lunes, 24 de marzo de 2014

Capitulo 11


Capitulo 11

Al principio se había dicho a sí misma que Pablo no podría hacer nada para detenerla. En aquel momento, 10 días después de su reencuentro, ya no estaba tan segura. Era cierto que no podía revelar los detalles de su relación anterior sin hacer peligrar su propio compromiso con Rocio , pero podía hacer otras muchas cosas, y Mariana estaba comenzando a sospechar que sería capaz de hacerlo. No debía subestimarlo  era un adversario peligroso.
Asomó a sus labios una débil y pesarosa sonrisa. Entre él  y su hermana, era obvio que habían ganado aquella partida.
Soledad le había arrebatado a Peter delante de sus narices y después había intervenido Pablo para terminar de frustrarla. Y allí estaba ella, caminando penosamente bajo la lluvia, sin paraguas alguno mientras que probablemente, Soledad estaba ya cómodamente sentada en Gunters, compartiendo un dulce con Peter.
A Mariana se le hizo la boca agua al pensar en ello. Le apetecía un pastel de nata, o incluso un caramelo de chocolate. Necesitaba algo dulce para consolarse, para tener la seguridad de que no fracasaría. Porque estaba segura de que los duques de Alton se pondrían furiosos cuando se enteraran de lo que había pasado aquella mañana. Estaba convencida de que alguna alma bondadosa se lo contaría. Gastón Walters, probablemente. Era una criatura venenosa y había estado dirigiéndole miradas asesinas desde que le había rechazado.
Mariana suspiró mientras aquella lluvia veraniega goteaba por el sombrero y se filtraba por su cuello. Su futuro sustento dependía de su capacidad para complacer a los duques y romper la relación entre Peter y Soledad, de modo que debería mejorar su juego.
En primer lugar, no podía volver a permitir que Pablo se aprovechara de ella con sus juegos de falsa seducción. De momento, se había quedado con uno de sus guantes. Mariana se quitó el otro con enfado. Aquel par de guantes le había costado bastante dinero no podía permitirse el lujo de malgastar el dinero de aquella manera.
Para cuando llegó a su Casa Street, estaba completamente empapada El portero que le abrió la puerta tuvo que disimular una sonrisa al verla. La doncella que le habían proporcionado los duques junto con la casa y todo lo demás, fue menos respetuosa.
—¡Que el cielo nos asista, mi señora! —exclamó al ver a Mariana—. ¿Pero qué le ha pasado?
—Me ha pillado la lluvia, —contestó  
—¿Y también se le ha caído un guante?
—Sí, lo he perdido por el camino —se excusó Mariana.
La doncella la miró con dureza. Era una chica joven, sencilla y práctica. A Mariana le había gustado desde el primer momento. No había artificio alguno en ella y decía las cosas abiertamente.
—le prepararé un té, mi señora —le ofreció—. Creo que os vendrá bien. Habéis recibido algunas cartas —añadió—. La mayor parte de ellas son invitaciones y cosas parecidas. Ya no queda espacio en la repisa de la chimenea. Te has convertido en una celebridad en Londres, mi señora.
—Me gustaría tomar un poco de bizcocho,—pidió Mariana precipitadamente—. Esponjoso. Con mucha mermelada y mucha nata.
Mariana tomó las cartas de la mesita de la entrada, se dirigió al salón y cerró la puerta tras ella.
Era una habitación pequeña y tan elegante y carente de personalidad como el resto de la casa. La luz del sol acariciaba la alfombra, alejando la lluvia veraniega. El viento agitaba suavemente las cortinas. Sobre una mesa situada junto a la ventana descansaba un jarrón con azucenas. No las había cortado ella. En realidad, no tenía aptitud alguna para las artes femeninas. Al igual que el resto de la casa, todo formaba parte de un decorado. El entorno perfecto para una viuda rica y deslumbrante como Caroline Carew.
Una celebridad en Londres. Mariana curvó los labios en una sonrisa irónica. Si supieran la verdad…
La pequeña Mariana esposito había nacido en una vecindad Su madre la había entregado cuando su padre había muerto tras dejar el hogar para unirse al ejército. Había demasiadas bocas que alimentar y faltaba el dinero, de modo que ella, la más joven y la más guapa de las hermanas, había iniciado una nueva vida en casa de sus tíos, que no habían podido tener hijos.
Una vida que había tirado por la borda al fugarse con Pablo Martinez Con un suspiro, se dejó caer en una de las butacas. No había el más mínimo reflejo de su personalidad en aquella casa, ni el menor indicio de quién era ella en realidad. Se quitó los zapatos y posó los pies empapados en la alfombra. Disfrutó de su tacto suave y mullido. Le gustaba sentir aquella opulencia bajo los pies porque le permitía recordar los suelos desnudos, las piedras heladas y la lluvia constante. No le parecía mal disfrutar de tanto lujo cuando había tenido tan poco. A veces, incluso casi llegaba a creerse su propio cuento de hadas.
Seleccionó tres cartas de aquel montón de invitaciones a bailes, veladas musicales y fiestas.
 La primera era del profesor que se había hecho cargo de max Alister. Sintió inmediatamente un escalofrío. No recibir noticias de Max siempre era una buena noticia.
Max de 10 años, era un chico salvaje, ingobernable y no particularmente inclinado al estudio.
Mariana había tenido que pagar una generosa cantidad para persuadir al Profesor Bolton de que aceptara a Max en el seno de su familia, con la esperanza de que se adaptara mejor a la vida familiar de lo que lo había hecho a la vida en los internados. De los dos anteriores, había terminado fugándose.
Mariana se interrumpió, consciente de la fuerte tentación de dejar la carta y retrasar el momento de la verdad.
Max y Bianca … Quería a aquellos mellizos como si fueran sus propios hijos, estaba unida a ellos por una vida forjada en la lucha por la supervivencia y por la promesa que le había hecho a su madre, Esperanza Alister, cuando yacía enferma en el hospicio. le había hecho el regalo de sus hijos después de su gran pérdida y no podía fallarle. Parpadeó para contener una repentina oleada de lágrimas y abrió la carta.
Max, le comunicaba el doctor y Profesor Bolton más apenado que enfadado, había vuelto a escaparse. Le habían encontrado una semana después en las calles, sucio, hambriento y furioso, pero arrepentido  estaba sano y salvo.
Mariana  dejó caer la carta en el regazo y presionó los dedos contra las sienes, donde comenzaba a amenazar un dolor de cabeza.
Max  se consideraba un hombre fuerte y suficientemente inteligente como para cuidar de sí mismo, pero solo era un niño. Un niño al que adoraba y que la quería, pero en algunas ocasiones, Mariana era consciente de que no estaba haciendo todo lo que podía para ayudarle. Se sentía profundamente triste, con un intenso dolor en el corazón. La culpa la atormentaba. Eran muchas las veces que había intentado mantener a su pequeña familia unida, pero no había sido posible. No podía mantener a los mellizos si no trabajaba, y si trabajaba, no podía tenerlos con ella. Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero el hambre y el miedo habían asaltado su mundo. La vida le había arrebatado en dos ocasiones lo que más quería. Primero había perdido a Pablo y después a su hija.
En ese momento, estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su poder para proteger a los mellizos y verlos crecer sanos y salvos.
 Sabía que en solo un par de meses, habría terminado su trabajo. Los duques le pagarían y podría visitar por fin a sus mellizos e incluso comenzar una nueva vida con ellos.
Tomó la carta con manos temblorosas. Aunque el doctor Bolton había llenado toda una hoja, apenas daba muchas más noticias. Pero a media página la letra cambiaba.
Max, decía el doctor, se había convertido en una carga y, con todo el dolor de su corazón, le pedía más dinero para compensarle por la conducta de Max  y por todos los problemas que estaba causando.
En un ataque de furia, Mariana arrugó la carta, sintiendo las duras esquinas del papel arañar la palma de su mano. A ese ritmo, el dinero que tanto le había costado ahorrar para unir a su familia, terminaría en manos de gentes sin escrúpulos que siempre exigían más y más.
Por suerte Bianca se encontraba bien
Miró la segunda carta. La intuición le decía que no eran buenas noticias. Pero ella siempre había encarado de frente los problemas, de modo que la abrió.
Efectivamente, no eran buenas noticias.
Los prestamistas le demandaban, educadamente, pero con firmeza, que pusiera fin a sus deudas si quería ampliar sus préstamos. Ella sabía que si lo hacía en los términos que le sugerían, su deuda se multiplicaría en el futuro. Pero si no pedía dinero prestado, no podría pagar las facturas del internado de Bianca.
 El dolor de cabeza se incrementó. Sintió el pánico atenazándole la garganta.
La tercera carta estaba escrita con una caligrafía que no reconoció. La abrió despreocupadamente, pensando todavía en sus problemas financieros. La leyó una vez sin prestarle mucha atención, y volvió a leerla con un desazonador sentimiento de incredulidad:
Sé quién eres.
La carta escapó de entre sus dedos y voló sobre la alfombra, para terminar aterrizando sobre una mancha de luz. Hacía calor en el salón, pero Mariana sentía frío y comenzaba a temblar.
«Sé quién eres». Las palabras que ningún impostor deseaba leer.
—El té, mi señora. Y una buena porción de bizcocho —Alelí
Acababa de entrar con una bandeja que llevaba una tetera de porcelana china y una taza a juego—. Pareces abatida, señora.
—Lo estoy —contestó Mariana con fervor.
—Problemas de dinero, supongo —aventuró Aleli—. O quizá sea un hombre —añadió.
Miró alrededor del salón. El sol iluminaba en aquel momento los muebles y arrancaba hermosos colores de la alfombra que descansaba frente a la chimenea de mármol.
—Ya sabe mi señora, que nunca se me ha dado bien fingir.
—Oh, Dios mío —musitó Mariana, preguntándose qué le iba a decir a continuación.
—Todo esto es muy hermoso —continuó diciendo—, pero la ropa interior que llevabais cuando llegaste recién aquí había sido remendada y la suela de los zapatos estaba completamente gastada. Llegaste a pie, cargando con tu  equipaje y tengo la certeza de que todo esto… —señaló la habitación con un gesto—, es un trabajo. Solo pensaba que debería saber que lo sabía, mi señora —terminó.
—Ya entiendo —respondió Mariana lentamente.
No fue capaz de contener la sonrisa ante las labores detectivescas de la doncella. Al parecer, su anónimo corresponsal no era el único que sospechaba de ella.
—Así que piensas que a lo mejor soy pobre. Una impostora, quizá, que finge ser una viuda rica.
—No sé lo que sos, mi señora —respondió la doncella con franqueza—. Pero estuve trabajando para una Señora muy distinguida y muy rica que se fugó con un prisionero de guerra francés en un globo.
Después de aquello, ya nada me sorprende.
Soy capaz de guardar un secreto, pero me gusta saber qué secreto guardo. No sé si entiende  lo que quiero decir.
—Perfectamente, gracias, Aleli—contestó Mariana
Se interrumpió, pensó en lo que la doncella le acababa de decir y en lo sola que se sentía siendo una impostora y no teniendo a nadie con quien hablar.
—Si traes otra taza, podríamos hablar —propuso lentamente.
La doncella sonrió y se dirigió hacia la cocina. Mariana se sintió inmediatamente reconfortada. En su trabajo, jamás había confiado en nadie. Jamás había compartido con nadie sus secretos, pero sentía que podía confiar en aquella doncella tan pragmática y franca.
El dinero, los hombres o ambas cosas, había dicho Aleli.
 Mariana se frotó la muñeca, sintiendo de nuevo los dedos de Pablo sobre su piel. Su contacto todavía le abrasaba. Chantaje y seducción. Pero no, no podía ser Pablo el que había enviado aquella nota amenazadora. Él era el único que conocía sus secretos. Mariana  sabía que era un hombre peligroso y sin escrúpulos, pero la intuición le decía que no se rebajaría a hacer algo tan vil. Aun así, no sabía si podía estar segura. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar  para derrotarla? Mariana tenía la aterradora intuición de que pronto iba a averiguarlo.
La señorita  Soledad continuaba siendo una joven inocente. Poner un pie en un prostíbulo iba mucho más allá de todo lo que había hecho hasta entonces.
De pronto, las habitaciones de aquel lugar le parecían un lugar seguro y casi respetable.  
Soledad sabía que no era la primera mujer a la que su amante había citado en aquel lugar, e intentó no pensar en que probablemente tampoco sería la última, porque eso significaría reconocer la derrota, aceptar que había perdido. Y, sencillamente, no podía permitirse perder.
su amante ya se encontraba allí, esperándola sonriente.
Le apartó el velo del rostro y tomó su abrigo y su sombrero.
—Toma —le tendió una copa de vino.
Era un vino dulce y fuerte, y la ayudó a sentirse mejor. Su amante la besó. Y eso le gustó todavía más.
—Has sido muy valiente al venir hasta aquí —parecía divertido—. Te mereces una recompensa.
Sin dejar de besarla, la llevó hasta la cama. Cuando  Soledad por fin abrió los ojos, él ya le había quitado toda la ropa y ella estaba desnuda sobre una colcha de un vivido color naranja, con la melena suelta extendiéndose a su alrededor.
—¿No vamos a jugar a las cartas esta noche? —preguntó.
Aquello formaba parte de su acuerdo. Las cartas primero, y hacer el amor después, cuando perdía. Aunque Siempre  perdía.
Él se apoyó contra los talones y la miró con un brillo travieso en sus ojos oscuros. Soledad miró entonces por encima de su hombro y vio la mesa preparada para varios jugadores.
—Esta vez jugaremos después —respondió. Le acarició el pelo—.mientras ella continuaba anhelando alguna palabra de amor nacida 

2 comentarios:

  1. Hellooo percha como andas?? espero que bien, paso a comentar la nove me dio mucha lastima cuando lali recordó los tristes momentos de su vida desde el abandono de su madre hasta la perdida de su bebe que creo fue lo mas doloroso, me parece un mas que lindo y buen gesto el hacerse cargo de Max y Bianca , ya quiero ver como se comporta con ellos, se ve que max es rebelde way jaja, me cae muy bien Aleli muy astuta jaja y por ultimo que intriga soledad, con un amante?? yo la creia mas santa jajaja, espero leer el proximo prontitoo, besos
    CARO

    ResponderEliminar
  2. tendrá k llevarse a Max y Bianca con ella.
    Mira la santita y virginal Soledad,no pierde el tiempo.
    Huele a encerrona.

    ResponderEliminar