Capitulo 11
Al
principio se había dicho a sí misma que Pablo no podría hacer nada para
detenerla. En aquel momento, 10 días después de su reencuentro, ya no estaba
tan segura. Era cierto que no podía revelar los detalles de su relación
anterior sin hacer peligrar su propio compromiso con Rocio , pero podía hacer
otras muchas cosas, y Mariana estaba comenzando a sospechar que sería capaz de
hacerlo. No debía subestimarlo era un
adversario peligroso.
Asomó
a sus labios una débil y pesarosa sonrisa. Entre él y su hermana, era obvio que habían ganado
aquella partida.
Soledad
le había arrebatado a Peter delante de sus narices y después había intervenido Pablo
para terminar de frustrarla. Y allí estaba ella, caminando penosamente bajo la
lluvia, sin paraguas alguno mientras que probablemente, Soledad estaba ya
cómodamente sentada en Gunters, compartiendo un dulce con Peter.
A
Mariana se le hizo la boca agua al pensar en ello. Le apetecía un pastel de
nata, o incluso un caramelo de chocolate. Necesitaba algo dulce para
consolarse, para tener la seguridad de que no fracasaría. Porque estaba segura
de que los duques de Alton se pondrían furiosos cuando se enteraran de lo que
había pasado aquella mañana. Estaba convencida de que alguna alma bondadosa se
lo contaría. Gastón Walters, probablemente. Era una criatura venenosa y había
estado dirigiéndole miradas asesinas desde que le había rechazado.
Mariana
suspiró mientras aquella lluvia veraniega goteaba por el sombrero y se filtraba
por su cuello. Su futuro sustento dependía de su capacidad para complacer a los
duques y romper la relación entre Peter y Soledad, de modo que debería mejorar
su juego.
En
primer lugar, no podía volver a permitir que Pablo se aprovechara de ella con
sus juegos de falsa seducción. De momento, se había quedado con uno de sus
guantes. Mariana se quitó el otro con enfado. Aquel par de guantes le había
costado bastante dinero no podía permitirse el lujo de malgastar el dinero de
aquella manera.
Para
cuando llegó a su Casa Street, estaba completamente empapada El portero que le
abrió la puerta tuvo que disimular una sonrisa al verla. La doncella que le
habían proporcionado los duques junto con la casa y todo lo demás, fue menos
respetuosa.
—¡Que
el cielo nos asista, mi señora! —exclamó al ver a Mariana—. ¿Pero qué le ha
pasado?
—Me
ha pillado la lluvia, —contestó
—¿Y
también se le ha caído un guante?
—Sí,
lo he perdido por el camino —se excusó Mariana.
La
doncella la miró con dureza. Era una chica joven, sencilla y práctica. A
Mariana le había gustado desde el primer momento. No había artificio alguno en ella
y decía las cosas abiertamente.
—le
prepararé un té, mi señora —le ofreció—. Creo que os vendrá bien. Habéis
recibido algunas cartas —añadió—. La mayor parte de ellas son invitaciones y
cosas parecidas. Ya no queda espacio en la repisa de la chimenea. Te has
convertido en una celebridad en Londres, mi señora.
—Me
gustaría tomar un poco de bizcocho,—pidió Mariana precipitadamente—. Esponjoso.
Con mucha mermelada y mucha nata.
Mariana
tomó las cartas de la mesita de la entrada, se dirigió al salón y cerró la
puerta tras ella.
Era
una habitación pequeña y tan elegante y carente de personalidad como el resto
de la casa. La luz del sol acariciaba la alfombra, alejando la lluvia
veraniega. El viento agitaba suavemente las cortinas. Sobre una mesa situada
junto a la ventana descansaba un jarrón con azucenas. No las había cortado
ella. En realidad, no tenía aptitud alguna para las artes femeninas. Al igual
que el resto de la casa, todo formaba parte de un decorado. El entorno perfecto
para una viuda rica y deslumbrante como Caroline Carew.
Una
celebridad en Londres. Mariana curvó los labios en una sonrisa irónica. Si
supieran la verdad…
La
pequeña Mariana esposito había nacido en una vecindad Su madre la había
entregado cuando su padre había muerto tras dejar el hogar para unirse al
ejército. Había demasiadas bocas que alimentar y faltaba el dinero, de modo que
ella, la más joven y la más guapa de las hermanas, había iniciado una nueva
vida en casa de sus tíos, que no habían podido tener hijos.
Una
vida que había tirado por la borda al fugarse con Pablo Martinez Con un
suspiro, se dejó caer en una de las butacas. No había el más mínimo reflejo de
su personalidad en aquella casa, ni el menor indicio de quién era ella en
realidad. Se quitó los zapatos y posó los pies empapados en la alfombra.
Disfrutó de su tacto suave y mullido. Le gustaba sentir aquella opulencia bajo
los pies porque le permitía recordar los suelos desnudos, las piedras heladas y
la lluvia constante. No le parecía mal disfrutar de tanto lujo cuando había
tenido tan poco. A veces, incluso casi llegaba a creerse su propio cuento de
hadas.
Seleccionó
tres cartas de aquel montón de invitaciones a bailes, veladas musicales y
fiestas.
La primera era del profesor que se había hecho
cargo de max Alister. Sintió inmediatamente un escalofrío. No recibir noticias
de Max siempre era una buena noticia.
Max
de 10 años, era un chico salvaje, ingobernable y no particularmente inclinado
al estudio.
Mariana
había tenido que pagar una generosa cantidad para persuadir al Profesor Bolton
de que aceptara a Max en el seno de su familia, con la esperanza de que se
adaptara mejor a la vida familiar de lo que lo había hecho a la vida en los
internados. De los dos anteriores, había terminado fugándose.
Mariana
se interrumpió, consciente de la fuerte tentación de dejar la carta y retrasar
el momento de la verdad.
Max
y Bianca … Quería a aquellos mellizos como si fueran sus propios hijos, estaba
unida a ellos por una vida forjada en la lucha por la supervivencia y por la
promesa que le había hecho a su madre, Esperanza Alister, cuando yacía enferma
en el hospicio. le había hecho el regalo de sus hijos después de su gran
pérdida y no podía fallarle. Parpadeó para contener una repentina oleada de
lágrimas y abrió la carta.
Max,
le comunicaba el doctor y Profesor Bolton más apenado que enfadado, había
vuelto a escaparse. Le habían encontrado una semana después en las calles,
sucio, hambriento y furioso, pero arrepentido
estaba sano y salvo.
Mariana
dejó caer la carta en el regazo y
presionó los dedos contra las sienes, donde comenzaba a amenazar un dolor de
cabeza.
Max
se consideraba un hombre fuerte y
suficientemente inteligente como para cuidar de sí mismo, pero solo era un
niño. Un niño al que adoraba y que la quería, pero en algunas ocasiones,
Mariana era consciente de que no estaba haciendo todo lo que podía para
ayudarle. Se sentía profundamente triste, con un intenso dolor en el corazón.
La culpa la atormentaba. Eran muchas las veces que había intentado mantener a
su pequeña familia unida, pero no había sido posible. No podía mantener a los
mellizos si no trabajaba, y si trabajaba, no podía tenerlos con ella. Lo había
intentado con todas sus fuerzas, pero el hambre y el miedo habían asaltado su
mundo. La vida le había arrebatado en dos ocasiones lo que más quería. Primero
había perdido a Pablo y después a su hija.
En
ese momento, estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su poder para
proteger a los mellizos y verlos crecer sanos y salvos.
Sabía que en solo un par de meses, habría
terminado su trabajo. Los duques le pagarían y podría visitar por fin a sus
mellizos e incluso comenzar una nueva vida con ellos.
Tomó
la carta con manos temblorosas. Aunque el doctor Bolton había llenado toda una
hoja, apenas daba muchas más noticias. Pero a media página la letra cambiaba.
Max,
decía el doctor, se había convertido en una carga y, con todo el dolor de su
corazón, le pedía más dinero para compensarle por la conducta de Max y por todos los problemas que estaba causando.
En
un ataque de furia, Mariana arrugó la carta, sintiendo las duras esquinas del
papel arañar la palma de su mano. A ese ritmo, el dinero que tanto le había
costado ahorrar para unir a su familia, terminaría en manos de gentes sin
escrúpulos que siempre exigían más y más.
Por
suerte Bianca se encontraba bien
Miró
la segunda carta. La intuición le decía que no eran buenas noticias. Pero ella
siempre había encarado de frente los problemas, de modo que la abrió.
Efectivamente,
no eran buenas noticias.
Los
prestamistas le demandaban, educadamente, pero con firmeza, que pusiera fin a
sus deudas si quería ampliar sus préstamos. Ella sabía que si lo hacía en los
términos que le sugerían, su deuda se multiplicaría en el futuro. Pero si no
pedía dinero prestado, no podría pagar las facturas del internado de Bianca.
El dolor de cabeza se incrementó. Sintió el
pánico atenazándole la garganta.
La
tercera carta estaba escrita con una caligrafía que no reconoció. La abrió
despreocupadamente, pensando todavía en sus problemas financieros. La leyó una
vez sin prestarle mucha atención, y volvió a leerla con un desazonador
sentimiento de incredulidad:
Sé
quién eres.
La
carta escapó de entre sus dedos y voló sobre la alfombra, para terminar
aterrizando sobre una mancha de luz. Hacía calor en el salón, pero Mariana
sentía frío y comenzaba a temblar.
«Sé
quién eres». Las palabras que ningún impostor deseaba leer.
—El
té, mi señora. Y una buena porción de bizcocho —Alelí
Acababa
de entrar con una bandeja que llevaba una tetera de porcelana china y una taza
a juego—. Pareces abatida, señora.
—Lo
estoy —contestó Mariana con fervor.
—Problemas
de dinero, supongo —aventuró Aleli—. O quizá sea un hombre —añadió.
Miró
alrededor del salón. El sol iluminaba en aquel momento los muebles y arrancaba
hermosos colores de la alfombra que descansaba frente a la chimenea de mármol.
—Ya
sabe mi señora, que nunca se me ha dado bien fingir.
—Oh,
Dios mío —musitó Mariana, preguntándose qué le iba a decir a continuación.
—Todo
esto es muy hermoso —continuó diciendo—, pero la ropa interior que llevabais
cuando llegaste recién aquí había sido remendada y la suela de los zapatos
estaba completamente gastada. Llegaste a pie, cargando con tu equipaje y tengo la certeza de que todo esto…
—señaló la habitación con un gesto—, es un trabajo. Solo pensaba que debería
saber que lo sabía, mi señora —terminó.
—Ya
entiendo —respondió Mariana lentamente.
No
fue capaz de contener la sonrisa ante las labores detectivescas de la doncella.
Al parecer, su anónimo corresponsal no era el único que sospechaba de ella.
—Así
que piensas que a lo mejor soy pobre. Una impostora, quizá, que finge ser una
viuda rica.
—No
sé lo que sos, mi señora —respondió la doncella con franqueza—. Pero estuve
trabajando para una Señora muy distinguida y muy rica que se fugó con un
prisionero de guerra francés en un globo.
Después
de aquello, ya nada me sorprende.
Soy
capaz de guardar un secreto, pero me gusta saber qué secreto guardo. No sé si
entiende lo que quiero decir.
—Perfectamente,
gracias, Aleli—contestó Mariana
Se
interrumpió, pensó en lo que la doncella le acababa de decir y en lo sola que
se sentía siendo una impostora y no teniendo a nadie con quien hablar.
—Si
traes otra taza, podríamos hablar —propuso lentamente.
La
doncella sonrió y se dirigió hacia la cocina. Mariana se sintió inmediatamente
reconfortada. En su trabajo, jamás había confiado en nadie. Jamás había
compartido con nadie sus secretos, pero sentía que podía confiar en aquella
doncella tan pragmática y franca.
El
dinero, los hombres o ambas cosas, había dicho Aleli.
Mariana se frotó la muñeca, sintiendo de nuevo
los dedos de Pablo sobre su piel. Su contacto todavía le abrasaba. Chantaje y
seducción. Pero no, no podía ser Pablo el que había enviado aquella nota
amenazadora. Él era el único que conocía sus secretos. Mariana sabía que era un hombre peligroso y sin
escrúpulos, pero la intuición le decía que no se rebajaría a hacer algo tan
vil. Aun así, no sabía si podía estar segura. ¿Hasta dónde sería capaz de
llegar para derrotarla? Mariana tenía la aterradora intuición de que
pronto iba a averiguarlo.
La
señorita Soledad continuaba siendo una
joven inocente. Poner un pie en un prostíbulo iba mucho más allá de todo lo que
había hecho hasta entonces.
De
pronto, las habitaciones de aquel lugar le parecían un lugar seguro y casi
respetable.
Soledad
sabía que no era la primera mujer a la que su amante había citado en aquel
lugar, e intentó no pensar en que probablemente tampoco sería la última, porque
eso significaría reconocer la derrota, aceptar que había perdido. Y,
sencillamente, no podía permitirse perder.
su
amante ya se encontraba allí, esperándola sonriente.
Le
apartó el velo del rostro y tomó su abrigo y su sombrero.
—Toma
—le tendió una copa de vino.
Era
un vino dulce y fuerte, y la ayudó a sentirse mejor. Su amante la besó. Y eso
le gustó todavía más.
—Has
sido muy valiente al venir hasta aquí —parecía divertido—. Te mereces una
recompensa.
Sin
dejar de besarla, la llevó hasta la cama. Cuando Soledad por fin abrió los ojos, él ya le había
quitado toda la ropa y ella estaba desnuda sobre una colcha de un vivido color
naranja, con la melena suelta extendiéndose a su alrededor.
—¿No
vamos a jugar a las cartas esta noche? —preguntó.
Aquello
formaba parte de su acuerdo. Las cartas primero, y hacer el amor después,
cuando perdía. Aunque Siempre perdía.
Él
se apoyó contra los talones y la miró con un brillo travieso en sus ojos
oscuros. Soledad miró entonces por encima de su hombro y vio la mesa preparada
para varios jugadores.
—Esta vez jugaremos después —respondió. Le acarició el
pelo—.mientras ella continuaba anhelando alguna palabra de amor nacida

Hellooo percha como andas?? espero que bien, paso a comentar la nove me dio mucha lastima cuando lali recordó los tristes momentos de su vida desde el abandono de su madre hasta la perdida de su bebe que creo fue lo mas doloroso, me parece un mas que lindo y buen gesto el hacerse cargo de Max y Bianca , ya quiero ver como se comporta con ellos, se ve que max es rebelde way jaja, me cae muy bien Aleli muy astuta jaja y por ultimo que intriga soledad, con un amante?? yo la creia mas santa jajaja, espero leer el proximo prontitoo, besos
ResponderEliminarCARO
tendrá k llevarse a Max y Bianca con ella.
ResponderEliminarMira la santita y virginal Soledad,no pierde el tiempo.
Huele a encerrona.