariana suspiró irritada.
—¡ de acuerdo!
Aceptó la mano que Pablo le ofrecía para ayudarla a subir, pero le tocaba con tanta repugnancia como si sufriera una enfermedad contagiosa.
Una vez dentro del oscuro y diminuto interior, le soltó bruscamente y se dirigió hacia el extremo más alejado del asiento. Pablo  se sentó frente a ella, estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos, rozando con ellas el dobladillo del vestido. Mariana apartó las faldas con un gesto brusco, como si temiera que pudiera contaminarla.
Pablo sonrió en medio de la oscuridad.
—Es fácil distraer a Peter. Si quieres que solo se fije en ti, vas a tener que sujetarlo con mano dura.
Mariana le miró entonces.
—Peter es como un niño pequeño en una confitería.
No hizo esfuerzo alguno por disimular su frustración y a Pablo casi le gustó. No había artificio alguno en Mariana. Tampoco fingía que tuviera otro interés en Peter que no fuera el de su título.
 Aunque a su pesar, Pablo no podía menos que admirar su honestidad. Si hubiera fingido afecto por el marqués, la habría despreciado por hipócrita.
—Una metáfora muy adecuada. Dulces y bonitas golosinas para atrapar a Peter —deslizó la mirada sobre Mariana con gesto de abierta admiración—. Sin lugar a dudas, te considera un manjar que está deseando desenvolver.
—Pues me temo que no podrá disfrutarlo tan pronto.
—No, imagino que no. Si eres capaz de negarle tus favores durante algún tiempo, podrás sacar mucho más de él.
Aquello le valió otra mirada fulminante de aquellos ojos marrones.
—Gracias por tu consejo. Pero te aseguro que me tengo en mucha más consideración que la que merecería si fuera a convertirme en la amante de Peter tan fácilmente.
Desvió la mirada hacia las húmedas calles.
Mostraba un perfil exquisito bajo aquel coqueto sombrero de plumas: las pestañas negras y tupidas, la línea de su mejilla, pura y dulce, y unos labios que parecían siempre a punto de sonreír.  Sus cabellos acariciaban su cuello, era tan sedoso y negros que Pablo sintió la necesidad irresistible de acariciarlos para comprobar si eran realmente tan suaves como parecía.
Era extraordinario, pensó con cinismo, que una persona tan corrupta como ella pudiera resultar tan atrayente. Era increíble que su crueldad no asomara estropeando la bella imagen de aquella viuda cautivadora. Sí, suponía que aquello formaba parte de su habilidad. No intentaba competir con la inocencia de las debutantes. Ella apelaba a la sofisticación y al encanto. Realmente, no podía decirse que pareciera una Prostituta.
 Era una mujer con clase, con talento, y muy bella. Pero también ella se vendía al mejor postor, siempre y cuando hubiera matrimonio de por medio.
¿Pretendes seducir a Peter para que se case contigo? —le preguntó.
Mariana le miró entonces con expresión burlona.
—Qué pregunta tan vulgar. No pienso contestarla.
—Como tú misma has dicho, una viuda puede utilizar su experiencia a su favor.
A los labios de Maite asomó una sonrisa.
—Es cierto. De la misma forma que un libertino o un cazafortuna podría usar sus conocimientos y sus habilidades para atrapar a una joven heredera.
Se hizo un tenso silencio entre ellos en medio de la claustrofóbica oscuridad del carruaje. La lluvia repiqueteaba en el techo. Las ruedas salpicaban al cruzar los charcos de la carretera.
—Deja de mirarme —le pidió Mariana fríamente—. Dedícate a mirar por la ventana.
—Londres lo veo cada día. Te estoy admirando.
Mariana se echó a reír.
—Lo dudo mucho.
—En un sentido estético. Eres muy bella, muy sensual  Mariana, y no estoy diciendo nada que tú no sepas.
—Puedes ahorrarte los cumplidos —respondió Mariana desdeñosa—. Me siento más cómoda con el silencio.
—Solo estaba intentando ser agradable.
Mariana le dirigió una mirada molesta.
—Dudo que seas capaz de hacer nada de forma agradable.
—Hice el amor contigo de forma más que agradable, ¿no te acuerdas?
—No.
Mariana volvió la cabeza para que Pablo no pudiera ver su expresión. Su voz había sido fría, pero él había detectado una intensa emoción tras sus palabras. ¿Desconcierto? ¿Incomodidad? Seguramente, una mujer tan experimentada como Mariana no podía sentirse avergonzada por una referencia al pasado compartido, así que, a lo mejor, sencillamente, le irritaba haberle dado oportunidad de sacar a relucir el tema de su apasionado encuentro.
Pablo sintió la repentina necesidad de continuar acosándola.
—Seguro que lo recuerdas. Fue tu primera vez pero Fuiste tan salvaje y apasionada en tu respuesta como ninguna otra mujer que haya conocido.
Por un momento, pensó que Mariana iba a ganar aquella batalla dialéctica limitándose a ignorar su provocación, pero era demasiado flagrante como para pasarla por alto. Vio brillar los ojos de Mariana en respuesta a aquel desafío y sintió el placer del triunfo al haber sido capaz de provocar aquella reacción.
—Qué dulce por tu parte recordarme después de tanto tiempo —contestó cortante—. Pero me temo que para mí no fue una experiencia memorable.
Mentira.-
La palabra pareció quedar flotando entre ellos. Pablo vio sus mejillas teñirse de rojo, como si Pablo hubiera pronunciado aquella palabra en voz alta. Cambió de postura y se encogió de hombros.
—A lo mejor has tenido tantas experiencias después que la memoria te falla —repuso educadamente.
Mariana le miró con profundo desprecio.
—A lo mejor estás confundiendo mi pasado amoroso con el tuyo, Pablo. He oído decir que, antes de tu compromiso con Rocio, no eras muy quisquilloso a la hora de elegir. Al parecer preferías la cantidad a la calidad.
—Una vez más, me siento halagado por la atención que prestas a mi vida —contestó Pablo—. ¿Tienes algún interés en mi vida sentimental?
¡Por supuesto que no! —respondió Mariana, roja de enfado.
—Pues todo evidencia lo contrario. Aunque me resulta extraño que mi ex esposa…
—Siempre has tenido una gran opinión de ti mismo —le interrumpió Mariana—. O quizá sea más correcto decir un concepto equivocado de ti mismo.
—Me declaro culpable. Pero hay ciertas cosas en las que destaco.
Mariana elevó los ojos al cielo.
—¿Por qué necesitan presumir tanto los hombres de su potencia sexual, o del tamaño de sus partes?
—Si lo prefieres, puedo demostrártela, en vez de hablar de ella.
En ese momento, fue Mariana la que sonrió con expresión burlona y mirada desafiante.
—¿Intentarías seducirme? No creo que te atrevas.
Pablo soltó una carcajada.
—Es peligroso desafiarme.
Mariana negó con la cabeza.
—Hablas por hablar. No serías capaz de hacer nada que pudiera poner en riesgo tu compromiso con Rocio.
—No tendría por qué enterarse.
Se había comportado como un monje hace bastante, tenía que admitirlo, por razones de honor y por el simple hecho de que Rocio terminara con él  si llegaban hasta ella rumores de infidelidad, y terminara de arruinarse sus planes, sus únicos deslices había tenido mucho cuidado, y los había hecho lejos de aquella ciudad
Rocio jamás toleraría ni las discretas aventuras con Prostituta ante las que otras esposas y prometidas hacían la vista gorda. Era demasiado posesiva, y sobre todo con él.
 Pablo sabía que aquella demanda de fidelidad no tenía nada que ver con sus sentimientos, sino que todo era necesario que tenía que responder de aquel modo si quería concretar su Plan
Mariana era la única mujer que jamás le traicionaría, jamás le diría nada a Rocio porque él conocía todos sus secretos.
La mera idea le robó la respiración. Le gustaba. Sí, le seducía más de lo que debería.
Cuando Soledad había sugerido aquella tarde que debería intentarlo para alejar a Mariana de Peter, no había tomado en serio aquella posibilidad. Pero en aquel momento se estaba tomando la idea muy en serio.
Hacer el amor con Mariana otra vez, desvelar su cuerpo a su mirada, a sus caricias… presionar los labios contra aquella piel sedosa, saborearla, hacerla suya  y volver a sentir su respuesta. Se excitó al pensar en ello.
—Podría contarle a  Rocio que has intentado seducirme —repuso Mariana, poniendo brusco fin a sus fantasías.
—Sé demasiado de ti. Nunca me denunciarías por miedo a que pudiera traicionarte.
Se miraron a los ojos con mutua hostilidad e idéntico deseo. Un deseo que parecía elevar la temperatura del oscuro carruaje.
—No me gustas.- se defendió mariana
Había un deje de algo indescifrable en su voz que hizo arder la sangre de Pablo.
 Mariana podía negar aquella atracción todo lo que quisiera, pero él la conocía, su voz sono titubeante y no se sentía la seguridad que ella quiso dar.
 La había deseado desde el momento que la había visto caminando hacia él en el salón de baile, y sabía que ella sentía lo mismo que él, conocía las chispas de deseo en sus ojos, brillaba igual que cuando la tuvo entre sus brazos
—¿Serías capaz de hacer el amor con una mujer que no te gusta, solo para demostrarle que se equivoca?
—Desde luego —contestó Pablo—. Pero no sería ése tu caso, Mariana. Haría el amor contigo porque te deseo, y tú responderías por la misma razón.
Vio el escalofrío que provocaron sus palabras. Mariana quería negarlas, pero algo la obligaba a guardar silencio.
Pablo repentinamente le tomó la mano y le quitó el guante, tirando de los dedos uno a uno hasta dejar al descubierto su piel desnuda.
Una mano cálida, delicada y suave, todo lo que Mariana no era, reposó en la de él. Éste rozó sus dedos con los labios. Quería hacerla temblar. Quería demostrarle que no era indiferente a él para que no pudiera volver a negarlo. Giró la mano y presionó los labios contra el pulso que latía en la muñeca. A pesar de la inexpresividad del semblante de Mariana, latía a toda velocidad.
—Pareces nerviosa —musitó contra la palma de la mano.
—En absoluto —respondió Mariana con voz fría—. Solo tengo curiosidad por ver hasta dónde eres capaz de llevar esta farsa.
Pablo no pudo refrenar el deseo y pasó su lengua sobre su mano con una delicada caricia.
Mariana tenía un sabor delicioso, dulce y salado al mismo tiempo, un sabor que hizo subir un escalón más su atracción hacia ella.
—Podría llevarla mucho más lejos —respondió. La soltó y notó el escalofrío de alivio que la sacudió—. Solo te he besado la mano —dijo con delicadeza—, ¿te ha gustado?
—No, no me ha gustado —su tono era firme, pero Pablo había sentido su temblor cuando lo hizo.
—Pero si estás temblando.
Se inclinó para acariciar los mechones de pelo  que rozaban su cuello.  Eran más suaves que la seda y de ellos se desprendía la más delicada esencia a rosas. Una esencia que le provocaba y envolvía sus sentidos.
Rozó delicadamente con los nudillos la delicada piel de su cuello. Mariana contuvo la respiración y aquel sonido casi imperceptible bastó para traicionarla.
Pablo dibujó con el dedo la base de su cuello y descendió ligeramente con los dedos hasta el rico encaje que perfilaba el escote del vestido. Sintiendo como mariana tragaba en seco.
Aquella filigrana de encaje era más blanca que la cremosa piel que se escondía bajo él. Diseñado para despertar el deseo carnal dando una apariencia de irreprochable inocencia, ocultaba y enmarcaba al mismo tiempo los senos henchidos.
Pablo experimentó la fuerte e incontrolable necesidad de desgarrar el encaje y deslizar la mano bajo la seda, posarla sobre su seno y sentir el pezón endurecido contra su palma. Aquel juego que había comenzado como un desafío y una provocación, había cambiado de pronto. En aquel momento, y a pesar de toda su experiencia, era él el que estaba excitado como un adolescente mientras Mariana parecía más fría que la lluvia invernal. Sin embargo, el rápido latido de su pulso y el brillo de sus ojos la traicionaban.
Pablo deslizó el dedo entre el valle de sus senos y la sintió estremecerse bajo su contacto. Estaban muy cerca. 
Pablo podía oír su respiración ligeramente agitada y disfrutar del rubor que teñía su piel, coloreando su palidez. Tenía la boca ligeramente entreabierta y se mordía el labio inferior. El cuerpo entero de Pablo se tensó ante aquella imagen. No era capaz de pensar en nada que no fuera en el hecho de que tenía que besarla en ese mismo instante, pero conservaba suficiente cordura como para saber que, a pesar de su aparente aquiescencia, si lo intentaba, probablemente Marian le lastimaría con algo.
No iba a correr ese riesgo. Rápido como el rayo, le sujetó las muñecas y se las envolvió con la tira del bolso. Mariana soltó un grito ahogado, pero él la sujetó con fuerza, obligándola a mantener las manos en el regazo.
—Solo quiero evitar que puedas hacerme daño —apenas reconocía su voz, ronca y endurecida por el deseo.
Mariana  podría morderle, por supuesto, pero él lo disfrutaría. Era un riesgo que estaba dispuesto a asumir.
Vio relampaguear la furia en sus ojos, pero bajo su enfado, adivinó también una fascinación que hizo rugir en su interior un hambre voraz.
—Eres un maldito—le insultó Mariana, con la voz ya no tan firme.
—Un pirata. Y lo sabes —tiró del cordón del bolsito.
Con aquel movimiento obligó a Mariana a acercarse. Pablo inclinó entonces la cabeza para tomar sus labios.
Eran unos labios suculentos que temblaron bajo los de él  como los de una debutante que acabara de recibir su primer beso.
Parecían inseguros, faltos de práctica, como si Mariana no hubiera besado a nadie en mucho tiempo.
Pablo vaciló un instante, completamente desconcertado por aquella respuesta. Ni por un instante la supuso inocente. Su historia la contradecía. La propia Mariana había negado su inocencia con sus palabras, pero aun así, su falta de sutileza hablaba por sí misma. No había fingimiento alguno entre ellos. Era como si, desde el momento en el que la había besado, todas las barreras se hubieran derrumbado y ya no hubiera enfado ni resentimiento. Solo quedaban un dulce anhelo y un punzante deseo.
 Por un momento, Pablo se sintió envuelto en una peligrosa emoción. Justo entonces, Mariana abrió los labios bajo los suyos y al disfrutar de aquel sabor tan sorprendentemente familiar, tan tentador, sus sentidos parecieron enloquecer. Se olvidó de todo y soltó el cordón para abrazarla y besarla con voracidad, con pasión y con una ternura cada vez más profunda.
Enredó su lengua con la suya, invitándola a una danza de sensualidad. El deseo crecía en su interior como una fiera llama. 

1 comentario:

  1. Vaya con Pablo ,estaba deseando volver a besarla.
    Veremos en k acaba ese encuentro ,xk Lali se resistió ,pero una vez k comenzó,le va a costar resistirse mucho.

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